INICIAR SESIÓNKaren salió de la cafetería sosteniendo la tarjeta de Olivia como si fuera una granada a punto de explotar. Ava ya la esperaba fuera, apoyada en su viejo y ruidoso auto.
—Súbete rápido, que esa clínica queda en la zona de los riquitos y el tráfico está horrible —dijo Ava abriéndole la puerta.Karen se acomodó en el asiento, apretando los dientes cada vez que el auto pasaba por un bache. El dolor no daba tregua.
—Ava, ¿tú crees que se den cuenta? Tengo los nervios de punta —preguntó Karen, mirando por la ventana.
—Relájate, chama. Te pones un poco de maquillaje, entras segura y listo. Eres Olivia por una hora, nada más.
Al doblar una esquina cerca de la elegante zona de Marylebone, un imponente Rolls-Royce negro se cruzó en su camino con una elegancia casi insultante. Ava frenó de golpe, pero el viejo auto no respondió a tiempo y terminó impactando levemente el guardabarros del gigante de lujo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Lo que me faltaba! —gritó Karen, bajándose del auto antes de que Ava pudiera detenerla.
De la puerta del conductor del Rolls-Royce bajó un hombre. Era alto, vestía un traje que probablemente costaba más que la casa de Karen en Venezuela, y su rostro era una máscara de frialdad y arrogancia. Sus ojos grises escanearon el golpe en su auto y luego miraron a Karen como si fuera una mancha en su zapato. —¿Es que no sabes usar los frenos? —soltó el hombre con una voz grave y prepotente—. Has arruinado un coche de edición limitada con esa chatarra.Karen, que ya venía aguantando dolor, miedo y nervios, sintió que la sangre le hervía. El hombre no le preguntó si estaba bien; solo le importaba su pedazo de metal.
—¡Mira, estirado! —exclamó Karen, plantándose frente a él a pesar de que le sacaba una cabeza de altura—. El que se cruzó como si fuera el dueño de la calle fuiste tú. ¡Ni que el mundo fuera tuyo, pues!
El hombre arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la chica. —¿Tienes idea de con quién estás hablando? —preguntó él con una calma gélida—. Deberías pedir disculpas y llamar a tu seguro, aunque dudo que cubra ni el logo de este coche. Karen lo miró de arriba abajo. El tipo era guapísimo, sí, pero tenía una actitud que ella no soportaba. Estaba harta de la gente que se creía superior. —¿Seguro? ¡Lo que tú necesitas es un curso de humildad, pedazo de mofletudo! —le gritó Karen, y de repente, la rabia le hizo cambiar el chip—. ¡A la cuenta de qué te crees tú tanta cosa, muchacho bobo! ¡Eres un antipático, un estirado y ojalá que ese carro se te quede accidentado en la mitad de la nada por mal educado! El hombre se quedó congelado. Pestañeó varias veces, tratando de procesar el torrente de palabras en español que Karen le acababa de lanzar con una velocidad increíble. No entendió ni una palabra, pero el tono de voz y los gestos de ella le dejaron claro que no eran halagos. —¿Qué idioma es ese? Habla en inglés —ordenó él, aunque por dentro estaba extrañamente intrigado por el fuego en los ojos de la joven. —¡Hablo como me dé la gana! —respondió ella con una sonrisa burlona—. ¡Aprende a manejar primero y después me das órdenes, arrogante! Karen consultó su celular y se dio cuenta de que llegaba tarde a la cita. No podía arriesgarse a que llegara la policía y le pidieran papeles. —Tengo cosas más importantes que hacer que verle la cara a un tipo tan pesado como tú —le dijo en inglés, dándole la espalda—. ¡Ava, muévete que se nos hace tarde!—¡Oye! ¡No he terminado contigo! —exclamó el hombre, pero Karen ya se había subido al auto y Ava arrancó a toda prisa, dejándolo allí, parado en medio de la calle, confundido y con el eco de un idioma desconocido retumbando en sus oídos.
Minutos después, Karen llegaba a la clínica. El corazón le latía a mil por hora mientras cruzaba las puertas de cristal.—Buenos días... tengo una cita —dijo en la recepción, tratando de recuperar el aliento.
—¿Nombre? —preguntó la recepcionista sin levantar la vista. Karen tragó saliva, recordó a sus padres y apretó la tarjeta en su bolsillo.—Olivia —respondió con firmeza—. Soy Olivia.
No sabía que, afuera, el dueño del Rolls-Royce acababa de anotar la placa del auto de Ava y que el destino estaba a punto de encerrarlos a ambos en esta consultorio del cual no habría escapatoria.La mañana en la mansión Mason comenzó con el habitual despliegue de eficiencia. River terminaba de anudarse la corbata de seda frente al espejo del vestidor, mientras Karen lo observaba desde la cama, devorando una manzana.—Tengo reuniones en la City todo el día, Karen —dijo River, girándose para mirarla con esa expresión protectora que ahora era constante en él—. He dado órdenes al equipo de seguridad. No quiero que pongas un pie fuera de esta casa. La prensa sigue apostada en las esquinas y no quiero riesgos con tu presión arterial.Karen puso los ojos en blanco y soltó un suspiro dramático.—¡Ay, por Dios, River! Me hablas como si fuera una fugitiva de la ju
El timbre de la mansión sonó con una precisión británica a las seis de la tarde. River se ajustó los gemelos de la camisa frente al espejo del pasillo, luciendo más tenso que de costumbre. Karen bajó las escaleras despacio, sosteniéndose de la barandilla; su vientre ya empezaba a notarse bajo el vestido de encaje azul marino que River le había pedido que usara.—Recuerda, Karen —susurró River, acercándose a ella mientras los criados abrían la puerta principal—. Mi madre es... observadora. Mi padre es directo. No dejes que te intimiden, pero por favor, intenta mantener el español bajo control.—¡Ay, ya empezó el estirado con sus nervios! —respondió Karen en voz
La oficina de River en la última planta del rascacielos Mason era un santuario de cristal y acero. Normalmente, el silencio solo se rompía por el sonido de las notificaciones de la bolsa o las llamadas de millones de dólares. Pero esa mañana, el aire estaba cargado de una tensión diferente.River estaba sentado tras su escritorio, aparentemente concentrado en un contrato de fusión, pero sus labios se movían de forma extraña, susurrando palabras que no tenían nada que ver con las finanzas.—La... arepa... está... caliente —susurró River, con el entrecejo fruncido—. ¿El gato... está en la mesa? No, eso es estúpido. ¿Quié
La mansión Mason guardaba muchos secretos, pero el que estaba a punto de nacer en el despacho privado de River era, quizás, el más inesperado de todos. Tras la gala en el Museo Británico, River no había podido sacarse de la cabeza la voz de Karen. No era solo la belleza de su tono, sino la fuerza con la que escupía aquellas palabras rápidas y rítmicas que lo dejaban siempre en desventaja.Eran las once de la noche. Karen ya dormía, vencida por el cansancio del embarazo, pero River estaba despierto, sentado frente a su escritorio con la luz de una lámpara de estudio iluminando una serie de libros y una tableta.—Esto es ridículo —murmuró River para sí mismo, ajustándose los anteojos—. Soy un hombre de negocios. Manejo tres idiomas. ¿Por qué esto me parece tan... indescifrable?En la pantalla de la tableta, un profesor de una plataforma de idiomas de élite lo saludaba con una sonrisa profesional. El hombre, un español llamado Javier, parecía divertido por la seriedad extrema de su alumn
La paz del desayuno de arepas se evaporó en cuestión de minutos. River colgó el teléfono con un gesto sombrío, mientras Karen terminaba su café, ajena a la tormenta que se desataba fuera de los muros de la mansión.—Karen, olvida el descanso de hoy —dijo River, levantándose y recuperando su armadura de frialdad—. Tenemos un problema.—¿Y ahora qué le pasa, señor Mason? ¿Se le acabó el humor de chef tan rápido? —preguntó ella, limpiándose las manos con una servilleta.—La prensa. Algún empleado o alguien de la clínica filtró que hay una mujer viviendo conmigo. Los tabloides están especulando con todo: secuestro, amante, una estafa... —River caminó hacia ella y la tomó suavemente de los hombros, obligándola a mirarlo—. No puedo permitir que manchen el nombre de mis hijos ni el tuyo. Esta noche hay una gala benéfica en el Museo Británico. Vamos a ir.Karen abrió los ojos de par en par, sintiendo que el pánico le subía por el pecho.—¿A una gala? ¡Usted está loco! Yo no sé andar en esos s
La mañana en la mansión Mason amaneció fría y gris, como de costumbre en Londres. Karen se despertó sintiendo ese vacío en el estómago que ya conocía bien, pero esta vez, al abrir los ojos, no encontró a una enfermera con un batido verde. Encontró una pequeña nota sobre la mesa de noche, escrita con una caligrafía impecable y autoritaria: "Baja a la cocina. No es una orden, es una invitación. R.M."Karen bufó, arrugando el papel.—¡Mire este atrevido! "No es una orden", dice... ¡como si yo no supiera que hace lo que le da la gana! —murmuró en español mientras se ponía una bata de seda que River le había comprado y que ella odiaba por ser "demasiado fina".Bajó las escaleras arrastrando los pies, preparada para otra pelea sobre carbohidratos y proteínas. Pero al llegar a la planta baja, algo la detuvo en seco. El olor.No era el olor a desinfectante de la clínica, ni el aroma a té inglés de River. Era un olor cálido, tostado, dulce y profundamente familiar. Karen cerró los ojos por un s







