La máscara frenética y surcada de lágrimas en su rostro se endureció como la piedra.—¿Sarah? —preguntó Lucas, frunciendo el ceño ante su extraña inmovilidad.Ella no respondió.Sus ojos, grandes e inyectados en sangre, miraban fijamente a Lucas. Sus labios se movieron, pero no emitió ningún sonido.Un escalofrío recorrió la habitación ante su bizarra reacción.En ese silencio sepulcral, una voz de fría autoridad resonó desde la puerta destrozada.—¿Dónde está la traidora que se acostó con un vampiro?Todos se giraron aterrorizados.De pie en la puerta estaban los árbitros supremos de la ley de la manada, la vida y la muerte.Los Ancianos.En cuanto vio al Consejo, el terror de Lucas se transformó en una alegría desenfrenada.—¡Gran Anciano!Lucas corrió hacia ellos, como un payaso pidiendo aplausos, completamente ajeno a la fría furia en sus ojos.Él me señaló, con la voz resonando con furia moralista. —¡Llegaron en el momento perfecto! ¡Miren! ¡La vergüenza de la Manad
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