FAZER LOGINDos días después, el día de la boda llegó.
Natalia no había parado de llorar desde que amaneció. El maquillaje de lujo que intentaron aplicarle no alcanzaba a disimular la hinchazón de sus ojos. Ese no era el destino que había soñado para sí misma. Ella había tenido sueños, proyectos, ilusiones… pero ninguno incluía casarse con un hombre al que apenas conocía, que la había arrancado de su vida para comprarla como si fuese una mercancía en un burdel miserable, donde la había vendido su propio padre.Aquello no era un comienzo, sino una condena.
Un séquito de mujeres y hombres entró a su habitación, todos cargados con cajas y utensilios. La rodearon como un enjambre disciplinado, peinándola, maquillándola, ajustando el vestido. El traje de novia era deslumbrante, diseñado por una casa de moda de renombre. El tul caía en cascadas etéreas, las perlas brillaban en los bordes y las joyas que le colocaron en el cuello y muñecas eran escandalosamente caras. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
Y, sin embargo, para Natalia no tenía ningún valor. Desde niña había soñado con este día, pero siempre imaginó un altar al que llegaría tomada de la mano de un hombre a quien amara de verdad. Ese sueño había sido destrozado, reemplazado por una pesadilla.
Lo único que le dio fuerzas para ponerse en pie y salir de su jaula de oro fue pensar en su abuela, Rosa. Por ella estaba dispuesta a sacrificarse.El día amaneció espléndido, soleado, como si el cielo ignorara la tragedia que estaba a punto de consumarse. La villa fue decorada con un lujo digno de un príncipe. Nada estaba fuera de lugar. Todo estaba diseñado para mostrar poder.
Natalia fue escoltada hasta un SUV negro de vidrios polarizados. Las medidas de seguridad eran tan estrictas que parecía más una prisionera que una novia. Alessandro no confiaba en ella ni un segundo, y con razón: si pudiera, se esfumaría sin mirar atrás.
La ceremonia se realizaría en una iglesia en el centro de Manhattan, conocida por ser punto de reunión de la comunidad italiana. Cuando el vehículo se detuvo frente al templo, la puerta se abrió y un hombre le tendió la mano para ayudarla a descender.
El hueco en el estómago de Natalia se amplió al instante. El sonido de los flashes la cegó por momentos. Los periodistas y fotógrafos gritaban preguntas, sus voces se mezclaban en un caos ensordecedor:
—¿Qué se siente ser la mujer elegida del soltero más cotizado de la ciudad?
—¿Ya Alessandro olvidó a Anabella Barone? —¿Su matrimonio es una revancha? —¿Cuánto tiempo llevaban saliendo?Natalia pestañeó, desorientada, atrapada en ese torbellino de luces y voces. ¿Quién demonios era Alessandro, para despertar semejante interés en la prensa?
El impulso fue inmediato: correr. Escapar como en las películas, como Julia Roberts en Novia fugitiva. Dio un paso atrás, con la idea de echarse a correr, pero los hombres de seguridad que la rodeaban no se lo permitieron. Sus manos fuertes la devolvieron a la realidad. No había salida.
Dentro de la iglesia, un desconocido la guió hacia el altar. El templo estaba lleno hasta los últimos bancos, rebosante de rostros desconocidos, todos bien vestidos, todos ricos. Sus miradas se clavaban en ella como agujas. Natalia los ignoró, avanzando bajo los acordes solemnes de la Marcha Nupcial de Mendelssohn, que retumbaba en sus oídos como el redoble de una sentencia.
Su corazón palpitaba tan fuerte que le dolían las sienes. Tenía la piel helada, las manos le temblaban.
Al llegar al altar, lo vio. Alessandro.
Lucía espléndido, vestido de impecable negro, con esa seguridad innata que irradiaba poder y peligro. Sonreía, y parecía realmente feliz. Fingía a la perfección, como si no fueran dos desconocidos obligados a unirse, sino amantes celebrando un sueño cumplido. Cuando tomó su brazo, Natalia, contra todo pronóstico, sintió un extraño alivio, una seguridad peligrosa que la confundió.La ceremonia transcurrió sin interrupciones. Sus labios pronunciaron el “sí” con la voz quebrada. El anillo brilló en su dedo. Y entonces el sacerdote pronunció la frase fatídica:
—Puede besar a la novia.
El silencio en la iglesia se volvió expectante.
Alessandro giró hacia ella con su sonrisa matonesca, esa que era un recordatorio constante de que él siempre ganaba. Levantó una mano y rozó su mentón con los dedos, lento, posesivo. Natalia contuvo la respiración, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que dolía.Él se inclinó. El mundo pareció detenerse.
Y cuando sus labios se posaron sobre los de ella, un impacto recorrió todo su cuerpo. La tierra dejó de girar, sus pies parecían echados a raíces. Era como si su propio cuerpo la traicionara, incapaz de reaccionar, atrapada en un hechizo que jamás habría querido aceptar.Alessandro inclinó el rostro y, con un movimiento firme, hizo que Natalia abriera la boca para él. Su aroma —mezcla de especias, tabaco caro y una nota oscura de poder— invadió sus sentidos. El sabor de su beso le robó la razón. Sus labios eran suaves como seda, pero se movían con una exigencia feroz, capaz de doblegarla. ¡Qué sensación tan perversa y maravillosa!
Taylor Antes me importaba muchísimo el dinero, pero vivir en una isla con Danya me ha enseñado que la vida es algo más que comprar ropa nueva y bolsos.Casi nunca pienso en cómo era mi vida en los Estados Unidos. El consumismo ya no encaja con quien soy. Me siento mucho más satisfecha paseando por el jardín, recogiendo bayas y leyendo libros bajo el sol de la tarde.En los seis meses que llevamos aquí las cosas se han ralentizado, y por fin me he dado cuenta de que convertirme en madre tiene un propósito mucho mayor para mí que beber de día y salir de compras. Creo que el bebé me ha hecho más bien que cualquier otra cosa en el mundo. Sé que dicen que no intentes arreglar tus problemas teniendo un bebé, pero realmente siento que me he convertido en una persona totalmente diferente ante la rápida llegada de mi experiencia de dar a luz.Tal vez sean las hormonas. Supongo que lo sabré cuando nuestro bebé nazca finalmente.Descubrimos hace apenas una semana que iba a ser un niño. Yo estaba
DanyaTaylor está dormida en el sofá de la sala, aferrada a una manta blanca de algodón y roncando tan fuerte que tengo que subir al segundo piso para llamar a Bobby. No he hablado con él desde que le pagué por encargarse de James, pero ahora que el Consejo Rojo ha decidido convertirse en una molestia, podría serme útil.Bobby responde el teléfono después de un par de timbres, refunfuñando algo sobre la hora. Olvidé que está en una zona horaria diferente.—¿Qué pasa, hermano? —pregunta, sonando totalmente irritado.—Siento molestarte, pero tengo algo de trabajo por si estás interesado.—Jesús, amigo, ¿a cuántas personas necesitas matar? Probablemente ya te has cargado al menos a una docena solo este año.—Apreciaría que fueras un poco menos obvio al respecto —refunfuño.—Ah, cierto, pero esta línea está encriptada. No hay manera de que nadie descifre este desastre —responde con confianza.—La tecnología cambia todos los días. Nunca se es demasiado cuidadoso.—Claro, claro… Entonces, ¿
TaylorAbro la puerta del baño inmediatamente después de que Danya me la cierra en la cara.—Oye, imbécil, iba a decir algo.Danya me hace señas frenéticas para que cierre la puerta, pero niego con la cabeza.—Te amo —digo.Una sonrisa parpadea un instante en su rostro.—Yo también te amo. Ahora cierra la puerta y cúbrete los oídos.Esta vez le obedezco. Cierro la puerta y me arrastro hasta meterme debajo del lavabo. Dudo que me proteja de las balas perdidas, pero me hace sentir más segura cuando resuenan los primeros disparos.Es increíble lo ruidosas que son las armas, sobre todo cuando hay tantas disparándose a la vez. El sonido es ensordecedor, incluso con las manos sobre los oídos, y es peor en el amplio baño. El ruido rebota contra las paredes de azulejos relucientes como una avispa furiosa atrapada en un frasco de vidrio.Me acurruco formando un ovillo apretado e intento convencerme de que suenan como fuegos artificiales.Recuerdo que de joven me encantaba ir a las celebracion
DANYASon audaces. Les concedo eso, pero no son muy sabios. Perseguir a un grupo de policías de Mozambique hasta mi isla los va a meter en un mundo de problemas. Bastaría con una sola llamada para que el ejército de Mozambique viniera aquí a encargarse de ellos.Sin embargo, yo no me dedico a tratar con organizaciones gubernamentales. Hice un trato hace muchos años con un político en particular, pero no gano nada invitándolos a pulular por mi isla. Estoy seguro de que no verían con buenos ojos las armas y municiones que tengo almacenadas aquí, ni a la mujer estadounidense que carece de una visa adecuada.El Consejo Rojo sería la menor de mis preocupaciones en ese momento.Me vuelvo hacia la casa, sin muchas ganas de enfrentarme a la policía o al Consejo Rojo si se llega a eso. Sé que están aquí por mí, pero eso no significa que tengan la intención de asaltar la isla a pie. Podrían quedarse esperando cerca del muelle para hundir mi submarino a cañonazos en el momento en que intentemos
DanyaMientras recogemos nuestra ropa de la arena, tengo el impulso de caminar desnudo hasta la casa. Es mi derecho natural como ser humano. Siento que siempre estamos muy desconectados de la naturaleza, especialmente con lo frío que es en Rusia. Nunca tendría la oportunidad de ser tan libre en casa.Taylor se pone los pantalones, pero solo eso, y nos tomamos de la mano al adentrarnos en el sendero que serpentea por el bosque hacia nuestra nueva casa.El olor a hojas verdes frescas, el aroma químico de las rocas mojadas en la base de los árboles y el océano me sumen en un estado de serenidad que no sentía desde hace mucho tiempo. Me recuerda a los días en que me conformaba con muy poco.Me gustaría volver a esa época de mi vida, pero esta vez con Taylor a mi lado. Ella es esencial para mi felicidad.La caminata es corta, y Taylor parece agradecida cuando llegamos a la casa y podemos ducharnos. Las duchas en la nueva casa son en realidad mucho más grandes que las de mi casa anterior. T
DanyaNo esperaba volver a zarpar tan pronto después de llegar al asentamiento, pero por otro lado, tampoco esperaba que nada de esto sucediera. Toda esta semana ha sido un torbellino de noticias, tanto buenas como malas, pero en general, soy optimista.Taylor está esperando mi bebé, y no hay mejor subidón que saber que estoy a punto de convertirme en padre.Me cuesta trabajo pensar en otra cosa. Los nombres de bebé corretean por mi cabeza en una loca estampida, y se los he estado proponiendo a Taylor durante todo el camino a la isla. Creo que ya ha tenido suficiente para cuando llegamos.Conseguí esta pequeña y encantadora mota en el Océano Índico por una verdadera ganga hace unos quince años, pero no la visito con la frecuencia suficiente. Es un paraíso tropical, un diamante en el gran océano azul, pero muy pocas personas llegarán a pisar alguna vez sus playas de arena.Hace cinco años, mandé a construir una mansión aquí para cuando viniera de visita, pero nunca tuve tiempo de revis