VICTORIALorenzo rugió de pronto como la bestia que podía ser a veces, y si a mí me hizo temblar, no puedo imaginar a las mujeres en la habitación.—Oh, Diosa... —escuché decir a mi doncella, con la voz aterrada, y su madre se quedó en silencio de golpe hasta que encontró la voz.—Yo... lo siento, solo quería decirte... olvídalo. Vamos. Ahora, ahora... ¡Todo esto es culpa tuya...!La escuché prácticamente arrastrar a la chica lejos.La verdad, ella no tenía la culpa.Todavía recuperando el aliento, miré al hombre que parecía un gigante desnudo frente a mi cuerpecito caliente.Con ambas manos apoyadas en la pared, él seguía medio gruñendo, con la cabeza baja.Yo también bajé la mirada y, maldita sea... santo cielo, ese miembro parecía hecho a mano.No lo había visto tan de cerca, no con buena luz.De pronto se me secó la boca al ver la gota viscosa que seguía derramándose sin parar desde esa pequeña abertura rojiza.Casi se me escapó la lengua para lamerla, para recoger el rastro húmed
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