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Autor: HET
last update Fecha de publicación: 2024-09-19 06:07:50

—Está diluviando, Maggie, ¿por qué no le dices a Diego que te lleve a clase hoy? Y a ver si así...

Sé lo que quiere mi madre porque es lo que todos queremos: que Diego vuelva a ser Diego.

—Se lo diré, pero no me cuesta coger el autobús.

Ella me lanza una mirada de soslayo, una mezcla entre preocupación y cansancio. Siento la presión, aunque también sé que obligarlo a interactuar conmigo no va a cambiar las cosas de la noche a la mañana. Mi madre me pasa una taza de café para que se la suba y de paso mequita el pelo, rubio como el de ella, de la cara. El gesto es tan automático que no puedo evitar sonreír.

—Deberías hablarle más. No es bueno que esté tanto tiempo solo —dice mi madre.

Subo las escaleras con pasos pesados, como si estuviera arrastrando una tonelada de incomodidad conmigo. Cuando llego a la puerta de su habitación, dudo un segundo antes de llamar. Esto es muy raro. Las cosas antes no eran así.

—¿Diego? —llamo, y como no contesta aporreo con más fuerza—. Diego, Diego, Diego...

No hay respuesta, pero escucho el ligero crujido de la cama. Decido girar el pomo pero tiene el pestillo. Lo escucho gruñir y soltar alguna que otra palabrota antes de abrir. Para mi sorpresa va vestido con sus típicos pantalones de chándal y una simple sudadera negra. Es un paso después de que lleva toda la semana sin pisar la Universidad.

—¿Qué quieres? —brama, como todo lo que dice últimamente, de mala gana.

—Para empezar: traerte un café, porque no has bajado a desayunar —respondo mientras le tiendo la taza, y de seguido pongo mi mejor sonrisa, una sincera—. Y para seguir, ¿puedes llevarme al instituto? 

Diego se apoya en el marco de la puerta, los músculos de sus brazos tensándose bajo la tela de la sudadera. Me mira con esos ojos oscuros que siempre han tenido algo de intimidante, pero ahora es como si hubiera una pared más alta entre nosotros. La realidad es que Diego es muy guapo, el tipo de chico por el que te saltarías la parada de metro o te darías la vuelta en plena calle. Con el pelo negro y alborotado, y esos rasgos tan marcados que parecen esculpidos a mano. Siempre ha sido el chico por el que todas rumoreaban en el insituto. Un año, por San Valentín, se le llenó la taquilla de cartas.

—Salimos en quince minutos, si no estás lista me voy sin ti.

Me sorprende que acceda tan rápido. No sé si es porque quiere evitar otra discusión o si, tal vez, una pequeña parte de él también quiere volver a la normalidad. Pero sé que nada es tan simple con Diego. Él siempre es más complicado de lo que aparenta.

—¡Genial! —exclamo, y me alejo de la puerta—. Pues... me voy a vestir. ¿Vas a ir a la Universidad o...?

Es tarde, para cuando me doy cuenta él ya ha pateado la puerta para cerrármela en la cara, de nuevo. 

Doy un paso y estoy dentro de mi habitación, la ropa que preparé anoche me espera tendida en el respaldo de la silla de mi escritorio. Me visto lo más rápido que puedo, pero mi mente no deja de revolotear en torno a Diego y a toda esta situación que se nos ha venido encima. Parece mentira que dos semanas atrás todos fuéramos felices.

Bajo corriendo las escaleras, abrochándome el abrigo  mientras llego a la entrada. Diego ya está ahí, con las llaves del coche en una mano y su teléfono en la otra como si la pantalla lo escudara de que mi madre lo abordara. Sé que seguramente ella lo ha intentado.

—Estoy lista —digo, con un tono más alegre del que realmente siento.

—Por fin —responde sin emoción, y se dirige a la puerta de salida.

El coche está aparcado justo en frente de casa, y cuando subo al asiento del copiloto, el silencio entre nosotros es palpable, casi denso. Algo que nunca ha pasado entre nosotros.

—Gracias por llevarme. Sé que no es lo que te apetece hacer —comento.

—Me pilla de paso a la universidad.

—Oye... —me giro un poco en el asiento, lo justo para mirar y fijarme en su perfil tenso—. Espero que sepas que de verdad puedes hablar conmigo de lo que sea. Sé que no quieres hacerlo, pero cuando quieras solo tienes que abrir la puerta de mi habitación. Estoy literalmente a un paso de ti. 

No espero que me diga nada, visto lo visto hasta podría patearme fuera de su coche. Lo veo mirarme y me pilla ya mirándolo. Al paso de unos largos segundos, por fin dice:

—Gracias. Pero no necesito hablar con nadie, Maggie. Mucho menos contigo.

Su tono es cortante, como si cada palabra estuviera destinada a crear más distancia entre nosotros. Finalmente, nos detenemos en un semáforo en rojo, y Diego suelta un largo suspiro. Parece estar a punto de decir algo, pero se contiene. Antes que ponerme a decirle lo gilipollas que me parece, decido morderme la lengua. << Lo está pasando mal, Maggie, ten paciencia. >>

No nos despedimos cuando me deja en el instituto y eso no deja de irritarme hasta que me quito el abrigo y lo aplasto en mi taquilla aunque me moje un poco los libros y apuntes. En el instituto por lo menos tengo tantas cosas que hacer y hay tantos cotilleos, que no puedo pararme a pensar en mi propia vida.

Durante la clase de la señora Claude nadie presta atención, es una de esas clases que existen y nadie sabe por qué. Vera se contorsiona desde su silla delante de mi y me sonríe con los labios bañados en bálsamo.

—¿Has mirado ya el programa de las universidades que pasé por el grupo? —me insiste.

—Ya te he dicho que mi principal elección es la que hay aquí. Cerca de casa y sin pagar residencia.

—Venga ya —exclama y alguien le chista por ahí—. ¿Al menos has visto los programas? Me prometiste que lo harías.

—Y lo haré —respondo—. No he tenido tiempo con todo esto que ha pasado.

Tuerce el gesto. Vera es mi mejor amiga desde que entramos al instituto, lo sabe todo de mi y yo lo sé todo de ella. Estos últimos días ha estado bien que alguien me sacara temas de conversación diversos.

—Entiendo... ¡Eh! ¿Has escuchado lo de Patty? Se ha liado con un universitario y nos ha invitado a una fiesta este fin de semana.

Miro a la pizarra, aunque la señora Claude ha desistido y se ha sentado a corregir trabajos.

—¿Patty? Si la semana pasada todavía estaba llorando por aquel otro tío del campamento.

—Si leyeras el grupo habrías leído que eso es tema del verano y no se toca, dice que se pone sensible —sacude la mano como si nada y se contorsiona más—. ¿Entonces? ¿Vamos a la fiesta? Un poco de aire no te vendrá mal.

La idea de salir de fiesta me parece de lo más tentadora. Salir un poco del sofoco de casa y pasármelo bien será lo mejor antes que volverme loca.

—No tienes que convencerme de nada, saber que diré que sí.

La fiesta el nuestro de tema de conversación gran parte de la mañana hasta que caminamos a la parada del autobús y cada una coge una ruta diferente. Durante el camino debe de ser la primera vez en días que le presto atención a mi teléfono porque tengo un montón de mensajes y recordatorios de trabajos de clase a punto de pasarse de fecha de entrega, que es lo que me pongo a hacer en cuanto llego a casa.

Me espatarro en mi escritorio, sola, con la música resonando en el altavoz mientras hago todo lo que no he tocado en estos días. O lo intento, porque mi mente sigue en otras partes. A veces recuerdo el funeral, me recuerdo a mí misma llorando y recuerdo el momento en el que me lo contó mi padre con tanto tacto que hasta me dio pena echarme a gimotear como una niña pequeña. Lotte era una buena mujer, y como yo no conocí a mis abuelos, ella también había sido mi abuela de alguna manera. La quería muchísimo. Lotte me cortaba el pelo cuando lo tenía muy largo y me regaló mi primer estuche de maquillaje a los quince años. Era la abuela que todos nos merecemos. 

—Llevas media hora con el bolígrafo en el aire.

Su voz llega desde su habitación al otro lado del estrecho pasillo. Parpadeo y giró la cabeza, que me basta para verlo sentado en su silla de escritorio fumándose un cigarro. ¿Cuándo ha llegado? ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—¿Y tú cuánto tiempo llevas ahí?

Se encoge de hombros, sin más, y suelta el humo como un chulo. Por un segundo me parece que va a sonreír como lo hacía antes y que me va a tirar una bola de papel para empezar una guerra infantil y divertida.

—Desde que has empezado a bizquear.

—Yo no bizqueo. ¿Tú no sabes hacer ruido o saludar al llegar?

Vuelve a encogerse de hombros reclinado en su silla.

—Tú deberías estar más pendiente, podría haber sido un ladrón, o peor.

—O peor: eres tú —bromeo, visto que esta es nuestra conversación más "normal"—. ¿Qué tal te ha ido la universidad?

Soy consciente de que en cualquier momento puede ponerse a la defensiva y cerrar su puerta, pero mientras dure, voy a fingir que todo es normal.

Diego se toma su tiempo para responder. Da una última calada a su cigarro antes de aplastarlo en un cenicero improvisado —una lata vacía de refresco— y, mientras lo hace, me mira de reojo.

—Igual que siempre.

No sé por qué esperaba otra respuesta. Siempre es lo mismo, monosílabos y evasivas. Pero al menos hoy ha aparecido de la nada para decirme algo, aunque sea un comentario sarcástico.

—Eso no es una respuesta —le replico.

—¿Y qué esperabas que te dijera? —arquea una ceja, como si estuviera genuinamente intrigado—. ¿Que ha sido el mejor día de mi vida? No me jodas.

—Claro que no —me levanto y me acerco a su puerta, apoyando el hombro en el marco como si fuera lo más natural del mundo—, pero podrías ser un poco más interesante de escuchar. Algo tipo: "Hoy he aprendido a hacer algo que me salvará la vida el día de mañana". O "he conocido a alguien simpático". No sé, algo más que... "igual que siempre".

Diego se cruza de brazos, pero todavía no parece que vaya a saltarme al cuello. Me observa en silencio, como si estuviera evaluando si vale la pena seguir con la conversación o simplemente cerrarme la puerta en la cara, otra vez. Pero no lo hace, lo que ya es un progreso.

—¿A alguien simpático? —repite con un dejo de burla—. ¿Y por qué querría conocer a alguien simpático?

—Porque es lo que hace la gente —le contesto, como si fuera obvio—. Conocer a personas nuevas, interactuar, vivir su vida. Cosas que hacías antes, ¿recuerdas?

—Ya conozco a la suficiente gente, no necesito más amigos.

La pregunta se me escapa, aunque tampoco quiero retenerla:

—¿Consideras que soy tu amiga?

Diego me mira, y en ese instante veo un destello en sus ojos que me hace dudar. ¿Lo he puesto incómodo? Por un momento, parece que está calculando la respuesta perfecta, algo que no revele demasiado pero que también sea fiel a su naturaleza. Termina suspirando, como rindiéndose a la verdad.

—Sí —responde, y sigue, pero yo ya estoy cruzando casi corriendo a su habitación para echarme contra sus brazos—. Una muy plasta a veces, pero sí.

Me lanzo sobre él antes de que pueda terminar la frase, y aunque su primera reacción es quedarse rígido, como si no supiera qué hacer con sus brazos, finalmente me rodea con ellos. Verme así, sentada en su regazo y echada en un abrazo contra su pecho no es algo que tampoco haya pasado muchas veces antes. Y se siente bien. Me quedo quieta en su regazo, sintiendo su respiración lenta y profunda contra mi oído. Es un momento de paz, aunque sé que no durará. Diego no es de los que permiten este tipo de cercanía por mucho tiempo, pero por ahora no se aparta. Solo me sostiene, sujeta en sus brazos como si se estuviera debatiendo entre apartarme o aferrarse a mí.

—Espero que sepas que tú también eres mi amigo. Siempre lo hemos sido.

Alejo lentamente la cabeza del hueco de su cuello. Estamos tan cerca y tan pegados que conozco a un par de chicas que si estuvieran en mi situación ya les habría dado un infarto de la emoción. Una parte de mi las entiende. 

Diego me mira con esos ojos oscuros, y por un segundo veo algo distinto en su expresión, algo más allá de la frialdad habitual. Es como si, por fin, bajara la guardia, aunque solo un poco.

—Lo sé —musita y me empuja de su regazo—. Cierra la puerta cuando salgas.

Mis piernas rozan sus rodillas aquí parada justo delante suya. ¿Ya? ¿Esto es todo lo que voy a conseguir?

—¿He agotado ya tus minutos amables del día? 

—Te dije que me hicieras caso, así que ahora sal y cierra la puerta. Te lo estoy pidiendo por las buenas.

—¿Puedo intentar hablar con tu personalidad menos gilipollas mañana?

Y por primera vez, en lo que parece una eternidad, suelta una risa contenida, casi imperceptible. El sonido es inesperado, y su expresión cambia por un instante, como si se permitiera bajar la guardia por completo, aunque solo por ese momento.

—Quizás, si tienes suerte —responde, con una media sonrisa que se desvanece tan rápido como apareció.

Sé que no es mucho, pero estoy ganando pequeñas batallas.

—Entonces mañana lo intentaré —digo con un tono desenfadado, aunque por dentro me arde la esperanza.

Diego se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y su mirada se oscurece nuevamente, volviendo a esa dureza a la que me he acostumbrado. Pero sé que debajo de todo ese muro hay más de lo que él deja ver.

—Anda, vete—dice, señalando una vez más la puerta con un gesto sutil.

Sus palabras no son una despedida fría, pero tampoco son cálidas. Simplemente son. Aun así, siento que hoy he logrado más de lo que esperaba. Y antes de que me eche, ya sí, a patadas, me agacho tan deprisa que corto el aire en el proceso de dejarle un beso en la frente. Diego se queda quieto cuando mis labios le rozan. Es un gesto rápido, casi impulsivo, pero el impacto es instantáneo.

Tras eso, salgo despedida de su habitación, cerrando la puerta tal y como me lo ha pedido.

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Último capítulo

  • Voces de pasillo   FIN

    MAGGIENuestra boda es algo pequeña: están mis padres, nuestros amigos más cercanos, y lo más importante es que somos nosotros. Somos Diego y yo, y nuestra pequeña.Teníamos todo organizado para casarnos cuando me quedé embarazada. Fue repentino y no lo buscamos, pero desde el primer momento hemos sido una familia. Y como el embarazo me sentó como una patada en el culo, pospusimos la boda. No fue una decisión difícil, aunque al principio me preocupaba que el "gran día" no llegara nunca, porque después estábamos muy ocupados cuidando de nuestra hija y compaginando trabajos.Pero, al final, aquí estamos. Es todo más sencillo de lo que imaginaba, pero no lo cambiaría por nada.—Me sorprende que siga con tanta energía —comenta Diego cuando me encuentra pidiendo mi milésimo margarita encaramada en la barra de bebidas de este pequeño jardín de ceremonias.Miro tras su cuerpo, a nuestra pequeña niña Kiara corretear entre nuestros amigos, a sus dos años es todo un revoltijo. Es una mezcla per

  • Voces de pasillo   53

    DIEGOEl primer rayo de sol de la mañana se filtra a través de las cortinas, iluminando el rostro de Maggie, que duerme profundamente a mi lado. Me quedo mirándola. Tiene los labios entreabiertos y rodea con los brazos uno de los míos como si estuviera abrazando una almohada mullida. Sonrío, incapaz de evitarlo. Debería levantarme, porque si abre los ojos y descubre que llevo aquí mirándola más tiempo del que he pasado dormido, no me lo dejará pasar.Con cuidado, deslizo mi brazo de entre los suyos. Murmura algo incomprensible, pero no se despierta. Me quedo unos segundos asegurándome de que sigue dormida antes de salir de la cama. Quería ir a comprar, de echo llevo toda la noche dándole vueltas al tema, pero si Maggie se despierta y ve que no estoy va a machacarme a llamadas y al final volveré con las manos vacías o peor: con lo primero que encuentre.Al rato, los pasos suaves y el crujir del suelo anuncian que está despierta. Se asoma al umbral de la cocina, con el pelo alborotado y

  • Voces de pasillo   52

    MAGGIEEl frío de diciembre me pilla preparada para las navidades. En unas cajas del garaje he encontrado todas las decoraciones que solíamos poner. Lotte siempre hacía que Diego me ayudara, y aunque lo hiciera refunfuñando "por tanta parafernalia", al final siempre cede. Aunque estas primeras navidades aquí están rodeadas de nostalgia, son más felices que las últimas cuando Lotte estaba tan enferma que era difícil disfrutar estas fechas. Ahora podemos recordarla cómo era, alegre y hogareña; y aunque no sé replicar sus recetas, Diego dice que está bien, que a mi manera un poco requemado le gusta el bizcocho.Sobrevivimos a la navidad, al frío, y a ir de compras para que Diego se compre algo decente. Resulta agotador.—Esto es una mierda —sisea mientras se tira de los botones del cuello de la camisa. La dependienta de la tienda nos lanza una mirada, pero él no se inmuta—. ¿Y estos zapatos? Son de gilipollas, ni que fuera a la iglesia, joder.—¿Quieres dejar de quejarte? Estás guapo. D

  • Voces de pasillo   51

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  • Voces de pasillo   50

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  • Voces de pasillo   49

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