INICIAR SESIÓNDos meses después
Olivia se quedó inmóvil frente al espejo, las manos temblorosas sosteniendo las dos pruebas de embarazo que reposaban sobre el lavabo. La tinta del segundo símbolo se había oscurecido hasta volverse inequívoca: dos rayitas, una confirmación que le quemaba en el pecho.
Los recuerdos la asaltaron como vidrios: fragmentos desordenados de aquella noche; la puerta, la confusión, la soledad. No sabía con certeza todos los detalles —su memoria era una película fragmentada— pero sí sabía una verdad tan clara como el frío del mármol bajo sus manos: llevaba dentro un bebé. Y ese bebé tenía un padre que ella no conocía.
Un pánico primario la atravesó. Si su familia lo descubría, la obligarían a terminar con esa vida; la juzgarían, la arrancarían de su propia historia. Pero, contra toda lógica y contra el miedo que le rodeaba, una calidez nueva empezó a crecer en su pecho, una ternura instintiva e inmensa hacia la vida que latía dentro de ella. No era sólo miedo lo que sentía: era también una resolución silenciosa de proteger a ese pequeño a cualquier precio.
Se limpió las lágrimas con la manga, respiró hondo y guardó las pruebas dentro de una caja en el fondo de su armario. No lo diría aún. No todavía.
Al otro lado del pasillo, en el dormitorio contiguo, Maia observaba la escena a través de la pantalla de su portátil. Las cámaras que había colocado —pequeños ojos negros ocultos en el marco de la puerta y el tocador— le daban un encuadre distraído y directo de la intimidad de su hermana. Cuando Olivia salió del baño, apretando con fuerza el borde de la toalla, Maia vio cómo sostenía las pruebas contra el cuerpo, la manera en que apretaba los dedos como si quisiera que el mundo no pudiera arrancarle aquello que acababa de nacer en su interior.
Una expresión oscura se dibujó en el rostro de Maia. Después de verificar que Olivia saliera de su habitación, apagó su portátil y se acercó con pasos calculados hasta la puerta entreabierta del armario de Olivia. Entró, palpó entre la ropa y sacó con manos rápidas las dos pruebas que Olivia había escondido. Confirmó lo que ya suponía: estaba embarazada.
Por un instante, el miedo la golpeó. Si ese embarazo llegaba a manos del público o, peor aún, de Max Brook, todo lo que había construido —la influencia, las apariencias, la seguridad de su posición en la familia— podía venirse abajo. Pero entonces la mente maquiavélica de Maia se encendió: aquel accidente podía convertirse en un trampolín.
“Un problema”, pensó primero, mientras volvía a esconder la caja con las pruebas en un lugar que sólo ella conocía. “O una oportunidad”.
Maia envió un mensaje breve y frío al número que la había contactado meses antes: “Arregla lo del video. Hazlo desaparecer. Y que nadie vuelva a hablar de esto.” Debajo agregó: “Y recuerda quién te contrató.”
La respuesta no tardó en llegar: un emoji y la promesa de una reunión. Maia apretó los dientes con satisfacción contenida. Su plan comenzaba a moverse como una maquinaria —silenciosa, precisa— que pronto dejaría a Olivia sin salida.
…
En la habitación, Olivia encendió una lámpara pequeña y se sentó al borde de la cama, la prueba recién guardada presionada contra su pecho. Cerró los ojos y, por primera vez en semanas, se permitió imaginar con ternura: una manita diminuta, un susurro en la noche, una vida que dependía de ella. El mundo podía querer arrebatarle todo; pero por ahora, en ese momento suspendido, juró que no dejaría que nadie tocara a su hijo.
Olivia, sola en la penumbra, no sabía que alguien ya había empezado a cerrar el círculo alrededor de ella. No sabía que su cuerpo, su secreto y su ternura maternal habían pasado a ser piezas en un tablero que otros manejaban con frialdad.
El tiempo había pasado como un suspiro. Los días de caos, secretos, traiciones y redención eran ya parte de un capítulo antiguo, un pasado que ahora se leía en susurros entre los recuerdos, como un libro cuyas páginas desgastadas solo confirmaban lo lejos que habían llegado.La casa de campo donde vivía la familia Brook-Blake estaba rodeada de naturaleza y tranquilidad. Amplios jardines, una biblioteca con paredes repletas de libros, y una cocina siempre llena de vida. Pero ese día, algo especial flotaba en el aire.—¿Mamá, has visto mi chaqueta blanca? ¡La de laboratorio! —preguntó Mia, entrando con el cabello recogido en una coleta, un estetoscopio colgando de su cuello.—Está en la silla del comedor, justo donde la dejaste —respondió Olivia, con una sonrisa divertida mientras preparaba café.Mia tenía ahora 15 años, pero su madurez y tenacidad la hacían parecer mayor. Había decidido seguir los pasos de su madre, Olivia, quien después de todo lo vivido, había retomado su pasión por
…El cielo estaba despejado y una brisa cálida acariciaba el campo florido a las afueras de la ciudad. Max había insistido en llevar a Olivia y a los niños a pasar el día en aquel lugar tranquilo, rodeado de naturaleza, donde las risas de los pequeños podían escucharse con libertad.Olivia se recostó en una manta extendida sobre la hierba mientras observaba a Mia y Noa correr tras unas mariposas. Tomas jugaba con unas piedritas organizándolas como si fueran soldados, mientras Clayton se acercaba a ella con una flor entre sus dedos.—Para ti, mamá —le dijo con una sonrisa luminosa.—Gracias, amor —respondió Olivia, acariciándole el cabello. Fue entonces cuando notó que llevaba algo más escondido en la otra mano—. ¿Qué tienes ahí?—Nada... todavía —dijo misterioso, corriendo hacia Max, que lo esperaba cerca de un árbol grande.Fue entonces cuando todo cambió.La música comenzó a sonar suavemente desde un altavoz escondido entre las ramas. Olivia alzó la vista, confundida. Max, con una s
—¿Qué pasó…? Me siento… raro.—Te envenenaron, Max. Estuviste a punto de morir, pero conseguimos el antídoto. Lo logramos —le acarició el rostro con delicadeza, con miedo a lastimarlo—. Estás vivo. Gracias a ti, a tu fuerza.Max intentó moverse, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. Aun así, su mano temblorosa buscó la de ella.—¿Tú…? ¿Tú me salvaste?—Sí. Y lo haría mil veces más —Olivia le sonrió entre lágrimas—. No podía dejarte. No después de todo.Max la miró en silencio, con los ojos húmedos y el corazón enredado en emociones que aún no entendía del todo.—Te vi… en un sueño —murmuró—. Estabas llorando y besándome… pensé que me estaba muriendo.—No era un sueño —susurró ella—. Era real. Estaba aquí… y lo haría otra vez si fuera necesario.Max tragó saliva, con esfuerzo. Su mirada se tornó más nítida, más firme.—¿Me amas, Olivia?Ella lo miró fijamente, sin temblores, sin miedo.—Sí. Te amo, Max Brook. A pesar de todo. Incluso cuando no debí… incluso cuando creí que no lo m
—Cuidado con los sensores térmicos —advirtió Nueve, revisando el mapa térmico en su dispositivo—. Adrik es paranoico. Esto podría estar lleno de trampas.Olivia asintió y se colocó los lentes infrarrojos. Caminó agachada entre las plantas secas, hasta llegar al punto exacto que Rey había descrito. Allí, una vieja estructura metálica estaba oculta bajo una manta rota y tierra.—Aquí —susurró Olivia, quitando la tapa con esfuerzo.Debajo, una trampilla metálica oxidada. Tecleó el código: 4512.Un sonido sordo y chirriante confirmó que la compuerta cedía.—Vamos —ordenó Nueve, bajando primero.El pasillo subterráneo olía a químicos y humedad. Estaba tenuemente iluminado por luces de emergencia rojas. Olivia apretó su arma contra el pecho, sus pasos firmes, pero su respiración agitada.—Dos sensores en las paredes —indicó uno de los hombres de Nueve—. Hay cámaras.—Apaguen la señal —ordenó Olivia.En segundos, uno del equipo cortó la energía con un inhibidor. Continuaron avanzando.De pro
Golpeó con fuerza las cadenas de la silla, como si el recuerdo todavía lo enloqueciera.—Por eso juré vengarme. No solo de ella… sino de su maldita sangre. De ustedes.Las palabras retumbaron como disparos en el aire. Olivia sintió un escalofrío recorrerle la espalda… pero no se apartó. No esta vez. Porque ahora entendía muchas cosas.Los ataques. Las amenazas. El veneno.Y Maia.Su hermana gemela. Muerta. Asesinada por uno de los hombres de Rey.Su garganta se cerró. Un dolor viejo volvió a su pecho como una herida abierta.—La mataste —susurró—. Mataste a Maia… utilizaste el odio que tenía por mí, para que ella misma se consumiera.Rey no respondió de inmediato. Solo la miró. Y luego sonrió, pero ya no era una sonrisa cruel… sino vacía.—No me importa. Solo quería que doliera.Olivia se contuvo para no llorar. No por él. No por ella. Por todo lo que esa venganza absurda había destruido. Pero no podía quebrarse. Tenía que mantener la cabeza fría.—¿Ni siquiera si fuera tu verdadera h
—Max… —susurró, su voz quebrada—. Estoy aquí.Se inclinó y lo besó. Un beso suave, desesperado, lleno de todo lo que quería decirle y no podía. Pero él no respondió. Su cuerpo permanecía inmóvil, su alma atrapada entre este mundo y el siguiente.—Está inconsciente —explicó Luna desde la puerta, con la voz suave pero firme—. Lo mantenemos así… para que no sufra.Olivia asintió sin girarse, las lágrimas cayendo por su rostro sin control. Se obligó a respirar hondo, aunque sentía que el dolor le oprimía el pecho.—Lo traje aquí porque en la casa Blake no podríamos ocultárselo a los niños —continuó Luna con delicadeza—. Mia, Tomas, Clayton, Noa y Lily se habrían dado cuenta… y no dejarían de preguntar por él. Aquí está seguro.Olivia asintió otra vez, esta vez en silencio.Luna dio un paso atrás y cerró la puerta con suavidad, dejándolos solos.Olivia se acurrucó junto a Max, rodeándolo con sus brazos, como si con eso pudiera protegerlo de todo. Le susurró palabras dulces al oído, palabra







