Siempre me ha fascinado cómo en «Harry Potter» cada asignatura es prácticamente una fábrica de
hechizos con su propio escenario mágico. En el caso de los encantamientos, la mayoría se aprenden en la clase de Encantamientos, que suele impartir
el profesor Flitwick en un aula situada en una torre del castillo; ahí se practican desde hechizos sencillos hasta encantamientos más complejos para manipular objetos. La Transfiguración, por su parte, tiene su propio aula con mesas y percheros donde la profesora McGonagall solía convertir cosas y animales de forma práctica y muy rigurosa.
Las defensa contra las artes oscuras cambia de ubicación según la temporada (y la mala suerte de los profesores), pero normalmente tiene su aula dentro del castillo o espacios abiertos para prácticas. Las pociones se cuecen en las mazmorras, con calderos y bancos largos; esa atmósfera húmeda y fría hace que aprender hechizos aplicados a pociones se sienta completamente distinto. La Herbología y el cuidado de criaturas mágicas llevan los hechizos a invernaderos y al campo: hay mucho aprendizaje práctico rodeado de tierra, plantas exóticas y a veces criaturas revoltosas.
Hay lugares especiales que no son aulas tradicionales: la Sala de los Menesteres se convierte en un gimnasio perfecto para practicar hechizos en secreto, y el Gran Comedor o el terreno de quidditch han servido para ensayar volar y duelos. En resumen, en Hogwarts los hechizos se enseñan en aulas específicas según la materia, pero también en pasillos, torres y rincones donde la práctica manda; esa variedad es parte de lo que hace que la escuela se sienta viva y siempre sorprendente para mí.