Héctor profundizó el beso, sus manos pasando del rostro de ella para hundirse en su cabello, atrayéndola aún más cerca, como si quisiera fundirla con su propio cuerpo. Theresa respondió con el mismo fervor, sus manos aferrándose a la camisa de él, sus dedos encontrando los músculos tensos de su espalda. El mundo exterior ya no existía. Solo quedaba el sabor del otro, el calor compartido, el sonido entrecortado de sus respiraciones en el silencio del recibidor.Fue Héctor quien rompió el beso, apartándose unos centímetros, con la frente aún apoyada contra la de ella. Sus ojos estaban oscuros, las pupilas dilatadas, reflejando la misma tormenta que veía en los ojos de ella.—No puedo quedarme aquí —susurró, con la voz ronca y cargada de un profundo significado—. Si me quedo, no podré irme. Y si me quedo… no será solo un beso.Theresa respiró hondo, su pecho subiendo y bajando contra el de él. El miedo que había sentido en el bar se había transformado en un coraje audaz, alimentado por e
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