Lucas Rafael Montenegro tenía cincuenta y ocho años y estaba sentado en la misma terraza donde su bisabuelo había pasado tantas tardes mirando el mar. El año era 2083. El Caribe seguía siendo el mismo: azul, eterno, testigo silencioso de generaciones enteras.A su lado, su esposa Camila, de cincuenta y seis años, leía un libro en silencio. Sus hijos ya eran adultos con sus propias familias. Isabel, su hija mayor, de treinta y siete años, era madre de tres niños y dirigía un estudio de arquitectura que unía proyectos entre Madrid y Santo Domingo. Rafael, su hijo de treinta y cinco, había tomado las riendas de la fundación y viajaba constantemente entre ambos países.Esa tarde, toda la familia se había reunido para celebrar el cumpleaños de Valeria, la bisnieta de Lucas, quien cumplía dieciocho años. La casa grande estaba llena de voces, risas y el aroma de comida que unía dos mundos: sancocho dominicano y paella española sobre la misma mesa larga.Lucas Rafael miró a su alrededor y sin
Última atualização : 2026-05-17 Ler mais