FAZER LOGINUn error, dos días, tres caprichos. Una equivocación lleva a Gavrel con alguien diferente a lo que pensó. Sin preguntas, sin nombres, ni vida además de la que coinciden esos dos días, en los cuales el desenfreno es el único protagonista de sus deseos. No se volverían a ver de todos modos. O ese era el acuerdo. Pero ninguno esperó que se volverían a encontrar. Ella siendo la sobrina del socio de Gavrel. Arleth queda frente al hombre que escuchó cada uno de los deseos que quería cumplir, las locuras que deseaba tener y las fantasías que le hizo vivir. Un chef, una modelo y vidas peligrosas. Eso en cualquier plano iba a salir mal. Los recuerdos se olvidan cuando no son tan fuertes, pero marcan si tocan tu alma. Y ellos llegaron a más que una sencilla marca. ¿Podrán contrarrestar la fantasías que surgieron desde esa noche?
Ver maisArleth Ambrosetti. Despierto a la mañana siguiente con una brisa fresca golpeándome el rostro y la voz de Isabel llegando desde algún punto cercano, dando instrucciones para el desayuno. Tardo varios segundos en recordar dónde estoy y otros tantos en comprender por qué siento un brazo pesado alrededor de mi cintura.Remuevo a Gavrel con cuidado y él abre los ojos casi de inmediato. Lo veo sin querer dejar de hacerlo y por un segundo que también quiere lo mismo.—Creí que había tenido una pesadilla —menciona con voz adormecida aún, borrando mi sonrisa y la ilusión pendeja que había creado. El golpe en el hombro ni lo mueve, pero atrapa mi brazo y me regresa a sus labios. —Deja de ser tan salvaje, Arleth —vuelve a besarme contra mi voluntad y orgullo que pelea para no rendirse ante sus caricias.Sin éxito, porque al final soy quien busca más de él, queriendo que no se termine este momento, porque es demasiado nuestro y lo quiero ilimitado. —Buenos días —susurra Isabel desde el jardín
Arleth Ambrosetti. — ¿Tú qué crees? —responde con descaro. Mi boca se abre ligeramente para decir el no que mi cerebro reitera. Isabel, en cambio, parece encantada con su propia teoría. —Creo que mi intuición nunca me ha fallado —sentencia mientras vuelve a colocarse los guantes para levantar la maceta—. Además, hoy hice más galletas de mantequilla. La coloca con cuidado sobre la mesa y revisa una de las hojas como si leyera algo entre las venas amarillentas. —Ya que tus hermanos no están, tendremos que comerlas nosotros —suelta la hoja. Gavrel deja escapar una respiración que se parece demasiado a una risa. —No creo que eso vaya a ser un problema —señala mi cara que no esconde las ganas de probarlas. —Claro que no —responde ella ignorando la razón por la que su nieto lo menciona—. Entre menos monos haya en el árbol, más ramas tenemos para brincar. Me quedo mirándola, sin saber exactamente qué acaba de decir. Pero me agrada. Muchísimo. Tanto que por un instante c
Arleth Ambrosetti. Entramos por una zona que comunica directamente con la alberca. El aire cambia desde que cruzamos el umbral; huele a tierra húmeda, a flores recién regadas y a ese aroma limpio que tienen las casas donde alguien realmente vive y no solo las utiliza para dormir. —Isabel —el nombre que sale de sus labios tensa algo de mi interior de inmediato.No sé por qué una sola palabra consigue hacerme prestar tanta atención, pero cuando él vuelve a tomar mi mano y comienza a conducirme hacia el interior de la casa, decido seguirlo antes de que mi imaginación convierta a una mujer llamada Isabel en una amenaza para mi sistema nervioso.Escucho movimiento y me pongo más nerviosa.—Te dije que volvería.La tensión de mis hombros aumenta sin que pueda evitarlo. No alcanzo a preguntarle quién es porque escucho pasos acercándose desde el otro extremo y él señala hacia allí con una tranquilidad que me resulta hasta incómoda en él.Una mujer de cabello corto aparece cargando una macet
Arleth Ambrosetti. El auto se detiene y tardo unos segundos en reconocer la pista vuelve a extenderse frente a nosotros, iluminada por las luces del aeropuerto, y el jet que dejamos antes continúa esperándonos como si Gavrel hubiera decidido que dos horas eran demasiado tiempo para desperdiciarlas. Él baja primero, rodea el vehículo y, cuando abre mi puerta, extiende la mano hacia mí.—Vamos a Nueva York —dice, entrelazando sus dedos con los míos para caminar conmigo—, pero a un lugar que quiero que conozcas.Ni siquiera me pregunta si quiero ir. Tampoco necesita hacerlo. Después de todo lo que ha ocurrido durante las últimas horas, debería cuestionarlo, exigir explicaciones o al menos preguntarle qué demonios está tramando, pero la verdad es que estoy demasiado cansada para desconfiar de alguien que acaba de convertirse en el único lugar donde mi cabeza consiguió guardar silencio.Camino a su lado hacia el jet, observando a los mismos hombres que parecen haber salido de algún escuad












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