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Capítulo 3. El lenguaje de los koi.

Author: Kurova
last update publish date: 2026-10-21 08:12:12

El sol del mediodía caía con fuerza sobre los tejados oscuros de la villa, entibiando el aire que entraba por los ventanales de los pasillos. Tras dejar atrás el quiosco del jardín, el crujido del bastón de Nataniel se perdió en la distancia, reemplazado por los pasos de Noriko.

Kyle la siguió a una distancia prudente, con la correa del morral bien sujeta contra el pecho. El entorno imponente de la madera pulida y los detalles orientales le hacían sentir que caminaba sobre un terreno frágil, donde cualquier movimiento en falso podría arruinar la suerte que acababa de conseguir.

La ama de llaves lo guio hacia un ala lateral, donde el murmullo de voces bajas y el ruido de cubiertos delataron el comedor de los empleados. La estancia era amplia, iluminada y tenía largas mesas de madera clara donde un par de trabajadores terminaban de almorzar.

—Toma asiento aquí, Kyle —le indicó la mujer, señalando el extremo de una de las mesas vacías—. Ya te van a servir la comida. Debo atender unos asuntos en la casa principal, pero más tarde vendré a buscarte para resolver lo de tu estancia.

—Gracias, señora Noriko —murmuró él, aguardando a que ella se retirara antes de sentarse.

Dejó el morral apoyado contra sus piernas, sintiéndose un extraño en mitad de aquel lugar tan grande. No pasó mucho tiempo antes de que una mujer robusta y de expresión alegre saliera de la cocina cargando una bandeja con un tazón de estofado de ternera humeante y un plato con una porción generosa de arroz blanco.

—Hola, soy Maritza —saludó ella con una sonrisa vivaz, acomodando los platos frente a él—. Veo que conseguiste el puesto. Bienvenido, espero que nos llevemos bien.

—Muchas gracias, soy Kyle —respondió él con timidez, tomando los cubiertos.

La mujer no regresó de inmediato a sus labores; tomó su propio almuerzo y se sentó en la silla de enfrente para acompañarlo.

Comenzó a comer de forma pausada, aunque el estómago le dolía por el vacío de tantos días. Sin embargo, en cuanto probó el primer bocado de carne caliente, el alivio recorrido su cuerpo dándole una sensación de bienestar inmediata.

Maritza lo miró con simpatía y, tras pinchar un trozo de verdura de su propio plato, empujó su porción de arroz hacia el centro de la mesa.

—Oye, ¿te quieres comer mi arroz? —le ofreció con amabilidad.

Kyle interrumpió el movimiento de la cuchara y la miró con sorpresa, sin saber que decirle.

—Es que estoy muy gorda, tengo que hacer dieta —explicó ella, dejando escapar un suspiro mientras se miraba de reojo—. No debería comerlo.

El muchacho la observó verdaderamente extrañado. Verla así, maciza y llena de vitalidad, era el reflejo mismo de una mujer hermosa, según su propia perspectiva. No pudo evitar que le recordara a su querida amiga de la infancia.

—A mí no me parece que estés gorda —confesó con timidez y en un hilo de voz—. Creo que así te ves muy bonita.

La muchacha se quedó quieta con el tenedor a mitad de camino. Las facciones se le ablandaron por completo y le dedicó una sonrisa enorme, mirándolo con un brillo coqueto de simpatía.

—Bueno, si tú lo dices... te lo voy a creer porque eres muy guapo —respondió ella de buen humor—. ¿Te gustan las galletas? Hoy estamos haciendo unas de avena en la cocina. Si quieres, te puedo guardar unas pocas para más tarde.

—¿De verdad se puede? —preguntó él, soltando finalmente los nervios—. Sí, me gustan mucho.

—Hecho. Entonces guardare unas cuantas para ti —respondió ella con un guiño.

Terminó de almorzar con verdadero gusto, disfrutando de la ligereza de una charla que no le exigía cautela. Como no podía quedarse quieto ni un segundo, se puso de pie de inmediato para ayudar a su amiga a recoger los platos sucios del mesón.

Estaba apilando las tazas cuando la puerta del comedor se abrió, dejando entrar a un hombre beta que traía tres pesados libros de lomo de cuero bajo el brazo.

Al verlo, el hombre se detuvo en seco, arqueando las cejas. Kyle lo miró y sintió un vuelco de pánico en el pecho al reconocerlo: era el mismo conductor de la camioneta que lo había ayudado en el vivero de Lorenzo.

—Oye, tú eres el chico del vivero —soltó el beta con una sonrisa de asombro—. ¿Viniste por lo que hablamos el otro día?

El muchacho se quedó rígido, sosteniendo los platos con las manos temblorosas. El pánico le heló la espalda al pensar que el hombre revelaría que él había estado escuchando a escondidas sus chismes sobre la mansión mientras cargaban las buganvilias.

—Tranquilo, no diré nada si tú tampoco lo haces —le dijo el conductor en voz baja, dándose cuenta de su miedo—. Me alegra que hayas venido. Por cierto, me llamo Matteo.

—Gracias —dijo aliviado ante la amabilidad repentina del hombre.

Matteo caminó hacia la mesa y dejó caer los tres volúmenes con un golpe sordo.

—La señora Noriko me pidió que te entregara esto. Son los manuales para el cuidado de los peces koi —le explicó, señalando las cubiertas de cuero—. Tienes que ponerles mucha atención porque le gustan mucho al jefe. Estúdiatelos bien.

—Gracias, de nuevo —respondió el joven, mirando los libros con curiosidad.

El beta le sonrió y se retiró de la estancia dejándolos nuevamente solos.

—Bueno, tengo cosas que limpiar antes de la cena —anunció Maritza, tomando la bandeja con los platos sucios.

Kyle se acomodó el morral al hombro, sintiendo de inmediato la urgencia de hacer algo útil.

—Oye, Maritza... —la llamó antes de que cruzara la puerta—. ¿Dónde me puedo sentar a leer estos libros?

—Si quieres puedes quedarte en una de estas mesas, a esta hora no las usamos mucho —respondió la muchacha con amabilidad.

Asintió con una sonrisa tímida, tomó los pesados volúmenes y se acomodó en la esquina de una de las mesas de madera clara. Apoyó el morral junto a sus pies y abrió el primer libro sobre la superficie pulida.

La luz del sol fue cambiando de ángulo a través de los ventanales mientras la tarde avanzaba sin prisa. Al principio se apoyó en las ilustraciones para guiar la lectura, observando con detenimiento los esquemas de las bombas de agua, los filtros y las formas de los peces.

Sin embargo, al intentar seguir el texto, se tropezó con un obstáculo. Muchas palabras le costaban demasiado trabajo y de otras tantas ni siquiera conocía el significado. Se pasó los dedos por el cabello y dejó escapar un suspiro de frustración.

«Carmelo no me enseñó tantas palabras», pensó con desánimo.

Se estiró un poco para sacudirse el cansancio de la espalda y se acomodó mejor en la silla, dispuesto a continuar.

Fue en ese instante cuando la figura de un alfa imponente se acercó a la cocina, acompañado por un perro pelirrojo de gran tamaño. Se sorprendió por el porte majestuoso de aquel sujeto y, para evitar cualquier contacto visual con él, clavó de inmediato la mirada en las páginas.

El alfa entró al área de la cocina y Maritza lo recibió con mucha formalidad.

—Buenas tardes, señor Foster. ¿Cómo puedo ayudarlo?

—Quiero que me sirvas algo de comer —respondió él con voz densa.

—¿Qué le gustaría que le preparemos? —preguntó la muchacha.

—Lo que sea que tengas listo, no quiero esperar —respondió él mirándola desde arriba.

—En el momento solo tenemos el estofado de ternera que hicimos para los empleados —explicó ella, dudando un instante—. ¿No preferiría algo mejor, señor?

—Maritza, ya te dije que lo que sea que esté listo —le dijo con impaciencia—. No me hagas repetir las cosas.

El alfa avanzó hacia el comedor y se sentó un par de mesas por delante. El perro se acomodó a su lado y posó el hocico en la pierna de su amo, pero mientras tanto le clavó la mirada atenta a Kyle, siguiendo cada uno de sus movimientos.

Él continuó fingiendo que leía, aunque cada tanto levantaba los ojos hacia el animal, pues le parecía hermoso a pesar de su actitud desconfiada.

Poco después, la muchacha salió de la cocina con un buen plato de comida humeante y se lo puso enfrente al alfa.

—¿No preferiría que se lo lleve al comedor principal? —preguntó ella.

—No tiene gracia comer allí si estoy solo —respondió él antes de tomar los cubiertos.

Ella guardó silencio, mientras el perro empezó a ladrarle al alfa pidiéndole un bocado de su plato.

—Tarō, el bambino pazzo te malacostumbró... —le puso la mano sobre la cabeza—. No deberías comer estas cosas.

El animal siguió batiendo la cola atento y dando vueltas a su alrededor. Al final, el alfa se rindió.

—Maritza, tráele un plato a Tarō —le pidió con amabilidad.

La muchacha volvió a la cocina y poco después regresó con un recipiente que puso en el suelo, y el perro empezó a comer con avidez.

Desde su rincón, analizó que aquel alfa debía de ser el hijo del señor que lo había entrevistado. Le sorprendía su gran porte, pero sobre todo que se sentara a comer con tranquilidad en el comedor de los empleados y fuera tan generoso con el perro.

Pensó, con cierta amargura, que de donde él venía, su propia vida era igual o inferior a la de un perro. Pero ni siquiera los animales de Siracusa estaban tan bien cuidados como la mascota del amo.

Mientras seguía intentando seguir con su lectura, Nataniel llegó a paso suave hasta el comedor de empleados. Se detuvo frente a su hijo y rompió el silencio con tono pausado:

—Eli, conque aquí estabas —le dijo con cariño—. Mario te está buscando; le dije que lo llamarías de vuelta.

—Gracias, papá, lo llamaré luego —respondió Eliot sin levantar del todo la cabeza.

—¿Ya te sientes mejor? —le puso la mano en el hombro, apretándolo con un gesto cálido pero atento—. Aún no te veo de buen semblante.

—Sí, estoy mejor —contestó el alfa desviando la mirada.

El patriarca levantó la vista y descubrió al muchacho al fondo de la mesa, concentrado frente al libro abierto y con el ceño fruncido por el esfuerzo. La imagen le produjo cierto enternecimiento.

Sin prisas, caminó hacia su rincón y se detuvo a un costado.

—¿Cómo te va con el libro? —preguntó con voz afable.

El joven alzó la cabeza de golpe, parpadeando con sorpresa, y se acomodó en la silla un poco apenado.

—Bueno... estaba viendo los dibujos —confesó en un murmullo, bajando la vista hacia la página—, pero hay algunas palabras difíciles.

—Si quieres puedo ayudarte con lo que no entiendes —le sonrió ampliamente, arrugando suavemente la comisura de sus ojos—. ¿Puedo sentarme?

—Señor Foster, yo no quiero ser una molestia —intervino de inmediato, moviendo las manos con timidez—. Seguramente tiene muchas cosas que hacer... No es necesario…

—Ahora estoy bastante libre, no es ninguna molestia —lo interrumpió el alfa con serenidad.

Sin esperar más permiso, acomodó la silla y se sentó a su lado. Apoyó un brazo sobre la superficie de madera, ladeó la cabeza hacia él y lo miró con pacífica atención.

—Dime, ¿dónde está eso que te molesta?

El joven se le quedó mirando un instante, profundamente confundido ante su actitud tan relajada. Sin embargo, su sonrisa tranquila y el tono firme pero suave de su voz le resultaron reconfortantes. Apartó las dudas, acercó la mano a la página y señaló con el dedo una de las líneas del texto.

—No entiendo qué significa esto.

Él siguió la dirección de su dedo y luego le devolvió una mirada cálida.

—Cuarentena significa que, cuando te traigan un pez nuevo, debes dejarlo aparte de los demás —le respondió con una calma paciente—. Así, si viene enfermo, los demás no se van a enfermar.

—¿Los peces también tienen gripe? —preguntó, con una mezcla de inocencia y curiosidad infantil.

—Bueno, ellos se enferman de otras cosas... Pero sí, es parecido —le explicó con una sonrisa cariñosa—. Tu deber es que siempre estén bien sanos.

El joven asintió, concentrándose de nuevo en la página, deslizando la yema del dedo sobre las letras mientras intentaba descifrar la siguiente palabra.

—¿Y qué significa... meta... bolis... mo? —preguntó en un murmullo lento, haciendo una pausa entre cada sílaba.

—Bueno, esa es más difícil... —admitió Nataniel, acomodándose en la silla—. Pero significa la forma en que el pez usa su comida para tener energía para nadar.

El muchacho frunció el ceño, sin comprender el concepto del todo, y se pasó la mano por la nuca con gesto confundido.

—Usemos un ejemplo —le prepuso al notar su desconcierto—. Tú necesitas comer para tener fuerza para trabajar. Si no comes bien, puedes hacerlo, pero harías que tu cuerpo se esfuerce mucho. Eso haría que te enfermes a largo plazo.

—Ya entiendo —dijo él, abriendo un poco los ojos—. No puedo olvidar nunca darles de comer.

—Así es, pero debes cuidar su porción... —le advirtió el alfa—. Si les das muy poco enflaquecerán, y si les das mucho se van a engordar... En ambos casos terminarían enfermos.

Kyle se quedó sorprendido, escuchando con absoluta atención cada detalle, lo que hacía que Nataniel se sintiera verdaderamente encantado de ser su profesor. En ese momento, Eliot se levantó de su mesa y se acomodó en la silla de enfrente, apoyando los brazos sobre la madera.

—Yo también quiero estar en la clase —comentó en voz baja.

El muchacho se intimidó un poco al verse rodeado por la atención de ambos alfas, pero no quería desaprovechar la oportunidad de aprender bien el oficio, no podía permitirse fallar en el cuidado de los animales si quería conservar el puesto. Se forzó a mantener la calma y siguió atento a cada palabra de Nataniel.

Por debajo de la mesa, Tarō empezó a buscar juego, empujándole la pierna con el hocico para que lo acariciara. Deslizó la mano hacia abajo para pasársela por el lomo pelirrojo, aguantándose las ganas de reírse cada vez que el animal le lamía los dedos o le pegaba la nariz fría contra la piel.

Poco después, Maritza se acercó a la mesa para dejarles una bandeja con tazas de té caliente y una cesta con galletas de avena recién horneadas. Eliot tomó una y empezó a comer en silencio, mientras su padre continuaba con sus explicaciones pausadas, respondiendo pacientemente a cada nueva pregunta que el muchacho le hacía sobre el texto.

En un momento de la charla, el alfa llevó la vista hacia su hijo y notó que se había quedado completamente dormido, sosteniéndose la cabeza con la mano debajo del mentón.

Nataniel se inclinó suavemente hacia Kyle y le susurró muy cerca del oído:

—Nunca fue un buen estudiante...

Él se tapó la boca con ambas manos para evitar soltar una carcajada y despertarlo. Al alfa le encantó ver esa expresión jovial e inocente en su rostro, aquella sonrisa contenida acentuaba esa belleza natural y hacia luminosos aquellos ojos azules. La satisfacción lleno su pecho, al ver que aquel muchacho que había llegado apenas unas horas atrás con una expresión abatida se veía mejor dentro de su casa.

—Creo que deberíamos terminar la clase ahora, tengo que encargarme de este muchacho — le comento en voz baja, mientras se inclinaba un poco más hacia él.

Kyle asintió con una sonrisa suave, acomodando el libro sobre la mesa.

—Gracias, señor Foster, de verdad me ayudó mucho —respondió, mirándolo a los ojos con gratitud—. Le prometo que me voy a esforzar para que los pececitos estén siempre bien.

—Estoy seguro de que lo harás bien, eres un chico muy listo —le aseguró con cariño—. Confío en ti.

Al ponerse de pie, extendió la mano y le rozó con suavidad el cabello en un gesto paternal.

—Haré que Noriko te dé un buen lugar para dormir, hasta que las habitaciones estén terminadas —agregó antes de dar un paso atrás—. Cuídate mucho.

—Muchas gracias, señor Foster —murmuró él, acompañando las palabras con una inclinación respetuosa.

Nataniel caminó hacia el otro lado de la mesa, se paró junto a Eliot y se inclinó a su oído.

—Vamos, hijo, no deberías dormir aquí —le susurró mientras le posaba la mano en el hombro.

El alfa abrió los ojos un poco sorprendido, parpadeando para despabilarse de golpe. Dirigió una mirada apenada hacia Kyle y luego hacia su padre. Se puso en pie a regañadientes y empezó a caminar a su lado para abandonar el comedor, seguido de cerca por Tarō, que batía la cola alegremente.

Se quedó a solas frente a las páginas abiertas, sumido en un silencio sereno. Por primera vez en su vida, el contacto de un alfa no le había producido pánico, asco, ni rechazo. Se preguntó si se debía simplemente a que el señor Foster era un hombre maduro, pero no podía negar que su presencia le resultaba sumamente reconfortante. Se sentía en paz a su lado; la paciencia que mostraba para enseñarle era algo único, y en el fondo deseaba seguir aprendiendo más de él.

Al mirar a su alrededor, notó que la claridad de la tarde terminaba de apagarse en los ventanales. La noche comenzaba a caer sobre Basiglio y el movimiento en el área de la cocina aumentaba a paso firme. Maritza y un par de empleadas más avanzaban de un lado a otro cargando bandejas y organizando utensilios para la cena.

Sintiendo que no podía quedarse de brazos cruzados, acomodó el morral y los libros en un rincón de la mesa, caminó hasta donde estaba Maritza.

—¿Puedo ayudarles? —le preguntó en un tono atento—. No me gusta estar sin hacer nada.

Ella le sonrió con simpatía, limpiándose las manos en el delantal.

—Bueno, supongo que puedes ayudar con los platos —aceptó de buen humor—. El chef estará satisfecho de tener unas manos más.

Cruzó el umbral hacia la cocina y observó el ajetreo del lugar. Adentro, el chef coordinaba las preparaciones junto a otros trabajadores. Maritza le entregó un delantal, él se lo ajustó a la cintura y se instaló frente al fregadero a lavar las bandejas y utensilios. Mientras trabajaba con el agua caliente entre las manos, sintió un profundo agradecimiento por haberse cruzado con personas tan amables en esa casa.

Cuando el movimiento de la cena finalmente terminó, se sentó a cenar junto a los demás trabajadores de la cocina. Todos compartían un ambiente ameno y conversaban entre sí; él prefirió mantenerse al margen, limitándose a observarlos en silencio mientras comía con gusto. A su lado, Maritza continuaba empeñada en ponerle una y otra porción extra en el plato.

Noriko apareció poco después en el comedor de empleados y se detuvo a pocos pasos de la mesa.

—Kyle, toma tus cosas, voy a llevarte a descansar —le indicó con tono tranquilo.

Él asintió de inmediato, acomodó los pesados volúmenes junto al morral y la siguió a través de los corredores hasta alcanzar el anexo de empleados, una edificación de dos pisos dispuesta alrededor de un pequeño jardín central.

Atravesaron el patio en silencio hasta detenerse frente a una de las puertas del primer piso. La mujer abrió la cerradura y le hizo una seña para que entrara antes de cruzar ella misma.

—Vas a compartir habitación conmigo estas noches —explicó mientras acomodaba unas llaves sobre la mesa de noche—. Después de que habiliten de nuevo las otras habitaciones tendrás otro compañero de cuarto.

Asintió despacio mientras recorría el lugar con la mirada. La estancia era sencilla pero impecable: una sola cama, un armario pequeño y una puerta lateral que daba a un baño privado.

—Te pondré un futón en el suelo —agregó ella, acercándose al armario para sacar las prendas de cama—. Aún eres joven, no creo que te moleste la espalda, ¿verdad?

—No, señora Noriko. Voy a estar bien —respondió él con sincero agradecimiento.

Dejó sus pertenencias a un lado y la ayudó a extender el futón sobre la madera, recibiendo una manta gruesa de sus manos.

—Ponte cómodo, usa lo que necesites —le dijo la ama de llaves antes de acomodarse el uniforme—. Aún debo atender algunas cosas en la casa principal, así que vendré más tarde.

—Gracias, señora Noriko —le dijo con una sonrisa agradecida.

En cuanto se quedó solo, se quitó los zapatos con alivio y se acomodó sobre el futón. Tomó uno de los libros, lo apoyó sobre la manta y comenzó a repasar de nuevo las ilustraciones.

Mientras contemplaba los trazos detallados de los peces, el recuerdo de la tarde le regresó con calidez al pecho. Pensó en el señor Foster, en la pausa suave y cadenciosa de su voz mientras le explicaba cada término, y en la mirada serena de sus ojos grises.

Sintiéndose reconfortado por una paz que no experimentaba en años, el cansancio terminó por vencerlo, dejándolo profundamente dormido sobre el aroma a papel viejo de los manuales.

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