INICIAR SESIÓNEl aire en el piso ejecutivo de las empresas Villarreal se sentía denso, casi irrespirable. La mañana transcurría con una calma aparente, pero bajo la superficie, la tormenta ya había comenzado a gestarse. Alejandro caminaba de un lado a otro en su amplio despacho, con la taza de café enfriándose sobre la mesa y los ojos fijos en la pantalla de su ordenador. Las cifras de la naviera continuaban mostrando un saldo rojo preocupante y la liquidez para operar durante el próximo mes pendía de un hilo extremadamente delgado.Afuera, en su escritorio, Xiomara operaba con la precisión de un cirujano. Luciendo un vestido ajustado de color beige que resaltaba su elegancia y un peinado impecable, tecleaba en su computadora con una sonrisa sutil dibujada en los labios. La conversación de la noche anterior en su apartamento había sido el catalizador perfecto. Alejandro le había abierto las puertas de su vulnerabilidad financiera y ella no pensaba desaprovechar ni un solo segundo. Utilizando los
El ascensor del edificio residencial ascendía en un absoluto silencio, interrumpido únicamente por el leve zumbido del motor y la respiración pesada de Alejandro. La conversación con Cristina en la sala de la mansión continuaba retumbando en su cabeza como un eco ensordecedor. Las palabras de su esposa no solo habían sido un golpe directo a su vanidad, sino una amenaza real y concreta contra la estabilidad de las empresas Villarreal. Saber que su consultor financiero estaba auditando los contratos y las garantías colaterales lo dejaba expuesto, vulnerable y acorralado. Necesitaba, con una urgencia casi enfermiza, apagar ese incendio interno en el único lugar donde su ego todavía se mantenía intacto.Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso superior, Alejandro caminó con paso apresurado por el pasillo iluminado con luces tenue y golpeó la puerta del apartamento. Xiomara no tardó ni tres segundos en abrir. Vestía una bata de seda negra que apenas se ajustaba a su cintura
El atardecer teñía el cielo de la ciudad con un tono carmesí intenso cuando Alejandro regresó a la mansión. La jornada en la oficina había sido una extraña mezcla de adicción y control. Por un lado, la presencia constante de Xiomara lo envolvía en una atmósfera de admiración constante; por el otro, la tensión oculta por las finanzas de la naviera comenzaba a generar un peso imponente en sus hombros. Sin embargo, en el instante en que cruzó el umbral de la residencia, la calidez de su ego inflado se disipó de golpe, reemplazada por el aire frío y sobrio que reinaba en la propiedad.En la sala principal, Cristina se encontraba revisando una serie de carpetas sobre la mesa de centro. Lucía impecable: su postura, erguida y elegante, reflejaba la rigurosidad de las semanas de rehabilitación, y en sus ojos ya no quedaba el menor rasgo de la incertidumbre que solía definirla. Al escuchar los pasos pesados de su esposo, no se molestó en levantar la cabeza de inmediato; continuó pasando las
El contacto fue rápido, hambriento y cargado de una urgencia contenida que buscaba aplastar, de un solo golpe, la frustración que Alejandro traía desde la mansión. Xiomara respondió al beso con la misma intensidad calculada, enredando sus dedos en el cuello de su saco y dejando que su cuerpo se amoldara al de él. Sin embargo, cuando sintió que Alejandro la apretaba con mayor posesividad contra el borde del escritorio, se separó despacio, colocando las palmas de sus manos sobre el pecho del empresario para detener el impulso.Alejandro la miró con el ceño levemente fruncido, desconcertado por el freno repentino y con la respiración aún agitada.—¿Qué pasa? —preguntó él con la voz áspera por la sorpresa.Xiomara esbozó una sonrisa suave, impregnada de una falsa modestia que dominaba a la perfección. Le arregló la solapa de la camisa con delicadeza, sosteniéndole la mirada con una mezcla de coquetería y fingida preocupación profesional.—Pasa que no quiero que confunda las cosas, Al
El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó con una vibración hueca en el vestíbulo de la mansión. Alejandro caminó hacia las escaleras con pasos pesados, aflojándose la corbata con una mezcla de cansancio físico y una extraña agitación mental. El aroma al perfume de Xiomara parecía haber impregnado los hilos de su ropa, obligándolo a mantener una distancia cautelosa de cualquier sombra que pudiera cruzarse en su camino. Al subir al segundo piso, la casa estaba sumida en un silencio denso, sepulcral. Se detuvo un instante frente a la puerta de la recámara principal; al no escuchar movimiento alguno, dejó ir un suspiro ahogado y continuó hacia su vestidor privado para quitarse el traje antes de que cualquier rastro pudiera delatarlo. Frente al espejo del vestidor, se desabrochó la camisa blanca y descubrió una tenue mancha de labial cerca del cuello. La visión del color sobre la tela le provocó un chispazo instantáneo de adrenalina. Sintió una punzada de satisfacción al recor
El eco de la respiración agitada de ambos aún flotaba en la penumbra del despacho cuando Alejandro, lentamente, fue recuperando la lucidez. La neblina de la pasión ciega comenzó a disiparse, dejando al descubierto una realidad pesada y sofocante. Mantuvo las manos apoyadas sobre la madera del escritorio, con la mirada clavada en la carpeta de documentos dispersos por el suelo. El peso de lo que acababa de ocurrir le cayó encima como una losa de concreto: había cedido ante la provocación, cruzando una frontera que cambiaba de forma irreversible las reglas del juego. Xiomara, por el contrario, irradiaba una calma casi aterradora. Con movimientos pausados y calculados, se acomodó la falda entallada, abrochó el botón de su blusa que se había soltado en el frenesí y se pasó los dedos por el cabello para devolverle el orden a su peinado. En su rostro no había un solo rasgo de arrepentimiento ni de culpa; solo una sonrisa de triunfo contenido que iluminaba sus ojos en la penumbra. —Cre







