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¿Monja yo?

Autor: Alexa Mcliz
last update Fecha de publicación: 2026-02-08 10:07:10

Me encantó ver mi reflejo en el espejo. El verde escándalo me sentaba muy bonito, aunque no fuera mi color preferido. Di un par de vueltas frente al cristal y luego pellizqué mis cachetes para darles un poco más de vida; no me gustaba verme pálida. Acomodé el cabello con los dedos, alborotándolo apenas para que ganara volumen. Me sentía feliz, casi realizada. En pocos minutos estaría frente a mi padrecito.

Respiré hondo y tomé mi cartera favorita, la de brillos, esa que mi mamá me había regalado en una de nuestras últimas salidas de compras, en aquella ciudad cercana, la más próspera que conocíamos en comparación con este pueblecito tan diminuto.

—Estás perfecta —me elogie, al ver lo linda que me veía, incluso que empezaba adelgazar. " Dos días más de hambre que pase me servirían" pensé con alegría. —¡Ay, padrecito Mateo!, hoy se enamorará de mí, estoy segura —dije en voz alta, casi dando saltos de felicidad.

Tras aprobar una última vez mi look, caminé hacia la puerta y sellé mi salida con el golpe seco a mi espalda de la puerta de madera. Miré el pasillo estrecho: mi tía no estaba cerca. Sentí que quizá estaría molesta por no haber sido invitada, aunque era obvio. A la señora Filomena no le agradaba mi tía. En más de una ocasión la había llamado como ese animal malo que tanto repetían las religiosas del pueblo "zorra". No entendía bien a qué se referían; sabía que existían zorras rubias, más o menos del tono del cabello de mi tía, pero mi tía era muy bella, también era injusto comparar una persona con un animal.

Moví los hombros al comprobar que su figura no se acercaba y volví a dirigir mi atención hacia la salida. Caminé despacio hasta que percibí el aroma dulce y discreto de mi mami, que ya me esperaba en la puerta mientras guardaba unas llaves en su cartera.

Como de costumbre, llevaba un vestido color violeta, de ese tono opaco que suelen usar las religiosas, con mangas a medio brazo. El ruedo le cubría casi por completo los zapatos; el cuello era alto, severo. No había rastro de piel expuesta más allá de sus manos y su rostro hermoso. Para completar, se había envuelto en una enorme bufanda gris.

La miré con detenimiento. Mi mami era tan bonita… y, sin embargo, no se sacaba partido. Incluso podría decir que era más bella que mi tía Morgana, pero prefería ocultarse. No me molestaba. Me gustaba cómo la gente del pueblo la observaba, cómo la respetaban. Decían que era casi una santa, casi tan santa como la señora Filomena, la esposa del alcalde Panzón.

—Vamos, Carmelina, no te quedes ahí parada. No deben estar esperándonos.

—Sí, sí, mami —respondí, y me moví con mi torpeza habitual hasta tomar su mano.

Fue justo en ese punto, en ese umbral, cuando noté que mi tía volvía a dejarse caer en el sofá, con el mismo gesto aburrido de siempre.

—Adiós, tía… adiós.

—Adios, que la pases bien. Pareces lechuga.

—¿Ahhh? —Me quede en el aire.

No entendí muy bien lo último que dijo.

Verdaderamente se la veía molesta, pero no había nada que hacer. Ni modo que fuera llevada a esa fiesta donde no sería bienvenida. Volví a despedirme y luego le di la espalda. Seguí a mi madre hasta que estuvimos en las afueras.

—¿Mamá, escuchaste bien lo que dijo mi tía? —no me gustaba quedarme con duda, incluso me hubiera acercado hasta donde estaba mi tía acostada y le hubiera preguntado cuáles fueron sus últimas palabras.

—Olvida a tu tía... todos los días oro sin cesar para que no termines como ella.

Guarde silencio para no contradecir a mi madre.

En el trayecto caminamos con la rapidez habitual de ella. Me dejé guiar. No dudó en tomarme de la mano durante todo el camino; siempre lo hacía cuando caía la noche. Incluso mirábamos a los lados, atentas, por si algún loco alcohólico se nos acercaba y pudiera tocarme. Toda esa tensión se disipó recién cuando llegamos a la casa de la señora Filomena. No estaba lejos: unas tres cuadras más adelante, aproximadamente.

Al llegar, como era costumbre, la señora nos recibió mostrando los dientes, con una sonrisa forzada.

—Bienvenida, Norma. Bienvenida, pequeñita esponjosa.

Arrastró y masticó mi nombre; así lo sentí. Además que fue muy sutil para llamarme gorda. Lo agradeci, no me importaba... solo había ido para ver al hombre que formaba parte de mis sueños más hermosos.

—Me alegra que no haya venido tu hermana, entenderás, Norma. No podemos tolerar la indecencia en este segundo hogar del Señor. —La escuché seguir diciendo, aparentando estar hablando con discreción.

—Entiendo, señora Filomena. Gracias por permitirnos venir al menos a nosotras.

—Sí, ustedes son bienvenidas —respondió—, especialmente usted, Norma. La chiquita debería cuidarla más.

La miré de reojo, con cierta incomprensión. No entendía muy bien a qué se refería, aunque la señora Filomena siempre torcía el gesto cada vez que me veía junto a mi tía.

—Gracias por la invitación, señora Filomena.—Repitio mi madre, como si le rindiera honores.

Yo solo le dirigí una mirada cortés, con un saludo de agrado. No era la primera vez que me daba la impresión de que le gustaba sentirse importante. Para mí, ella era una mujer distinguida, una dama tan fina, casi una santa, pero también la veía como una bruja loca.

— Deberías fijarte en mí proceder inmaculado, incluso intentar seguir mis pasos. Si hubiera tenido hijas, habrían sido el ejemplo de todo este pueblo descarriado.—La señora Filomena continuó. Mire a todos lados, mi madre no me soltaba, por lo que me tocaba escuchar el parloteo de la santa bruja. —Su hija es algo bonita, aunque esté luchando con el demonio de la gula y se note en su peso. Con muchas oraciones y ayuno, su hija Carmelina podrá derrotar a Belcebú.

« ¿Belcebú? ¿cómo qué debo derrotarlo? » ganas no me faltaron de preguntar, pero me guarde la curiosidad. Apenas llegara a casa lo buscaría en el diccionario.

—Mamá, me duelen los pies. —Me queje, para poder huir del veneno de esa mujer.

—Ya entramos, hija. No seas mal educada.

No dije nada más. Solo asentí y dejé que la conversación continuara entre ella y mi madre, hasta que se despidieron. Entonces mi madre avanzó hacia el interior de la casa, y yo la seguí. En el recorrido hasta el salón comprobé que nada había cambiado en su decoración que se reducía a paredes blancas, muebles antiguos, muchos cuadros religiosos y cristos crucificados.

Nada de color, todo era muy aburrido a mi gusto, aparte del silencio que hacía.

—¿Sabes si Lulú vendrá? —me atreví a preguntar de repente, tenía días sin saber de mi amiga, más por mi culpa. Solo podía pensar en mi padrecito.

—No, Sabrina me dejó dicho que hoy llega el gran señor a la hacienda Almagro.

Me persigne apenas escuché esa confirmación, Lulú me había adelantado algo unos días atras, pero nada era seguro.

—Pobre de mi amiga, en el pueblo dicen que ese hombre es un mounstro asesino. —Lo dije muy bajito, solo para que lo escuchara mi madre, mientras avanzabamos por un pasillo solitario y aburrido.

—¡Shhhh! se prudente con tus palabras, hija mía. No peques de injuriosa.

Mi mamá volvía a reprenderme, me tocó voltear el rostro para que no viera la cara de enojo que puse y seguí caminando, hasta que llegamos a lo que parecía una salon enorme, dónde brotaban muchos susurros y el olor agua florida e incienso era tan fuerte que daban ganas de salir corriendo.

Me tuve que tragar el ese tufo e intentar verme como una joven tranquila y obediente, mientras todos los presentes, comenzaban sus rezos y luego introdujeron temas relacionados al pueblo y su moralidad. Por suerte el panzón del alcalde no estuvo presente... también por suerte mi padrecito llegó a tiempo para que mí noche tomara otro brillo más interesante... casi mágico.

Durante la cena, ordenó que nadie hablara, un reto para la señora Filomena. Yo desde mi asiento algo lejano a él, no dejaba de observarlo; se me hizo agua la boca cuando sus labios rozaron una copa de vino y se saboreo, más sus ojos azules me apuntaban como flechas que prometían traspasarme el alma, aunque yo solo deseaba que me traspasara la cosita de abajo... la que latía y se mojaba abundantemente por él.

« ¡Padrecito mío! si usted supiera cómo ardo por usted... me quemó... me quemó por dentro y solo usted puede apagar este fuego. » Dije mentalmente, como modo de desahogo ya que no tenía mi diario a mano, para escribir mi sentir caliente.

—¿Te pasa algo jovencita? Estás sudando.

Miré con torpeza a la señora que me había hablado con voz ronca; estaba a mi lado derecho. Era la señora Soledad, una de las grandes amigas de la bruja mayor. Forcé una sonrisa antes de justificar las razones que me tenían tan bobita, casi jugando con el último bocado de comida.

—Si, me pongo así cuando estoy feliz y rodeada de tanta paz. —Me lami los labios con disimulo, aunque de reojo mire al padrecito que seguía clavándome sus lindos ojos.

—Te felicitó Norma, tal parece que Carmelina es material para ser una joven congregada y devota. —Llego el halago y me tocó volver a sonreír. Todos los ojos estaban sobre mi. —¿No has pensado entregársela al señor? Este y los pueblos cercanos están escasos de jóvenes novicias. En el futuro puede ser una gran monja.

—¿Monja yo?

Abrí mucho los ojos y mire a mi madre con una suplica desgarradora. No tenía vocación para ser monja, amaba ver películas pornos y ya deseaba a un hombre de una forma loca.

—Hija. —Me susurro mi madre. Al unisono, paso su mano con suavidad por mi espalda para que mantuviera la calma. —La señora Soledad solo nos acaba de sugerir eso. No te asustes, termina tu cena.

Casi me relajo, incluso me comí la última porción de comida que me restaba en el plato, evitando mirar al padrecito, pero la felicidad duró poco, los susurros seguían. Doña Filomena parecía estar hablándole sobre mi al padrecito.

Esa acción y la pesadez de las miradas me hicieron levantarme del asiento y retirarme con educación, sin que ninguno intentara detenerme.

Unos quince minutos después aún me encontraba en la terraza, meciéndome en una mecedora que crujía por lo vieja que estaba. Seguía sola, y desde mi rincón podía ver las estrellas mientras el frescor de la noche besaba mi piel.

Sabía que todos continuaban dentro, charlando cosas de adultos, posiblemente en el famoso salón de doña Filomena. A mí me tocaba quedarme afuera, como siempre: era la única adolescente presente.

Solté un largo suspiro y levanté el dedo, contando estrellas para distraerme. De algo estaba segura: ni mi amor por el padrecito me haría volver a entrar para quedar bajo la observación de todas, mucho menos para escuchar, una vez más, sus intenciones de hacerme monja.

—No, no… —murmuré—. Ni loca seré monja.

—Tal vez no sea tan mala idea.

La voz —suave, inesperada, peligrosamente agradable— sonó a mi espalda. Mi cuerpo se estremeció y me giré con la velocidad de un rayo.

—Padrecito…

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