El ambiente en la catedral seguía vibrando con el eco de los gritos y el aroma a rosas pisoteadas. Yo estaba allí, de pie, con el pecho agitado y el velo colgando de un hilo, sintiéndome más viva de lo que me había sentido en años.—Saquen a esta mujer de aquí. Ahora —ordené, y mi voz cortó el aire con tal autoridad que los guardias de seguridad, que hasta entonces parecían estatuas de sal, reaccionaron de inmediato.Samanta fue arrastrada mientras gritaba improperios que harían sonrojar a un marinero. Jean, desde su banco, le dedicó un adiós burlón con la mano mientras se retocaba el flequillo. Cristian, sin decir una palabra, me tomó del brazo. Su agarre no era rudo, pero era inamovible. Me guio a través de una puerta lateral hacia la sacristía, un cuarto pequeño, silencioso y cargado de olor a madera vieja y cera.Me sentó en una silla de terciopelo y se arrodilló frente a mí. Sacó un pañuelo de seda y una pequeña botella de agua que encontró en un estante.—Quédate quieta, fiera —s
Última actualización : 2026-05-16 Leer más