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El perfume de la belleza
El perfume de la belleza
Author: Kurumi Cuerva

Capítulo 1

Author: Kurumi Cuerva
Mis padres eran adictos al juego.

Se gastaron todo el dinero de la casa y, cuando ya no tenían con qué apostar, empezaron a pedir prestado... a usureros.

Debían, por lo menos, cien mil dólares.

Al ver que no podían pagar, simplemente desaparecieron.

Cuando los cobradores ya me tenían acorralado y no veía salida, el hombre que había conocido me señaló una opción.

Una viuda, rica y hermosa, buscaba a alguien para casarse con ella y vivir en su casa.

Esa mujer se había casado tres veces.

El primer marido vivió tres años; el segundo, dos; el tercero... apenas uno.

Si yo aceptaba, sería el cuarto.

Casi escupo de la impresión.

Si iba... ¿cuánto me quedaría de vida? ¿Seis meses?

¿O acaso esa mujer tenía un apetito tan desbordado que todos sus maridos terminaban muertos?

Aunque tenía buen físico, dudaba poder resistir.

Aquel hombre me dejó un número de celular y, antes de irse, me advirtió que conocía a los prestamistas: para cobrar, eran capaces de cualquier cosa.

Había oído de alguien que les debía dinero y no pagó.

Días después, lo encontraron muerto en un bosque a las afueras.

Le habían sacado un riñón.

—¡No quiero ver tu cadáver tirado en un basurero!

Sin darme cuenta, apreté los puños.

Aceptar vivir en casa de una mujer como su marido era humillante... pero al menos seguiría con vida.

Tras dudar un momento, marqué el número.

—Hola...

—¿Llamas para presentarte? ¿Cómo te llamas? —la voz al otro lado sonaba fría, distante.

—Me llamo Ignacio...

—Hoy, a las nueve de la noche. En el Aura Celeste, en el centro. Si llegas tarde, olvídalo.

Colgó sin darme oportunidad de responder.

Aunque ya había hecho la llamada, la sensación de humillación no hacía más que crecer.

Tenía el pecho oprimido.

Entré a una tienda de conveniencia, compré una botella y me la empiné de un solo trago.

El licor me raspó la garganta, ardiente. El calor se arremolinó en el estómago.

Sentía los ojos húmedos.

Haber sido abandonado por mis propios padres dolía más de lo que imaginaba.

Y el futuro... me provocaba un miedo extraño.

Como si me faltara algo por dentro, un vacío imposible de llenar.

Vivíamos en un pueblo. Tenía que ir a la ciudad.

Nunca había ido, así que tomé un taxi... o eso creí.

Resultó ser un transporte ilegal: me dejó tirado en un lugar y se largó.

Miré alrededor. Un callejón desolado.

No parecía un sitio donde hubiera bares.

Vi una puerta más adelante y me acerqué con la intención de abrirla y preguntar dónde estaba Aura Celeste.

Ya casi era la hora.

Apenas empujé la puerta, desde dentro se escuchó un grito agudo.

—¡Ayuda... mmh...!

Parecía la voz de una mujer. ¿Qué estaba pasando?

Incliné un poco la cabeza y vi un pasillo lujosamente decorado.

Tres hombres sujetaban a una mujer y la arrastraban hacia una habitación.

Tenía la boca tapada, el cabello revuelto.

Bajo la luz, su rostro se veía difuso, casi irreal, como el de un hada.

Sus ojos, brillantes, estaban llenos de miedo.

Llevaba un vestido blanco, levantado lo suficiente como para dejar ver unas medias negras.

Aquello era demasiado intenso... ¿o así eran las cosas en la ciudad?

Por un instante, me dieron ganas de lanzarme y ocupar el lugar de esos hombres.

Pero yo no era así.

Forzar a una mujer... por más que sonara emocionante, no era algo que pudiera hacer.

Me apresuré a seguirlos.

Cuando llegué a la puerta, me di cuenta de que era el baño de mujeres.

Los tres hombres cambiaron de expresión en cuanto vieron que los había seguido. Sus rostros se endurecieron.

—¿Qué estás viendo? ¡Lárgate! —me gritó uno.

—¿Qué creen que están haciendo? Si no se detienen, voy a llamar a la policía —dije, frunciendo el ceño.

Apenas acababa de llegar a la ciudad y no quería meterme en problemas.

—¿A la policía?

Los tres soltaron una carcajada.

Uno de ellos se me acercó con una sonrisa torcida.

Los otros dos siguieron sujetando a la mujer, ignorando por completo mi amenaza, y comenzaron a desgarrarle el vestido.

El que venía hacia mí no dudó: levantó la pierna y me soltó una patada directa al abdomen.

Caí al suelo de inmediato.

—¿Quieres morirte o qué? —me gritó mientras me golpeaba.

Intenté incorporarme.

De reojo, vi cómo, contra la pared del baño, uno de los hombres le sujetaba las manos a la mujer, mientras el otro le levantaba la falda.

Su rostro estaba lleno de terror. En sus ojos había una desesperación profunda, y las lágrimas le corrían por las mejillas.

Me estaba mirando.

Y en esa mirada... había algo más: preocupación.

¿Se estaba preocupando por mí? ¿Quería que me fuera para no salir lastimado?

Yo había tenido unos padres de mierda.

Dejé la universidad antes de terminarla.

Acabé en el bajo mundo: peleas, broncas, cobrar cuotas...

Para cualquiera que me viera, no era más que basura. Un perro callejero.

¿Y ahora una mujer se preocupaba por mí?

La primera vez que una mujer lo hacía...

A esa mujer la iba a salvar, costara lo que costara.

Giré el cuerpo de golpe.

Bajo la luz, debía verme como una bestia; tenía el rostro completamente desencajado.

Me lancé de inmediato.

Sujeté al hombre por el cuello y, de un tirón brutal, lo estampé contra la pared.

Se escuchó un golpe seco.

Su cara se estrelló de lleno; quién sabe cuántos dientes se le rompieron.

La sangre empezó a brotarle de la boca y la nariz.

Los otros dos ya le habían arrancado el sostén a la mujer.

La piel blanca de su pecho quedó al descubierto.

Ella gritó e intentó resistirse, pero uno de ellos le soltó una bofetada que le marcó los dedos en la cara.

En ese momento, los dos hombres se dieron cuenta de lo que le había pasado a su compañero.

Sus expresiones se deformaron de rabia.

—Te atreves a golpear a uno de los nuestros...

Uno de ellos sacó una navaja automática de la cintura y se abalanzó sobre mí.

—¡Cuidado! —gritó la mujer.

Al menos, aún sabía preocuparse por mí.

Pero no importaba.

Él era rápido... yo, más.

Cuando estuvo frente a mí, incliné el cuerpo apenas lo suficiente: la hoja rozó mi hombro.

Extendí la mano derecha, le sujeté la muñeca y, con un giro seco, le arrebaté la navaja.

En el mismo movimiento, se la hundí en el muslo.

La sangre me salpicó la palma.

El dolor lo hizo encorvarse, temblando.

Puede que no pudiera contra gente verdaderamente pesada... ¿pero contra unos simples matones? Eso sí.

Miré al último que quedaba y escupí a un lado.

—A la chingada... lárgate.

Ya estaba completamente asustado.

No esperaba que alguien medio borracho reaccionara así.

No se atrevió a quedarse ni un segundo más: levantó a sus compañeros y salió casi arrastrándose.

Me giré hacia la mujer. Sin querer, tragué saliva.

Tenía la ropa hecha pedazos; la parte de arriba estaba rasgada.

Al verme, se encogió un poco, claramente asustada.

Se acomodó el cabello revuelto y trató de cubrirse como pudo.

Negué con la cabeza.

Se acabó el espectáculo... esas piernas ya no se veían, cubiertas otra vez por la falda.

Qué lástima.

—Oye... —me llamó de pronto. Su voz era clara, agradable.

—¿Qué?

—Tú... —parecía dudar.

—Si tienes algo que decir, dilo. Si no, ya me voy —me rasqué la cabeza para disimular la incomodidad.

Finalmente, reunió valor, levantó la mirada y soltó una frase que me dejó helado.

—¿Quieres que sea tuya?
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