INICIAR SESIÓNEl vestido era una obra de arte de alta costura francesa. Capas y capas de tul de seda cubiertas con diminutos cristales que pesaban como una armadura. Costaba más que el apartamento donde había vivido los últimos tres años.
Pero para mí, no era un vestido. Era un envoltorio.
Mientras caminaba por el interminable pasillo de la Catedral Ortodoxa, flanqueada por mi padre que temblaba a cada paso, no podía pensar en la música coral que resonaba en las cúpulas doradas. No podía pensar en los flashes de las cámaras ni en los cientos de invitados que abarrotaban los bancos de madera tallada.
Solo podía pensar en la brisa gélida que se colaba por el dobladillo de la inmensa falda. Cada roce de la seda contra mis muslos desnudos, cada paso que daba en los tacones de aguja, era un recordatorio humillante y candente de que estaba cumpliendo su primera regla. No llevaba absolutamente nada debajo. Estaba desnuda y vulnerable en el centro de un evento social de la élite, rodeada de la alta sociedad y de hombres con rostros duros y cicatrices que claramente pertenecían al mundo oscuro de mi prometido.
Al final del altar, esperándome como un rey oscuro a punto de recibir un sacrificio, estaba él.
Aleksei llevaba un esmoquin negro a medida que acentuaba la anchura de sus hombros y la estrechez de su cadera. No había nerviosismo en su postura. Estaba de pie con las manos entrelazadas a la espalda, exudando un control absoluto. Cuando sus ojos de hielo puro encontraron los míos a través de mi velo transparente, el aire se atascó en mi garganta.
Una sonrisa lenta, imperceptible para el resto del mundo pero devastadora para mí, curvó sus labios. Sus ojos bajaron una fracción de segundo hacia la falda de mi vestido. Él lo sabía. Sabía exactamente cómo me sentía. Sabía que la fricción me estaba torturando a cada paso.
Llegamos al altar. Mi padre prácticamente me empujó hacia él, ansioso por soltar la bomba de tiempo y salvar su propio cuello.
Aleksei tomó mi mano izquierda. Sus dedos largos y calientes se cerraron sobre mis nudillos helados con una firmeza posesiva.
—Estás hermosa, krasotka —murmuró, su voz profunda apenas un susurro rasposo por debajo del cántico del sacerdote en ruso—. Y estás temblando.
Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.
—Hace frío en esta iglesia —mentí.
El pulgar de Aleksei acarició la parte interna de mi muñeca, justo sobre el pulso desbocado.
—No, no es el frío. Es la anticipación. Sabes exactamente qué te espera cuando estas puertas se cierren y se apaguen las cámaras.
La ceremonia fue un borrón de palabras incomprensibles y humo de incienso. Cuando llegó el momento de los anillos, Aleksei deslizó una banda de platino con un diamante negro de un tamaño obsceno en mi dedo. Era pesado. Un grillete disfrazado de lujo.
—Moya zhena —dijo él, pronunciando las palabras rusas con una reverencia que me puso la piel de gallina. Mi esposa.
El sacerdote asintió. Era el momento.
Aleksei levantó mi velo. No esperó a que yo inclinara el rostro. Con una mano en mi nuca, atrapando mi cabello elaborado, me jaló hacia él y selló sus labios sobre los míos.
Fue un beso público, pero no tuvo nada de casto. Fue una invasión. Sus labios me devoraron con una posesividad aplastante, su lengua probando mi boca, saboreándome frente a sus hombres y mi familia rota. Un gemido traicionero murió en mi garganta cuando su mano libre bajó por mi espalda y se posó con firmeza en la base de mi columna, justo donde terminaba la tela del vestido. Su pulgar presionó.
Me separé de él, con la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo. Él me miró con triunfo absoluto.
Las siguientes dos horas fueron un espejismo de felicitaciones vacías y champaña que me bebí como si fuera agua en el desierto. Aleksei no se separó de mí ni un centímetro. Su mano siempre estaba en mi cintura, posesiva, letal. Repelía a cualquiera que intentara acercarse demasiado con solo una mirada glacial.
Finalmente, su jefe de seguridad, el abogado Dmitri, le susurró algo al oído. Aleksei asintió.
—El show terminó —me dijo en voz baja, tomando mi brazo—. Nos vamos.
El trayecto hacia la salida fue rápido. Subimos a una limusina negra, larga y completamente blindada que nos esperaba en la parte trasera del hotel donde se celebraba la recepción.
En el segundo en que las pesadas puertas del auto se cerraron herméticamente, aislándonos del ruido de los guardaespaldas y los flashes, el aire dentro del vehículo cambió. Se volvió espeso, eléctrico.
Aleksei presionó un botón en la consola central. El cristal negro que nos separaba del chófer subió con un zumbido eléctrico suave, sellando el compartimento trasero. Estábamos solos.
Me encogí contra la puerta, aferrando el ramo de rosas blancas sobre mi regazo como un escudo patético.
Él se soltó el corbatín negro con un tirón fluido y desabrochó los dos primeros botones de su camisa inmaculada. La iluminación tenue de la limusina acentuaba las sombras de su rostro afilado.
—Tira esa basura —ordenó, señalando el ramo con la barbilla.
—Son... son mis flores de boda —respondí, mi voz temblando por primera vez en todo el día.
Aleksei se inclinó hacia adelante, agarró las rosas con una mano y las tiró al suelo de la limusina. Luego, con un movimiento tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, agarró mis caderas y tiró de mí a través del asiento de cuero, forzándome a quedar sentada a horcajadas sobre sus rodillas.
El aire salió de mis pulmones de golpe. La postura era íntima, obscena. Las capas de mi vestido nos envolvían a ambos.
—Las cien noches comienzan ahora, Victoria —susurró, sus manos enormes bajando por mis costados hasta agarrar los pliegues de la pesada falda de seda—. Y odio las mentirosas.
Mi corazón latía tan fuerte que amenazaba con romperme las costillas.
—No te he mentido.
—Lo averiguaremos.
Aleksei cerró los puños alrededor de la tela blanca y, con lentitud agonizante, comenzó a subir la falda por mis muslos. Sentí el aire acondicionado del auto golpear mi piel expuesta, seguido inmediatamente por el calor abrasador de las manos de él rozando mi carne.
Subió la tela más arriba, más arriba, hasta que la inmensa falda quedó agrupada alrededor de mi cintura.
Estaba completamente expuesta sobre él. Sentía la dureza de sus músculos, y algo mucho más peligroso, a través de la fina tela de su pantalón de vestir.
Aleksei bajó la mirada hacia la unión de mis muslos. Un silencio sepulcral llenó el auto blindado. Vi cómo sus pupilas se dilataban hasta casi devorar el gris gélido de sus iris. Su respiración se volvió pesada, un gruñido bajo vibrando en su pecho.
Había obedecido la Regla Número Uno. No llevaba nada.
Su mirada subió lentamente hasta chocar con la mía. El depredador acababa de oler la sangre.
—Buena chica —murmuró, su voz ronca y cargada de una lujuria oscura—. Y ahora... voy a cobrarme la primera de mis cien cuotas.
Un año después.El viento del invierno ruso aullaba al otro lado de los ventanales blindados de la suite en Siberia, pero el interior estaba sumido en un calor reconfortante.El fuego de la chimenea proyectaba una luz dorada sobre nosotros. Yo estaba recostada contra un mar de almohadones en la inmensa cama, cubierta con una suave bata de seda blanca que caía abierta sobre mi vientre. Estaba en la recta final. Ocho meses y medio. Mi cuerpo había cambiado, pesado y perezoso, pero nunca me había sentido tan segura.Aleksei estaba arrodillado en el suelo junto a la cama, al nivel de mi abdomen. El hombre que había hecho arrodillar a líderes de la mafia y destruido corporaciones con una sola llamada, ahora estaba postrado frente a mí, con una devoción absoluta y sagrada.Estaba sin camisa. Su pecho inmenso y marcado por cicatrices subía y bajaba con calma. Tenía ambas manos apoyadas delicadamente a los lados de mi vientre abultado, como si sostuviera el mundo entero.De repente, la piel d
Seis meses después.El sonido de los papeles siendo arrojados sobre la mesa de cristal negro resonó en la inmensa sala de juntas de la nueva sede corporativa de Volkov Industries en Moscú.—Estos márgenes logísticos son inaceptables —dije, mi voz fría y cortante, apoyando mis manos sobre la mesa y mirando fijamente a los tres ejecutivos que sudaban profusamente al otro lado del cristal—. Alguien está desviando el dos por ciento de los cargamentos en la ruta del este. Y si creen que voy a firmar esta auditoría, es porque me consideran tan incompetente como el imbécil que preparó este informe.Los tres hombres palidecieron.—S-señora Volkova, le aseguro que los números se ajustaron por la inflación y los retrasos climáticos en Siberia... —tartamudeó el director de finanzas, aflojándose la corbata de seda.—No me insulten con excusas meteorológicas —lo interrumpí, enderezando mi postura. Llevaba un traje sastre rojo sangre de corte impecable, y mi cabello estaba recogido en un moño estri
La fiesta terminó a las cuatro de la madrugada. Los últimos invitados se retiraron a las alas de invitados o volaron de regreso a Moscú, dejando la inmensa fortaleza siberiana sumida en un silencio solemne.Aleksei y yo subimos a nuestra suite. El cansancio físico era evidente, pero la electricidad de la noche aún vibraba en el aire entre nosotros.Me deslicé el pesado vestido de terciopelo por las caderas, dejándolo caer al suelo, y me puse mi habitual bata de seda oscura. Me acerqué al inmenso ventanal, mirando la taiga rusa cubierta de una gruesa capa de nieve blanca y prístina bajo la luz de la luna. Era un paisaje hermoso y letal. Exactamente igual que el hombre que estaba detrás de mí.Escuché el suave tintineo de metal a mis espaldas.Me giré lentamente. Aleksei se había quitado la chaqueta del esmoquin y la corbata. Estaba de pie junto a la cama, sosteniendo algo diminuto en su mano izquierda.La llave de platino.El aire se congeló en mis pulmones. Mi corazón dio un vuelco ex
El Baile de Invierno estaba en su apogeo. El vodka fluía como agua y las alianzas se susurraban en las esquinas sombrías del inmenso salón.Llevaba tres horas sonriendo cortésmente y recibiendo los respetos de hombres que matarían a sus propias madres por un porcentaje de las rutas comerciales de Aleksei. Mi esposo había tenido que apartarse para una reunión de diez minutos en el despacho adjunto con dos líderes chechenos. Dmitri estaba a veinte metros de mí, vigilando.Necesitaba aire.Me deslicé por uno de los pasillos laterales, lejos de la música y el ruido, buscando la terraza acristalada que daba a los jardines traseros, donde la nieve caía en silencio.El aire frío me acarició el rostro. Cerré los ojos, disfrutando de la paz momentánea.—Un vestido demasiado bonito para una perra extranjera.La voz, pesada por el alcohol y cargada de un acento ruso gutural, rompió el silencio.Me giré lentamente. Un hombre corpulento, con la nariz rota y los ojos inyectados en sangre, bloqueaba
Una semana después de la caída de Irina, la fortaleza de hielo se transformó.El Baile de Invierno era una tradición inquebrantable en la Bratva, un evento donde los líderes de los clanes rusos se reunían para demostrar su lealtad, resolver disputas y, sobre todo, evaluar la fuerza del Pakhan. Este año, el evento tenía un propósito secundario, pero infinitamente más letal: mi coronación oficial.Estaba de pie frente al inmenso espejo veneciano de la suite, mientras dos modistas francesas daban los últimos retoques a mi vestido. Era una obra maestra de alta costura, diseñado específicamente por orden de Aleksei. Terciopelo de un azul medianoche tan oscuro que casi parecía negro, ceñido a mi cuerpo como una segunda piel. Un escote en V profundo dejaba ver el comienzo de mis pechos y, por supuesto, el innegociable candado de platino que brillaba en mi garganta. La falda caía en una pesada cascada, con una abertura lateral que revelaba mi pierna derecha hasta el muslo.Era el vestido de u
El sonido de las pesadas puertas de roble cerrándose a nuestras espaldas fue el único ruido en la inmensa suite siberiana.El fuego crepitaba en la enorme chimenea de piedra, proyectando sombras danzantes sobre las paredes, pero el verdadero calor provenía del hombre que caminaba a mi lado. Aleksei no me había soltado la mano desde que dejamos a los cinco lugartenientes petrificados en el despacho.Se detuvo en el centro de la habitación, frente a la luz del fuego, y me obligó a girarme hacia él.Sus ojos grises, usualmente tan controlados, ardían con una fascinación oscura y devoradora. Me miró como si fuera la primera vez que me veía realmente. Como si la máscara de la niña asustada hubiera caído para revelar a la diosa de la guerra que él siempre supo que habitaba en mi interior.—Mandaste al destierro a la mujer más temida de la Bratva sin que te temblara un solo músculo de la cara —murmuró él, levantando una mano para acariciar mi mejilla. Su pulgar rozó mi pómulo con una reveren







