MasukUVPO. CAPÍTULO 33. El "señor no rompo las reglas"Sloan le sujetó la muñeca para evitar que llamara, juntó las cejas, se hizo el dolido pero fuerte. Pero había algo que no cuadraba. El Sloan que ella conocía estaría maldiciendo a todos los ancestros que conocía y a todos los que le faltaban por conocer, pero el que estaba frente a ella solo decía:—Alejandra, estoy bien. De verdad.¿Con aquella vocecita?Alejandra se detuvo y lo observó. Había algo extraño en él, comenzando por el hecho de que había pasado los últimos minutos comportándose como un hombre al borde del desmayo, pero acababa de sujetarla con una fuerza perfectamente normal.Alejandra bajó lentamente la mirada hacia su mano y ladeó la cabeza.—Sloan...—¿Sí?—Levántate.—Me siento débil.—Levántate.—Alejandra...Ella retrocedió un paso y cruzó los brazos.—Muy bien. Voy a llamar a una ambulancia. Y cuando lleguemos al hospital, voy a explicarles que activaste una alerta de emergencia porque te caíste en la ducha. También
UVPO. CAPÍTULO 32. Una emergencia muy sospechosaAlejandra estaba a punto de subir a la avioneta cuando su teléfono comenzó a emitir un sonido que le heló la sangre. No era una llamada. Tampoco un mensaje. Era la alerta del botón de pánico de Sloan. Se quedó inmóvil durante una fracción de segundo y después sacó el dispositivo del bolsillo.“EMERGENCIA ACTIVADA”.—¡Mierda!Samuel, que ya estaba dentro de la avioneta, se asomó por la puerta.—¡Rivera! ¿Qué te pasa, ya te acobardaste?—¡Eso quisieras Ironman, pero tengo una emergencia! —gritó de vuelta mientras corría alejándose del avión.—¿Necesitas ayuda?—¡No! ¡Quédate! ¡Nos vemos después! —aseguró ella.—¡Alejandra!Pero la muchacha ya estaba corriendo hacia el estacionamiento.Activó el localizador mientras se quitaba parte del equipo de salto. La señal apareció inmediatamente sobre el mapa: el edificio de Sloan. Alejandra sintió que se le encogía el estómago.Había advertido a aquel idiota sobre las amenazas. Le había explicado q
UCMPLP. CAPÍTULO 5. San Gian, patrono de las comparacionesSavannah sintió una pequeña punzada de alerta, pero él se limitó a encogerse de hombros.—Porque es evidente que no frecuentamos los mismos lugares —respondió, mientras Leo continuaba mirándolos con curiosidad.—Literalmente acabamos de escapar del mismo lugar —replicó ella, arqueando una ceja y Gian soltó una risa breve.—Tienes razón. La diferencia es que a mí me pagan por correr en un deportivo que no es mío y tú llegas en el de tu novio. ¿O me equivoco?Y el ligero sarcasmo en sus palabras hizo que Savanna achicara los ojos y lo señalara con un índice acusador.—Pues fíjate que por mí nadie habla —replicó volviéndose hacia el niño—. Claro que puedo venir a visitarte, Leo.—¡Bien! —celebró el pequeño, dándole un beso.El teléfono de Savanna sonó y ella trató de ponerse de pie, pero Gian fue más rápido y la levantó al instante.—Yo te llevo —murmuró—. ¡Leo, a dormir!Bajó con ella hasta el primer piso y no hizo ni un gesto d
UVPO. CAPÍTULO 31. Un ataque de pánicoDurante las siguientes semanas, la situación empeoró considerablemente.Alejandra continuó desempeñando su trabajo con una eficiencia impecable. Llegaba puntual, lo acompañaba a las reuniones y revisaba los protocolos de seguridad sin descuidar un solo detalle.Sin embargo, en cuanto terminaba su jornada y dejaba a Sloan protegidito en su departamento… desaparecía. Y casi siempre lo hacía con Samuel.Sloan descubrió aquella desagradable costumbre gracias a las redes sociales. La primera fotografía apareció un domingo: Alejandra montaba un caballo negro en un campo abierto. Llevaba botas, pantalones de montar y una sonrisa enorme. Samuel aparecía a su lado, sobre un caballo cobrizo.“Domingo perfecto con la mejor compañera de aventuras”, decía la publicación.Sloan la observó durante varios minutos. Después dejó el teléfono. Lo recogió treinta segundos más tarde y bloqueó mentalmente cualquier acceso a las redes que pudiera llevarle noticias.Pero
UVPO. CAPÍTULO 30. Un búho, un tigre y un secretoSloan había pasado las últimas dos horas del parque de diversiones intentando comprender cómo un hombre adulto podía caminar abrazado a un tigre de peluche sin perder la dignidad. Samuel, aparentemente, no tenía ese problema.Había llevado al gigantesco animal durante todo el recorrido, lo había sentado junto a él mientras comían y hasta le había comprado un sombrero diminuto. Alejandra se había reído tanto que terminó quejándose del dolor en el hombro.Cuando finalmente regresaron al edificio, Tiffany se despidió con un beso rápido y anunció que necesitaba llegar a casa para darse un baño urgente y quitarse el polvo del día.—Honestamente no sé cuál si no nos subimos ni a un juego —rezongó Sloan en voz baja.Alejandra esperó a que se marchara antes de volverse hacia él.—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?—Nada. Y sí —masculló él mientras subían en el ascensor—. ¿No lo parece?—Llevas toda la tarde con cara de que alguien te robó la herencia
UVPO. CAPÍTULO 29. Malditos celos—¡Eso fue increíble! —exclamó Alejandra jadeando como si acabara de correr una maratón.—¡La segunda caída fue brutal! —respondió Samuel.—¡Tenemos que repetirla!Sloan miró hacia la estructura. Realmente habría querido subir, agarrar la mano de Alejandra, salir mareado y reírse con ella como se estaba riendo él.—Si van a la segunda vuelta, yo me apunto —aseguró, y Tiffany lo sujetó del brazo.—¡Sloan! ¡Dijiste que me acompañarías!Él cerró los ojos.—No te estoy acompañando a ningún lado porque no estamos haciendo nada —siseó él en voz baja, porque incluso para un estirado como él era demasiado ir a un parque de atracciones y quedarse sentado en un restaurante tomando café.La siguiente atracción fue todavía peor. Una torre que elevaba a los pasajeros hasta una altura considerable antes de dejarlos caer. Alejandra y Samuel subieron encantados. Bajaron tambaleándose.—Creo que mi estómago sigue arriba —declaró Samuel.Alejandra se dobló de la risa.—







