Alessandro sonrió con suavidad y le tomó la mano. Tiró de ella con delicadeza hasta llevarla hacia unos grandes cojines dispuestos en el suelo, justo frente al balcón, donde la vista a los viñedos se extendía imponente bajo el cielo encendido por el atardecer.—Te he traído aquí porque no quiero interrupciones —dijo él, acomodándose muy cerca de ella.Natalia trataba de aferrarse a su enojo, como un escudo frágil. No quería ceder, no quería sentirse débil. Sin embargo, la cercanía de Alessandro la desarmaba poco a poco: se veía relajado, seguro, demasiado guapo, y eso la desestabilizaba.Él la miró con esa intensidad suya, luego esbozó una sonrisa y comenzó:—Conocí a Anabella hace cinco años, en una de tantas fiestas a las que era invitado. Nunca he sido un santo, Natalia, mi fama me precede… Vivía rodeado de mujeres, era joven y sin responsabilidades, solo buscaba divertirme. Y ella… me cautivó desde el principio. Cuando me di cuenta, estaba loco por esa mujer.El estómago de Natali
Última atualização : 2025-09-28 Ler mais