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Capítulo 8 - Rebelde

Author: xRaconteurr
last update Petsa ng paglalathala: 2026-02-07 01:25:27

Habían pasado tres semanas desde la gala y la portada de Vogue. Tres semanas en las que Layla se había convertido en la "Señora Lombardi" perfecta frente a las cámaras, y en un fantasma dentro de los muros de Blackthorn Manor.

La mansión era hermosa, sí. Tenía una piscina climatizada donde nadaba hasta que le ardían los músculos, una biblioteca con primeras ediciones que ya había leído y releído, y un jardín de invierno donde las orquídeas florecían bajo el cuidado de jardineros silenciosos.

Pero seguía siendo una jaula.

Layla estaba sentada en el suelo del solárium, rodeada de lienzos en blanco que había encargado por internet con la tarjeta de Dante. El olor a trementina y óleo llenaba el aire, el único aroma en esa casa estéril que la hacía sentir viva.

Dante le había prohibido salir sin escolta. Le había prohibido trabajar. "Una Lombardi no sirve café ni archiva documentos", le había dicho cuando ella sugirió buscar un empleo en una galería de arte.

—Si no puedo salir, traeré el mundo aquí —murmuró, mezclando un rojo violento con negro en su paleta.

Comenzó a pintar con furia. No era un paisaje bonito ni un retrato amable. Eran trazos oscuros, caóticos, una tormenta de gris y carmesí que representaba su encierro. Perdió la noción del tiempo. La luz de la tarde comenzó a caer, y ella seguía allí, con las manos manchadas de pintura y el cabello revuelto, vertiendo su alma en la tela.

No escuchó los pasos firmes acercándose.

—¿Qué se supone que es esto?

La voz de Dante la hizo saltar. El pincel resbaló de su mano, cayendo al suelo y manchando el mármol impoluto de rojo.

Layla se giró. Dante estaba de pie en la entrada del solárium, impecable como siempre en su traje de tres piezas, mirándola con una mezcla de curiosidad y desaprobación.

—Es arte, Dante. Algo que probablemente no entiendas porque no tiene un valor en la bolsa de valores.

Dante entró, sus zapatos de cuero italiano resonando en el suelo. Se detuvo frente al lienzo, observando la mezcla agresiva de colores.

—Parece un asesinato —dijo con frialdad—. Es grotesco.

—Es como me siento —espetó Layla, poniéndose de pie. Se sintió repentinamente cohibida por su ropa manchada frente a su perfección—. Me estoy volviendo loca aquí encerrada, Dante. Necesito hacer algo. Necesito ser alguien más que tu esposa trofeo.

—Ser mi esposa es un trabajo a tiempo completo —respondió él, apartando la mirada del cuadro para fijarla en ella—. Y por cierto, tienes pintura en la mejilla.

Extendió la mano para limpiarla, pero Layla le apartó la mano de un manotazo.

—¡No me toques! —gritó, sorprendiéndose a sí misma por la violencia de su reacción—. ¡Deja de tratarme como si fuera una muñeca que puedes vestir, peinar y guardar en una caja cuando te aburres! ¡Quiero trabajar! ¡Quiero vender mis cuadros!

Dante se tensó. La temperatura en la habitación pareció bajar varios grados.

—Ya tuvimos esta conversación. No necesitas dinero. Tienes acceso ilimitado a mis cuentas.

—¡No quiero tu maldito dinero! —Layla pateó un bote de disolvente, que se volcó, derramando el líquido químico por el suelo—. ¡Quiero mi vida! ¡Quiero sentir que sirvo para algo!

—Sirves para garantizar la estabilidad de mi imperio —dijo Dante con una calma que era más irritante que si hubiera gritado—. Y vender garabatos deprimentes en una galería de segunda no es parte del acuerdo. ¿Qué diría la prensa? ¿Que Dante Lombardi no puede mantener a su esposa?

—¡Al diablo con la prensa! ¡Y al diablo contigo!

Layla, cegada por la frustración, agarró el lienzo que acababa de pintar —su obra maestra de dolor— y lo lanzó contra él.

El cuadro golpeó a Dante en el pecho, manchando su inmaculada camisa blanca y el saco de seda con una mancha roja y negra que parecía sangre fresca. El lienzo cayó al suelo con un ruido sordo.

El silencio que siguió fue aterrador.

Dante bajó la mirada lentamente hacia su camisa arruinada. Luego, levantó la vista hacia Layla. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta.

—Acabas de cometer un error, Layla —dijo con voz suave, letal.

Layla retrocedió un paso, dándose cuenta de lo que había hecho.

—Yo...

Dante avanzó hacia ella como un depredador acorralando a su presa. Layla retrocedió hasta que su espalda chocó contra el cristal frío del ventanal.

—Te doy todo —susurró Dante, atrapándola con los brazos a ambos lados de su cabeza, sin tocarla, pero encerrándola—. Te doy seguridad. Te doy lujos con los que tu ex solo podría soñar. Destruí a tus enemigos. ¿Y así es como me lo pagas? ¿Con berrinches de niña malcriada?

—No soy una niña —susurró Layla, aunque le temblaba la voz—. Soy una mujer que está asfixiándose.

—Entonces aprende a respirar bajo el agua —replicó él, acercando su rostro al de ella—. Porque no voy a dejarte salir. Eres mía. Y en esta casa, se hace lo que yo digo.

El olor de su colonia, mezclado con el olor fuerte de la trementina y el óleo, golpeó a Layla de repente.

El mundo se inclinó.

Una ola de mareo violento la golpeó con la fuerza de un tsunami. Los puntos negros bailaron en su visión. El calor de la discusión se convirtió en un sudor frío instantáneo.

—Dante... —dijo, y su voz sonó extraña, lejana.

Dante, que estaba a punto de seguir recriminándole, se detuvo al ver que el color abandonaba el rostro de ella de golpe, dejándola blanca como el papel.

—¿Layla?

Ella se llevó una mano al estómago, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—Creo que voy a...

Las rodillas le fallaron.

Dante reaccionó con reflejos sobrehumanos. Antes de que Layla golpeara el suelo lleno de cristales y pintura, sus brazos fuertes la atraparon.

—¡Layla!

Fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad la tragara, borrando la jaula, la pintura y los ojos furiosos de su esposo.

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