MasukLas puertas automáticas de la clínica se cerraron tras Karen con un susurro metálico, dejando fuera el ruido del tráfico de Londres y, sobre todo, la imagen de aquel hombre arrogante del Rolls-Royce que la había dejado temblando de rabia. El interior del edificio era un mundo aparte: suelos de mármol blanco, un aroma sutil a eucalipto y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tecleo suave de las recepcionistas.
Karen se ajustó el abrigo, tratando de ocultar el hecho de que su ropa no encajaba con el lujo del lugar. Se sentía como una intrusa, una pieza de rompecabezas en la caja equivocada. Caminó hacia el mostrador principal con las piernas pesadas.
—Buenos días —dijo Karen, forzando una calma que no sentía—. Tengo una cita programada para esta hora.
La recepcionista, una mujer de expresión neutra y uniforme impecable, levantó la vista.
—¿Nombre del paciente, por favor?
Karen sintió un nudo en la garganta. El nombre de sus padres cruzó su mente por un segundo, dándole el valor necesario para mentir.
—Olivia... Olivia Martínez —respondió, entregando la tarjeta que su amiga le había dado.
La mujer tecleó rápidamente en su computadora y asintió.
—Ah, sí. La paciente para el procedimiento de la sala cuatro. Por favor, tome asiento. La enfermera saldrá a buscarla en un momento.
Karen caminó hacia la sala de espera y se hundió en un sillón de cuero demasiado cómodo. Sus manos no dejaban de juguetear con el borde de su blusa. "Solo es una revisión", se repetía mentalmente. "Una receta, unos antibióticos y a seguir trabajando". El dolor en su vientre bajo le dio un aviso punzante, recordándole por qué estaba allí.
Diez minutos después, una enfermera joven y de movimientos eficientes apareció en la puerta.
—¿Olivia? Por aquí, por favor.
Karen se puso de pie y la siguió por un pasillo iluminado con luces LED blancas. Entraron en un consultorio que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Había monitores por todas partes y una camilla ginecológica en el centro.
—Bien, Olivia. El doctor Harrison estará contigo en un minuto —dijo la enfermera mientras preparaba una bandeja con instrumentos—. Sé que estos procesos pueden poner a una nerviosa, pero ya hemos verificado todo el material genético y los marcadores. Todo está listo para que sea un éxito.
Karen frunció el ceño. ¿Material genético? ¿Marcadores? Seguramente se refería a los análisis de sangre para detectar la infección. El inglés técnico de la enfermera era un poco rápido para ella, pero no quiso preguntar para no levantar sospechas sobre su identidad.
—Solo quiero que se me quite este dolor —comentó Karen con sencillez—. Me arde mucho y me siento muy mal.
La enfermera le dedicó una sonrisa compasiva.
—Es normal sentir algo de molestia y presión, pero después de hoy te sentirás mucho mejor. Por favor, cámbiate y ponte esta bata. El doctor entrará enseguida.
Karen hizo lo que le pidieron. Se sentía vulnerable, expuesta en aquella bata de papel. Cuando el doctor Harrison entró, era un hombre mayor, de anteojos redondos y gestos muy profesionales. Ni siquiera la miró a la cara por más de dos segundos; su atención estaba totalmente en la tableta electrónica que llevaba en la mano.
—Buenos días, Olivia. Veo que todo está en orden según el contrato —dijo el médico con voz monótona—. Vamos a proceder de inmediato para aprovechar el ciclo óptimo que indican tus estudios previos.
Karen asintió, aunque no entendía del todo a qué se refería con "el contrato". Supuso que Olivia tenía un seguro de salud muy riguroso y con muchas cláusulas.
—Doctor, es que me duele aquí abajo —dijo ella, señalando su vientre—. Creo que tengo una infección urinaria muy fuerte.
—Lo revisaremos todo, no te preocupes —respondió el doctor mientras se colocaba los guantes de látex—. Primero haremos el procedimiento principal para el que has venido y luego me encargaré de esa molestia. Relájate, respira profundo.
Karen cerró los ojos y trató de pensar en las playas, en el sol caliente y el sonido de las olas. Sintió el frío de los instrumentos y una presión extraña, algo que le resultó más invasivo de lo que esperaba para una simple revisión de orina, pero se obligó a quedarse quieta. "Estos médicos de ricos hacen todo diferente", pensó. El proceso duró apenas unos minutos, pero para ella se sintieron como horas bajo la luz blanca del techo.
Cuando el doctor terminó, se alejó hacia su escritorio para escribir unas notas. La enfermera ayudó a Karen a bajar de la camilla.
—Listo, Olivia. Todo ha salido perfecto —dijo el doctor Harrison sin levantar la vista de sus papeles—. Efectivamente, tienes una pequeña infección urinaria, probablemente por estrés o deshidratación. Nada de qué preocuparse, pero hay que tratarla de inmediato para que no interfiera con tu recuperación.
Karen soltó un suspiro de alivio. Al fin, la verdad que ella buscaba.
—¿Es grave, doctor?
—Para nada. Aquí tienes una receta para un tratamiento de siete días. Asegúrate de tomarlo a las horas exactas —le entregó un papel impreso con sellos de la clínica—. Y lo más importante: debes regresar exactamente en un mes para tu chequeo obligatorio. Es vital que sigamos la evolución de lo que hemos hecho hoy.
—Entendido, doctor. Muchas gracias —dijo Karen, sintiendo que le quitaban un peso de encima.
Se vistió rápidamente, guardó la receta en su bolsillo y salió del consultorio. En la recepción no tuvo que pagar nada; Olivia ya lo había dejado todo arreglado. Caminó hacia la salida sintiéndose un poco mareada, quizás por los nervios de haber usado una identificación falsa.
Afuera, el auto de Ava seguía estacionado, echando un poco de humo por el escape. Karen se subió y cerró la puerta con fuerza.
—¡Ya salí! —exclamó, dejándose caer en el asiento.
—¿Y bien? ¿Cómo te fue? ¿Te metieron presa? —bromeó Ava mientras arrancaba el auto.
—Casi me muero del susto, pero nadie sospechó nada. El doctor era un viejo que ni me miró —contó Karen, recuperando poco a poco su chispa—. Me hizo el examen, me dijo que tengo una infección y me dio esta receta. Eso sí, me dijo que tengo que volver en un mes para ver cómo sigo.
—¿Viste? Te lo dije —respondió Ava, maniobrando para salir del tráfico—. Olivia te salvó la vida. Ahora vamos a la farmacia por esas pastillas y directo a la cafetería, que el jefe debe estar echando chispas porque llegamos tarde.
—Ay, no me hables de chispas, que todavía tengo la cara de ese estirado del carro negro grabada en la mente —rezongó Karen, recordando al hombre del Rolls-Royce—. ¡Qué tipo tan pesado! Ojalá no me lo cruce nunca más en la vida.
Ava se echó a reír.
—Londres es muy grande, Karen. Las probabilidades de ver a ese millonario otra vez son de una en un millón. Olvídate de él.
Karen asintió, mirando por la ventana cómo las calles de Londres desfilaban ante sus ojos. Se sentía victoriosa. Había conseguido su tratamiento, había mantenido su secreto a salvo y pronto estaría de vuelta en su rutina, facturando dinero para sus padres.
Lo que Karen no podía imaginar es que, dentro de ella, el futuro de la dinastía Mason acababa de ser sembrado por error. Que el dolor de la infección era solo el prólogo de un cambio irreversible y que aquel "estirado" del Rolls-Royce no era un extraño cualquiera, sino el dueño de la semilla que ahora crecía silenciosamente en su vientre.
El mes de espera que el doctor le había pedido sería el último mes de paz en la vida de Karen Alarcón.
La mañana en la mansión Mason comenzó con el habitual despliegue de eficiencia. River terminaba de anudarse la corbata de seda frente al espejo del vestidor, mientras Karen lo observaba desde la cama, devorando una manzana.—Tengo reuniones en la City todo el día, Karen —dijo River, girándose para mirarla con esa expresión protectora que ahora era constante en él—. He dado órdenes al equipo de seguridad. No quiero que pongas un pie fuera de esta casa. La prensa sigue apostada en las esquinas y no quiero riesgos con tu presión arterial.Karen puso los ojos en blanco y soltó un suspiro dramático.—¡Ay, por Dios, River! Me hablas como si fuera una fugitiva de la ju
El timbre de la mansión sonó con una precisión británica a las seis de la tarde. River se ajustó los gemelos de la camisa frente al espejo del pasillo, luciendo más tenso que de costumbre. Karen bajó las escaleras despacio, sosteniéndose de la barandilla; su vientre ya empezaba a notarse bajo el vestido de encaje azul marino que River le había pedido que usara.—Recuerda, Karen —susurró River, acercándose a ella mientras los criados abrían la puerta principal—. Mi madre es... observadora. Mi padre es directo. No dejes que te intimiden, pero por favor, intenta mantener el español bajo control.—¡Ay, ya empezó el estirado con sus nervios! —respondió Karen en voz
La oficina de River en la última planta del rascacielos Mason era un santuario de cristal y acero. Normalmente, el silencio solo se rompía por el sonido de las notificaciones de la bolsa o las llamadas de millones de dólares. Pero esa mañana, el aire estaba cargado de una tensión diferente.River estaba sentado tras su escritorio, aparentemente concentrado en un contrato de fusión, pero sus labios se movían de forma extraña, susurrando palabras que no tenían nada que ver con las finanzas.—La... arepa... está... caliente —susurró River, con el entrecejo fruncido—. ¿El gato... está en la mesa? No, eso es estúpido. ¿Quié
La mansión Mason guardaba muchos secretos, pero el que estaba a punto de nacer en el despacho privado de River era, quizás, el más inesperado de todos. Tras la gala en el Museo Británico, River no había podido sacarse de la cabeza la voz de Karen. No era solo la belleza de su tono, sino la fuerza con la que escupía aquellas palabras rápidas y rítmicas que lo dejaban siempre en desventaja.Eran las once de la noche. Karen ya dormía, vencida por el cansancio del embarazo, pero River estaba despierto, sentado frente a su escritorio con la luz de una lámpara de estudio iluminando una serie de libros y una tableta.—Esto es ridículo —murmuró River para sí mismo, ajustándose los anteojos—. Soy un hombre de negocios. Manejo tres idiomas. ¿Por qué esto me parece tan... indescifrable?En la pantalla de la tableta, un profesor de una plataforma de idiomas de élite lo saludaba con una sonrisa profesional. El hombre, un español llamado Javier, parecía divertido por la seriedad extrema de su alumn
La paz del desayuno de arepas se evaporó en cuestión de minutos. River colgó el teléfono con un gesto sombrío, mientras Karen terminaba su café, ajena a la tormenta que se desataba fuera de los muros de la mansión.—Karen, olvida el descanso de hoy —dijo River, levantándose y recuperando su armadura de frialdad—. Tenemos un problema.—¿Y ahora qué le pasa, señor Mason? ¿Se le acabó el humor de chef tan rápido? —preguntó ella, limpiándose las manos con una servilleta.—La prensa. Algún empleado o alguien de la clínica filtró que hay una mujer viviendo conmigo. Los tabloides están especulando con todo: secuestro, amante, una estafa... —River caminó hacia ella y la tomó suavemente de los hombros, obligándola a mirarlo—. No puedo permitir que manchen el nombre de mis hijos ni el tuyo. Esta noche hay una gala benéfica en el Museo Británico. Vamos a ir.Karen abrió los ojos de par en par, sintiendo que el pánico le subía por el pecho.—¿A una gala? ¡Usted está loco! Yo no sé andar en esos s
La mañana en la mansión Mason amaneció fría y gris, como de costumbre en Londres. Karen se despertó sintiendo ese vacío en el estómago que ya conocía bien, pero esta vez, al abrir los ojos, no encontró a una enfermera con un batido verde. Encontró una pequeña nota sobre la mesa de noche, escrita con una caligrafía impecable y autoritaria: "Baja a la cocina. No es una orden, es una invitación. R.M."Karen bufó, arrugando el papel.—¡Mire este atrevido! "No es una orden", dice... ¡como si yo no supiera que hace lo que le da la gana! —murmuró en español mientras se ponía una bata de seda que River le había comprado y que ella odiaba por ser "demasiado fina".Bajó las escaleras arrastrando los pies, preparada para otra pelea sobre carbohidratos y proteínas. Pero al llegar a la planta baja, algo la detuvo en seco. El olor.No era el olor a desinfectante de la clínica, ni el aroma a té inglés de River. Era un olor cálido, tostado, dulce y profundamente familiar. Karen cerró los ojos por un s







