Sonrió, puso las manos en mi rostro y me dio otro beso — cálido, delicado, y finalizó con un besito.—Adiós — dijo, con una sonrisa.—Adiós, mi niña.Bajé del coche y, al cerrar la puerta, aún dijo:—¿Te gustan los osos?—Sí — respondí, sin entender.—Está bien. Buenas noches, mi dulce muchacha.—Buenas noches.Sonreí y él se fue. Entré al edificio, cogí el ascensor y subí. Cuando abrí la puerta del piso, me encontré con Fernanda, brazos cruzados, mirándome seria.—¿Estas son horas de llegar a casa? — disparó.—Ay, ¿vas a empezar a molestarme?—Sí, la señorita llega casi a las dos de la madrugada, toda mojada y llena de arena. ¿Dónde has estado — o mejor, con quién has estado — para llegar en ese estado?Marcos apareció en la ventana de la sala, con una sonrisa pícara.—Bueno, yo estaba aquí, en lo mío, pero hace unos minutos vi el coche de Júlio llegar y detenerse en nuestro bloque. Y adivina quién bajó de él. Nuestra pequeña y hermosa Jéssica.—¡Hasta tú! — exclamé, fingiendo indign
Última actualización : 2026-08-30 Leer más