FAZER LOGINNo es que odie ser el menor del clan. A veces incluso tiene ventajas.
Pero si hubiera nacido antes que León, quizá no estaría escuchando órdenes todo el tiempo como si fuera un niño.
Maldito rango por edad. Maldita jerarquía que pesa más que cualquier argumento.
Aun así, lo que sí odio, profundamente, es no poder decidir. Porque desde que vi a Natalia por primera vez… dejé de ser dueño de mí mismo.
Después de espiarla en silencio cada noche, tras la primera vez, mi mente ya no me pertenece.
Estoy obsesionado con ella. Maldita sea, lo estoy.
Es tan bella, tan delicada, tan femenina que resulta injusto. No es solo su cuerpo, aunque es una maldita provocación para los sentidos. Ella es ese contraste entre suavidad y fuerza callada. Ese cabello... jamás había visto a alguien con ese tono natural. Todas las demás lo imitaban con tintes. Ella no. Ella era fuego real. Tentación envuelta en piel. Y yo la deseaba. La deseábamos todos, aunque Pavel no quisiera aceptarlo.
—No es mi culpa que absorbieras la luz de aquella mujer. Debiste alejarte, ella no es una mujer para nosotros y si tiene esas habilidades quiere decir que es un peligro porque tan pronto otros clanes lo descubran van a quererla —reclamó Pavel con su tono severo cuando Román se negó a bajar del auto al llegar a uno de los burdeles de la Nación.
—Bájate del vehículo Roman. Sabes perfectamente que no nos aceptan si no llega el clan completo —insistió Alexei con fastidio.
El gesto de Román se endureció. Cruzó los brazos. La mandíbula apretada. Odiaba venir aquí, siempre lo había dejado claro. No es que no le gustaran las mujeres, pero detestaba la mecánica de todo esto. El intercambio. La rutina y la desconexión emocional.
Pero no había otra forma de que hombres como nosotros tuvieran sexo con una mujer sin estar vinculados a ella.
El virus lo cambió todo.
Un accidente biológico que barrió con el 80% de la población femenina hace más de un siglo. Decían que fue un error humano. Otros culpan a Dios. Lo cierto es que nuestros padres nos habían dicho la verdad y la verdad debía permanecer escondida.
Ahora, las mujeres son tesoros vigilados. Reproducirse es una lotería científica. Tener una hija, casi un milagro.
Con el tiempo, nos adaptamos.
Los clanes se volvieron esenciales: hombres unidos por lazos de sangre o hermandad, obligados a compartirlo todo, incluso la esperanza de una mujer.
No era amor. Era supervivencia.
Finalmente, Román cedió. Bajó del auto con resignación. Entramos al lugar y nos recibió uno de los encargados. Los clanes de la elite podían venir dos veces al mes. Los clanes de niveles inferiores y sin afiliación publica a la Nación apenas lograban una visita cada seis.
La habitación era amplia. Luces cálidas. Cama con sábanas rojas, probablemente para no mostrar rastros de los que estuvieron antes. En el centro, una mujer rubia nos esperaba sentada en un sofá, con las piernas cruzadas y la mirada neutra.
“Al menos no parece rota”, pensé. Me aliviaba cuando no lo estaban. Me hacía más fácil fingir que esto era normal.
No era mi culpa que estuvieran aquí me decía siempre.
Pero por dentro… había algo en esta dinámica que me incomodaba. Algo que ya no podía ignorar.
Román caminó hasta un sillón en la esquina y se dejó caer sin mirarla.
—Avísenme cuando sea mi turno —murmuró.
Pavel lo ignoró y se acercó a la chica. Siempre era el primero. Por jerarquía, por costumbre. Murmuró algo en su oído y ella respondió con voz monótona:
—Va empezando mi turno, así que puedo tomar a tres de ustedes a la vez.
Román no reaccionó.
—Román —lo llamó Pavel con evidente irritación.
—Voy al último. Le cedo mi lugar a León —respondió sin voltear.
—Como quieras —aceptó Pavel, desabrochando su camisa mientras León y Alexei hacían lo mismo.
Suspiré. Podría haberme cedido su lugar a mí, pero no porque soy el menor y primero va Leon. Me senté junto a él, esperando, mientras escuchaba a mis hermanos con la mujer.
No miré. No podía. Me limité a imaginar que era Natalia quien los tocaba. Que algún día sería su luz la que nos abrigara a todos.
De reojo, observé a Román. Lo amaba como a todos nuestros hermanos, pero nunca lo había entendido del todo. Nunca hasta ahora. Desde que León y yo nos graduamos de la academia le había pedido a Pavel que nos vinculáramos a una mujer a nosotros para formar una familia. La respuesta de Pavel siempre era un no sin embargo, desde lo de Natalia sentía que lo entendía un poco más. Ella se sentía como un sol así que también la deseaba. Pero Pavel había decidido que no la reclamaríamos y eso era ley.
Casi una hora después, León se acercó y entendí que era nuestro turno. La rubia seguía recostada, con las piernas abiertas, los ojos cansados pero lista para recibirnos. Me quité la camisa y me preparé.
—Puedes tomarla de frente. Yo lo haré por detrás —dijo Román con voz baja, resignado.
Odiaba que fuera así. Pero yo sí quería tener sexo, quería vaciar esta rabia, este anhelo, aunque fuera con alguien que no era ella.
Cuando besé a la mujer, cerré los ojos con fuerza. Fingí que era Natalia. Estoy seguro de que Román hizo lo mismo.
Y al salir del burdel, subimos al vehículo autónomo en silencio. No era solo Román. Todos estábamos huecos.
Habíamos compartido noches sin hablar, pero nunca con esta incomodidad que parecía respirarse entre los asientos.
Antes de llegar a casa, Pavel habló:
—Está bien. Iré con Alexei a confirmar lo que vieron —dijo, con ese tono medido que usaba cuando no quería mostrar emociones.
Nos miró a los cuatro.
—No es que no les crea, solo confío en ustedes, pero, si esta mujer va a ser nuestra esposa... si vamos a vincularla a nosotros... tiene que ser capaz de alimentar nuestra oscuridad con su luz. Si no, será un desastre del que siempre seremos responsables.
El silencio que siguió fue profundo. Román exhaló apenas, León sonrió —abiertamente, como si algo dentro de él acabara de despertar— y Alexei también.
Pero lo más impactante fue ver a Pavel... ceder.
El inflexible. El inquebrantable.
¿Se sentía tan atraído como nosotros? ¿También soñaba con ella al cerrar los ojos?
Cuando los sentí llegar, tuve menos de cinco minutos para decidir dónde esconderme. No era mucho, pero era suficiente si no cometía un error. Me metí en uno de los ductos de ventilación, maldiciendo mi mala suerte y agradeciendo al mismo tiempo ser lo bastante pequeña para entrar sin atorarme. No era la primera vez que debía desaparecer rápido, aunque siempre odiaba esa sensación de encierro metálico.Los tres hombres que entraron eran los mismos que había visto en la terminal del aeropuerto. Por un segundo pensé que venían por mí. Una ridiculez. Lo descubrí en cuanto sus miradas se clavaron en la mujer drogada y amordazada sobre la cama. No venían por mí. Venían por ella.—¿Pueden creer esto? —murmuró uno, con un tono que me puso la piel tensa—. Pavel perdió la cordura. ¿Por qué demonios se robó a nuestra mujer? Se supone que él y su clan se vincularon recientemente.—Sí… —respondió el segundo, visiblemente irritado—. Tiene que estar mal de la cabeza. ¿O es que ya no le basta con su m
Pavel insistió en que transfiriéramos a Isabella y la mujer del burdel a otra ubicación mientras ellos seguían investigando en el lugar del baile. No había nada normal en la desaparición de Natalia. Podía inventar cualquier excusa, repetir teorías cómodas, pero ninguna encajaba. No cuando había desaparecido en medio de una fiesta controlada, rodeada de seguridad y diseñada para que nada se saliera del guion. Y menos cuando ella no fue la única.—Cinco mujeres, Leon —dijo Sergei desde el asiento del vehículo autónomo, mientras nos acercábamos al penthouse—. Cinco. ¿Desde cuándo eso ocurre sin que nadie note nada?—Desde nunca —respondí—. Por eso no me trago lo del “Se escaparon juntas”.Él no necesitaba más explicación. Los dos sabíamos leer patrones. Crecimos entre inquisidores, viendo cómo se disfrazan las operaciones encubiertas, cómo se fabrican distracciones y cómo se borran huellas. Nada de esto tenía la firma del azar.—Pavel tiene razón —continuó Sergei—. “Quien sea que se llevó
Las luces del salón brillaban como si el mundo fuera perfecto. Como si estos eventos fueran celebraciones genuinas y no recordatorios de quién pertenece a quién.Como si yo no estuviera pensando en Glinda.Como si Isabella no estuviera sola en casa.Pero lo estaba.Y yo estaba atrapada aquí, cumpliendo con mi papel de mujer vinculada ante los ojos de la Nación.Pavel se inclinó hacia mí, su tono bajo.—Respira, Sol. Solo falta el discurso final y nos iremos.—Estoy respirando —mentí, manteniendo una sonrisa diplomática bajo las miradas de la élite.Roman ofreció una sonrisa cortés a un diplomático frente a nosotros, pero me habló sin mover casi los labios:—Tranquila mí amor. De verdad falta muy poco.—No dejo de pensar en mis hermanas —susurré—. No paro de pensar dónde puede estar Glinda.Alexei, siempre atento, rozó mi espalda con la mano en un gesto tranquilo.—La encontraremos.Quise creerle.Necesitaba creerle.Un grupo de mujeres se acercó con emoción sincera en los ojos cuando n
No entendía por qué mis esposos se estaban comportando tan mal.Sí, tener a Isabella con nosotros rompía con nuestra rutina… pero era mi hermana, y ellos lo sabían. Yo la había criado, la amaba más como a una hija que como a una hermana. No iba a permitir que anduviera sola por ahí, buscando a Glinda sin nadie que la protegiera.—¿Qué tipo de habilidades tienes? —preguntó Sergei, intentando sonar despreocupado mientras yo les servía hot cakes a todos.—No entiendo por qué es relevante —respondió Isabella, arqueando una ceja—. Mejor dime… ¿y tú? ¿Qué tipo de habilidades tienes tú?Sonreí por dentro. No iban a sacarle nada con métodos convencionales. Isabella era demasiado terca, y la noche anterior me había confesado que sus futuros compañeros con los que planeaba fugarse le habían advertido que no debía mostrar sus peculiaridades a nadie. Hablar de que éramos diferentes nunca me resultó fácil… había algo en mí que se cerraba, como si esa parte de mí se negara a salir. Por eso, cuando m
Tenía muy claro cómo debían tratarse los hermanos… lo sabía por mi propia experiencia. Y quizá por eso, la forma en que Natalia trataba a Isabella me resultó incómoda desde el primer instante. No era la cercanía ligera, despreocupada y hasta burlona que suelen compartir los hermanos. Era… otra cosa. Más profunda. Más protectora. Como si Natalia no fuera solo su hermana, sino algo más. Como si fuera su madre.Isabella estaba recostada en el sofá, los ojos enrojecidos por el cansancio del viaje desde Texas hasta Chicago. Natalia se arrodilló frente a ella, sujetándole la mano con un cuidado que dolía verlo.—Isa… tranquila, ya estás aquí —susurró Natalia con voz suave, acariciándole el cabello como si fuera una niña—. Todo va a estar bien, ¿sí?Si de verdad tenía miedo, se habría quedado allá, pensé, sintiendo cómo algo se me enroscaba en el estómago. No tenía sentido cruzar medio país para buscar a una niña. Glinda, la más pequeña, había desaparecido, y Isabella vino convencida de que t
La noche había sido mágica.No de esa forma vacía y repetida con la que algunas personas intentan adornar un recuerdo… sino mágica de verdad. De esas que marcan un antes y un después, que se graban en la piel y no se olvidan, aunque pasen los años.Pavel me ingresó a nuestro hogar entre sus brazos como si cargarme así fuera lo más natural del mundo. Su paso era firme, decidido, como si me perteneciera. Al cruzar la puerta, Alexei y Roman ya estaban allí, esperándonos. Sus miradas se encontraron con la mía y, en ese instante silencioso, entendieron lo que la noche prometía sin que hiciera falta una sola palabra.Pavel no perdió tiempo. Me llevó directo a la habitación familiar, ese espacio donde no existían reglas ni máscaras… solo nosotros, desbordados de deseo.—Hoy probé a Pavel en la mañana —dije con una sonrisa traviesa, dejando que la picardía impregnara mi voz—. Y después de unas horas… he vuelto a tener hambre.La sonrisa que se dibujó en los labios de Alexei fue lenta, ladina,







