Tengo la sensación de que «El señor de las moscas» funciona como alegoría, aunque no es una alegoría rígida ni un simple esquema de un significado por cada personaje.
Cuando releo la novela me fijo en cómo Golding arma símbolos potentes: la concha representa el orden y la legitimidad, el «señor de las moscas» encarna la corrupción y la violencia latente, y personajes como Piggy, Ralph, Jack y Simon aparecen como arquetipos que facilitan
lecturas morales y políticas. Esa estructura facilita interpretar el libro como una crítica a la fragilidad de la civilización y a la rapidez con la que el miedo y la ambición pueden deshacerla.
Aun así, yo no veo la obra como un diorama donde cada elemento tenga una etiqueta fija. Hay matices humanos —miedos, dudas, lealtades— que hacen que los chicos sean más que símbolos planos. Esa ambigüedad es lo que me fascina: Golding permite lecturas alegóricas (sobre la naturaleza humana, la sociedad, la guerra), pero también ofrece personajes con motivaciones creíbles. Para mí, eso es lo que mantiene al libro vivo: funciona como alegoría cuando quiero una lección universal, y como drama humano cuando busco complejidad psicológica. Termino pensando que su fuerza está en moverse entre esos registros sin convertirse en un panfleto.