Home / Romance / Éramos dos ruinas reconociéndose / Capítulo 8: LO QUE NO SE DICE

Share

Capítulo 8: LO QUE NO SE DICE

Author: Kandy Orta
last update publish date: 2025-07-14 01:41:34

Narrado por Karina

Pensé en Teo. En su media sonrisa. En su forma de decir “yo puedo hablar por los dos”. ¿Era él? ¿Era el hombre del callejón? ¿El que me sujetó antes de caer?

¿O era el otro?

El que me seguía en la calle. El que me llamó desde la voz distorsionada. El que conocía el accidente de mis padres.

No sabía cuál de los dos me aterraba más.

Apagué la pantalla. Me puse de pie y me dirigí al baño. Me lavé el rostro con agua fría, con la esperanza inútil de borrar el día entero. Pero la sensación seguía allí, pegada a la piel. El eco de lo que no dije. El de lo que recordé sin querer.

Cuando regresé a mi habitación, me tiré en la cama sin cambiarme siquiera. Me quedé mirando el techo. Todo estaba quieto, pero yo… no.

Mi mente corría. En círculos. En espirales. En pasillos que olían a hospital y a fuego.

El teléfono volvió a vibrar.

Me incorporé tan rápido que el celular se me cayó en la cara.

Maldije en silencio, lo tomé, lo desbloqueé.

Un nuevo mensaje.

“Soy el que le salvó la vida, señorita Karina.”

El pecho se me apretó.

¿Era una broma? ¿Un intento patético de parecer interesante? ¿O un aviso?

¿Una advertencia?

Me ardieron los ojos. Sentí cómo subía una rabia tibia desde el estómago. No era miedo. No del todo. Era esa furia que solo sienten los que han sido vulnerables demasiado tiempo.

Lo bloqueé.

Apagué el teléfono. Lo tiré sobre la almohada y me di la vuelta.

Me sentía estúpida. Expuesta. Y, lo peor… profundamente observada.

Narrado por Dante

Iba camino a mi habitación cuando noté que la luz del estudio de mi padre seguía encendida. Me detuve en seco. Eran casi las once.

Me acerqué en silencio.

La puerta estaba entreabierta.

—Parece que puede hablar —escuché decir a mi madre. Su voz era baja, casi un susurro.

Me congelé.

—No debería ser capaz todavía —replicó mi padre—. Ya envié a alguien a investigar. El psiquiatra dice que fue un arrebato emocional. Un episodio aislado.

Mi corazón se disparó.

¿Karina?

—Eso está bien —respondió mi madre con suavidad—. Por cierto, hoy mandé a alguien a seguirla.

Una pausa.

—¿Dante?

Mi padre levantó la voz. Me había visto reflejado en la puerta abierta.

Entré sin pensar.

—¿De quién están hablando? ¿Es Karina? ¿La están siguiendo?

Mi madre intentó suavizarlo todo, levantándose con gesto tranquilo.

—Solo por su seguridad, querido. Salió sola. Me preocupaba que algo le pasara.

—¿Y ustedes mandan a alguien detrás de ella sin decirme nada?

—Tú estabas ocupado. Era por su bien —insistió mi padre, aunque no podía ocultar la irritación de haber sido sorprendido.

No dije nada.

Me ardía la sangre. Pero si lo decía en voz alta, iba a romper algo.

Mi padre me observó un segundo más y luego desvió la atención al portafolios sobre el escritorio.

—¿Venías por algo?

Respiré hondo. Volví al guion.

—El contrato con la División A. Quiero revisar los términos antes de firmar.

No dije más. Me senté. Fingí normalidad.

Pero una idea me taladraba por dentro.

¿Desde cuándo me esconden cosas sobre Karina?

¿Y qué demonios fue eso de que “parece que puede hablar”?

Narrado por Karina

Di vueltas en la cama durante horas.

No podía dormir.

El mensaje, las voces en mi cabeza, el rostro de Dante al salir de la habitación. Todo se mezclaba como una sopa densa de emociones sin forma.

Volví a mirar el celular, aunque lo había apagado.

Nada nuevo.

Pero el cosquilleo en la espalda seguía ahí. La sensación de que alguien sabía. Alguien observaba.

Y yo no podía hacer nada más que quedarme callada.

Como siempre.

Narrado por Teo

El celular brilló frente a mí.

Ella lo había leído y no respondió.

Me reí sin humor.

Por supuesto que no respondió. ¿Qué esperaba? ¿Qué me agradeciera? ¿Qué me preguntara cómo sabía su nombre? ¿Que viniera corriendo a abrazarme por salvarla?

Tomé la copa de whisky y me acerqué al ventanal. La ciudad era un enjambre de luces ajenas. Ni una me pertenecía.

Miré mi reflejo en el cristal.

Un hombre de treinta años que parecía más viejo cada día.

Recordé al médico. Fue hace un año. Me lo dijo sin rodeos, como si habláramos de un proyecto fallido.

—Tiene una enfermedad degenerativa progresiva. Si no acepta tratamiento… uno a tres años.

Yo no lo dudé, le dije que no.

No quería el veneno de las medicinas, no quería la descomposición lenta. No quería ver mi cuerpo pudrirse mientras todos esperaban que peleara con una sonrisa.

Ya había peleado suficiente.

Veintiocho años de presión, violencia, juegos mentales y fama podrida. Ya era suficiente.

Decidí que viviría un año más. Uno bueno. Sin mentiras. Sin médicos. Sin trajes blancos.

Y luego… me iría. Sin drama, sin avisar.

Hoy, al abrir la app del contador, el número parpadeó como un presagio:

84 días.

Ochenta y cuatro días para desaparecer y, sin embargo… Su rostro seguía ahí. En el fondo de mi mente.

Karina. Ella no sabía quién era yo. Ni lo que arrastraba. Ni lo que iba a ocurrir. Y tal vez eso era lo mejor.

Pero parte de mí… parte de mí deseaba que sí lo supiera.

Que alguien, al menos una vez, se quedara a ver qué había bajo el monstruo.

Apagué el celular y me serví otro whisky.

No tenía sueño, pero el insomnio ya no era por la enfermedad, era por ella.

La ciudad se extendía bajo mis pies como una mentira bien iluminada. Desde el ventanal de mi apartamento, podía ver los edificios erguidos como columnas de humo. Todo parecía limpio, ordenado, perfecto. Pero sabía que no era así. Nada lo era.

Apoyé la frente contra el cristal frío. Sostenía la copa de whisky con una mano, sin haber bebido ni un sorbo desde que Karina leyó mi mensaje.

Lo había visto. Lo había abierto.

Y no había respondido.

No podía culparla. Si yo fuera ella, tampoco me respondería. La forma en que la abordé, el modo en que la toqué sin permiso, sin explicación, sin siquiera una advertencia. Pero había algo en sus ojos. Algo que me heló por dentro. Porque no era miedo. Era reconocimiento. Y ese reconocimiento me dolía.

No porque fuera real, sino porque yo también lo sentí.

Desde el momento en que vi sus labios temblar en la librería. Desde que noté el movimiento apenas perceptible en su garganta, como si las palabras se agolparan sin poder salir. Desde que vi esa mirada: la de alguien que ha aprendido a callar incluso cuando está gritando por dentro.

Ella me recordaba a mí. A un yo de otra época. Más joven. Más roto.

Volví a mirar el celular. El mensaje seguía sin respuesta.

“Soy el que le salvó la vida, señorita Karina.”

No era una declaración heroica. No era una amenaza. Era solo eso: una verdad. Porque si no la hubiese sujetado en ese callejón, habría caído. Tal vez se habría lastimado. Tal vez algo peor. Y no podía explicarle por qué estaba ahí. Ni por qué sabía su nombre. Ni por qué me obsesionaba desde el momento en que la vi.

No por belleza, no por deseo. Sino por algo que no podía nombrar. Algo que sentía justo detrás de la boca del estómago, donde se acumulan los recuerdos que no sabemos que tenemos.

Me senté en el sillón frente al ventanal. El whisky por fin tocó mis labios. El ardor fue inmediato, familiar. No por el alcohol. Sino porque había aprendido a dolerme sin que nadie lo notara.

Cuando cumplí veintinueve, el médico me dijo que tenía una enfermedad degenerativa rara. El tipo de cosa que aparece en artículos médicos con nombres impronunciables. El tratamiento era agresivo, invasivo, lleno de estadísticas y efectos secundarios que no quería experimentar. Me ofrecieron alternativas, hospitales, clínicas en el extranjero.

Pero yo dije que no.

Había pasado toda mi vida siendo diseccionado por otros. Desde los seis años, cuando mi madre murió y mi padre decidió convertir mi mente en un trofeo. Torneos de ajedrez. Entrevistas. Expectativas. Golpes. Frialdad. La gloria como castigo. La inteligencia como condena.

No quería pasar mis últimos años de vida encerrado en una cama blanca con tubos en la piel. Así que decidí poner un reloj.

Un año, un solo año para hacer lo que yo quisiera. Sin explicar. Sin complacer. Sin pertenecer a nadie.

Instalé la aplicación. “Cuenta regresiva: 84 días.” Y ahora ella aparecía.

Karina Bennett. La hija de los Bennett. La niña que se calló tras el accidente. La que nunca habló. La que ahora empezaba a recordar cosas que no deberían salir a la luz.

Y yo... Yo que también estuve ahí.

Ese fue el secreto. El que nadie sabe. El que ni siquiera el psiquiatra pudo sacarme.

Yo también estuve esa noche. No en el mismo coche. No en el mismo lado de la carretera.

Pero la vi. Vi las luces. El fuego. Escuché los gritos. Y algo más.

Vi a una niña con la cara llena de sangre, mirando fijo como si ya no estuviera allí. Como si una parte de ella se hubiese quedado en el asfalto.

Pasó tan rápido. Tan brutal. Tan incompleto.

Desde entonces, he tenido sueños con ella. A veces no tenía rostro. Otras veces lloraba sin hacer ruido. Otras, simplemente caminaba entre ruinas mientras mi cuerpo envejecía rápido, podrido desde dentro.

Ahora la tenía enfrente. De carne y hueso. Y no sabía qué hacer con eso.

Porque parte de mí quería alejarla, protegerla, mantenerla a salvo de lo que iba a hacer con mi vida.

Y otra parte... Quedarse un poco más.

Un poco más cerca.

Solo para ver si ella también podía ver más allá de lo que quedaba de mí.

Mi padre solía decir que el ajedrez era como la vida. Que no importaba cuántas piezas perdieras, mientras supieras proteger al rey.

Pero a veces, el rey no quería ser protegido. A veces, el rey solo quería rendirse.

Apagué la pantalla del celular. El mensaje seguiría allí. Leído. Ignorado. Silencioso.

Me serví otro trago. Me acomodé contra el sillón. Y me quedé mirando la noche como si pudiera tragarme también.

Ochenta y cuatro días. Eso era todo lo que me quedaba. O tal vez no.

Tal vez Karina rompería el silencio. Tal vez me respondiera.

Y si lo hacía... No sabía si eso me iba a salvar. O a destruir por completo.

Continue to read this book for free
Scan code to download App
Comments (3)
goodnovel comment avatar
Leyla
Preparándome para llorar ...
goodnovel comment avatar
Mariana
Aaaaahhhh Dios!!!
goodnovel comment avatar
Mariana
Ósea que mejor me voy preparando para un nuevo trauma
VIEW ALL COMMENTS

Latest chapter

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 67 – El fin

    Narrado por KarinaEl eco del martillo del juez todavía resonaba en mi mente cuando abandonamos la sala. Aquel sonido, seco y definitivo, fue como una campanada de cierre a un ciclo de sombras que había durado demasiado. Los padres de Dante ya no eran intocables, ya no tenían el poder de reescribir la historia a su favor. Las cadenas que habían colgado sobre otros ahora se cerraban en torno a ellos.Tomé la mano de Teo mientras bajábamos los escalones del tribunal. Su palma estaba húmeda, y sus dedos, aunque firmes, temblaban levemente. Sabía que no era solo la emoción de la justicia, sino el cansancio acumulado, ese que se pegaba a sus huesos desde que el tratamiento había comenzado a marcarle los días.El aire de la calle nos recibió con una mezcla de humedad y ruido, pero a mí me supo distinto. Respirar ya no era un acto mecánico: era una prueba de que estábamos juntos, de que seguíamos luchando.—Se terminó —dije en voz baja, casi para mí.Teo asintió, mirando al horizonte, sin so

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 66 – La decisión que nos une

    Narrado por KarinaEl silencio que quedó tras sus palabras todavía me golpeaba en el pecho. Sentía el corazón apretado, como si alguien lo hubiese tomado entre las manos y lo estrujara con fuerza. Mi llanto aún no cesaba; cada lágrima que descendía era la expresión de un miedo tan antiguo como la primera vez que supe lo que era perder.Teo estaba frente a mí, con la mirada fija en el suelo, la mandíbula tensa, como si confesarse me hubiera desgarrado a él mismo más que a mí. Me habló de su enfermedad, de la idea del suicidio, de esa determinación oscura que había tenido cuando pensaba que no tenía a nadie por quien quedarse. Y yo lo miraba, incapaz de comprender cómo podía existir tanto amor y tanto dolor dentro de un mismo hombre.Me limpié las mejillas con torpeza y me acerqué hasta él. Me arrodillé a su lado en el sillón, tomé su rostro con las dos manos y lo obligué a mirarme. Sus ojos, cargados de culpa, de miedo y de cansancio, se encontraron con los míos, que temblaban de ternu

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 65 – Las cenizas del poder

    Narrado por KarinaEl aire del vestíbulo me supo distinto al salir de aquella oficina. Era como si hubiera atravesado un umbral invisible: de la sombra a la luz, de la sumisión al poder. Mis pasos resonaban en el mármol como un eco que no pertenecía a la niña rota que alguna vez había sido, sino a la mujer que acababa de recuperar lo que le pertenecía por derecho.Dante caminaba a mi lado, el rostro tenso, pero con una serenidad que me sorprendía. Teo, en cambio, mantenía ese gesto impenetrable, el de un estratega que nunca deja ver cuánto de su propia alma está en juego. Aun así, lo conocía lo suficiente para notar el brillo sutil en su mirada.—Ya está hecho —dije, más para mí que para ellos. Mi voz aún me parecía extraña, áspera, como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre cicatrices antiguas.Teo asintió apenas.—Está hecho —repitió, pero en su tono no había alivio, sino advertencia—. Ahora empieza la verdadera guerra, Karina.Dante me sostuvo la mano con fuerza, como si q

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 64 – El precio de la sangre

    Narrado por KarinaLas palabras de Dante me atravesaron como un rayo. Quería que te embarazaras de mí. Su voz sonaba rota, como si al pronunciarlas se estuviera deshaciendo en mil pedazos. Y lo entendí. Él también había sido víctima de ese plan, tan inocente y ciego como yo.Me llevé las manos al vientre, instintivamente, como si buscara proteger a mi hijo del veneno que flotaba en el aire. El silencio se volvió insoportable. No era el silencio habitual de mi vida, ese que me había acompañado como un manto. Este era distinto: tenía filo, pesaba, me hundía.Miré a Dante. Su rostro estaba empapado en lágrimas, la mandíbula tensa, los ojos encendidos de rabia y vergüenza. Vi a ese niño que aún confiaba en sus padres, ahora roto frente a mí, reconociendo que su madre había manipulado cada instante de nuestras vidas.Me acerqué más, posando mi frente contra la suya. Mis labios temblaban. Y aunque no tenía fuerzas, la voz volvió a surgir, áspera y trémula, como si cada sílaba me costara el

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 63 – Las sombras de mi infancia

    Narrado por KarinaLa noche había caído sobre la ciudad, pero dentro de mí seguía siendo tarde, esa tarde detenida que no encontraba salida. Me sentía atrapada entre dos tiempos: la niña que fui y la mujer que ahora sostenía esos papeles como si fueran brasas. Cada palabra escrita se volvía un eco, y ese eco me llevaba de regreso a recuerdos que hasta hace unas horas me parecían refugios seguros.Me abracé el vientre con ambas manos, buscando un punto de sostén. El bebé. Nuestro hijo. Era lo único que podía anclarme al presente mientras mi pasado se resquebrajaba. Mi respiración se agitó. Las escenas venían una tras otra: Celeste guardando cartas “que nunca llegaron”, Gregory cerrando la puerta de su despacho cuando escuchaba mi voz, los susurros que callaban al notar mis pasos en el pasillo.Todo estaba ahí, siempre estuvo. Yo solo no lo veía.Una rabia fría empezó a mezclarse con el dolor. Me sentí engañada, manipulada, como una niña que fue criada entre mentiras envueltas en carici

  • Éramos dos ruinas reconociéndose   Capítulo 62 – La tarde detenida

    Narrado por KarinaLa tarde cayó lenta sobre la ciudad, como si el mundo hubiera decidido acompañarnos en este letargo extraño donde nada parecía tener lugar salvo nosotros dos. No recuerdo haber salido de su departamento ni haber querido hacerlo. Las horas pasaban y yo seguía allí, como si ese espacio hubiera dejado de ser suyo para volverse nuestro.Me senté junto a la ventana, abrazando mis rodillas, con los papeles médicos todavía en la mesa. Había intentado leerlos de nuevo, como si releerlos fuera a cambiar el resultado, pero lo único que conseguía era sentir cómo mi pecho se comprimía cada vez más. Afuera, las nubes se acumulaban en el cielo, y pensé que hasta el clima parecía comprender lo que estaba pasando.Teo no se alejó mucho de mí. Lo notaba caminar de un lado a otro, con pasos lentos, distraídos. Como un hombre que había entregado demasiado de sí mismo y ahora no sabía qué hacer con el vacío que le quedaba. A veces se detenía y me miraba, como si buscara asegurarse de q

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status