INICIAR SESIÓNLa luz de la primavera despertaba temprano en Basiglio, pero el aire de la mañana aún conservaba un rastro del invierno que se negaba a marchar del todo. Dentro de la gran mansión, el silencio se sentía denso, casi artificial, tras los recientes despidos que habían dejado los pasillos semivacíos.
Nataniel descendió las escaleras con parsimonia, sosteniendo el cuerpo con la rectitud habitual que camuflaba sus años. Cada escalón le devolvía una punzada sorda en la pierna, ese dolor viejo y conocido que cobraba fuerza con el frío de las primeras horas. No apresuró el paso, utilizó el trayecto para intentar disipar la molestia física y el peso de unos pensamientos que compartían la misma rigidez.
Arriba, encerrado en su estudio, su hijo continuaba hundiéndose en el orgullo, perdiéndolo todo por pura terquedad. Contuvo un suspiro de frustración; haber regresado de Alemania solo para encontrarse con semejante caos: una crisis matrimonial que él habría evitado de haber estado presente y saber que su yerno había huido con los niños. Pero lo que más le molestaba era la absoluta incertidumbre de no saber dónde se habían ocultado, aquello le resultaba intolerable.
Al llegar a la planta baja, se encaminó hacia el comedor. La estancia estaba iluminada por una claridad suave que amortiguaba el ambiente lúgubre del resto de la casa. Sentados a la mesa, los médicos de la villa conversaban en voz baja, desayunando con una calma ajena al caos familiar.
Una leve sensación de satisfacción le alivió el pecho al verlos juntos; siempre había favorecido el acercamiento entre ambos, convencido de que hacían una buena pareja. Tomó asiento en la cabecera mientras el servicio aparecía en silencio para servirle el té.
—Buenos días —saludó, cumpliendo con la formalidad de la casa.
El médico francés respondió de inmediato con un tono pulcro y su compañero japonés inclinó la cabeza en un gesto respetuoso.
Sostuvo la taza caliente entre las manos y observó a Shun sobre el borde de la loza. El muchacho compartía las facciones casi idénticas con su yerno. Justamente esa apariencia similar había sido usada por los empleados de la villa, en su ignorancia y afán de chisme, para esparcir el rumor de que su hijo engañaba a su esposo con el primo de este.
Sin embargo, al ver la manera en que esos ojos rasgados miraban al francés, con un afecto evidente y devoto, reafirmaba lo absurdo de las habladurías.
—Señor Foster… Necesito decirle algo —la voz del médico lo sacó de sus pensamientos—. No estoy seguro de si este es el lugar adecuado.
—Ya me encargué del silencio de la casa —dijo con firmeza, levantando la vista—. No volverá a pasar. Así que habla tranquilo.
La tensión en los hombros de Théon cedió apenas y asintió.
—Seiya me llamó anoche, francamente no esperaba que lo hiciera tan pronto —dijo entonces—. Me dijo que esta en Lago de Como con su abuelo. Me pidió que vaya, quiere que revise al bebé, parece que está enfermo.
Dejó la taza sobre el platillo con cuidado. No hubo gesticulación, pero sus ojos se afilaron.
—¿Está bien mi nieto? —preguntó—. ¿Ocurrió algo?
—Por lo que me dijo, no parece grave —respondió con calma profesional—. Pero está inquieto. Quiere asegurarse de que realmente este bien.
—Entonces ve —dijo tratando de mantener la calma—. Evalúa la situación, trata de escucharlo y saber que desea para que regrese a la casa. Lo que sea que pida puedo hacerlo posible. Si hay algún riesgo, aunque sea mínimo, debes informarme. No quiero recurrir a la fuerza para traerlo de vuelta, pero la seguridad de mis nietos es prioridad.
—Así lo haré señor Foster —aseguró Théon—. Me encargaré de que esté bien… y de informarle si hay alguna novedad.
El desayuno terminó al poco tiempo y los médicos se retiraron juntos, abandonando el comedor en un murmullo bajo. Con la mesa de nuevo vacía, se puso en pie y se trasladó a su despacho privado.
Tomó asiento detrás del escritorio de madera maciza y desplegó el periódico del día, forzándose a recorrer las columnas de prensa en un intento por mantener la calma y despejar la mente mientras aguardaba alguna noticia del estado de su yerno y sus nietos.
Sin embargo, las noticias del mundo exterior no lograron retener su atención. Su mente se desvió inevitablemente hacia Akira. Cuánto habría deseado que su viejo mentor conservara la salud necesaria para guiar con mayor sabiduría a su nieto en medio de semejante quiebre familiar.
El recuerdo le trajo un eco de dolor conocido; saber que su mejor amigo permanecía recluido en un asilo, ocultándose de todos por puro orgullo y la terca resolución de no convertirse en una carga para nadie, le resultaba amargo. Se preguntó, con una punzada de silenciosa decepción, en qué momento aquel hombre que tanto respetaba había dejado de confiar en él.
Un par de golpes suaves en la madera interrumpieron el hilo de sus pensamientos. Noriko se anunció desde el umbral, rompiendo la quietud del despacho con una postura comedida.
—Señor Foster, en el jardín interior hay un joven que quiere hablar con usted —anunció la ama de llaves, dando un paso al frente—. Dice que viene a postularse para el puesto de jardinero.
Alzó la vista del diario, arqueando una ceja con evidente sorpresa.
—¿La agencia envió a alguien tan rápido? —preguntó, extrañado por la eficiencia del servicio.
Ella negó con suavidad, manteniendo las manos entrelazadas al frente.
—Al parecer no viene de ninguna agencia; apareció directamente en la reja del portón —explicó con voz pausada—. Sin embargo, me dio la impresión de ser un buen muchacho. ¿Podría hablar con él?
Sopesó la petición un instante. Se puso en pie, apoyando el peso del cuerpo sobre el bastón para estabilizar la marcha.
—Usualmente no lo haría —declaró, acomodando el agarre en la empuñadura—, pero confío en tu criterio. Llévame con el muchacho.
Abandonaron el despacho en silencio y avanzaron juntos, al ritmo regular que marcaba el bastón sobre el suelo, recorriendo los pasillos de la villa hasta alcanzar el acceso que abría paso al jardín interior.
Al cruzar el umbral del corredor, fijó la mirada en el muchacho que se encontraba acurrucado junto a la orilla del lago, completamente absorto en el pausado nado de los peces koi. Visto desde la distancia, el morral sobre la espalda y su postura encogida le daban la apariencia desamparada de un niño pequeño; una estampa que irradiaba una ternura inesperada y ajena al ambiente tenso de la villa.
Sin embargo, lo que verdaderamente retuvo su atención fue su cabello de un rojo intenso, brillante y suave, que destacaba bajo el sol matutino casi como los pétalos de una rosa fresca. Observó cómo el joven estiraba la punta de los dedos para tocar la superficie del agua y, se la pasaba de forma distraída por los labios carnosos y rosados. Aquella complexión menuda y la delicadeza de su cara bonita hacían que la idea de considerarlo un simple jardinero resultara extraña. Definitivamente, esperaba encontrarse con otra persona.
La ama de llaves dio un paso al frente, interrumpiendo la quietud del rincón.
—Kyle, aquí está el señor Foster —anunció con voz comedida—. Él es quien te va a entrevistar.
El muchacho dio un ligero brinco de sorpresa y se puso en pie. Los nervios se le hicieron evidentes en la agitación de las manos, pero forzó una inclinación respetuosa.
—Buenos días, señor Foster —su voz era sumamente suave—. Mi nombre es Kyle D’Alessandro, gracias por recibirme.
El joven le extendió la mano en un ademán formal. Al cerrar el saludo, se sorprendió internamente; a pesar de ser una mano pequeña, se sentía áspera, curtida por la rigurosidad del trabajo.
—Nataniel Foster. Gracias por venir —respondió, sosteniendo el agarre un instante antes de girarse hacia la mujer—. ¿Podrías traer algo de té al quiosco? El joven debe tener sed.
Ella asintió en silencio y se retiró hacia la cocina.
—Ven, vamos a sentarnos a la sombra —le indicó dándose la vuelta—. Parece que el día está algo caluroso.
Lo guio a lo largo del sendero hasta el quiosco de madera oscura que se alzaba sobre el jardín. Tomaron asiento uno frente al otro. Lo miró con detenimiento; el chico demostraba una timidez latente, pero al mismo tiempo poseía una mirada sumamente observadora, pues no le había quitado los ojos de encima ni un solo segundo.
Aquellas facciones juveniles y hermosas, cargadas de una curiosidad genuina, le hicieron pensar de inmediato que se trataba de un omega, aunque la incógnita de por qué alguien con semejante belleza no era el esposo consentido de alguien seguía flotando en el aire.
—¿No soy lo que esperabas? —preguntó, rompiendo el silencio con una media sonrisa.
Las mejillas del joven se tiñeron de un vivo color carmesí. Bajó la vista un instante, acomodándose las mangas de la chaqueta.
—Por el estilo de la casa pensé que... el dueño era un señor japonés —dijo con una prudencia medida.
Una carcajada abierta y franca escapó de su pecho, rompiendo la rigidez que lo había acompañado desde la mañana.
—Tienes razón —admitió con un deje de cariño—. No soy el dueño de esta villa. Ese es mi yerno, yo solo me encargo de hacer algunos favores por él mientras no está.
Kyle le sonrió con cierta timidez, manteniendo las manos juntas sobre la superficie de la mesa. Al observarlo con fijeza, notó que la mirada del joven descendía de forma constante hacia la empuñadura de plata de su bastón.
—¿Te gusta? —preguntó, ladeando apenas la cabeza—. Es un ruiseñor, yo mismo lo tallé. Es un ave muy sencilla, pero posee un canto hermoso.
—Es verdad… A mí también me gustan mucho —respondió el muchacho, suavizando las facciones.
Decidió dejar a un lado la informalidad inicial para centrarse en el motivo del encuentro.
—¿Trajiste tu currículum? —indagó con tono sereno—. Me gustaría saber cómo te enteraste de la vacante.
El chico se puso rígido, perdiendo el rastro de color en las mejillas. La palidez le acentuó de inmediato las ojeras de cansancio.
—Yo... yo no lo tengo —admitió con un hilo de voz—. Estuve preguntando en las otras casas de la zona y un jardinero me comentó que aquí necesitaban a alguien.
Consideró la respuesta en silencio. Cabía la posibilidad de que fuera una simple coincidencia, pero resultaba un hecho demasiado fortuito.
—Entonces, ¿cómo puedo saber que tienes la experiencia requerida para cuidar la vegetación de esta villa?
—Cuando trabajaba en Siracusa, mi jefe poseía una colección de plantas exóticas —explicó el joven a toda prisa—. Él me enseñó cómo tratarlas.
Arqueó las cejas con genuina sorpresa.
—¿Cómo se llama ese jefe?... Quizás lo conozca.
El muchacho pareció perder el aire, volviéndose todavía más pálido ante la pregunta.
—No creo que lo conozca, señor —murmuró con torpeza, bajando la vista—. Es solo un anciano de un vivero muy pequeño.
La desconfianza se le activó de inmediato. Era evidente que el chico ocultaba algo, era extraño que hubiera cruzado todo el país desde Sicilia hasta la Lombardía solo por un trabajo, y esa misma reticencia despertó en su interior una intensa curiosidad por descifrar el misterio. Decidió endurecer el semblante, fingiendo una seriedad profesional.
—Kyle, eres un muchacho agradable y se nota que respetas el oficio —declaró con voz pausada, pero densa—. Pero entenderás que para mí es difícil contratar a alguien que viene de tan lejos sin recomendaciones, y sin saber cuáles son sus estudios. Es una responsabilidad grande para la seguridad de esta casa.
La angustia se reflejó de golpe en el rostro del joven. Desesperado ante la inminencia del rechazo, se aferró un poco más al borde de la mesa.
—Señor Foster, yo no tengo un currículum porque no sé leer, ni escribir… bien —confesó con un matiz de humillación en el tono—. Pero le prometo que sé cómo hacer crecer una planta y mantenerla saludable.
—Explícame un poco mejor eso —pidió, observando cómo al chico con atención.
—Crecí en una pequeña granja con mis padres… pero ellos murieron cuando yo era muy chico —relató, apretando los dedos entre sí—. Tuve que trabajar en las fincas vecinas y en los viveros de los alrededores para poder sobrevivir.
La confesión le causó una honda punzada de conmoción en el pecho, se quedó en silencio evaluando la historia del muchacho. Al detallar el abrigo gastado y la delgadez que delataba una falta severa de alimento; su necesidad se le hacía palpable en el ambiente. Era evidente que había tenido una vida difícil hasta entonces y que no mentía deliberadamente.
Se guardó las preguntas; el instinto le decía que el chico no era un peligro, sino alguien que necesitaba una mano. Podría darle una oportunidad, si con el tiempo resultaba no ser apto para el puesto, siempre podría buscar a un reemplazo, pero en ese instante negarle el refugio se sentía incorrecto.
—¿Cuál es tu segundo género? —preguntó con firmeza.
—Soy un beta, señor —aseguró sin sostenerle la mirada.
La respuesta lo tomó por sorpresa. Un nivel de belleza tan pulcro y llamativo rara vez se manifestaba en la casta común, pero al agudizar sus sentidos, constató que no percibía feromonas en el aire.
Se dispuso a ahondar en aquella contradicción cuando una de las empleadas, una muchacha rubia vestida con el uniforme de servicio se aproximó cargando la bandeja del té. El silencio se instaló de nuevo en el quiosco mientras se servían las tazas sobre la mesa.
Empezaron a tomar el té con calma, dejando que el silencio inicial se transformara en una atmósfera mucho más cómoda. Mientras lo observaba beber despacio, descubrió que la presencia tranquila del muchacho le agradaba de una manera genuina.
Demostraba ser alguien discreto, amable y sumamente atento; cualidades raras en esos días. Pensó que, incluso si con el tiempo el joven no resultaba apto para las exigencias del jardín, perfectamente podría encontrarle algún otro oficio adecuado dentro de la mansión.
—Kyle, ¿cuál es tu aspiración salarial? —preguntó, rompiendo el silencio con tono pausado.
El muchacho bajó la taza, acomodando las manos sobre la mesa antes de responder.
—Lo que usted considere que está bien, señor Foster —contestó con sinceridad—. Yo solo busco un lugar tranquilo para trabajar.
La respuesta lo tomó por sorpresa. La humildad y la franqueza absoluta de aquellas palabras, desprovistas de cualquier tipo de ambición o exigencia, terminaron por inclinar la balanza a su favor.
—Quiero que vengas el lunes —determinó, sosteniendo la mirada con firmeza—. El puesto es tuyo. Aquí tendrás alojamiento, alimentación completa y un salario de un millón quinientas mil liras.
Kyle lo miró con los ojos muy abiertos, congelado en el sitio como si le costara dar crédito a lo que acababa de escuchar. Sin embargo, el destello de alivio duró apenas un instante; de inmediato, las facciones se le tensaron en una expresión de sutil urgencia.
—Señor Foster... —comenzó el joven, carraspeando apenas para contener los nervios—. ¿No podría quedarme desde hoy?
Lo observó con extrañeza ante la premura del ruego.
—Aún estamos realizando algunas reformas en el área de alojamiento, aprovechando el cambio reciente de personal —explicó con calma, sosteniéndole la mirada—. No sería adecuado instalarte en esas condiciones.
Al escuchar la negativa, el muchacho adoptó una expresión de abatimiento y desolación. Sin embargo, en lugar de encogerse en el silencio, la desesperación pareció obligarlo intervenir apretando la taza con ambas manos.
—Puedo... puedo dormir en el suelo del invernadero, señor Foster —propuso en un murmullo rápido, casi temeroso, pero cargado de una urgencia desgarradora—. O en un rincón de este quiosco si me presta una manta. No me importa el frío, de verdad. Y así... mañana al amanecer el estanque de los peces ya estará limpio. No le daré ningún problema.
Nataniel se quedó completamente inmóvil en su asiento. Aquella disposición a someterse a cualquier incomodidad con tal de no cruzar de vuelta el portón exterior le golpeó el pecho con una fuerza imprevista. No tuvo más opción que admirar aquella dignidad herida que se negaba a mendigar, pero que ofrecía su fuerza de trabajo hasta el límite de la humillación.
Experimentó una intensa renuencia a dejarlo marchar, una necesidad ciega de protección que no lograba comprender del todo, pero que se impuso con la contundencia de su naturaleza alfa por encima de cualquier lógica de organización.
—Está bien, quédate —cedió, suavizando el tono—. Lo resolveremos más tarde.
El rostro del muchacho se relajó, dejando escapar un pequeño suspiro y por alguna extraña razón el mismo también se sintió aliviado de recibirlo bajo su protección.
El movimiento a media mañana en la mansión era sencillamente frenético. Los pasillos, habitualmente silenciosos, se habían convertido en un hervidero de empleados que iban y venían a paso apresurado cargando cajas y bandejas recubiertas de papel de plata. Todo se estaba empacando para trasladarlo fuera de la propiedad, dándole los toques finales a la logística del gran evento: la celebración del cumpleaños número seis de las gemelas Seiren y Kaori.Donde el caos alcanzaba su punto más álgido era en la cocina. El aire olía intensamente a vainilla horneada, azúcar y chocolate amargo. El chef Paolo gritaba órdenes a diestra y siniestra mientras el personal de apoyo ajustaba los detalles del pastel de cumpleaños y empaquetaba bocadillos y golosinas individuales. En una esquina de la amplia mesa de trabajo, Kyle avanzaba con destreza metiendo chocolates, galletas decoradas y pequeños juguetes dentro de las coloridas bolsas de recordatorio que se entregarían a los niños al final de la fiest
El silencio de la madrugada pesaba como plomo sobre la entrada de la casa. Kyle apenas podía sostener el equilibrio, arrastrando los pies mientras el cuerpo macizo del alfa se apoyaba sin piedad sobre sus hombros. Cada paso era un esfuerzo ciego, un forcejeo silencioso contra el peso muerto y el aliento agrio a alcohol le quemaba el cuello.Al cruzar el umbral, Salvatore se desprendió de él con un empujón torpe y se dejó caer de golpe sobre el sofá de la estancia. El cuero crujió bajo su cuerpo mientras se acomodaba de costado, cerrando los ojos con pesadez.—Vete a lavar y a dormir... —rezongó pasándose el brazo sobre la cara—. No quiero que estés dando vueltas.El omega se quedó de pie en mitad de la penumbra, sintiendo cómo las piernas le temblaban por el agotamiento y el estómago le dolía en un encogimiento hueco y persistente.—¿Puedo comer algo, señor Romano? —preguntó en un murmullo bajo, casi imperceptible, sosteniéndose el vientre con ambas manos.Salvatore ni siquiera se mol
El automóvil negro se abrió paso por el camino privado que serpenteaba entre los árboles. La clínica ocupaba una antigua finca señorial rodeada de bosques y prados tupidos, donde el silencio solo era interrumpido por el rumor lejano de las aguas del lago Di Como. La arquitectura imponente de la casa principal, rodeada de jardines cuidados al detalle, transmitía una calma absoluta que en ese momento solo resultaba irónica y pesada.Marcello Barone detuvo el sedán frente a las escalinatas de la casona y apagó el motor. Nataniel no esperó a que el coche terminara de asentarse para abrir la puerta; bajó con el rostro rígido, ajustándose la chaqueta del traje mientras el abogado rodeaba el vehículo para colocarse a su lado.En lo alto de la entrada, resguardado bajo el pórtico de piedra, los aguardaba Francesco Ferri, un beta de ademanes pulcros y expresión notablemente tensa.—Buenos días, señor Foster. Gracias por venir tan pronto —expresó el hombre, ofreciéndole una leve inclinación ant
La luz fría de la primera hora de la mañana se filtraba con parsimonia a través de los visillos del anexo, tiñendo la estancia de un azul tenue y apacible. Sobre la cama, Kyle dormía profundamente, sumido en un letargo pesado que lo mantenía por entero ajeno a la realidad. Sin embargo, el descanso no le traía sosiego: conservaba el ceño levemente fruncido y mantenía una de las manos apretada con firmeza contra la sábana, como si aun en sueños intentara aferrarse a algo para no naufragar.Junto a la mesa de centro, Nataniel permanecía sentado en una silla baja. Sostenía el teléfono móvil en la mano, jugueteando con el aparato de forma tensa, haciéndolo girar una y otra vez entre los dedos. No había logrado dormir durante toda la noche a la espera de noticias sobre Karina Rossi, pero las horas habían transcurrido en un silencio frustrante.Desvió la mirada de la pantalla apagada para posarla de nuevo sobre el omega. Al contemplar la fragilidad de sus facciones, no pudo evitar repasar me
La penumbra de la biblioteca era fresca, perfumada con el olor denso del papel antiguo y la cera para madera. Nataniel permanecía junto al gran escritorio de caoba, pasando las páginas de un lote de libros de texto que había mandado a pedir a la ciudad días atrás. Evaluaba el contenido con cuidado minucioso, verificando que la redacción fuera lo bastante clara y accesible para el nivel de Kyle.En el fondo, la intención al seleccionar volúmenes equivalentes a la enseñanza básica era precisa y deliberada: buscaba que el muchacho pudiera avanzar de manera autónoma en sus lecturas. Procuraba reducir al mínimo las explicaciones extensas y las horas de estudio compartidas a solas.La culpa lo carcomía desde la tarde en que el joven le había robado aquel beso. Consideraba que su propia conducta había sido inapropiada por completo; él representaba una figura de autoridad, poseía una madurez que le exigía cordura, y no podía permitir que la cercanía del día a día confundiera a un omega tan fr
Kyle permanecía sentado sobre la alfombra de su habitación, con la espalda apoyada contra el borde de la cama. Sobre la pequeña mesa de centro reposaban varios libros de texto abiertos, cuyas páginas ilustraban con detalle la geografía de Italia. Llevaba más de una hora forzando la vista y concentrándose en memorizar relieves, regiones y fronteras, tratando de asimilar un conocimiento que le resultaba ajeno y complejo.Agotado por el esfuerzo, detuvo la lectura y posó la mirada sobre la ilustración de un mapa desplegado. Observó los trazados con los ojos cansados y empezó a recorrer la lámina con paciencia en busca de lo poco que le resultaba familiar.Le tomó un tiempo considerable ubicar el punto exacto donde se alzaba Milán en el norte, y desde allí, deslizó la yema del dedo hacia el sur, intentando reconstruir a trazos la ruta de las ciudades por las que había transitado durante casi un año antes de llegar a la mansión.Inevitablemente, la trayectoria trazada sobre el papel lo lle