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Capitulo 5

Author: Naira Black
last update publish date: 2026-03-02 04:59:49

Karen salió de la cafetería sosteniendo la tarjeta de Olivia como si fuera una granada a punto de explotar. Ava ya la esperaba fuera, apoyada en su viejo y ruidoso auto.

—Súbete rápido, que esa clínica queda en la zona de los riquitos y el tráfico está horrible —dijo Ava abriéndole la puerta.

Karen se acomodó en el asiento, apretando los dientes cada vez que el auto pasaba por un bache. El dolor no daba tregua.

—Ava, ¿tú crees que se den cuenta? Tengo los nervios de punta —preguntó Karen, mirando por la ventana.

—Relájate, chama. Te pones un poco de maquillaje, entras segura y listo. Eres Olivia por una hora, nada más.

Al doblar una esquina cerca de la elegante zona de Marylebone, un imponente Rolls-Royce negro se cruzó en su camino con una elegancia casi insultante. Ava frenó de golpe, pero el viejo auto no respondió a tiempo y terminó impactando levemente el guardabarros del gigante de lujo.

—¡Ay, Dios mío! ¡Lo que me faltaba! —gritó Karen, bajándose del auto antes de que Ava pudiera detenerla.

De la puerta del conductor del Rolls-Royce bajó un hombre. Era alto, vestía un traje que probablemente costaba más que la casa de Karen en Venezuela, y su rostro era una máscara de frialdad y arrogancia. Sus ojos grises escanearon el golpe en su auto y luego miraron a Karen como si fuera una mancha en su zapato.

—¿Es que no sabes usar los frenos? —soltó el hombre con una voz grave y prepotente—. Has arruinado un coche de edición limitada con esa chatarra.

Karen, que ya venía aguantando dolor, miedo y nervios, sintió que la sangre le hervía. El hombre no le preguntó si estaba bien; solo le importaba su pedazo de metal.

—¡Mira, estirado! —exclamó Karen, plantándose frente a él a pesar de que le sacaba una cabeza de altura—. El que se cruzó como si fuera el dueño de la calle fuiste tú. ¡Ni que el mundo fuera tuyo, pues!

El hombre arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la chica.

—¿Tienes idea de con quién estás hablando? —preguntó él con una calma gélida—. Deberías pedir disculpas y llamar a tu seguro, aunque dudo que cubra ni el logo de este coche.

Karen lo miró de arriba abajo. El tipo era guapísimo, sí, pero tenía una actitud que ella no soportaba. Estaba harta de la gente que se creía superior.

—¿Seguro? ¡Lo que tú necesitas es un curso de humildad, pedazo de mofletudo! —le gritó Karen, y de repente, la rabia le hizo cambiar el chip—. ¡A la cuenta de qué te crees tú tanta cosa, muchacho bobo! ¡Eres un antipático, un estirado y ojalá que ese carro se te quede accidentado en la mitad de la nada por mal educado!

El hombre se quedó congelado. Pestañeó varias veces, tratando de procesar el torrente de palabras en español que Karen le acababa de lanzar con una velocidad increíble. No entendió ni una palabra, pero el tono de voz y los gestos de ella le dejaron claro que no eran halagos.

—¿Qué idioma es ese? Habla en inglés —ordenó él, aunque por dentro estaba extrañamente intrigado por el fuego en los ojos de la joven.

—¡Hablo como me dé la gana! —respondió ella con una sonrisa burlona—. ¡Aprende a manejar primero y después me das órdenes, arrogante!

Karen consultó su celular y se dio cuenta de que llegaba tarde a la cita. No podía arriesgarse a que llegara la policía y le pidieran papeles.

—Tengo cosas más importantes que hacer que verle la cara a un tipo tan pesado como tú —le dijo en inglés, dándole la espalda—. ¡Ava, muévete que se nos hace tarde!

—¡Oye! ¡No he terminado contigo! —exclamó el hombre, pero Karen ya se había subido al auto y Ava arrancó a toda prisa, dejándolo allí, parado en medio de la calle, confundido y con el eco de un idioma desconocido retumbando en sus oídos.

Minutos después, Karen llegaba a la clínica. El corazón le latía a mil por hora mientras cruzaba las puertas de cristal.

—Buenos días... tengo una cita —dijo en la recepción, tratando de recuperar el aliento.

—¿Nombre? —preguntó la recepcionista sin levantar la vista.

Karen tragó saliva, recordó a sus padres y apretó la tarjeta en su bolsillo.

—Olivia —respondió con firmeza—. Soy Olivia.

No sabía que, afuera, el dueño del Rolls-Royce acababa de anotar la placa del auto de Ava y que el destino estaba a punto de encerrarlos a ambos en esta consultorio  del cual  no habría escapatoria.

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