INICIAR SESIÓNLlamamos una vez… luego otra vez… pero no hubo respuesta. Natalia no encendió la luz ni abrió la puerta. Y aunque sabíamos que no debíamos, cruzamos el umbral con la facilidad de quienes nunca han necesitado pedir permiso.
La encontramos dormida.
Profundamente. Completamente ajena a nuestra presencia.
Su camisón era más una sugerencia que una prenda. Corto y ligero, se deslizaba sobre su piel como un susurro. Las tiras finas apenas sujetaban la tela que se ceñía a sus pechos con una precisión descarada, provocando con cada sutil movimiento. No era solo deseo lo que despierta en nosotros; era algo antiguo, irracional, una necesidad que parecía tallada en nuestros huesos.
Cada paso que dábamos dentro de esa habitación era una transgresión. Pero también lo era cada segundo que pasábamos lejos de ella.
—¿Crees que realmente puede dar luz a nuestra oscuridad? —susurró Alexei, sin apartar la mirada de su figura.
—Lo siento —dije con certeza—. Lo vi en sus ojos en el momento en que nos miró. Y nuestros padres siempre decía que lo supieron cuando vieron a nuestra madre por primera vez. Incluso antes de que el mundo colapsara.
—Entonces, ¿por qué crees que huyó realmente de nosotros? —preguntó con amargura—. ¿Fue solo por lo que dijiste sobre su apariencia?
Le lancé una mirada; el filo de su pregunta me atravesó el pecho.
—No lo sé. Quizá no fue solo eso. Tal vez también percibió nuestra oscuridad. Estamos rotos precisamente por eso estuve evitando llegar a esto. Somos demasiado oscuros, Alexei.
—No para ella —masculló, sorprendido de lo profundo que lo creía.
—¿No para ella? —repliqué con una sonrisa amarga—. Tú sabes lo que hemos hecho. Sabes lo que somos.
—No soporto estar lejos de ella más —dijo—. Si seguimos a distancia, todo empeorará.
—Lo sé —murmuré, con la mirada fijada de nuevo en Natalia—. Siento lo mismo.
—Imagínala sin ropa —añadió de pronto, la voz cargada de deseo—. Desnuda para nosotros.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso borrara la imagen que acababa de plantar en mi mente. Pero era inútil. Ya la había imaginado así. No una vez, sino todas las noches desde que la conocimos. Desde que entró en esa sala de reuniones con la osadía colgando de los hombros, como si no supiera —o quizá sí supiera— que nos pertenecía.
—No puedo sacármela de la cabeza —había dicho Alexei en el camino—. Y aunque se que es anormal, si ella tiene luz en su interior, entonces es perfecta.
En nuestra sociedad el vínculo de un clan con una mujer no solía elegirse por sentimientos o deseo sexual. No pedía permiso para esas cosas. Simplemente… se daba para sobrevivir. Pero el vínculo que atronaba dentro de mí gritaba por ella.
Natalia se removió en el sueño y el gemido que escapó de sus labios fue una daga directa a mi pecho. Un sollozo ahogado. Crudo. Vulnerable. El tipo de sonido que nunca debería salir de los labios de alguien destinada a ser adorada.
—¿Está teniendo una pesadilla? —susurré.
—Parece que sí —respondió Alexei, dando un paso adelante.
—Está bien, sol —dije, con la calma suficiente para acallar cualquier tempestad.
Natalia murmuró algo ininteligible. Estaba atrapada en algún lugar oscuro. Quizá un recuerdo. Alexei se acercó sin pedir permiso. Yo no lo detuve. Simplemente me aparté. Lo vi sentarse a su lado y envolverla con los brazos. El cuerpo de Natalia se amoldó al suyo como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Su calor —estaba seguro— se filtró por su piel. Y algo dentro de él… se quebró.
—Alexei… —dije en voz baja, observándolo—. ¿Estás seguro?
—No —admitió—. Pero la necesito.
—Solo no la despiertes.
—No puedo prometer eso, Pavel.
Entonces la besó. Y cuando sus labios se encontraron con los de ella, su luz lo tocó. No solo lo envolvió: lo atravesó. Lo abrió en canal. Y lo que salió no fue ternura… fue oscuridad. La parte más cruda de él, la que siempre intentó ocultar incluso a mí, pero que yo siempre había conocido. Su alma la reconoció. Su cuerpo la reclamó. No hubo lógica. Ni contención.
—Alexei —mi voz se endureció—. Tienes que dejarla ir.
—No puedo —gruñó—. Es como si su luz estuviera dentro de mí… no puedo.
—Escúchame —me acerqué—. La vas a asustar. Arruinarás nuestra oportunidad con ella antes de que siquiera la tengamos.
—Yo ya la tengo —susurró, perdido—. ¿No lo sientes? Su luz interior me llama…
—No es el momento —dije con firmeza, bajando la voz, pero dotándola de peso—. Déjala, hermano.
Pero no lo hizo. Y entonces lo sentí.
Entré en su mente. No por completo, sino lo suficiente para empujar. Con fuerza. Con autoridad. Uso esa habilidad solo cuando no hay otra opción. Al mismo tiempo, envié una orden silenciosa directamente a la mente de Natalia, obligándola a hundirse más en el sueño. A no despertarse. A no ver lo que estaba ocurriendo.
Solo entonces él la soltó.
No por voluntad.
Por fuerza.
Me entregó su cuerpo como si algo dentro de él se hubiera partido de par en par. Porque así había sido.
—¿Estás bien? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—No —dijo con voz ronca—. ¿Lo estarías? Si tú hubieras tomado su luz interior y yo la hubiera tenido, ¿intentarías detenerme?
Guardé silencio varios segundos. El silencio entre nosotros contenía verdades que no estábamos listos para enfrentar.
—No. Pero tenemos que resistir —murmuré finalmente—. Aún no la hemos vinculado a nosotros.
—¿Y cuándo lo haremos? —preguntó, con una furia que no iba dirigida a mí, sino al mundo—. ¿Cuándo sabremos que es seguro tocarla sin destruirla?
—Cuando ella nos elija —dije, con una certeza que ardía—. Solo entonces.
Me observó mientras tomaba su lugar. Mientras la besaba. Mientras sentía lo que él había sentido. Su luz era un fuego, y nosotros solo conocíamos la oscuridad. Y, sin embargo… ella no nos quemó.
Nos reveló.
Nos dejó vulnerables.
El vínculo ya había comenzado lo quisiéramos o no.
No en la carne.
No en la sangre.
En el alma.
Y esa unión… era irrevocable.
El amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando las puertas del elevador se abrieron y entré al penthouse acompañado por Alexei y Roman. Habíamos pasado la noche siguiendo cualquier indicio relacionado con Natalia y regresábamos únicamente porque Leon había activado una señal de emergencia que ninguno utilizaba salvo cuando la situación se había salido completamente de control.Lo primero que vi fue sangre.Después encontré a Leon apoyado contra un mueble, todavía afectado por algo que le impedía moverse con normalidad, mientras Sergei permanecía tendido en el suelo con la camisa empapada y una herida que, aunque parecía haber dejado de sangrar, bastó para desatar algo dentro de mí.—¿Quién hizo esto?Leon levantó la mirada hacia nosotros.—Vadim Baranov y los hombres de su clan.No recuerdo haber decidido moverme, pero Alexei me sujetó del brazo antes de que alcanzara la puerta.—Pavel.—Suéltame.—Primero averiguamos qué pasó.Roman ya estaba junto a Sergei y la
Karl respondió esta vez.—Por mi trabajo en el laboratorio de bioingeniería empecé a notar movimientos extraños. Al principio no entendía qué estaba pasando, pero después descubrí que el servicio secreto de Neomuscu llevaba meses siguiendo a mujeres que, según ellos, podían tener habilidades especiales.Karl hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar.—No sé de dónde sacaron esa información ni por qué están tan convencidos de que esas mujeres existen, pero terminaron llegando hasta ustedes tres. Cuando vi sus nombres en el sistema, seguí investigando y descubrí algo más: también fueron ellos quienes ordenaron incendiar el lugar donde vivía el clan que compró tu Contrato de Primacía.Sentí que algo se comprimía dentro de mi pecho.—No entiendo. Neomuscu está al otro lado del mundo, ¿cómo pudieron llegar hasta nosotras?Hector negó con la cabeza y me interrumpió.—Ahora mismo no importa cómo, sino que saben lo que tú y tus hermanas pueden hacer.—¿Y cómo lo descubrieron ustedes?
Desperté con la certeza de que algo estaba mal incluso antes de abrir los ojos, así que me incorporé demasiado rápido y, sin darme cuenta, una de mis manos terminó apoyándose sobre mi vientre mientras intentaba reconocer la habitación. Todo estaba oscuro.—¿Pavel?No hubo respuesta, así que bajé de la cama y fui hacia la puerta.—¿Alexei? ¿Roman?Giré la manija, pero estaba bloqueada.—¡Leon! ¡Sergei!Golpeé con fuerza hasta que escuché movimiento al otro lado y fue entonces cuando Robert entró y encendió la luz. Durante unos segundos solo pude mirarlo, intentando comprender por qué mi padre estaba allí mientras ninguno de mis esposos respondía. Fue entonces cuando los recuerdos del Baile comenzaron a regresar de manera fragmentada.—¿Por qué me trajeron hasta aquí? —pregunté finalmente.—Natalia, primero tienes que escucharme.—Quiero regresar a mi casa con mis esposos.Intentó acercarse, pero levanté una mano mientras la otra permanecía, casi por instinto, cerca de mi vientre.—No m
Y aunque intenté incorporarme apoyando una mano en el piso, no lo conseguí, lo que provocó que Evan se acercara. Ahora estaban frente a mí y, por la forma en que me observaba, supe que me había reconocido como la mujer que tanto él como sus compañeros de clan habían mirado con tanta intensidad en la terminal.—¿Qué estabas haciendo? —preguntó, inclinándose apenas.—Lo necesario para que no se muriera.Evan alzó las cejas y pareció dispuesto a preguntar de nuevo, pero antes intercambió una mirada rápida con Mark mientras Vadim también me observaba con una intensidad que me incomodó más de lo que quería admitir.—Atrás, Evan; hasta que sepamos qué puede hacer, nisiquiera la toques.Mientras Vadim decia aquello por su parte Mark ya estaba junto a Sergei, revisándolo con una atención que me permitió respirar un poco mejor cuando confirmó que el sangrado había disminuido, aunque después dejó de mirar a Sergei y fijó nuevamente su atención en mí, como si lo verdaderamente importante hubiera
Cuando los sentí llegar, tuve menos de cinco minutos para decidir dónde esconderme. No era mucho, pero era suficiente si no cometía un error. Me metí en uno de los ductos de ventilación, maldiciendo mi mala suerte y agradeciendo al mismo tiempo ser lo bastante pequeña para entrar sin atorarme. No era la primera vez que debía desaparecer rápido, aunque siempre odiaba esa sensación de encierro metálico.Los tres hombres que entraron eran los mismos que había visto en la terminal del aeropuerto. Por un segundo pensé que venían por mí. Una ridiculez. Lo descubrí en cuanto sus miradas se clavaron en la mujer drogada y amordazada sobre la cama. No venían por mí. Venían por ella.—¿Pueden creer esto? —murmuró uno, con un tono que me puso la piel tensa—. Pavel perdió la cordura. ¿Por qué demonios se robó a nuestra mujer? Se supone que él y su clan se vincularon recientemente.—Sí… —respondió el segundo, visiblemente irritado—. Tiene que estar mal de la cabeza. ¿O es que ya no le basta con su m
Pavel insistió en que transfiriéramos a Isabella y la mujer del burdel a otra ubicación mientras ellos seguían investigando en el lugar del baile. No había nada normal en la desaparición de Natalia. Podía inventar cualquier excusa, repetir teorías cómodas, pero ninguna encajaba. No cuando había desaparecido en medio de una fiesta controlada, rodeada de seguridad y diseñada para que nada se saliera del guion. Y menos cuando ella no fue la única.—Cinco mujeres, Leon —dijo Sergei desde el asiento del vehículo autónomo, mientras nos acercábamos al penthouse—. Cinco. ¿Desde cuándo eso ocurre sin que nadie note nada?—Desde nunca —respondí—. Por eso no me trago lo del “Se escaparon juntas”.Él no necesitaba más explicación. Los dos sabíamos leer patrones. Crecimos entre inquisidores, viendo cómo se disfrazan las operaciones encubiertas, cómo se fabrican distracciones y cómo se borran huellas. Nada de esto tenía la firma del azar.—Pavel tiene razón —continuó Sergei—. “Quien sea que se llevó







