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Tabú: Ataduras y Pecados - Fetiches
Tabú: Ataduras y Pecados - Fetiches
Author: Janne Vellamour

La Esclava del CEO - Capítulo 1

last update Last Updated: 2026-01-08 06:18:45

El primer sonido que Lara registró al cruzar la puerta giratoria de vidrio ahumado del edificio Mirage Corporate no fue el murmullo profesional de los empleados, ni el elegante taconeo sobre el mármol, sino el estruendoso sonido de sus propios pulmones luchando por aire. Había corrido las tres cuadras que separaban la parada del autobús de la entrada monumental, con los zapatos negros y nuevos, incómodos, una pequeña traición, martilleando la acera al ritmo del pánico. El vestido gris, impecable veinte minutos antes en su minúsculo apartamento, ahora se le pegaba a la espalda con el sudor frío de la ansiedad. El primer día. El gran día. Y ella llegaba tarde.

El vestíbulo era un monumento al frío buen gusto. Un vasto cañón de mármol blanco lleno de venas grises, donde el aire olía a limpieza agresiva y a dinero viejo. Las luces empotradas en el techo doblemente alto proyectaban patrones geométricos de claridad sobre el piso, que reflejaba las siluetas apresuradas de figuras en trajes impecables. Lara se sintió como un gorrión que había invadido un aviario de aves de rapiña. Su bolso, un modelo barato de cuero sintético, golpeaba contra su pierna a cada paso acelerado, un tambor irregular que marcaba su inadecuación. Sus ojos se fijaron en el fondo del vestíbulo, donde una fila de ocho ascensores de acero cepillado y madera oscura parecía aguardar, impasible. Los números digitales sobre una de las puertas centelleaban en rojo: 18... 17... 16...

— M****a, m****a, m****a — susurró para sí misma, una oración laica y desesperada.

Ignoró a los guardias de seguridad en la recepción central, cuyos ojos probablemente la seguían, catalogándola como una intrusa, una anomalía en el ecosistema perfecto de aquel lugar. Su objetivo era un solo ascensor, cuyas puertas comenzaban a cerrarse con una suavidad amenazadora. Un último brote de adrenalina brotó en sus venas. Se lanzó hacia adelante, el brazo extendido, la punta de los dedos encontrando la fina ranura entre las puertas. Un sensor invisible captó el movimiento, y las pesadas puertas de acero retrocedieron con un suave silbido, concediéndole la entrada.

El aire dentro de la cabina era diferente, más frío, cargado de un perfume discreto de algo amaderado y limpio. También estaba vacío. Casi vacío. Lara entró tambaleándose, jadeante, apoyándose en la pared lateral para recuperar el aliento. Cerró los ojos por una fracción de segundo, un intento de recomponerse, de alejar el rostro enrojecido y el sudor de la frente. Cuando los abrió, el mundo se había reordenado, y percibió que, en realidad, no estaba sola.

Al fondo de la cabina, de espaldas a ella, una figura observaba el panel. Era un hombre alto, de hombros anchos que llenaban con autoridad la tela gris oscuro de su traje. No se dio la vuelta, pero su presencia era tan física y densa que parecía alterar la presión del aire en la pequeña cabina. Lara sintió un nudo formarse en su estómago. Antes de que pudiera articular un pensamiento, el hombre se movió. Fue un giro lento, deliberado, como un depredador oyendo el crujido de una rama en el bosque.

Sus ojos encontraron los de ella.

Eran del color de un cielo de tormenta, un gris casi azulado, y poseían una intensidad que era casi un impacto físico. No la escanearon; la diseccionaron, pasando del rostro aún sonrojado, al cabello despeinado, al vestido arrugado, hasta los zapatos nuevos y ya crueles. No había curiosidad en esa mirada, solo evaluación. Una evaluación fría, despiadada. El silencio entre ellos era tan espeso que el leve zumbido del ascensor sonó como un rugido.

Lara sintió un calor subir desde el cuerto hasta las orejas. Se forzó a enderezar la postura, a soltar la pared que era su apoyo. Sus manos, temblorosas, arreglaron el dobladillo del vestido en un gesto automático y fútil.

El hombre rompió el silencio. Su voz era un bajo profundo, tranquilo, pero cargado de una autoridad que no necesitaba elevarse para ser obedecida.

— ¿Llegas tarde?

Las palabras, simples y directas, flotaron en el aire entre ellos. Lara sintió la lengua pesada, el cerebro buscando frenéticamente una respuesta que sonara inteligente, profesional, que no fuera el chillido de pánico que resonaba en su mente.

— Es... es mi primer día — logró decir, la voz un poco más ronca de lo que le hubiera gustado. — Creo que los nervios y el tráfico...

No terminó la frase. Sus ojos estaban fijos en los de él, incapaces de desprenderse. Él no sonrió. No hizo ningún gesto de comprensión. Una de sus cejas, ligeramente más arqueada que la otra, se alzó un milímetro.

— Hm... — el sonido fue más una vibración que una palabra. — Entonces tú eres la nueva.

No era una pregunta. Era una afirmación, una conclusión a la que él había llegado basándose en la evidencia patética que ella presentaba. Él sabía quién era ella. O, al menos, sabía de la existencia de una funcionaria "nueva". La información cayó como una piedra en el pozo del estómago de Lara. ¿Quién era este hombre? ¿Un gerente? ¿Alguien de Recursos Humanos? La forma en que habló, la postura, el aura de mando incuestionable... era algo más.

Se volvió de nuevo hacia el panel, y Lara soltó un suspiro contenido que no sabía que estaba guardando. El alivio fue breve. Su mano, con dedos largos y bien cuidados, se posó sobre la fila de botones. Su dedo, sin anillos, se dirigió hacia el número 7, el piso del departamento de Marketing, donde ella debía presentarse. Lara ya casi podía sentir la vergüenza de llegar tarde, las miradas de lástima o desdén de los nuevos colegas.

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