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Capítulo 4

last update publish date: 2026-03-18 19:23:14

Felipe

Despierto con una resaca mortal; ayer exageré con la bebida. Fui a un asado para conmemorar el cumpleaños de Lucas. No tenía intención de beber tanto, pero el vacío en el pecho pedía ser llenado. La celebración comenzó por la tarde, pasamos muchas horas conversando, bebiendo, comiendo. Escuchando mucha música buena, todo iba muy bien. Hasta que Lucas tuvo la idea de jugar a "Yo nunca". En el momento fue muy divertido. Con cada ronda se ponía más gracioso, pero ahora mi cabeza está explotando y el silencio del cuarto es punitivo. Los recuerdos van llegando…

— Yo comencé el juego. Yo nunca nadé desnudo.

Algunos bebieron, entregándose, y otros se rieron de los que ya lo habían hecho. Cada uno decía una cosa:

— Yo nunca estuve con gemelas…

— Yo nunca salté la cerca…

— Yo nunca estuve con mujeres mayores.

Casi todos bebieron… El objetivo del juego es lanzar frases de cosas que sabes que la mayoría ya hizo, para hacer que beban. Y así seguimos riendo y jugando por varios minutos, todos ya alegres por la bebida, pero lejos de estar borrachos de hecho. Hasta que surgió aquella frase que me desestabilizó por completo.

— Yo nunca fui novio de mis amigas…

Fue como recibir un puñetazo en el pecho. Mila, mi Kamila, mi mejor amiga, aquella a quien amé desde siempre y aún amaba en silencio. Ocho años pasaron desde que la vi por última vez. Los recuerdos estaban frescos en mi mente, como si el tiempo no hubiera osado tocarlos. El dolor punzante que siempre venía me abrazó con fuerza. Las garras afiladas de los recuerdos ahora amargos de aquel tiempo de los días felices quedaron clavadas en mi corazón.

Me alejé del grupo sin darme cuenta, vacié mi vaso en automático y me senté en un rincón aislado, buscando oxígeno. Una memoria se infiltró en mis pensamientos sin pedir permiso. Nuestro primer paseo como novios. Fui a buscarla para tomar un helado en la heladería del barrio. Salimos de manos dadas, los dedos entrelazados como si hubieran sido hechos el uno para el otro. El sol brillante de la una de la tarde hacía que el cabello castaño de ella ganara tonos dorados y volvía sus ojos aún más bellos, vibrantes de vida.

Pedimos nuestro helado favorito, un expreso de fresa con chocolate. Decíamos que ese sabor era una unión de nosotros dos: la fresa era el sabor favorito de ella y el chocolate el mío. Pero siempre pedíamos hacerlo mixto, pues nos gustaba compartir nuestros gustos. Nos sentamos a conversar y tomamos nuestros helados con calma, hablando. No sabíamos en la época cuán preciosos eran aquellos momentos, pues serían todo lo que tendríamos para vivir y revisitar en la soledad.

Si lo hubiera sabido, habría pasado más tiempo con ella, habría sujetado su mano por más tiempo, la habría abrazado más fuerte, habría mirado su rostro com más atención para memorizar más atentamente cada detalle, pues tal vez pude haber dejado pasar algo ante mis ojos de niño. Pero no lo sabía; para mí era solo el momento que existía y el futuro, a pesar de planear estar con ella sin importar el tiempo que pasara, no me preocupaba en la época. La eternidad parecía un derecho garantizado.

Tras salir de la heladería fuimos a sentarnos en la plaza, estábamos conversando, sentados muy cerca. Los laterales de nuestros cuerpos rozando el uno con el otro, enviando chispas de electricidad por toda mi piel. El calor reconfortante de su mano derecha en la palma de mi mano izquierda era mi única ancla. En un momento dado la miré; su sonrisa, la más bella que he visto, llenaba su rostro. Mi corazón se aceleró a un ritmo frenético, miré sus labios y tuve ganas de besarla.

Cuando miré sus ojos, vi que ella también observaba mi boca; sus mejillas estaban rojas, haciéndola aún más bella. Nuestras manos se pusieron sudorosas, me aproximé un poco, despacio, probando esta nueva dinámica entre nosotros. Ella se aproximó también. Nos miramos intensamente por algunos segundos.

Nuestros ojos diciendo aquello que queríamos. Siempre nos comunicamos con la mirada; yo podía leer perfectamente en sus ojos el "sí", así como ella leía en los míos la pregunta. Pero aun así yo quería tener la certeza de que ella quería lo mismo que yo, por eso pregunté, con la voz ronca y un poco tímido:

— ¿Puedo besarte?

Ella no desvió los ojos de los míos al responder, aun avergonzada y roja. Esa es mi chica, siempre valiente, determinada. Aunque estuviera tan ansiosa como yo por nuestro primer beso.

— Sí.

Dijo ella. Esa simple palabra de dos letras hizo mi corazón saltar, como si caballos galoparan en mi pecho. Me acerqué más y la besé. Fue un beso casto y simple, un "pico", al fin y al cabo teníamos solo 13 años, pero para mí fue el mejor beso del mundo, el hito de donde mi vida realmente comenzó.

Escucho mi nombre ser llamado y vuelvo al momento presente, donde el frío de la ausencia sustituye al calor de la plaza. Lucas está parado frente a mí preguntando si estoy bien, pues me está llamando hace algunos minutos y yo no parecía oír. Doy una excusa cualquiera por mi falta de atención y lo tranquilizo. Paso el resto de la fiesta, sin embargo, bebiendo más de lo que habría hecho normalmente, intentando ahogar los recuerdos que insistían en seguir viniendo.

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