LOGINLucianoPasaron meses desde aquella noche en la que pensé que la perdía.Desde entonces, no volví a separarme de ella.Magda se convirtió en mi rutina favorita. En el primer mensaje del día. En la razón por la que mi calendario estaba lleno de alertas ridículas como “almuerzo con la doctora”, “flores nuevas” o “recordar que odia el chocolate blanco”.No sabía ser novio.Pero con ella, aprendía. Cada maldito día.Y no porque alguien me lo enseñara. Sino porque la miraba… y me nacía.Desde cocinarle en silencio hasta esperarla con un ramo de flores en la puerta del hospital después de una guardia de 24 horas. De dejarle notas escritas a mano hasta soportar a Iván, su amigo, que parecía demasiado feliz de vernos juntos.Magda se reía de mí. De lo exagerado que era.Pero cuando creía que no miraba, se le encendían los ojos.Y eso valía cada mald¡ta cosa que hacía.El día de la boda de su hermano y Malena llegó más rápido de lo que esperábamos. No es que conociera a Max. Magda todavía no
Luciano El sonido del reloj marcaba el paso lento del tiempo, pero mi cabeza estaba en otro lugar.Frente a mí, Roger seguía hablando, con esa arrogancia típica de los empresarios americanos que creen que pueden comprarlo todo. Me hablaba de rutas, de beneficios, de porcentajes y convenios. Yo asentía por educación, pero no escuchaba una sola palabra.Porque ella no salía de mi mente.Magdalena Salvatore.La mujer que me había salvado la vida. La única que me hizo olvidar que estaba sangrando en un callejón, con medio cuerpo entumecido, mientras el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Esa principessa de mirada fuerte y manos cálidas que no dudó un segundo en protegerme… y que ahora me ignoraba.La tenía grabada en cada parte de mi cuerpo… e invadiendo mi mente.Con el recuerdo de su voz, el aroma de su piel, la forma en que se desmayó entre mis brazos… después de disparar, con una precisión que me sorprendió, a los idiotas de Espósito.Y yo no estaba dispuesto a dejarla ir.Tomé e
MadgaAugusto me rodeó con el brazo apenas escuchamos otro disparo. Luciano le había ordenado con voz firme, cortante, como si cada palabra suya pesara más que las balas:—Augusto, sácala. Protégela con todo. Ella es mi mujer y nadie la toca.Mi cuerpo temblaba, pero no por miedo. O no solo por eso.La adrenalina me nublaba el juicio. Apenas dimos cinco pasos hacia la salida del restaurante, escuché un ruido seco detrás, seguido de otro mesero que se acercaba por la izquierda. No iba con una bandeja. Iba con otra pistola.Me giré. Vi cómo levantaba el arma.Sin pensar, sin dudar, metí la mano en el cinturón de Augusto y le saqué su pistola.—¡Señorita! —gritó él, pero ya era tarde.Disparé. Una, dos, tres veces. El primer hombre cayó, el segundo también. Luciano había derribado a otro con un disparo en la frente. Augusto reaccionó al fin, cubriéndome mientras disparaba al último que intentaba escabullirse.Cuando todo terminó, el silencio fue brutal.Los cuerpos en el suelo. Las mesa
MagdaEl hospital tenía un extraño poder; hacerme olvidar todo por un rato.Pacientes, rutinas, diagnósticos, emergencias… Todo me absorbía de tal forma que casi podía fingir que no había amanecido con un desconocido jugando a ser chef en mi cocina, llamándome principessa, y amenazando a dos hombres con su arma.Casi.—¿Magda?Levanté la mirada. Era Iván, mi compañero de guardia y mejor amigo. Tenía una bandeja en la mano y me miraba con una ceja arqueada.—¿Estás bien?—Sí, sí. Solo estaba… distraída.—Ajá —se sentó frente a mí—. ¿Esto tiene algo que ver con el Dios griego con cara de mafioso que me contaste a las tres de la mañana?—¡Shh! —miré a los costados—. No hables así, te van a escuchar.—¿Y qué? ¿Vas a negar que lo que me dijiste suena como el comienzo de una serie peligrosa y erótica de Netflix? ¿O tal vez como las 50 sombras de Grey?Suspiré. Tenía razón. Pero eso no significaba que quería pensar en él.—Fue solo una situación extraña. No va a volver a pasar.Pero el dest
MagdaLas luces del pasillo parpadeaban como si también estuvieran cansadas.Mi guardia estaba por terminar, pero aún me quedaban algunas tareas pendientes: firmar las evoluciones, dejar asentadas las indicaciones de la paciente de la 307, y pasar por la neonatología para ver a la beba prematura que había ayudado a recibir hacía unas horas.—¿Doctora Salvatore? —dijo una voz detrás de mí.Me giré con una sonrisa. Era la señora Mena, la enfermera más experimentada del piso.—Dígame, ¿otra ronda de café? ¿O solo viene a controlarme porque no puede creer que alguien pueda estar de buen humor a esta hora?—Ay, mi niña… —respondió con una palmadita en el brazo—. Eres un sol. Ojalá todas fueran como tú.—No diga eso, que me malacostumbra —bromeé, pero sentí un calorcito en el pecho.Era así todo el tiempo. Me pasaba en la residencia, en la fundación, en cada rincón donde me conocían. No porque hiciera nada especial. Solo… trataba a todos con respeto. Como me enseñaron mis padres. Con empat
Max Jr.Volver a la mansión siempre tenía ese efecto extraño en mí. Como si, por un segundo, volviera a ser el chico de diecisiete que soñaba con comerse el mundo, antes de entender lo que costaba realmente enfrentarlo.La casa estaba iluminada, con las luces que mamá adoraba en los eventos familiares. Todos reían, bebían, y hablaban como si el tiempo no pasara para nosotros. Papá estaba en su salsa, abrazando a todos, sonriendo como si tuviera veinte y no el triple.Pero yo no buscaba a nadie en especial.Eso era lo que quería creer. Aunque mis ojos… mis ojos la buscaban.Solo a ella.Y la vi.Apoyada contra la baranda del jardín, con ese vestido azul que le marcaba la cintura y le dejaba los hombros al descubierto. Estaba riéndose con una de mis primas, pero no tardó en verme. Y cuando lo hizo, su expresión cambió.Me esquivó la mirada. Dio un paso hacia atrás. Y luego otro.Sabía lo que eso significaba.No quería hablarme.No después de lo que pasó aquella noche en el baño de la







