Me encanta cómo en «Ratatouille» los chefs no son sólo personajes, sino símbolos de toda una cultura
culinaria. Cuando veo a Auguste Gusteau pienso inmediatamente en nombres clásicos de la cocina francesa —su nombre y su figura grandilocuente me recuerdan a Auguste Escoffier y a la tradición de los chefs-celebrities—, pero estilizados para la animación. Pixar investigó mucho: visitaron cocinas reales, observaron gestos, el ritmo del equipo y cómo se mueve la gente en una cocina profesional, lo que se nota en la forma en que diseñaron los uniformes, las tocas altas y las
siluetas.
El diseño mezcla realismo culinario con caricatura intencional. Gusteau es redondo y acogedor para transmitir generosidad;
skinner es bajo y tenso para subrayar su mezquindad; Linguini es torpe y desgarbado para enfatizar su inexperiencia. Además, la comida tiene un tratamiento casi fotográfico gracias a consultas con chefs reales (como Thomas Keller), que hicieron que platillos y texturas fueran creíbles.
Al final, la inspiración viene de la mezcla entre la historia culinaria francesa, el trabajo de chefs icónicos y el ojo narrativo de los animadores: todo pensado para que cada personaje comunique algo de inmediato, tanto a
los amantes de la cocina como al público general. Esa combinación es lo que me fascina y me sigue dando ganas de verla una y otra vez.