FAZER LOGINEl aire acondicionado de Volkov Industries era tan agresivo que me caló hasta los huesos. O tal vez era el terror puro lo que me hacía temblar dentro de mi austero traje sastre blanco.
Solo habían pasado seis horas desde que salí huyendo de Érebo. Seis horas en las que me metí bajo la ducha más hirviente que pude soportar, intentando arrancar el olor a sándalo, tabaco negro y sexo salvaje de mi piel. No funcionó. Cada vez que daba un paso por el inmaculado pasillo de mármol de la corporación, la fricción de mis propios muslos me enviaba una punzada de dolor y placer que me recordaba la brutalidad con la que aquel extraño me había poseído contra una pared.
Tenía el lóbulo de la oreja izquierda enrojecido por su mordisco. Había intentado cubrirlo con mi cabello suelto, pero sentía la marca latiendo como un estigma.
—Victoria, por favor, endereza los hombros —susurró mi padre a mi lado, frotándose las manos sudorosas—. Si el señor Volkov detecta debilidad, destrozará el acuerdo. Esta es nuestra única salida. Solo firma donde te indiquen, sonríe y estaremos a salvo.
Lo miré de reojo. Mi padre, un hombre que alguna vez fue el titán de los bienes raíces de la ciudad, ahora parecía un anciano acorralado. Por él estaba yo aquí. Por sus deudas de juego, sus malas inversiones y su cobardía al pedirle dinero a la mafia rusa disfrazada de corporación legal. Me estaba vendiendo para salvar su propio cuello.
—Lo sé, papá —respondí, mi voz monótona—. Sonreír y firmar mi propia sentencia. Lo tengo claro.
Las dobles puertas de roble macizo frente a nosotros se abrieron de par en par. Dos hombres vestidos con trajes negros impecables y con el inconfundible bulto de armas de fuego bajo las chaquetas nos hicieron un gesto para que entráramos.
La sala de juntas no parecía un lugar para hacer negocios; era un mausoleo moderno. Paredes de ónix negro, ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad bajo un cielo gris, y una mesa de juntas tan larga que parecía diseñada para mantener a los enemigos a una distancia segura.
Al fondo de la sala, de espaldas a nosotros y mirando por el ventanal, había un hombre.
El aire abandonó mis pulmones de golpe.
No llevaba máscara. No estábamos en un pasillo oscuro iluminado por luces de neón. Pero la altura... la anchura de esos hombros bajo el traje gris oscuro hecho a medida, la postura letal y relajada de un depredador que sabe que no tiene rival en cien kilómetros a la redonda. Era inconfundible.
Mi corazón empezó a latir con la misma violencia errática que la noche anterior. No puede ser. Es imposible. El pánico me cerró la garganta. Di un paso atrás por instinto, pero uno de los guardias ya había cerrado las puertas a mis espaldas con un chasquido metálico. Estaba atrapada.
El hombre se giró lentamente.
Mis rodillas cedieron una fracción de segundo antes de que lograra bloquearlas.
Eran esos ojos. Ese par de ojos grises, tan claros que parecían hielo puro, se clavaron en los míos con una precisión quirúrgica. El rostro que la máscara veneciana me había ocultado ahora estaba a plena vista: mandíbula afilada, pómulos altos y aristocráticos, y unos labios perfectamente esculpidos que en ese momento se curvaron en una sonrisa lenta y devastadora. Era un hombre obscenamente guapo, pero de una forma que gritaba peligro mortal.
—Señor Volkov —tartamudeó mi padre, adelantándose con la mano extendida—. Es un honor. Gracias por recibirnos.
Aleksei Volkov ignoró la mano de mi padre. Ni siquiera lo miró. Sus pupilas grises estaban fijas exclusivamente en mí, escaneando mi traje blanco abotonado hasta el cuello, mi cabello suelto, mi palidez. Sus fosas nasales se dilataron un milímetro, como si pudiera oler el miedo... o tal vez, como si pudiera oler su propio rastro en mí.
—Tomen asiento —ordenó.
Esa voz. Ese maldito barítono oscuro con el ligero acento extranjero. La última vez que la escuché, estaba gruñendo obscenidades contra mi cuello mientras me partía en dos. Un calor traicionero y húmedo se acumuló en mi centro, contrastando enfermizamente con el terror que me helaba la sangre.
Me dejé caer en la silla de cuero, rígida como una tabla. Él caminó hacia la cabecera de la mesa con la gracia silenciosa de un felino grande. Un abogado de rostro pálido salió de las sombras y colocó una carpeta gruesa de cuero frente a mí, junto a una pluma estilográfica de plata.
—El acuerdo estándar de absorción de activos y liquidación de deuda —dijo el abogado con voz monótona—. Y, por supuesto, el contrato matrimonial vinculante. Términos irrenunciables, sin cláusula de salida a menos que sea dictada por el señor Volkov.
Mi padre tomó su propia pluma y firmó los documentos de su empresa con una prisa patética. Luego, me miró suplicante.
Yo no podía moverme. Estaba mirando fijamente a Aleksei. Él me sostenía la mirada, recostado en su sillón, entrelazando sus dedos grandes sobre la mesa. Esas mismas manos que horas atrás habían apartado mi ropa interior a tirones.
Él lo sabía, me di cuenta con un horror paralizante. Cuando me invitó un trago, cuando me arrastró a esa habitación... él sabía exactamente quién era yo. Había jugado conmigo. Me había dejado creer que yo tenía el control de mi última noche de libertad, solo para burlarse de mí.
La rabia reemplazó al miedo. Agarré la pluma de plata con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
—Hay un documento más, Dmitri —dijo Aleksei de pronto, deteniendo mi mano en el aire. Habló en un español perfecto, frío y autoritario—. El Anexo.
El abogado parpadeó, sorprendido, pero rápidamente sacó un pliego de papel negro con letras doradas y lo deslizó directamente sobre el contrato principal.
Mi padre frunció el ceño. —¿Un anexo? Eso no se discutió en las negociaciones previas.
—Las negociaciones previas no me interesan, Roberto —cortó Aleksei, su tono cayendo varios grados bajo cero—. Su hija está a punto de costarme cien millones de dólares. El Anexo es innegociable. O lo firma, o ustedes dos salen por esa puerta directamente hacia una celda por fraude fiscal. Su elección.
Mi padre palideció y bajó la cabeza, derrotado. Yo sentí que el estómago se me revolvía. Bajé la vista hacia el papel negro. No estaba lleno de jerga legal. Eran solo un par de párrafos cortos.
Comencé a leer y sentí que el aire de la habitación desaparecía.
«Cláusula de las 100 Noches. La cónyuge acuerda someterse absoluta y voluntariamente a la voluntad física, psicológica y sexual del esposo durante un periodo de 100 noches consecutivas a partir del día de la boda. La resistencia, la huida o la negación resultarán en la ejecución inmediata de la deuda de la familia de la cónyuge...»
Mis ojos se abrieron de par en par. Esto no era un contrato matrimonial. Era un contrato de propiedad.
Levanté la vista, furiosa, lista para tirarle la pluma a la cara, lista para decirle a mi padre que prefería pudrirme en la cárcel antes que firmar esta perversión.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Aleksei se levantó, caminó bordeando la inmensa mesa de ónix y se detuvo justo detrás de mi silla. El olor a colonia cara me envolvió, enviando una sacudida eléctrica por mi espina dorsal. Mi padre ni siquiera respiraba frente a mí.
Aleksei se inclinó. Su pecho duro rozó mi espalda a través de la tela de mi traje. Con una lentitud agonizante, apartó mi cabello del lado izquierdo de mi cuello. Sentí sus dedos rozar la marca del mordisco en mi oreja, el mismo que me había hecho en el club.
Un escalofrío violento me sacudió.
—Firma, ángel —susurró él, bajando la voz tanto que solo yo pude escucharlo. El aliento cálido golpeó mi piel—. Anoche huiste antes de que terminara de enseñarte a quién le perteneces. Y en mi mundo, nadie deja una deuda a medias.
Tragué saliva, sintiendo que el laberinto se cerraba a mi alrededor. Estaba en las garras de un monstruo, y lo peor de todo... era que una parte traicionera y oscura de mí, quería saber hasta dónde llegaría ese infierno.
Con la mano temblorosa, presioné la pluma contra el papel negro y firmé.
Un año después.El viento del invierno ruso aullaba al otro lado de los ventanales blindados de la suite en Siberia, pero el interior estaba sumido en un calor reconfortante.El fuego de la chimenea proyectaba una luz dorada sobre nosotros. Yo estaba recostada contra un mar de almohadones en la inmensa cama, cubierta con una suave bata de seda blanca que caía abierta sobre mi vientre. Estaba en la recta final. Ocho meses y medio. Mi cuerpo había cambiado, pesado y perezoso, pero nunca me había sentido tan segura.Aleksei estaba arrodillado en el suelo junto a la cama, al nivel de mi abdomen. El hombre que había hecho arrodillar a líderes de la mafia y destruido corporaciones con una sola llamada, ahora estaba postrado frente a mí, con una devoción absoluta y sagrada.Estaba sin camisa. Su pecho inmenso y marcado por cicatrices subía y bajaba con calma. Tenía ambas manos apoyadas delicadamente a los lados de mi vientre abultado, como si sostuviera el mundo entero.De repente, la piel d
Seis meses después.El sonido de los papeles siendo arrojados sobre la mesa de cristal negro resonó en la inmensa sala de juntas de la nueva sede corporativa de Volkov Industries en Moscú.—Estos márgenes logísticos son inaceptables —dije, mi voz fría y cortante, apoyando mis manos sobre la mesa y mirando fijamente a los tres ejecutivos que sudaban profusamente al otro lado del cristal—. Alguien está desviando el dos por ciento de los cargamentos en la ruta del este. Y si creen que voy a firmar esta auditoría, es porque me consideran tan incompetente como el imbécil que preparó este informe.Los tres hombres palidecieron.—S-señora Volkova, le aseguro que los números se ajustaron por la inflación y los retrasos climáticos en Siberia... —tartamudeó el director de finanzas, aflojándose la corbata de seda.—No me insulten con excusas meteorológicas —lo interrumpí, enderezando mi postura. Llevaba un traje sastre rojo sangre de corte impecable, y mi cabello estaba recogido en un moño estri
La fiesta terminó a las cuatro de la madrugada. Los últimos invitados se retiraron a las alas de invitados o volaron de regreso a Moscú, dejando la inmensa fortaleza siberiana sumida en un silencio solemne.Aleksei y yo subimos a nuestra suite. El cansancio físico era evidente, pero la electricidad de la noche aún vibraba en el aire entre nosotros.Me deslicé el pesado vestido de terciopelo por las caderas, dejándolo caer al suelo, y me puse mi habitual bata de seda oscura. Me acerqué al inmenso ventanal, mirando la taiga rusa cubierta de una gruesa capa de nieve blanca y prístina bajo la luz de la luna. Era un paisaje hermoso y letal. Exactamente igual que el hombre que estaba detrás de mí.Escuché el suave tintineo de metal a mis espaldas.Me giré lentamente. Aleksei se había quitado la chaqueta del esmoquin y la corbata. Estaba de pie junto a la cama, sosteniendo algo diminuto en su mano izquierda.La llave de platino.El aire se congeló en mis pulmones. Mi corazón dio un vuelco ex
El Baile de Invierno estaba en su apogeo. El vodka fluía como agua y las alianzas se susurraban en las esquinas sombrías del inmenso salón.Llevaba tres horas sonriendo cortésmente y recibiendo los respetos de hombres que matarían a sus propias madres por un porcentaje de las rutas comerciales de Aleksei. Mi esposo había tenido que apartarse para una reunión de diez minutos en el despacho adjunto con dos líderes chechenos. Dmitri estaba a veinte metros de mí, vigilando.Necesitaba aire.Me deslicé por uno de los pasillos laterales, lejos de la música y el ruido, buscando la terraza acristalada que daba a los jardines traseros, donde la nieve caía en silencio.El aire frío me acarició el rostro. Cerré los ojos, disfrutando de la paz momentánea.—Un vestido demasiado bonito para una perra extranjera.La voz, pesada por el alcohol y cargada de un acento ruso gutural, rompió el silencio.Me giré lentamente. Un hombre corpulento, con la nariz rota y los ojos inyectados en sangre, bloqueaba
Una semana después de la caída de Irina, la fortaleza de hielo se transformó.El Baile de Invierno era una tradición inquebrantable en la Bratva, un evento donde los líderes de los clanes rusos se reunían para demostrar su lealtad, resolver disputas y, sobre todo, evaluar la fuerza del Pakhan. Este año, el evento tenía un propósito secundario, pero infinitamente más letal: mi coronación oficial.Estaba de pie frente al inmenso espejo veneciano de la suite, mientras dos modistas francesas daban los últimos retoques a mi vestido. Era una obra maestra de alta costura, diseñado específicamente por orden de Aleksei. Terciopelo de un azul medianoche tan oscuro que casi parecía negro, ceñido a mi cuerpo como una segunda piel. Un escote en V profundo dejaba ver el comienzo de mis pechos y, por supuesto, el innegociable candado de platino que brillaba en mi garganta. La falda caía en una pesada cascada, con una abertura lateral que revelaba mi pierna derecha hasta el muslo.Era el vestido de u
El sonido de las pesadas puertas de roble cerrándose a nuestras espaldas fue el único ruido en la inmensa suite siberiana.El fuego crepitaba en la enorme chimenea de piedra, proyectando sombras danzantes sobre las paredes, pero el verdadero calor provenía del hombre que caminaba a mi lado. Aleksei no me había soltado la mano desde que dejamos a los cinco lugartenientes petrificados en el despacho.Se detuvo en el centro de la habitación, frente a la luz del fuego, y me obligó a girarme hacia él.Sus ojos grises, usualmente tan controlados, ardían con una fascinación oscura y devoradora. Me miró como si fuera la primera vez que me veía realmente. Como si la máscara de la niña asustada hubiera caído para revelar a la diosa de la guerra que él siempre supo que habitaba en mi interior.—Mandaste al destierro a la mujer más temida de la Bratva sin que te temblara un solo músculo de la cara —murmuró él, levantando una mano para acariciar mi mejilla. Su pulgar rozó mi pómulo con una reveren







