El olor a lirios inundaba el habitáculo. Dulce. Empalagoso. Mortal.Sebastián no gritó. Su silencio fue peor. Cerró la puerta trasera con un golpe que sacudió el chasis blindado del SUV, dejando la corona fúnebre encerrada dentro, como si fuera una bestia rabiosa en cuarentena.—Sube al auto de Marcos —ordenó. No la miró. Sus ojos escaneaban el perímetro, buscando sombras, brillos de lentes telescópicos, cañones de rifles.—Sebastián, esa nota...—¡Sube al maldito auto, Valentina!Su grito le hizo saltar. No era el tono de su esposo. Era el tono de un comandante en medio de una emboscada. Obedeció. Sus piernas se movían por inercia, pesadas, como si caminara bajo el agua. Marcos ya tenía el motor de su sedán encendido, la puerta del copiloto abierta.Se deslizó en el asiento de cuero desgastado. Olía a tabaco y pólvora, un contraste violento con el perfume de muerte que dejaban atrás.Sebastián se subió atrás. Sacó su teléfono y marcó un número.—Código Rojo —dijo. Hizo una pausa—. No,
Última actualización : 2026-01-04 Leer más