Recuerdo con claridad un pasaje donde el personaje cambia de tono en la misma página: ríe, canta y al instante después cae en un silencio pesado. Esa montaña rusa emocional es una de las formas más literales en que la bipolaridad afecta a los personajes en novelas españolas contemporáneas. Los autores tienden a usar contrastes extremos —frases cortas y enérgicas para la fase maníaca, párrafos largos y densos para la depresión— lo que convierte la estructura textual en un espejo del trastorno. También se observa que el ritmo
narrativo se altera: capítulos fragmentados o saltos temporales comunican la sensación de desorientación y pérdida de continuidad vital.
Además, la bipolaridad no solo cambia el lenguaje, sino la relación del personaje con los demás: se acrecientan los conflictos familiares, la incomprensión social y la fragilidad de las amistades. En muchas novelas, el entorno actúa como contrapunto: la sociedad española —con su mezcla de familiarismo y estigma hacia la salud mental— sirve tanto para aislar al personaje como para mostrar su resistencia. La medicación, las consultas y las recaídas suelen aparecer como episodios reales pero a veces estéticos, usados para conducir giros de trama más que para explicar el sufrimiento.
Personalmente me interesa cuando la representación evita la simplificación y muestra la bipolaridad como algo complejo: fuente de creatividad y problemas a la vez. Cuando el autor cuida la verosimilitud, se logra empatía sin exotizar el trastorno; cuando la trata como recurso narrativo barato, el personaje queda hueco. Me quedo con las obras que logran equilibrio, donde el lector sale con preguntas y, sobre todo, con humanidad.