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Me Metí en La Novela y Él Me Eligió
Me Metí en La Novela y Él Me Eligió
Penulis: Isabel Ortiz Michaus

Capítulo 1

Penulis: Isabel Ortiz Michaus
Me llamo Laura Moraleda, una universitaria del montón… hasta que, por trasnochar leyendo una novela, me morí de golpe y desperté dentro de ella, igual que una simple extra, de esas que no tienen ni trama propia.

La protagonista, Carmina Arenas, no es una simple “chica especial”: llegó con un sistema, y su misión es convertir a mi hermano mayor, Adrián Moraleda, en su juguete. Según la regla, ella solo podría “volver a casa” si él cae rendido, vive pegado a ella y se le entrega día y noche, sin freno.

Pero Adrián tiene el corazón vacío y la cabeza metida en los negocios. Por más que Carmina se matara intentándolo, él la mantenía bien lejos.

Al final, el sistema no pudo con él… y Carmina se quedó en el mundo de la novela, feliz, como si nada.

—¡Ay!

Era la enésima vez que soltaba un suspiro así. Es que Carmina no duerme ni de día ni de noche; su “cuerpo especial” se lo permite, claro… pero yo, como su compañera de cuarto, soy la que paga el precio. No pegaba un ojo.

Del otro lado de la mesa, Adrián frunció el ceño y por fin preguntó:

—¿Qué tienes?

Yo puse mi mejor cara de víctima, con ojos grandes y voz suave:

—La cama del dormitorio está fatal, ¿puedo volver a vivir en casa?

Su ceño se frunció todavía más. Se le notaba la incomodidad, la lucha interna, y también las pocas ganas.

Y lo entendía.

En cuanto “desperté” aquí, me cayó encima la memoria de este cuerpo: la dueña original fue adoptada por los padres de Adrián desde un orfanato, pero ellos murieron en un accidente cuando yo todavía era chica. En la casa nos quedamos solos Adrián y yo.

Lo peor es que la Laura de antes se confundió, y se atrevió a sentir algo que no debía. Intentó seducirlo una y otra vez; no le funcionó, y aun así fue más lejos, al punto de drogarlo.

Desde entonces, Adrián la mandó lejos a la universidad y se limitó a pasarle dinero, como si no existiera.

Así que pestañeé con toda la inocencia que pude fabricar, levanté los dedos y juré:

—Por favor. Antes fui una tonta, lo juro. Si vuelvo, no voy a entrar a tu cuarto ni a tu estudio, ni un solo paso.

Por cómo me miró, no me creyó.

Y yo rematé, rápido, para disipar su desconfianza:

—Además, ¡ya me gusta un chico!

Adrián me sostuvo la mirada unos segundos. Sus ojos, negros y profundos, como si estuviera midiendo cuánto de lo que decía era verdad.

Al final soltó un “mm” seco.

Y aceptó.

Casi me lanzo a abrazarlo de pura felicidad, pero me contuve: por fin iba a dormir sin que Carmina me torturara con su insomnio eterno.

Vivíamos en un departamento pequeño, algo lejos de la universidad. Adrián todavía estaba en plena etapa de emprender, así que el dinero no sobraba; todo era ajustado, con las cuentas contadas.

Encima, por la zona no pasaban buses y conseguir un taxi era un suplicio. Por eso Adrián me llevaba cada mañana a la universidad; como tenía pocas clases, yo me volvía sola.

Y lo mejor: ya no compartía cuarto con Carmina, ni estudiábamos la misma carrera. Ella ni siquiera sabía que yo era la “hermana menor” de Adrián.

En la universidad, simplemente no iba a cruzármela.

Me di cuenta de algo que me dio paz: en este mundo también hay gente normal. Y yo solo tenía que hacer lo mío: vivir tranquila, hacerme la que no molesta, esperar a que Adrián se vuelva millonario y convertirme en la hermana del millonario.

Mientras me escondía al fondo del aula jugando con el celular, me llegó un mensaje de Gabriela Pérez, la mejor amiga de la Laura original. Me preguntó si iba a ir a una reunión para conocer gente.

¿A una reunión para conocer gente?

Ahí recordé una parte clave de la novela: en ese evento Carmina “se divierte” con tres galanes de primera, y todo se vuelve un caos delicioso.

¿Verlo en vivo? Obvio que sí.

El lugar: el bar más grande de la ciudad. Lo reservó Rafael Muñiz, el hijo rico de nuestra facultad y, sí, uno de esos tres galanes.

Yo ni lo pensé y le escribí a Adrián:

“Adrián, hoy salgo con mis amigas. No me esperes.”

No respondió. Y no me importó. Estos días, aunque convivíamos, él seguía tratándome como si fuera una molestia; con que supiera que seguía viva, le bastaba.

Justo ese día solo tenía clases en la mañana, así que volví al departamento, me cambié y me puse un vestido de “chica mala”. Luego me maquillé con carita de inocente.

Me miré al espejo. La chica de ahí tenía curvas donde tenía que tenerlas, piel suave, y una cara que no pasaba desapercibida. En esta novela, por algo “Laura” era la secundaria linda.

Cuando llegué al bar, ya había casi veinte personas.

Se les notó la sorpresa en la mirada al verme. Y entre la prisa y el entusiasmo, me hicieron espacio enseguida.
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