INICIAR SESIÓNArleth.
—¿Quién eres tú?— regreso la pregunta. —Un chef al que le vale tres quintales de mierd@ lo que la prensa piense —expone sin mayor interés—. Alguien que se dedica a ello porque le gusta y disfruta ver las impresiones que causa cada una de sus recetas. Mira al techo. Su tono de voz indica la fascinación por lo que hace, pero su forma de respirar me dice que no ve su profesión de la misma manera que el resto. —Soy leal a lo que me gusta. Tan sencillo como entender que la complacencia es un defecto que te arruina —regresa su mirada a mí—. Es fácil aceptar lo que eres, lo que vienes a hacer en el mundo y lo que te quieres comer. Sus ojos se hunden en los míos. Humedece sus labios, sin dejar de verme, haciéndome sentir que me elevo. No de manera agradable, sino inquieta. —¿Cómo lo haces?— mi voz sale en un hilo. Sus dedos se frotan hasta formarse un puño que me roza el pelo desperdigado entre los dos. Suspira, se da la vuelta y coloca ambas manos a cada lado de su cuerpo. —Un día mi padre me dijo que si te niegas a aceptar lo que eres, allí mueres —sus ojos ámbar sueltan un brillo con la mención. «Lo admira». —Muy sabio —concedo. —Lo sabe— recalca sin mirarme. Tiene plena confianza en su padre por lo que veo. No muchos pueden decir eso... La persona de la que me enamoré hace años, no tenía buena impresión del suyo. O eso entendí cuando le pregunté sobre él, en una ocasión. Algo que me lleva a pensar que no es tan malo el desconocido. Que lo haya querido matar solo fue mi instinto, pero hasta bien me cayó el degenerado. Tal vez solo lo juzgué muy rápido. Todo mundo tiene derecho a tener sexo, ¿no? «Señor, no es envidia, ¿eh?» miro al cielo, recordándome ese pequeño, casi minúsculo detallito, a la vez que me vuelvo a repetir que debo dormir. Pero nada me deja. Sobre todo el estar acompañada en un hotel de degenerados. No siempre deben concordar conmigo, me recuerdo. Aunque el sujeto tenga más imagen de ángel lanzado a la tierra por haberse levantado contra el altísimo, que como ser de luz. Quizás sea la razón por la cual no se ve tan mal. Una idea se me viene de repente a la cabeza. Es una locura, pero solo quiero dormir, sin pensar que voy a morir mientras lo hago. —Tu quieres un descanso, yo quiero un descanso —empiezo al apoyarme sobre mis codos—. Quedémonos en la habitación y nadie dice nada cuando nos vayamos, pago la mitad de los gastos obviamente —aclaro. —Deja de hablar— demanda con fastidio. —No hasta que me escuches— insisto. —O podría cortarte la lengua— espeta haciéndome reír. Él no lo hace, sigue en su mundo, hasta que mi mente me grita que aún con la tormenta que cae, es más seguro salir a la calle, que permanecer aquí. —Sí dices que no, te voy a denunciar al sindicato de chefs —ni sé si existe, pero continúo. —Diré que tergiversaste tu profesión para algo oscuro. No me preguntes qué, no decido esa parte. Pero lo haré. Se gira de forma feroz. —Ahora que tengo tu atención —lo detengo para que no vuelva a quitarme mi pie. —¿Aceptas? —¿Qué ganaría? —Una experiencia para contarle a tus nietos —contesto. —No pienso en nietos en este momento. —Yo sí, ya sé que le voy a tejer y cocinar. No sé hacer nada de eso. Pero no tiene por qué saberlo. —Demasiada información —logro captar su risa—. Pero no gano nada aún. —No voy a follar contigo si es lo que quieres. —Para follar no me interesa alguien que hable todo el tiempo —niega—. Me refería a algo más. —No tengo nada que... Achico la mirada. —No voy a ser tu sirvienta— declino. —Mis sirvientes no me piden dormir en mi cama. Tiene un punto, pero no se lo confirmo. —¿Sabes qué? Déjalo así —se vuelve a cubrir con las sábanas, dándome la espalda esculpida como vista—. No sé ni para qué carajos me voy a quedar —me deja sin sábana—. Pero prefiero estar aquí con una sola persona que soportando gente entrometida. —Prefecto— celebro hincada en los codos todavía. —Una regla de este sitio, —señala mirándome por encima del hombro. —Deben asegurarse de que somos una pareja y no individuos que vienen a hospedarse porque no encontraron otro sitio. —¿Debemos fingir ser pareja estos días? —Sí a tí te parece absurdo, a mí me parece incoherente —murmura. —Jamás elegiría a alguien como tú de pareja. Arruinaría mi reputación. —Eres nefasto. —Sí, no dormiré pensando en eso— suelta con sarcasmo. Me recuerdo que no se deben matar a los compañeros de cuarto, aún cuando hay motivos. Tomo una bocanada de aire y me calmo. —Lo haremos —capto su atención—. Jugaremos a que somos una pareja temporal. Pero no te atrevas a tocarme más de la cuenta —enfatizo. —Se les dice amantes y esos se tocan— me recuerda. —Mucho. Todo. La forma en la cual lo dice, aunque no me mire, me está quemando los argumentos. —Pero no nosotros— evado. —No pudiste pagar el servicio. Te faltó el dinero. —Claro. Muy creíble— se mofa, girando las caderas, elevando la pelvis para quitarse las sábanas. Dejándome ver lo que parece estar esculpido con cincel. —Como sea— sacudo la cabeza. —Vas a quedarte. Voy a quedarme. Aquí me puedo esconder de los medios y tú no me vas a sacar. Ellos no van a ganarme esta. —Tu problema, no mío. —Juro que quiero matarte— mascullo harta. —Sueñas, porque no tiene costo— esconde su rostro con el brazo. Un silencio se forma entre los dos. Pienso en algún lugar donde pueda ir por la mañana. Quizá un convento, un albergue o debajo de un puente. Nadie se imaginaría que alguien como yo estaría durmiendo ahí. Pero si me ven ahí, dirán que... —Puedes estar en el baño cuando hagan la limpieza del sitio o vengan a dejar la comida— me dice. Celebro al entender que sí acepta ser mi compañero de cuarto. «En un lugar donde pagan para venir a coger, como si no hubieran hoteles muchos más baratos de seguro», pero ¿Quién soy yo para juzgar? —Trato— pongo la mano al frente. La mira por un instante, como si no quisiera tomarla. Levanta una ceja, me mira y cuando creo que no la va a tomar extiende su mano dejando a la vista un tatuaje dorado en su antebrazo. La sed me abruma. Deja de ver eso, para enfocarme en sus ojos. —Trato— me captura la mano, un cosquilleo se forma en esta al sentir su toque. —Espero que seas bueno jugando. Traga grueso y humedece sus labios cual depredador. —¿Bueno?— expresa—. Я и есть ад. ¿Qué significa en el diccionario de la selva? El acento ruso, aunque no logre enterarme exactamente de lo que dice, se escucha terriblemente sexy. Me sube la temperatura en un calor que no debería existir. Cada sílaba cae como un golpe, pesado y peligroso, y aun así… imposible apartar la mirada. La forma en que me mira es como si supiera que va a tomar lo que quiera, presiento que debo huir, pero correr es de cobardes. Mi madre no crió a alguien así. Además, no le daré el gusto de decir que logró hacerme huir. . . . Nota: Gracias por acompañarme en una historia más de esta saga. Recuerden que comienza la era rusa, y cuando la muerte llama...(quienes conocen la siguiente parte, entienden) Bienvenid@s a una nueva aventura a esas cabecillas que aman, de la misma manera que disfrutan, de lo malo, lo perverso y lo obsesivo, pero leal. También a l@s que desprecian lo engañoso, lo traicionero y lo sencillo. Porque lo simple aburre, lo vainilla empalaga y lo malo les atrae. Recuerden que esta historia es de mafia. Habrá lenguaje vulgar, escenas explícitas en todo sentido, actitudes que no se deben replicar y personajes que vamos a odiar, amar y nos van a desesperar. Psdt: No olviden que el booktrailer de esta historia se encuentra en mi perfil de I* y página de F*. Quienes no lo han visto, se pueden pasar por allí para ver lo que se avecina.Arleth Ambrosetti. Despierto a la mañana siguiente con una brisa fresca golpeándome el rostro y la voz de Isabel llegando desde algún punto cercano, dando instrucciones para el desayuno. Tardo varios segundos en recordar dónde estoy y otros tantos en comprender por qué siento un brazo pesado alrededor de mi cintura.Remuevo a Gavrel con cuidado y él abre los ojos casi de inmediato. Lo veo sin querer dejar de hacerlo y por un segundo que también quiere lo mismo.—Creí que había tenido una pesadilla —menciona con voz adormecida aún, borrando mi sonrisa y la ilusión pendeja que había creado. El golpe en el hombro ni lo mueve, pero atrapa mi brazo y me regresa a sus labios. —Deja de ser tan salvaje, Arleth —vuelve a besarme contra mi voluntad y orgullo que pelea para no rendirse ante sus caricias.Sin éxito, porque al final soy quien busca más de él, queriendo que no se termine este momento, porque es demasiado nuestro y lo quiero ilimitado. —Buenos días —susurra Isabel desde el jardín
Arleth Ambrosetti. — ¿Tú qué crees? —responde con descaro. Mi boca se abre ligeramente para decir el no que mi cerebro reitera. Isabel, en cambio, parece encantada con su propia teoría. —Creo que mi intuición nunca me ha fallado —sentencia mientras vuelve a colocarse los guantes para levantar la maceta—. Además, hoy hice más galletas de mantequilla. La coloca con cuidado sobre la mesa y revisa una de las hojas como si leyera algo entre las venas amarillentas. —Ya que tus hermanos no están, tendremos que comerlas nosotros —suelta la hoja. Gavrel deja escapar una respiración que se parece demasiado a una risa. —No creo que eso vaya a ser un problema —señala mi cara que no esconde las ganas de probarlas. —Claro que no —responde ella ignorando la razón por la que su nieto lo menciona—. Entre menos monos haya en el árbol, más ramas tenemos para brincar. Me quedo mirándola, sin saber exactamente qué acaba de decir. Pero me agrada. Muchísimo. Tanto que por un instante c
Arleth Ambrosetti. Entramos por una zona que comunica directamente con la alberca. El aire cambia desde que cruzamos el umbral; huele a tierra húmeda, a flores recién regadas y a ese aroma limpio que tienen las casas donde alguien realmente vive y no solo las utiliza para dormir. —Isabel —el nombre que sale de sus labios tensa algo de mi interior de inmediato.No sé por qué una sola palabra consigue hacerme prestar tanta atención, pero cuando él vuelve a tomar mi mano y comienza a conducirme hacia el interior de la casa, decido seguirlo antes de que mi imaginación convierta a una mujer llamada Isabel en una amenaza para mi sistema nervioso.Escucho movimiento y me pongo más nerviosa.—Te dije que volvería.La tensión de mis hombros aumenta sin que pueda evitarlo. No alcanzo a preguntarle quién es porque escucho pasos acercándose desde el otro extremo y él señala hacia allí con una tranquilidad que me resulta hasta incómoda en él.Una mujer de cabello corto aparece cargando una macet
Arleth Ambrosetti. El auto se detiene y tardo unos segundos en reconocer la pista vuelve a extenderse frente a nosotros, iluminada por las luces del aeropuerto, y el jet que dejamos antes continúa esperándonos como si Gavrel hubiera decidido que dos horas eran demasiado tiempo para desperdiciarlas. Él baja primero, rodea el vehículo y, cuando abre mi puerta, extiende la mano hacia mí.—Vamos a Nueva York —dice, entrelazando sus dedos con los míos para caminar conmigo—, pero a un lugar que quiero que conozcas.Ni siquiera me pregunta si quiero ir. Tampoco necesita hacerlo. Después de todo lo que ha ocurrido durante las últimas horas, debería cuestionarlo, exigir explicaciones o al menos preguntarle qué demonios está tramando, pero la verdad es que estoy demasiado cansada para desconfiar de alguien que acaba de convertirse en el único lugar donde mi cabeza consiguió guardar silencio.Camino a su lado hacia el jet, observando a los mismos hombres que parecen haber salido de algún escuad
Arleth. —Esa campaña es la que busca el agente de Lisa —me recuerda Tim por lo bajo cuando todos proponen brindar, como si nada estuviera ocurriendo. Lo miro sin poder anclar palabras. —Si no recuerdo mal, envió varias solicitudes para conseguirla —me cuenta mirando al grupo de empresarios. —Tú la obtienes y ni siquiera puedes decir que sí sin pensarlo.—Esto es demasiado— mi almacenamiento interno está saturado. —Esto es lo que te mereces, mi cielo.Su sonrisa tiene algo diferente.Orgullo.Un orgullo tan grande como el que vi en mi padre en aquella ocasión. Y no sé por qué los ojos me comienzan a arder con ese detalle, cuando él acuna mi cara. —Lo disfrutas o lo dejas pasar, pero tendrás que responder —su sonrisa no se apaga. —Si no lo haces, sacaré mi modo mamá o papá…al que mayor miedo le tengas —me hace reír— y decidiré por ti, reina mía.—¿Lisa la quiere? —pregunto inmediatamente.—Sí. Pero sabes lo exclusiva que es esta marca y se dice que la expulsaron por problemas con o
Arleth. Ambos nos enderezamos cuando el señor Herbert regresa junto a su asistente, quien coloca varios dispositivos sobre el escritorio mientras el abogado vuelve a acercarse al dueño de Industrias Merritt. La tensión que había comenzado a aflojarse regresa a mis hombros, aunque esta vez no tiene el mismo peso. Hay algo extraño en la forma en que se miran entre ellos, como si estuvieran comprobando algo que ninguno parece dispuesto a explicarnos todavía.Tim toma mi mano por debajo de la mesa y permite que apoye la cabeza sobre su hombro. Cierro los ojos un segundo, buscando inconscientemente el perfume que debería estar ahí y que no pertenece a él. El pensamiento aparece antes de que pueda detenerlo, y cuando lo reconozco, abro los ojos de inmediato como si alguien pudiera leerme la mente.Y que alguien más lo sepa sí que sería vergonzoso. «Estás loca, Arleth.»No quiero pensar en Gavrel. Definitivamente no quiero hacerlo ahora, no después de lo ocurrido en el avión y mucho menos







