INICIAR SESIÓNAdrián Salazar, heredero de la familia Salazar, era un hombre despiadado. Si algo le servía para conseguir lo que quería, no dudaba en usarlo. Pero Valeria Reyes era la excepción. Después de que su prometido la traicionara con la hija de su enemigo e insistiera en cancelar el compromiso, Valeria aceptó donar uno de sus riñones a cambio de casarse con Adrián. Todos decían que aquello no era más que un trato frío y calculado. Sin embargo, cuando Sebastián Fuentes, con los ojos enrojecidos, se arrodilló bajo la lluvia torrencial para suplicarle que volviera con él, Adrián se plantó delante de ella y rompió el acuerdo para la donación. —Sebastián —dijo con una leve sonrisa mientras apagaba la colilla bajo la suela del zapato. Su mirada, sin embargo, permanecía fría—. Fíjate bien. —Lo que tú perdiste, yo lo protegería con mi propia vida.
Ver másEl rostro de Sebastián se volvió sombrío.Tomó los documentos y empezó a revisarlos página por página. Todo estaba bien claro: los procedimientos no habían cumplido con los requisitos, la aprobación quedaba anulada y era necesario realizar una nueva licitación. Finalmente, el Grupo Salazar había ganado.Sebastián tiró los papeles sobre el escritorio con furia.—Adrián Salazar...Masculló el nombre entre dientes.El asistente se quedó tieso a su lado, sin atreverse a respirar. Sabía perfectamente que su jefe estaba furioso de verdad.La tarde del día siguiente, Sebastián encabezaba la mesa de reuniones. Traía una cara larga y la mirada cansada, como si no hubiera pegado el ojo en toda la noche.Frente a él había un nuevo proyecto.—Ese terreno en Valdoria tiene que ser nuestro sí o sí.El gerente de proyecto intervino con mucho cuidado:—Señor Fuentes, el Grupo Salazar también anda metido ahí y está muy interesado...Sebastián lo cortó con la mirada.—Ya lo sé. Adrián me quitó algo y me
Valeria no salía de su asombro.—¿Cuándo te enteraste de esto?—Anoche.Valeria dejó la empanada en el plato, inquieta.—¿Y mi casa?—No se va a demoler. Puedes volver a vivir ahí o remodelarla cuando quieras. Nadie va a tocar un solo ladrillo.Adrián la miró fijamente a los ojos.—La próxima vez que pase algo así, dímelo a mí primero.Valeria apretó los labios. Tenía el corazón lleno de gratitud, aunque todavía le costaba terminar de creérselo.Él le dio un trago a su café y añadió con total serenidad:—Las emociones negativas pueden afectar tu salud. Cuídate, Valeria.Se levantó y subió a su habitación.En ese momento, Samuel venía bajando y se cruzó con él en el pasillo. Lo miró pasar con curiosidad y luego caminó directo hacia Valeria.—¿De qué estaban hablando?Valeria no respondió. Bajó la cabeza y siguió comiendo despacio, con una sonrisita ligera.Samuel se acercó a la mesa. Le echó un ojo al desayuno y luego le vio la cara.—¿Por qué sonríes?—No me estoy sonriendo.—Claro que
Adrián bajó las escaleras con la bandeja en las manos.Samuel seguía dando vueltas por la sala. En cuanto lo vio bajar, se acercó de inmediato.—Señor Salazar, ¿qué tal le fue? ¿Sí comió algo?Adrián no respondió. Simplemente le extendió la bandeja.Samuel echó un vistazo al tazón completamente limpio y abrió los ojos de par en par.—¿Se lo terminó todo? ¿En serio?—Sí.Adrián le entregó la bandeja a la empleada.Samuel se le pegó como sombra mientras caminaban por el pasillo.—¿Pero cómo le hizo? Yo la llamé tres veces y ni siquiera me abrió la puerta. Usted sube un ratito y hasta se acaba la comida.Adrián caminó recto hacia su estudio, ignorando sus preguntas.Samuel no se dio por vencido e insistió:—¿No me diga que la obligó a comer a la fuerza?Adrián frenó en seco.Samuel aspiró bruscamente, sorprendido.—¿De verdad la obligó?Adrián se giró despacio y lo barrió con una mirada helada.—¿Tú qué crees?Samuel dio un paso atrás, achicándose.—No... no, para nada...Adrián abrió la
La empleada estaba recogiendo la cocina y se sorprendió al verlo entrar.—¿Se le ofrece algo, señor?—Caliéntame la comida, por favor.Ella asintió de inmediato y le preparó una bandeja en un momento.Adrián la tomó y subió las escaleras. Se detuvo frente a la habitación de Valeria y tocó a la puerta.Adentro no hubo respuesta. Volvió a tocar suavemente, pero ella siguió en silencio.Él abrió la puerta con cuidado.La luz estaba apagada. Solo entraba la de la calle, que iluminaba una pequeña parte del piso con un tono amarillento.Valeria estaba sentada al borde de la cama, de espaldas a la entrada.Adrián entró y dejó la bandeja sobre la mesa de noche.—Come algo.Ella apenas se movió, sin voltear a verlo. Lucía frágil, casi perdida entre las sombras del cuarto.Adrián caminó hacia la ventana y abrió las cortinas para dejar entrar algo de luz.Valeria levantó la cabeza y sus ojos hinchados y rojos quedaron al descubierto.La mirada de Adrián cambió por un instante. Se giró hacia un la


















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