FAZER LOGINAlessandro volvió a entrar en la habitación con paso firme, los tacones de sus zapatos resonando en el suelo de mármol. En cuanto Natalia lo vio, su cuerpo se tensó de inmediato, sus ojos brillando con desconfianza. No se había movido del lugar donde lo había dejado unas horas atrás, seguía sentada en la cama, mirando al vacío, ignorando la bandeja de comida que había quedado intacta sobre la mesa.
Alessandro observó detenidamente la comida sin hacer un comentario, pero la indiferencia de ella lo sacaba de quicio. Dejó caer la chaqueta del traje de hombros y, con una elegancia calculada, caminó hasta el sillón en el centro de la habitación. Se desabrochó el botón superior de la camisa, revelando parte de los tatuajes que recorrían su pecho y brazos, y el aire en la habitación se volvió pesado.
Natalia, como siempre, se mantuvo en guardia, pero no pudo evitar seguir con la mirada cada uno de sus movimientos. Los músculos de sus brazos eran una prueba más de la fuerza que había detrás de su mirada fría. Se le secó la boca.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz cortante, cruzando los brazos a la altura del pecho, como si esa fuera la única barrera que podía poner entre él y ella.
Alessandro no respondió inmediatamente. En su lugar, se recostó con desdén en el sillón, observándola de arriba abajo, como si fuera una pieza en su tablero de ajedrez. Luego, sonrió con una mezcla de diversión y desafío.
—Vengo a negociar de nuevo contigo, mocciosa —dijo con tono formal, como si el hecho de que ella estuviera encerrada no fuera más que un pequeño inconveniente en sus planes.
—No sé qué signifique mocciosa, pero no me gusta, así que no me lo digas más —respondió Natalia, clavándole la mirada. Sabía que si no se mantenía firme, él comenzaría a manipularla a su gusto.
Alessandro dejó escapar una pequeña risa, pero no fue una risa agradable. La intensidad de su sonrisa hizo que Natalia sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.
—Rosa Smith… ¿te suena ese nombre? —preguntó, con un deje de ironía en la voz. —Es de ella de quien quiero hablarte.
El corazón de Natalia se detuvo un momento. El nombre de su abuela hizo que el aire de la habitación se volviera denso y pesado. Ella se enderezó al instante, dejando de lado todo atisbo de indiferencia.
—No se te ocurra meterte con ella —lo amenazó, su voz ronca de furia. Los ojos de Natalia chisporroteaban con una rabia palpable.
Alessandro observó el cambio en ella, disfrutando del efecto que había tenido su comentario. Su sonrisa se ensanchó, pero esta vez con un toque más calculador y frío.
—Yo solo quiero ayudarte, ragazza —respondió con esa mezcla de desprecio y dulzura en su tono—. Tú me ayudas, yo te ayudo. Así funciona esto.
La ironía de su tono fue como un puñal en las entrañas de Natalia. Se sintió vulnerable, pero no iba a ceder ante ese hombre.
—Ya te lo he dicho, quiero que me dejes ir. Eso es lo único que me interesa de ti, nada más —dijo ella, la frustración endureciendo su voz.
—Es una lástima que no quieras mi ayuda —Alessandro sacudió la cabeza lentamente, como si lamentara su terquedad. —La pobre Rosa ha estado muy enferma. En estos momentos se encuentra recluida en el hospital a causa de un ataque cardíaco.
La última parte de sus palabras se coló en el aire con la fuerza de un golpe directo al corazón de Natalia. Su abuela. Todo lo que había temido. La angustia la invadió de inmediato, opacando la rabia que sentía hacia él.
—¿Qué le has hecho? —dijo con voz temblorosa, acercándose un paso hacia él, sin poder evitar el miedo que se filtraba en sus palabras.
Alessandro no se inmutó ante la presión de su mirada.
—Se ha enterado de lo que hizo Franco contigo —añadió, disfrutando del impacto que causaban sus palabras—. Pobre mujer, no soportó la verdad.
El corazón de Natalia se oprimió. ¿Qué había hecho su padre? Su cabeza estaba a punto de estallar. De repente, la rabia hacia él no era suficiente. Su abuela, la mujer que la había criado, la única que realmente la había querido…
—Necesito ver a mi abuela —dijo, la voz quebrada, por primera vez bajando la guardia ante él. —Ella no tiene a nadie más. Mi padre es un hombre sin alma. Mi abuela me necesita. Déjame salir de aquí —suplicó, sintiendo las lágrimas amenazar con brotar.
Pero Alessandro ya tenía todo bajo control. Su mirada se volvió aún más dura, una muralla impenetrable.
—Ya sabes que eso no es posible, a menos que accedas a lo que te pido. Rosa necesita de buenos cuidados, medicamentos, y estar en un centro especializado. Así durará muchos años más. Yo puedo darle todo eso y más si accedes a casarte conmigo.
—Eres un miserable chantajista —gritó ella, la furia regresando en un torrente. ¡No podía ser!
Alessandro no se alteró. Al contrario, sonrió como quien sabe que tiene todo bajo control.
—Cada día que te niegues, la salud de tu abuela se deteriorará mucho más, piccola —su voz se suavizó, pero no menos cruel. —Tú tienes el poder en tus manos.
El sudor comenzó a correr por la espalda de Natalia, pero lo mantuvo en secreto, sin dejar que él viera su vulnerabilidad. Él había encontrado su punto débil, y no dudaba en usarlo en su contra.
Ella lo miró con rabia, sabía que no tenía otra opción. Estaba acorralada. Pero no podía rendirse por completo. Necesitaba algo más.
—Está bien, has ganado, aceptaré casarme contigo, pero antes necesito ver a mi abuela. Necesito estar con ella.
Alessandro se levantó del sofá con lentitud, como si todo estuviera sucediendo a su ritmo. Se abrochó la chaqueta del traje con elegancia, moviéndose con la misma seguridad de siempre.
—Eso no es posible. La verás cuando nos hayamos casado. Allí serás libre de salir e ir a donde quieras, cuando lo desees. No antes.
—¿Cómo sé que no es un engaño? ¿Que esto es un ardid para que yo acepte esta descabellada boda? —El miedo se mezclaba con la rabia en su voz.
—Te toca confiar en tu prometido, ragazza —le respondió, con malicia. Le guiñó un ojo, como si estuviera jugando con ella. Luego, caminó hacia la puerta, dándole la espalda. —Nos veremos pronto, Natalia.
La puerta se cerró tras él, dejando a Natalia echa una furia, atrapada entre la desesperación y la necesidad de encontrar una salida.
Taylor Antes me importaba muchísimo el dinero, pero vivir en una isla con Danya me ha enseñado que la vida es algo más que comprar ropa nueva y bolsos.Casi nunca pienso en cómo era mi vida en los Estados Unidos. El consumismo ya no encaja con quien soy. Me siento mucho más satisfecha paseando por el jardín, recogiendo bayas y leyendo libros bajo el sol de la tarde.En los seis meses que llevamos aquí las cosas se han ralentizado, y por fin me he dado cuenta de que convertirme en madre tiene un propósito mucho mayor para mí que beber de día y salir de compras. Creo que el bebé me ha hecho más bien que cualquier otra cosa en el mundo. Sé que dicen que no intentes arreglar tus problemas teniendo un bebé, pero realmente siento que me he convertido en una persona totalmente diferente ante la rápida llegada de mi experiencia de dar a luz.Tal vez sean las hormonas. Supongo que lo sabré cuando nuestro bebé nazca finalmente.Descubrimos hace apenas una semana que iba a ser un niño. Yo estaba
DanyaTaylor está dormida en el sofá de la sala, aferrada a una manta blanca de algodón y roncando tan fuerte que tengo que subir al segundo piso para llamar a Bobby. No he hablado con él desde que le pagué por encargarse de James, pero ahora que el Consejo Rojo ha decidido convertirse en una molestia, podría serme útil.Bobby responde el teléfono después de un par de timbres, refunfuñando algo sobre la hora. Olvidé que está en una zona horaria diferente.—¿Qué pasa, hermano? —pregunta, sonando totalmente irritado.—Siento molestarte, pero tengo algo de trabajo por si estás interesado.—Jesús, amigo, ¿a cuántas personas necesitas matar? Probablemente ya te has cargado al menos a una docena solo este año.—Apreciaría que fueras un poco menos obvio al respecto —refunfuño.—Ah, cierto, pero esta línea está encriptada. No hay manera de que nadie descifre este desastre —responde con confianza.—La tecnología cambia todos los días. Nunca se es demasiado cuidadoso.—Claro, claro… Entonces, ¿
TaylorAbro la puerta del baño inmediatamente después de que Danya me la cierra en la cara.—Oye, imbécil, iba a decir algo.Danya me hace señas frenéticas para que cierre la puerta, pero niego con la cabeza.—Te amo —digo.Una sonrisa parpadea un instante en su rostro.—Yo también te amo. Ahora cierra la puerta y cúbrete los oídos.Esta vez le obedezco. Cierro la puerta y me arrastro hasta meterme debajo del lavabo. Dudo que me proteja de las balas perdidas, pero me hace sentir más segura cuando resuenan los primeros disparos.Es increíble lo ruidosas que son las armas, sobre todo cuando hay tantas disparándose a la vez. El sonido es ensordecedor, incluso con las manos sobre los oídos, y es peor en el amplio baño. El ruido rebota contra las paredes de azulejos relucientes como una avispa furiosa atrapada en un frasco de vidrio.Me acurruco formando un ovillo apretado e intento convencerme de que suenan como fuegos artificiales.Recuerdo que de joven me encantaba ir a las celebracion
DANYASon audaces. Les concedo eso, pero no son muy sabios. Perseguir a un grupo de policías de Mozambique hasta mi isla los va a meter en un mundo de problemas. Bastaría con una sola llamada para que el ejército de Mozambique viniera aquí a encargarse de ellos.Sin embargo, yo no me dedico a tratar con organizaciones gubernamentales. Hice un trato hace muchos años con un político en particular, pero no gano nada invitándolos a pulular por mi isla. Estoy seguro de que no verían con buenos ojos las armas y municiones que tengo almacenadas aquí, ni a la mujer estadounidense que carece de una visa adecuada.El Consejo Rojo sería la menor de mis preocupaciones en ese momento.Me vuelvo hacia la casa, sin muchas ganas de enfrentarme a la policía o al Consejo Rojo si se llega a eso. Sé que están aquí por mí, pero eso no significa que tengan la intención de asaltar la isla a pie. Podrían quedarse esperando cerca del muelle para hundir mi submarino a cañonazos en el momento en que intentemos
DanyaMientras recogemos nuestra ropa de la arena, tengo el impulso de caminar desnudo hasta la casa. Es mi derecho natural como ser humano. Siento que siempre estamos muy desconectados de la naturaleza, especialmente con lo frío que es en Rusia. Nunca tendría la oportunidad de ser tan libre en casa.Taylor se pone los pantalones, pero solo eso, y nos tomamos de la mano al adentrarnos en el sendero que serpentea por el bosque hacia nuestra nueva casa.El olor a hojas verdes frescas, el aroma químico de las rocas mojadas en la base de los árboles y el océano me sumen en un estado de serenidad que no sentía desde hace mucho tiempo. Me recuerda a los días en que me conformaba con muy poco.Me gustaría volver a esa época de mi vida, pero esta vez con Taylor a mi lado. Ella es esencial para mi felicidad.La caminata es corta, y Taylor parece agradecida cuando llegamos a la casa y podemos ducharnos. Las duchas en la nueva casa son en realidad mucho más grandes que las de mi casa anterior. T
DanyaNo esperaba volver a zarpar tan pronto después de llegar al asentamiento, pero por otro lado, tampoco esperaba que nada de esto sucediera. Toda esta semana ha sido un torbellino de noticias, tanto buenas como malas, pero en general, soy optimista.Taylor está esperando mi bebé, y no hay mejor subidón que saber que estoy a punto de convertirme en padre.Me cuesta trabajo pensar en otra cosa. Los nombres de bebé corretean por mi cabeza en una loca estampida, y se los he estado proponiendo a Taylor durante todo el camino a la isla. Creo que ya ha tenido suficiente para cuando llegamos.Conseguí esta pequeña y encantadora mota en el Océano Índico por una verdadera ganga hace unos quince años, pero no la visito con la frecuencia suficiente. Es un paraíso tropical, un diamante en el gran océano azul, pero muy pocas personas llegarán a pisar alguna vez sus playas de arena.Hace cinco años, mandé a construir una mansión aquí para cuando viniera de visita, pero nunca tuve tiempo de revis