FAZER LOGINHabían pasado tres días desde que Natalia había llegado a los dominios de Alessandro Molinari. Por más que lo intentó, no logró escapar de aquel lugar. Acostada en aquella enorme cama de sábanas impolutas, repasó una y otra vez los planes de huida que había ideado durante las noches en vela. Ninguno había funcionado. Hasta que, de pronto, una idea se abrió paso con fuerza en su mente: la mujer que entraba a diario en su recámara podía ser su salvación.
Esa mujer siempre acudía con una rutina fija: limpiaba, le dejaba ropa limpia, revistas y hasta periódicos. Si lograba ganarse su confianza, tal vez podría ponerla de su lado. Natalia estaba dispuesta a todo: razonar, manipular, incluso suplicar. No soportaba la idea de pasar un día más encerrada sin saber nada de su abuela. Solo imaginar el estado de angustia en el que Rosa debía encontrarse, sin noticias de su paradero, le revolvía el estómago y la mantenía en pie, aferrada a la esperanza de escapar.
A media mañana, la puerta crujió suavemente y la mujer apareció cargada con un montón de cosas. Esta vez, Natalia contuvo el impulso de gritarle o arrojarle lo que traía, como había hecho en días anteriores. Ella no tenía la culpa de las decisiones de su desalmado jefe.
La mujer era regordeta, de rostro adusto y casi inexpresivo, parecía un muro de piedra incapaz de sentir nada. Se limitó a cumplir con sus quehaceres, moviéndose con eficiencia mecánica. Pero Natalia decidió cambiar de estrategia.
—¿Tiene usted mucho tiempo trabajando aquí? —preguntó de pronto, con un tono que intentaba sonar ligero, mientras la observaba quitar el polvo de la cómoda.
La mujer se irguió apenas un segundo, sorprendida, y luego asintió con voz grave:
—Sí, llevo bastante tiempo.Natalia ladeó la cabeza, mordiendo su labio inferior con una mezcla de nervios y desafío.
—¿Y Alessandro siempre acostumbra a hacer esto? —preguntó, cargando sus palabras de una ironía venenosa.La mujer, que no parecía ingenua, se giró con una ceja arqueada.
—¿Hacer qué, señorita? —replicó en el mismo tono.Natalia bufó, cruzándose de brazos.
—Encerrar mujeres en esta casa.Por primera vez, un gesto se dibujó en el rostro de la criada: una sonrisa breve, casi cómplice.
—Es un hombre enamorado… italiano y chapado a la antigua.Natalia la miró con incredulidad, los ojos muy abiertos, antes de resoplar con indignación.
—¿Enamorado? ¿Así lo llama usted?La mujer dejó el trapo sobre la cómoda y se giró hacia ella con más confianza de la habitual.
—Alessandro me dijo que tuvieron una terrible discusión —comentó con calma—, y que por eso tuvo que actuar de manera drástica.Natalia soltó una carcajada amarga.
—¿Y usted le cree semejante mentira?—¿Y por qué no habría de creerle? —replicó la mujer, llevándose las manos a la cintura como si estuviera defendiendo a un hijo—. Mi bambino ya lo ha anunciado con bombos y platillos a todos, incluida la prensa: ustedes van a casarse. Y si Alessandro ha hecho algo semejante, es porque está realmente enamorado. Al fin cerró ese capítulo oscuro de su vida que tanto daño le hizo.
Natalia sintió que el aire le abandonaba los pulmones.
—¿¡Anunció el matrimonio!? —gritó, presa del pánico.La mujer asintió, sonriendo con satisfacción, como si aquella noticia fuera un triunfo personal.
En ese instante, Natalia quiso morirse. La desesperación le heló la sangre al comprender que sus posibilidades de escapar se reducían a cenizas. Si Alessandro ya había hecho público aquel supuesto compromiso, estaba atrapada en una jaula mucho más grande que esas paredes: la de su reputación y su destino manipulado.
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Tirada en la cama, con los ojos fijos en el techo de su habitación, Natalia sentía cómo la desesperación se le clavaba en el pecho como un peso insoportable. Aquella recámara lujosa, con cortinas pesadas, muebles de caoba y una cama demasiado grande, no era más que una jaula de oro. Podía tenerlo todo, menos lo único que realmente ansiaba: libertad.
Se negaba incluso a encender la televisión, a probar un solo bocado, a distraerse con cualquier comodidad que llevara el sello de Alessandro Martinelli. No le daría ese gusto.Estaba dispuesta a llevar su resistencia al límite. Si su carcelero quería quebrarla, ella contraatacaría con lo único que tenía a mano: su propio cuerpo como arma de guerra.
La puerta se abrió de golpe con un estruendo que la hizo incorporarse de inmediato. Alessandro irrumpió en la habitación como un vendaval. Natalia curvó los labios en una sonrisa maliciosa, consciente de que cada gesto suyo era gasolina para encender la furia de ese hombre.
—¿Se puede saber por qué carajos no quieres comer? —rugió él, la voz áspera y cargada de ira.
Natalia se sentó lentamente en la cama, con la espalda recta y la barbilla erguida. Lo observó con descaro. Alessandro estaba impecablemente vestido, un traje a medida que resaltaba su porte dominante. Sus ojos oscuros lanzaban chispas, y esa aura de poder, mezclada con su atractivo brutal, lo hacía ver tan irresistible como peligroso. Natalia pensó, con amarga ironía, que era absurdo que alguien como él tuviera que comprar una esposa, seguramente le sobraban mujeres dispuestas a rendirse a sus pies. Aquello solo confirmaba que sus intenciones eran oscuras.
—De ti no quiero nada —respondió con altanería, clavándole la mirada como una daga.
Él avanzó un paso más, sus hombros tensos, los puños cerrados a los costados.
—¿Acaso quieres morir de inanición? —Su voz retumbó en las paredes, dura, cortante.Natalia alzó la barbilla con desafío, sin apartar la mirada.
—Sí, eso es exactamente lo que deseo. Si no me dejas ir, no comeré. Moriré de hambre… y tu cautiva se te irá de las manos. No tendrás esposa con quien casarte.Los labios de Alessandro se curvaron en una sonrisa oscura, cargada de amenaza y de un retorcido disfrute.
—Eso lo veremos, ragazza.Sin añadir nada más, dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta de un portazo. El silencio volvió a instalarse, pero Natalia permaneció sentada, con el corazón desbocado y un cosquilleo eléctrico recorriéndole la piel. El enojo era real, pero también lo era la peligrosa atracción que ese hombre ejercía sobre ella. Y eso la enfurecía aún más.
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En su despacho, Alessandro revisaba documentos y hablaba en tono seco por teléfono cuando la puerta se abrió con discreción. Roberto, su soldato de confianza, aguardó a que terminara la llamada antes de avanzar unos pasos.
Alessandro colgó el auricular y lo observó con expectación.
—¿Conseguiste lo que te pedí? —preguntó con voz grave, sin adornos.Roberto asintió y se quitó el sombrero con respeto.
—Sí, Don. La joven es hija de Franco Smith. Se llama Natalia.—Su nombre no me interesa —interrumpió Alessandro, golpeando la mesa con los dedos, impaciente—. Quiero algo que doblegue a esa fiera.
Roberto se acercó y bajó un poco la voz, como si lo que iba a decir requiriera un matiz de confidencialidad.
—La joven tiene una abuela, a la que adora. Está grave en el hospital. La chica no sabe nada… pero, según nuestros informantes, la mujer sufrió un paro cardíaco cuando se enteró de que su hijo había vendido a su propia hija a un burdel. —Sacó una carpeta y se la entregó a su jefe.Alessandro se recostó en su silla de cuero y abrió el expediente. Sus ojos se deslizaron sobre cada hoja mientras una sonrisa helada se dibujaba en sus labios. Se llevó una mano a la barbilla, pensativo, como un depredador que descubre el punto débil de su presa.
—Muy buen trabajo —dijo al fin, con un tono satisfecho—. Ahora ve al hospital, saca a la mujer de allí y llévala a una de nuestras clínicas. Quiero que reciba el mejor tratamiento, que no le falte nada. Y mantén al padre bajo vigilancia constante.
Roberto inclinó la cabeza con respeto.
—Vado subito, capo.El eco de sus palabras en siciliano quedó flotando en la estancia cuando salió, dejando a Alessandro con la carpeta entre las manos y una certeza oscura en la mirada: ahora tenía la llave para someter a Natalia.
Taylor Antes me importaba muchísimo el dinero, pero vivir en una isla con Danya me ha enseñado que la vida es algo más que comprar ropa nueva y bolsos.Casi nunca pienso en cómo era mi vida en los Estados Unidos. El consumismo ya no encaja con quien soy. Me siento mucho más satisfecha paseando por el jardín, recogiendo bayas y leyendo libros bajo el sol de la tarde.En los seis meses que llevamos aquí las cosas se han ralentizado, y por fin me he dado cuenta de que convertirme en madre tiene un propósito mucho mayor para mí que beber de día y salir de compras. Creo que el bebé me ha hecho más bien que cualquier otra cosa en el mundo. Sé que dicen que no intentes arreglar tus problemas teniendo un bebé, pero realmente siento que me he convertido en una persona totalmente diferente ante la rápida llegada de mi experiencia de dar a luz.Tal vez sean las hormonas. Supongo que lo sabré cuando nuestro bebé nazca finalmente.Descubrimos hace apenas una semana que iba a ser un niño. Yo estaba
DanyaTaylor está dormida en el sofá de la sala, aferrada a una manta blanca de algodón y roncando tan fuerte que tengo que subir al segundo piso para llamar a Bobby. No he hablado con él desde que le pagué por encargarse de James, pero ahora que el Consejo Rojo ha decidido convertirse en una molestia, podría serme útil.Bobby responde el teléfono después de un par de timbres, refunfuñando algo sobre la hora. Olvidé que está en una zona horaria diferente.—¿Qué pasa, hermano? —pregunta, sonando totalmente irritado.—Siento molestarte, pero tengo algo de trabajo por si estás interesado.—Jesús, amigo, ¿a cuántas personas necesitas matar? Probablemente ya te has cargado al menos a una docena solo este año.—Apreciaría que fueras un poco menos obvio al respecto —refunfuño.—Ah, cierto, pero esta línea está encriptada. No hay manera de que nadie descifre este desastre —responde con confianza.—La tecnología cambia todos los días. Nunca se es demasiado cuidadoso.—Claro, claro… Entonces, ¿
TaylorAbro la puerta del baño inmediatamente después de que Danya me la cierra en la cara.—Oye, imbécil, iba a decir algo.Danya me hace señas frenéticas para que cierre la puerta, pero niego con la cabeza.—Te amo —digo.Una sonrisa parpadea un instante en su rostro.—Yo también te amo. Ahora cierra la puerta y cúbrete los oídos.Esta vez le obedezco. Cierro la puerta y me arrastro hasta meterme debajo del lavabo. Dudo que me proteja de las balas perdidas, pero me hace sentir más segura cuando resuenan los primeros disparos.Es increíble lo ruidosas que son las armas, sobre todo cuando hay tantas disparándose a la vez. El sonido es ensordecedor, incluso con las manos sobre los oídos, y es peor en el amplio baño. El ruido rebota contra las paredes de azulejos relucientes como una avispa furiosa atrapada en un frasco de vidrio.Me acurruco formando un ovillo apretado e intento convencerme de que suenan como fuegos artificiales.Recuerdo que de joven me encantaba ir a las celebracion
DANYASon audaces. Les concedo eso, pero no son muy sabios. Perseguir a un grupo de policías de Mozambique hasta mi isla los va a meter en un mundo de problemas. Bastaría con una sola llamada para que el ejército de Mozambique viniera aquí a encargarse de ellos.Sin embargo, yo no me dedico a tratar con organizaciones gubernamentales. Hice un trato hace muchos años con un político en particular, pero no gano nada invitándolos a pulular por mi isla. Estoy seguro de que no verían con buenos ojos las armas y municiones que tengo almacenadas aquí, ni a la mujer estadounidense que carece de una visa adecuada.El Consejo Rojo sería la menor de mis preocupaciones en ese momento.Me vuelvo hacia la casa, sin muchas ganas de enfrentarme a la policía o al Consejo Rojo si se llega a eso. Sé que están aquí por mí, pero eso no significa que tengan la intención de asaltar la isla a pie. Podrían quedarse esperando cerca del muelle para hundir mi submarino a cañonazos en el momento en que intentemos
DanyaMientras recogemos nuestra ropa de la arena, tengo el impulso de caminar desnudo hasta la casa. Es mi derecho natural como ser humano. Siento que siempre estamos muy desconectados de la naturaleza, especialmente con lo frío que es en Rusia. Nunca tendría la oportunidad de ser tan libre en casa.Taylor se pone los pantalones, pero solo eso, y nos tomamos de la mano al adentrarnos en el sendero que serpentea por el bosque hacia nuestra nueva casa.El olor a hojas verdes frescas, el aroma químico de las rocas mojadas en la base de los árboles y el océano me sumen en un estado de serenidad que no sentía desde hace mucho tiempo. Me recuerda a los días en que me conformaba con muy poco.Me gustaría volver a esa época de mi vida, pero esta vez con Taylor a mi lado. Ella es esencial para mi felicidad.La caminata es corta, y Taylor parece agradecida cuando llegamos a la casa y podemos ducharnos. Las duchas en la nueva casa son en realidad mucho más grandes que las de mi casa anterior. T
DanyaNo esperaba volver a zarpar tan pronto después de llegar al asentamiento, pero por otro lado, tampoco esperaba que nada de esto sucediera. Toda esta semana ha sido un torbellino de noticias, tanto buenas como malas, pero en general, soy optimista.Taylor está esperando mi bebé, y no hay mejor subidón que saber que estoy a punto de convertirme en padre.Me cuesta trabajo pensar en otra cosa. Los nombres de bebé corretean por mi cabeza en una loca estampida, y se los he estado proponiendo a Taylor durante todo el camino a la isla. Creo que ya ha tenido suficiente para cuando llegamos.Conseguí esta pequeña y encantadora mota en el Océano Índico por una verdadera ganga hace unos quince años, pero no la visito con la frecuencia suficiente. Es un paraíso tropical, un diamante en el gran océano azul, pero muy pocas personas llegarán a pisar alguna vez sus playas de arena.Hace cinco años, mandé a construir una mansión aquí para cuando viniera de visita, pero nunca tuve tiempo de revis





