INICIAR SESIÓNSiete meses después
Olivia yacía en la cama aún pegada al mundo por el cansancio; el sudor frío en la frente, el cuerpo flácido y vibrante a la vez por la fuerza que había gastado. A su lado, envueltas en mantitas, dos bocas diminutas exigían el alimento y la cercanía. El primer llanto había sido una descarga que la dejó sin aliento; ahora, con los ojos a medio abrir, Olivia apenas distinguía las formas entre la luz pálida del cuarto.
Sostenerlos por primera vez había sido algo que la atravesó hasta lo más hondo: una mezcla de dolor, alivio y un amor tan inmediato que le llenó el pecho de una ternura desconocida. Los sostuvo con cuidado, llevando una de las cabecitas contra su clavícula, sintiendo el calorcito del recién nacido, ese olor a vida nueva que le punzó el corazón y le dio fuerzas para sonreír, aunque su cuerpo protestara. Cada respiración la dejaba más débil, pero esa debilidad le parecía heroica; aquellos dos pequeños eran su razón.
El silencio del apartamento fue quebrado por un ruido seco: la puerta que se abría con determinación. La partera se incorporó, algo inquieta. Olivia, aún débil, entreabrió los ojos. Cuando la figura de Maia apareció en el umbral, impecable como siempre, la sangre se le heló. Esa entrada —la manera en que atravesaba el umbral como quien reclama territorio— le devolvió de golpe toda la alerta que había logrado aplacar con el parto.
Maia cruzó la habitación con pasos lentos, mirada calculadora. No había sorpresa en su rostro; había triunfo contenido. Olivia intentó incorporarse, el esfuerzo le dolió como un fuego, pero sostuvo a los bebés protegiéndolos con el cuerpo como si fuera una coraza.
—Olivia —dijo Maia, con una voz afilada y condescendiente—. Así que aquí es donde te escondías, hermanita.
La partera, incómoda, bajó los ojos. Maia, sin vacilar, sacó un fajo de billetes y lo puso sobre la mesa junto a la botella de agua. La mujer tragó saliva, la mirada dividida entre el dinero y la petición muda de Olivia.
—Excelente trabajo —Le dijo Maia—. Ya te puedes ir.
La partera tomó el dinero sin remordimiento y salió, dejando a Olivia sola con Maia.
Antes de que Olivia pudiera protestar, Maia fue directa: extendió las manos y, como una predadora, tomó de los brazos de Olivia a los recién nacidos. El llanto se elevó en una nota aguda que rompió la habitación. Olivia intentó reaccionar, se impulsó, pero el cuerpo le negó la fuerza; apenas pudo aferrar el borde de la sábana.
—¡Devuélvelos! —gimió, con la voz rota—. ¡Son míos!
Maia la miró con desprecio puro y, apretando a los bebés contra su pecho como si fueran trofeos, sonrió con frialdad. —Te estoy haciendo un favor —dijo—. Con tu vida, acabarías con ellos. Yo los cuidaré… a mi manera.
La ira y el pánico se arremolinaron en Olivia como una tormenta interna. Un débil hilo de claridad le recordaba que no podía permitirse desfallecer. Con un último esfuerzo desesperado tiró de la manga de Maia. Fue un momento brusco y fugaz: Maia la apartó de un empujón y, rozándole el oído con los labios, susurró algo que heló la sangre de su hermana:
—No llores por ellos. Llora por lo que te haré. Te quemaré hasta morir. Antes de que Olivia pudiera reaccionar, Maia sacó de su bolso un encendedor y un frasquito con líquido inflamable. —¡No! —gritó Olivia con todas sus fuerzas, intentando incorporarse, pero su cuerpo no le obedecía. Maia caminó por la habitación con una calma glacial, rociando el líquido en los rincones mientras sostenía a los bebés contra su pecho. —Te has convertido en un problema, hermanita —dijo—. No te preocupes, yo me ocuparé de tus pequeños. Se merecen algo mejor. —¡Por favor! ¡No lo hagas! —suplicó Olivia, las lágrimas surcando su rostro. Maia no mostró piedad. Encendió el mechero y lo dejó caer al suelo. Las llamas empezaron a expandirse con rapidez, dibujando en su rostro una luz siniestra mientras se dirigía hacia la puerta con los recién nacidos en brazos. —Adiós, Olivia —murmuró con una sonrisa antes de fundirse entre el humo y el fuego. Convencida de que su plan era infalible, Maia se juró a sí misma que engañaría a Max Brook haciéndole creer que ella era la mujer de aquella noche. Eran gemelas idénticas; con Olivia desaparecida, nadie dudaría de su historia. Mientras sostenía a los dos mellizos, una sonrisa fría cruzó su cara. —¿Por qué lloras? —musitó, mirando a los bebés como si la entendieran—. Si no fuesen hijos de Max, también los habría dejado aquí. Su expresión se ablandó un instante al acariciar las mejillas de los pequeños, pero su voz permaneció gélida. —Sin embargo, ustedes dos me servirán. Con su apoyo, no tardaré en casarme con la familia Brook y convertirme en la señora de todo lo que tienen. Maia ya se imaginaba rodeada de lujo y poder, con Max a sus pies y Olivia completamente borrada. Lo que no sabía era que su hermana no había muerto como ella esperaba. Desesperada y al borde de perder el conocimiento, Olivia reunió las pocas fuerzas que le quedaban. No permitiría que Maia triunfara; sus hijos dependían de ella. Aunque su cuerpo flaqueaba, su voluntad ardía más intensa que el fuego. Cuando las llamas devoraban la habitación, Olivia logró reunir energía suficiente para escapar por la ventana. A duras penas se alejó del edificio cuando un dolor agudo y conocido la atravesó. Cayó de rodillas, jadeando, y un nuevo llanto quebró la noche. Con manos temblorosas, alzó al otro bebé: su tercer hijo, pero no todo terminó ahí cuando otro dolor punzante volvió a atacarla y con este, el nacimiento de su cuarto hijo. —Así que… no solo di a luz a mellizos —murmuró entre lágrimas que eran mezcla de dolor y alivio. Contempló a los pequeños, frágiles y desvalidos como los otros dos que Maia se había llevado. Su pecho se llenó de amor infinito y de un odio ardiente hacia su hermana. —Por ellos soportaré todo —dijo con voz trémula pero firme. Sus ojos brillaron con una determinación nueva; apretó los dientes y miró al cielo oscuro. —Recuperaré todo lo que me quitaste, Maia. Te lo juro.El tiempo había pasado como un suspiro. Los días de caos, secretos, traiciones y redención eran ya parte de un capítulo antiguo, un pasado que ahora se leía en susurros entre los recuerdos, como un libro cuyas páginas desgastadas solo confirmaban lo lejos que habían llegado.La casa de campo donde vivía la familia Brook-Blake estaba rodeada de naturaleza y tranquilidad. Amplios jardines, una biblioteca con paredes repletas de libros, y una cocina siempre llena de vida. Pero ese día, algo especial flotaba en el aire.—¿Mamá, has visto mi chaqueta blanca? ¡La de laboratorio! —preguntó Mia, entrando con el cabello recogido en una coleta, un estetoscopio colgando de su cuello.—Está en la silla del comedor, justo donde la dejaste —respondió Olivia, con una sonrisa divertida mientras preparaba café.Mia tenía ahora 15 años, pero su madurez y tenacidad la hacían parecer mayor. Había decidido seguir los pasos de su madre, Olivia, quien después de todo lo vivido, había retomado su pasión por
…El cielo estaba despejado y una brisa cálida acariciaba el campo florido a las afueras de la ciudad. Max había insistido en llevar a Olivia y a los niños a pasar el día en aquel lugar tranquilo, rodeado de naturaleza, donde las risas de los pequeños podían escucharse con libertad.Olivia se recostó en una manta extendida sobre la hierba mientras observaba a Mia y Noa correr tras unas mariposas. Tomas jugaba con unas piedritas organizándolas como si fueran soldados, mientras Clayton se acercaba a ella con una flor entre sus dedos.—Para ti, mamá —le dijo con una sonrisa luminosa.—Gracias, amor —respondió Olivia, acariciándole el cabello. Fue entonces cuando notó que llevaba algo más escondido en la otra mano—. ¿Qué tienes ahí?—Nada... todavía —dijo misterioso, corriendo hacia Max, que lo esperaba cerca de un árbol grande.Fue entonces cuando todo cambió.La música comenzó a sonar suavemente desde un altavoz escondido entre las ramas. Olivia alzó la vista, confundida. Max, con una s
—¿Qué pasó…? Me siento… raro.—Te envenenaron, Max. Estuviste a punto de morir, pero conseguimos el antídoto. Lo logramos —le acarició el rostro con delicadeza, con miedo a lastimarlo—. Estás vivo. Gracias a ti, a tu fuerza.Max intentó moverse, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. Aun así, su mano temblorosa buscó la de ella.—¿Tú…? ¿Tú me salvaste?—Sí. Y lo haría mil veces más —Olivia le sonrió entre lágrimas—. No podía dejarte. No después de todo.Max la miró en silencio, con los ojos húmedos y el corazón enredado en emociones que aún no entendía del todo.—Te vi… en un sueño —murmuró—. Estabas llorando y besándome… pensé que me estaba muriendo.—No era un sueño —susurró ella—. Era real. Estaba aquí… y lo haría otra vez si fuera necesario.Max tragó saliva, con esfuerzo. Su mirada se tornó más nítida, más firme.—¿Me amas, Olivia?Ella lo miró fijamente, sin temblores, sin miedo.—Sí. Te amo, Max Brook. A pesar de todo. Incluso cuando no debí… incluso cuando creí que no lo m
—Cuidado con los sensores térmicos —advirtió Nueve, revisando el mapa térmico en su dispositivo—. Adrik es paranoico. Esto podría estar lleno de trampas.Olivia asintió y se colocó los lentes infrarrojos. Caminó agachada entre las plantas secas, hasta llegar al punto exacto que Rey había descrito. Allí, una vieja estructura metálica estaba oculta bajo una manta rota y tierra.—Aquí —susurró Olivia, quitando la tapa con esfuerzo.Debajo, una trampilla metálica oxidada. Tecleó el código: 4512.Un sonido sordo y chirriante confirmó que la compuerta cedía.—Vamos —ordenó Nueve, bajando primero.El pasillo subterráneo olía a químicos y humedad. Estaba tenuemente iluminado por luces de emergencia rojas. Olivia apretó su arma contra el pecho, sus pasos firmes, pero su respiración agitada.—Dos sensores en las paredes —indicó uno de los hombres de Nueve—. Hay cámaras.—Apaguen la señal —ordenó Olivia.En segundos, uno del equipo cortó la energía con un inhibidor. Continuaron avanzando.De pro
Golpeó con fuerza las cadenas de la silla, como si el recuerdo todavía lo enloqueciera.—Por eso juré vengarme. No solo de ella… sino de su maldita sangre. De ustedes.Las palabras retumbaron como disparos en el aire. Olivia sintió un escalofrío recorrerle la espalda… pero no se apartó. No esta vez. Porque ahora entendía muchas cosas.Los ataques. Las amenazas. El veneno.Y Maia.Su hermana gemela. Muerta. Asesinada por uno de los hombres de Rey.Su garganta se cerró. Un dolor viejo volvió a su pecho como una herida abierta.—La mataste —susurró—. Mataste a Maia… utilizaste el odio que tenía por mí, para que ella misma se consumiera.Rey no respondió de inmediato. Solo la miró. Y luego sonrió, pero ya no era una sonrisa cruel… sino vacía.—No me importa. Solo quería que doliera.Olivia se contuvo para no llorar. No por él. No por ella. Por todo lo que esa venganza absurda había destruido. Pero no podía quebrarse. Tenía que mantener la cabeza fría.—¿Ni siquiera si fuera tu verdadera h
—Max… —susurró, su voz quebrada—. Estoy aquí.Se inclinó y lo besó. Un beso suave, desesperado, lleno de todo lo que quería decirle y no podía. Pero él no respondió. Su cuerpo permanecía inmóvil, su alma atrapada entre este mundo y el siguiente.—Está inconsciente —explicó Luna desde la puerta, con la voz suave pero firme—. Lo mantenemos así… para que no sufra.Olivia asintió sin girarse, las lágrimas cayendo por su rostro sin control. Se obligó a respirar hondo, aunque sentía que el dolor le oprimía el pecho.—Lo traje aquí porque en la casa Blake no podríamos ocultárselo a los niños —continuó Luna con delicadeza—. Mia, Tomas, Clayton, Noa y Lily se habrían dado cuenta… y no dejarían de preguntar por él. Aquí está seguro.Olivia asintió otra vez, esta vez en silencio.Luna dio un paso atrás y cerró la puerta con suavidad, dejándolos solos.Olivia se acurrucó junto a Max, rodeándolo con sus brazos, como si con eso pudiera protegerlo de todo. Le susurró palabras dulces al oído, palabra







