LOGINKyle D'Alessandro es un joven que huye de Siracusa con una sola intención: dejar atrás todo lo relacionado con la mafia siciliana. En su afán por sobrevivir, consigue un trabajo imposible como jardinero en la mansión de una de las familias más poderosas del norte de Italia. Mientras intenta pasar desapercibido, capta la atención de Nataniel Foster: un alfa dominante, viudo, millonario y varias décadas mayor que él. Pero para este hombre, el desafío más difícil no será enamorarse de alguien mucho más joven. Será competir contra el fantasma que todavía lo atormenta. La Rosa y el Ruiseñor transcurre de forma paralela a los acontecimientos de Dragón Azul y León de Hierro. La novela explora la historia de Kyle D’Alessandro antes y después de conocer a Nataniel Foster. Puede leerse de forma independiente, sin necesidad de haber leído otras obras del universo.
View MoreLa primavera estaba siendo especialmente calurosa en Magenta aquel año y, para el mediodía, el aire dentro del vivero se sentía pesado por la humedad de la tierra recién regada. Afuera apenas se escuchaban pájaros entre los árboles y el roce del viento moviendo los plásticos transparentes sobre los cultivos.
Acomodó otra maceta dentro de la caja de madera y presionó el papel húmedo alrededor de las raíces antes de asegurarla con cordel. Las buganvilias eran resistentes, pero llegaban maltratadas cuando las empacaban de cualquier manera y él prefería tomarse el tiempo de hacerlo bien. Después de todo, no todos los domingos aparecía un pedido tan grande ni lo llamaban tan temprano para trabajar.
Se secó el sudor de la frente con el antebrazo antes de mover la caja terminada hacia la sombra. Todavía quedaban varias más esperando junto a la mesa y el calor no parecía dispuesto a dar tregua, pero no pensaba quejarse. El dolor en la espalda era un precio justo si al final del día recibía algo de dinero.
—¿Kyle, ya terminaste? —preguntó el dueño del vivero mientras aparecía junto a la entrada del invernadero—. Ya llegó el carro.
Levantó apenas la vista de las cajas.
—Sí, señor —respondió rápido, limpiándose las manos contra el pantalón.
—Perfecto, entonces ayúdales a subir lo más delicado —ordenó con un tono amable.
Asintió antes de caminar hacia la entrada del vivero. Una camioneta esperaba junto al camino de tierra, enorme, brillante bajo el sol. No era el tipo de vehículo que solía aparecer por allí para recoger pedidos pequeños.
Dos hombres beta conversaban apoyados contra uno de los costados mientras él comenzaba a subir las cajas con cuidado al platón.
—Qué pereza trabajar un domingo así —se quejó uno de ellos—. Yo solo quería dormir hasta tarde.
—Olvídate de eso —contestó el otro entre risas—. Hasta que no consigan al nuevo jardinero vamos a estar condenados.
—Aún no puedo creer que la gente no sepa mantener la boca cerrada —continuó el primero con fastidio—. Arriesgar un trabajo bueno por rumores es estúpido.
—¿Estúpido? Es poco decir… —refutó mientras fruncia el ceño—. Decir que el jefe le es infiel a su omega solo cabe en la cabeza de alguien que no valora la buena vida.
Kyle siguió trabajando mientras escuchaba a los hombres hablar. Aquella conversación le parecía absurda por la ligereza con la que las personas hablaban de alguien poderoso, como si las consecuencias de hacerlo siempre terminaran en un despido. Quizás quienes se atrevían a tanto habían tenido vidas lo bastante fáciles para tomar ese riesgo. Él había visto personas perder la vida por cosas mucho más insignificantes.
—Oye, ayudemos al chico —dijo uno de los beta después de observarlo un momento—. Esos bultos se ven demasiado pesados.
—No es necesario… yo puedo —respondió enseguida, un poco avergonzado por la atención.
Su cuerpo se tensó por instinto en una reacción automática que todavía no podía controlar cuando un desconocido se le acercaba demasiado. Dio un paso hacia atrás, midiendo la distancia.
El hombre le guiñó un ojo antes de agacharse para levantar uno de los sacos de fertilizante.
—No te preocupes —le dijo con una sonrisa fácil—. Tú solo encárgate de las flores… Nosotros te prestamos la fuerza.
La atención del hombre terminó incomodándolo más de lo que esperaba, aunque hizo lo posible por no demostrarlo. Se limitó a seguir acomodando las cajas dentro del platón mientras ellos continuaban hablando entre sí como si apenas repararan en su presencia.
—Este calor es insoportable… —se quejó uno de los beta mientras se secaba el sudor de la nuca—. ¿Crees que Paolo todavía tenga algo de cerveza en el alojamiento?
El otro acomodó otro de los sacos sobre el vehículo antes de responder:
—Es mejor que te vayas olvidando de eso —contestó con resignación—. Más vale ser cautelosos mientras todo vuelve a la normalidad en la mansión… No podemos ser los siguientes.
—¿Tú crees que el omega del jefe regrese? —preguntó bajando la voz con curiosidad—. La casa no es igual de bonita sin él…
El otro apoyó las manos en la cintura y soltó una risa incrédula.
—Por lo que veo… se te pegó lo idiota.
Los dos terminaron riéndose mientras seguían subiendo los últimos bultos a la camioneta. Kyle terminó de subir las flores, mientras se sentía aliviado por la ayuda que le había prestado, si hubiera tenido que subir los sacos solo, probablemente habría pasado mucho tiempo bajo el sol.
—Creo que todo quedó listo —dijo el beta que le había estado sonriendo desde el principio—. Nos vemos a la próxima.
—Gracias señor, me fue de mucha ayuda —se limitó a asentir con una timidez apenas visible, antes de apartarse para dejarles espacio.
El dueño del vivero salió poco después con la factura de compra entre las manos, intercambió unas palabras rápidas con ellos, les agradeció antes de despedirlos y la camioneta abandonó el camino de tierra levantando polvo a su paso.
—Señor Lorenzo… —lo llamó con cierta timidez—. ¿Hasta dónde iba ese pedido?
El hombre levantó apenas la vista de los papeles.
—Para una mansión japonesa en Basiglio —respondió mientras acomodaba el talonario bajo el brazo—. ¿Por qué? ¿Hay algo que te preocupe?
—No, señor —dijo con calma—. Solo quería asegurarme de que las flores lleguen bien.
Lorenzo soltó una pequeña sonrisa, como si la respuesta no le sorprendiera demasiado.
—Creo que ya puedes irte. No tengo más trabajo para ti hoy —dijo antes de empezar a caminar—. ¿Puedes venir el miércoles?
—Sí, señor —dijo con una sonrisa agotada.
—Entonces acompáñame a la oficina, para pagarte —dijo con una seña de la mano.
Lo siguió en silencio. Al entrar, el hombre dejó el talonario de facturas sobre el escritorio antes de acercarse a la caja registradora para contar el dinero. La factura superior seguía abierta.
Desvió la mirada apenas un instante hacia el papel y reconoció enseguida el pedido que acababan de cargar. La letra era desordenada, difícil de entender a primera vista, pero alcanzó a distinguir parte de la dirección escrita cerca del borde inferior.
«Distrito de las Camelias»
Repitió el nombre mentalmente mientras intentaba memorizarlo, aunque no tuvo que hacer mucho esfuerzo simplemente porque estaba ligado a las flores, pero lo que de verdad le causó una punzada de curiosidad fue la idea de un lugar tan exótico oculto en Basiglio.
Apartó la vista al escuchar nuevamente los pasos acercándose.
—Aquí tienes —dijo su jefe mientras le entregaba el dinero.
Recibió las cuarenta mil liras y las guardó rápidamente en el bolsillo del pantalón.
—Gracias, señor —se despidió con amabilidad antes de salir.
Atravesó el vivero una última vez y, al llegar al camino principal, disminuyó un poco el paso mientras hacía cuentas mentalmente. Soltó un pequeño suspiro y siguió caminando. Era mejor guardar el dinero.
La campanilla sobre la puerta sonó apenas cuando entró a la residencia. Detrás del mostrador, una mujer mayor levantó la vista de una revista y le dedicó una sonrisa de cansancio acostumbrado. Pagó las quince mil liras de la noche en silencio, recibió las llaves y subió las escaleras hasta el segundo piso arrastrando el agotamiento en cada paso. La habitación era pequeña, calurosa y apenas iluminada por la luz anaranjada que entraba desde la calle, pero al menos tenía agua caliente y eso bastaba.
Dejó los zapatos junto a la cama y se desvistió antes de entrar a la ducha. El agua le cayó sobre la espalda, todavía tensa por el esfuerzo en el vivero, y permaneció varios minutos quieto, con la frente apoyada contra la pared húmeda, tratando de serenarse.
Cuando salió, recogió la ropa sucia del suelo y llenó parcialmente el lavamanos. Todavía le quedaba un poco de jabón en polvo dentro de una bolsa arrugada y lo usó con cuidado, calculando la cantidad exacta que caía en el agua para no desperdiciar ni un grano. Frotó las manchas de tierra y sudor antes de exprimir las prendas con fuerza. Las colgó cerca de la ventana abierta, esperando que el aire tibio de la noche ayudara a secarlas antes del amanecer.
Se sentó al borde de la cama estrecha, con el hambre apretándole el estómago, y sacó los billetes para hacer cuentas. Los estiró uno por uno sobre el colchón. Tras el pago de la habitación, solo le quedaban cien mil liras. Eso era todo lo que tenía. Lorenzo no lo llamaba todos los días y estaba gastando su dinero mucho más rápido de lo que lograba recibirlo.
Abrió el morral, sacó el pequeño frasco de inhibidores y retiró la tapa para mirar el interior. Contó las cápsulas con la vista; le quedaban suficientes para poco más de una semana. Sintió un frío repentino en la espalda. Quedarse sin supresores en mitad del camino no era una opción. Si su aroma se filtraba, cualquier alfa en la calle sabría lo que era, volviéndose un blanco fácil.
Se frotó el rostro con frustración, sopesando qué hacer. Podía quedarse allí, estirando esas pocas liras hasta el cansancio mientras esperaba que el dueño del vivero tuviera algo más de trabajo para él. Podía marcharse a otra ciudad y seguir buscando empleos temporales, saltando de un lado a otro para intentar reunir lo necesario y salir de Italia. Sin embargo, al mirar los billetes sobre la cama, la idea de abandonar el país y poner una verdadera distancia entre Siracusa y él, empezaba a sentirse como un sueño lejano y difícil de alcanzar.
Fue entonces cuando la conversación de los hombres en el vivero le regresó a la memoria de golpe. La mansión japonesa en el Distrito de las Camelias. Habían dicho que era un buen trabajo y que el puesto de jardinero estaba vacío. Podría ser una oportunidad, pero la idea también le trajo una fuerte duda. Una propiedad tan grande pertenecía, sin duda, a un alfa con poder.
¿Estar dentro de sus muros lo mantendría oculto y a salvo, o lo haría un objetivo mucho más fácil de localizar si alguien lo buscaba? Estaría demasiado cerca del peligro. Pero al final, miró el techo agrietado y comprendió que el hambre lo iba a matar mucho más rápido que cualquier otra cosa si se quedaba de brazos cruzados.
«Pase lo que pase, mañana temprano voy a salir de esta pensión y no voy a regresar.»
Con esa única decisión firme en la cabeza, se acomodó en el colchón, cerró los ojos y dejó que el cansancio lo venciera.
La luz de la mañana se filtraba por la ventana cuando abrió los ojos. Permaneció unos segundos mirando el techo de la habitación, todavía inmóvil, escuchando el silencio apagado de la residencia antes de que la sensación del estómago vacío terminara obligándolo a incorporarse.
Pasó al baño para darse una ducha rápida. Al regresar, guardó la ropa que había lavado la noche anterior, todavía húmeda, dentro de una bolsa plástica para evitar que mojara lo demás, y acomodó el frasco de inhibidores junto al cepillo de dientes en el morral. Escogió las mejores prendas que tenía, aunque el uso comenzaba a notarse en la tela, y revisó que los zapatos estuvieran bien pulidos antes de ponérselos. Se acomodó la correa al hombro, salió de la habitación sin mirar atrás y abandonó la pensión con rumbo a la estación de autobuses.
La ciudad ya estaba despierta. Los comercios comenzaban a abrir sus puertas, algunos estudiantes avanzaban en grupos por las aceras y los automóviles cruzaban las calles con la prisa habitual de la mañana. Cuando llegó a la estación, se detuvo frente al panel de destinos y recorrió los nombres con la mirada.
Todos eran posibles; todos eran inciertos. La ansiedad comenzó a crecerle lentamente en el pecho al verse rodeado por tantas taquillas. Quedarse quieto o avanzar hacia cualquiera de esos lugares se sentía igual de arriesgado. Apretó las manos dentro de los bolsillos, paralizado por la duda. «¿Qué hago?, ¿qué hago?», se preguntó en un ruego silencioso. Fue entonces cuando escuchó el llanto de un bebé.
Giró la cabeza por simple curiosidad y descubrió a una pequeña familia esperando frente a la taquilla de Basiglio. Un alfa sostenía varios boletos en una mano mientras hablaba con su omega. Entre ellos, un bebé lloraba con indignación absoluta. El alfa sonrió, lo tomó en brazos y lo acomodó contra su hombro. El cambio fue inmediato; el pequeño dejó escapar un último quejido antes de tranquilizarse por completo.
Sin darse cuenta, llevó una mano hacia su vientre mientras observaba al niño aferrarse a la camisa de su padre con los dedos diminutos. Entonces el bebé lo vio y le dedicó una sonrisa enorme, desdentada y luminosa. No pudo evitar devolverle la sonrisa e interpretar aquel pequeño gesto como una señal.
Se acercó a la taquilla antes de que pudiera cambiar de opinión.
—Un boleto, por favor.
La mujer le indicó el precio y él entregó las dos mil liras con una punzada de incomodidad. Subió al autobús entre los últimos pasajeros y avanzó por el pasillo hasta encontrar un asiento libre cerca de la mitad, junto a una de las ventanas, dejando el morral sobre las piernas.
No pasó mucho tiempo antes de notar que la persona sentada a su lado le dirigía miradas extrañas. En una ocasión incluso vio cómo arrugaba apenas la nariz antes de volver la vista hacia el frente. Aquello terminó inquietándolo.
Disimuladamente se revisó la ropa y, por simple impulso, acercó la nariz al cuello de la camiseta. El olor llegó de inmediato: una humedad densa, como la de un perro mojado. Se hundió un poco más en el asiento y volvió la vista hacia la ventana, deseando que el trayecto fuera más rápido.
El viaje se extendió durante buena parte de la mañana. A través del cristal, observó cómo la llanura lombarda se abría en un desfile monótono de campos de arrozales inundados y filas de álamos que cortaban el horizonte. Los pequeños pueblos de ladrillo gris iban quedando atrás mientras el autobús avanzaba por la carretera.
Cuando llegaron a Basiglio, descendió junto al resto de los pasajeros y se decidió a preguntar al primer operario que vio en los andenes.
—Disculpe, señor —dijo acercándose al hombre—. ¿Podría indicarme dónde queda el Distrito de las Camelias?
El hombre levantó la vista y arqueó las cejas con evidente sorpresa.
—Sigue por esa avenida hasta la plaza y después gira a la derecha —señaló calle abajo—. Lo encontrarás sin problema.
—Gracias —respondió ajustándose el morral antes de continuar.
Siguió las indicaciones, pero a medida que avanzaba, la certeza que había sentido en la estación comenzó a tambalearse ante la elegancia de las aceras. Miró de reojo su propio reflejo en los ventanales y una oleada de duda lo obligó a detener el paso frente a una pequeña tienda de ropa de segunda mano.
En su rutina de huida, llevar prendas gastadas y ese persistente olor a humedad que se le había pegado a la camiseta solía funcionar como el camuflaje perfecto; la gente en las calles simplemente asumía que era un beta descuidado o un jornalero de los campos, permitiéndole pasar desapercibido. Sin embargo, para las aspiraciones de ese día, aquella fachada jugaba en su contra.
Entró al local dispuesto a buscar algo que pudiera permitirse sin vaciar sus bolsillos. Tras revisar las opciones, se dirigió a una mesa de descuentos donde los precios eran mucho más razonables. Escogió una camisa clara de ocho mil liras y un pantalón oscuro de doce mil. El logotipo impreso en el cartón de la caja, una pequeña mandarina, lo hizo sonreír apenas.
—¿Me estás cuidando? —murmuró para sí mismo.
Se probó las prendas en uno de los cubículos. La camisa le quedaba bastante bien y el pantalón, aunque necesitaba algunos ajustes, podía sujetarlo con el cinturón. Al salir a verse en el espejo exterior, la dueña de la tienda se le aproximó con una sonrisa amable.
—Te queda muy bien —comentó la mujer—. ¿Quieres comprarla?
Asintió con cierta timidez, bajando la vista.
—¿Puedo llevármela puesta? —preguntó acomodándose una de las mangas.
—Claro —respondió ella—. Déjame quitarle las etiquetas para poder cobrarte después.
Permaneció quieto mientras ella retiraba los cartones y luego regresó un instante al probador para doblar la ropa vieja, guardándolo todo en el fondo del morral. Se calzó los zapatos pulidos, se acomodó la chaqueta y caminó hacia el mostrador para pagar.
Tras recibir el cambio, la mujer sacó un pequeño paquete envuelto en papel del estante inferior.
—Toma esto —le dijo ofreciéndole el envoltorio con una sonrisa amable—. Son galletas de avena. Un pequeño obsequio por la compra.
—Muchas gracias —respondió Kyle, recibiendo el paquete con una ligera inclinación de cabeza—. Es muy amable de su parte.
Abrió el paquete mientras caminaba y comenzó a comer las galletas despacio, disfrutando del sabor dulce que ayudó a calmar el vacío persistente de su estómago. Al mirar su ropa limpia, sintió el peso de las liras que le quedaban en el bolsillo, pero apartó la culpa de inmediato. Gastar parte de sus ahorros no había sido un capricho; era una inversión arriesgada, una decisión desesperada para aumentar sus probabilidades de éxito en la mansión. Solo le quedaba esperar que el sacrificio valiera la pena.
A medida que avanzaba, el entorno comenzó a cambiar visiblemente al adentrarse en el Distrito de las Camelias. Las viviendas se transformaban en villas señoriales aisladas por altos muros de piedra y protegidas por jardines frondosos que ya daban muestras del inicio de la primavera.
Comprendió pronto que encontrar la propiedad no sería una tarea sencilla debido al trazado laberíntico de las calles. Divisó a un hombre mayor que podaba unos arbustos frente al portón de una de las villas y se acercó despacio, cuidando de no parecer una amenaza.
—Disculpe, señor —lo llamó deteniéndose a una distancia prudente—. ¿Sabe hacia dónde queda la mansión japonesa?
El jardinero interrumpió su labor, apoyándose en las tijeras de podar mientras lo examinaba con curiosidad.
—Sigue derecho hasta el final de esta calle y gira a la izquierda en la esquina de los cipreses —le indicó, señalando el camino con el brazo—. Es la propiedad más grande del sector, no hay pérdida.
—Le agradezco mucho —contestó Kyle antes de reanudar la marcha.
Siguió las indicaciones y la reconoció al instante en cuanto rodeó la esquina.
La escala de la propiedad era inmensa. Los muros exteriores, altos y texturizados en tonos crema, ocultaban por completo el interior, pero por encima de las tapias sobresalían los tejados de madera oscura con aleros curvados hacia arriba, dándole un aire oriental que contrastaba de forma extraña con la solidez de las construcciones lombardas, ofreciendo una fachada impenetrable.
Se detuvo frente al portón principal de hierro forjado, mientras contenía el aliento ante el umbral donde atenderían su solicitud. Presionó el timbre de metal incrustado en el muro de piedra y el sonido pareció perderse en la inmensidad del jardín oculto.
Pasaron un par de minutos antes de que la pesada mirilla del portón se deslizara y diera paso a un hombre de traje negro y complexión robusta. Su sola presencia, rígida y vigilante, activó de inmediato los nervios que intentaba mantener bajo control.
—Buenos días, señor —saludó tragando saliva para aclarar su voz—. Vengo a postularme para la vacante de jardinero.
El guardia lo examinó de arriba abajo a través de los barrotes. Su mirada era fría, cargada de un prejuicio evidente que no se esforzaba en disimular.
—¿De qué agencia te enviaron? —preguntó con desdén.
Kyle se quedó de piedra. Un frío repentino le recorrió la espalda al comprender que no tenía la menor idea de qué le estaba hablando.
—No vengo de ninguna agencia —respondió tras un instante de silencio.
El hombre esbozó una sonrisa irónica, ladeando la cabeza.
—Lo siento, muchacho. Los señores no reciben a nadie que no venga con buenas recomendaciones e historial comprobable —declaró, disponiéndose a cerrar la ventanilla.
Sintió que el aire abandonaba sus pulmones por completo. El pánico de haber arriesgado sus últimas liras en un billete sin retorno, de quedarse varado en Basiglio sin dinero y sin un lugar a donde ir, lo empujó a dar un paso al frente, aferrándose al hierro del portón.
—Por favor, señor, solo pido una entrevista —insistió con una angustia que no logró ocultar—. Le prometo que sé trabajar las plantas que la casa tiene.
El guardia se detuvo, observándolo con una mezcla de fastidio e incredulidad.
—¿Y cómo vas a saber qué plantas tiene la casa si nunca has cruzado este muro? —reprochó, frunciendo el ceño—. Para ser un simple jardinero ambulante, me parece que estás siendo demasiado arrogante. Márchate antes de que salga y te saque de aquí a patadas.
Retrocedió un paso, sintiendo un nudo opresivo en la garganta que le impedía articular palabra. La humillación y el miedo se mezclaron en su pecho mientras se giraba despacio, dispuesto a alejarse por la acera y aceptar que todo había sido un error.
—¿Qué te pasa, Darío? —una voz femenina, firme y cargada de autoridad, interrumpió el silencio desde el interior de la propiedad—. ¿Por qué eres tan arrogante con el muchacho?
El guardia mudó el semblante de inmediato, adoptando una postura sumisa.
—Señora Noriko, el chico no trae recomendaciones —refutó, intentando justificarse—. En estos días de tensión, bien podría ser un ladrón o un espía de la prensa.
—¿Cómo te atreves a decir ese tipo de cosas sin pruebas? —lo reprendió la mujer, elevando el tono de voz—. El señor Seiya desaprueba por completo ese tipo de comportamientos prejuiciosos.
Kyle se detuvo y regresó la mirada hacia el portón. Una mujer mayor, de facciones orientales y ojos rasgados, vestida con un uniforme pulcro y oscuro, se encontraba de pie junto a la reja, observándolo con una seriedad que, a diferencia de la del guardia, no buscaba amedrentarlo.
—Ven, acércate, muchacho —le habló ella, haciéndole una sutil señal con la mano.
Caminó de regreso hacia el umbral, con el morral apretado contra el costado.
—Buenos días —murmuró con timidez—. Yo... venía por el puesto de jardinero.
La mujer lo miró fijamente un instante, evaluando la timidez de sus modales y la sencillez de su ropa limpia.
—¿En realidad sabes de plantas japonesas? —preguntó con genuina curiosidad.
Kyle asintió, sosteniendo la mirada con el único cabo suelto de confianza que le quedaba en su oficio.
—Sí, señora. Aprendí sobre el cuidado de plantas exóticas con mi antiguo empleador en Sicilia —respondió, omitiendo cualquier detalle que pusiera en peligro su anonimato.
La señora guardó silencio unos segundos, sopesando sus palabras. Luego, se giró hacia el guardia que permanecía a un lado.
—Abre la puerta, Darío —ordenó con tranquilidad.
El hombre obedeció a regañadientes, haciendo crujir los goznes de hierro. La mujer volvió a fijar sus ojos en el muchacho.
—Entra. Haré que el señor venga a hablar contigo —dijo con firmeza—. Por favor, no hagas que me arrepienta de esto.
Cruzó el umbral en silencio, escuchando el crujido metálico del portón al cerrarse a sus espaldas. Un suspiro de alivio, tibio y largamente contenido, escapó de sus labios al saber que había logrado abrir una brecha en aquella fortaleza; sin embargo, el consuelo duró poco.
Mientras avanzaba un par de pasos por el sendero de piedra, la vastedad resguardada de la propiedad volvió a oprimirle el pecho. El verdadero reto comenzaba en ese instante, ante la inminente necesidad de convencer al dueño de aquella mansión imposible.
El aire denso y sofocante del verano siciliano se filtraba a través de las rendijas de los ventanales, cargando el ambiente con una pesadez húmeda que volvía la respiración lenta y bochornosa.
Kyle se encontraba tirado en el suelo de la pequeña habitación, sentado en un rincón sobre las baldosas desgastadas. Su cuerpo estaba completamente desnudo y encogido sobre sí mismo, buscando un resquicio de frescura contra la pared. Mantenía la cabeza baja, oculta entre sus brazos doblados que descansaban sobre las rodillas, en una postura instintiva de repliegue.
El silencio denso de la mañana se rompió cuando la puerta se abrió de par en par, estrellándose bruscamente contra la pared. La figura de Salvatore recortó el umbral. Ante el impacto, el cuerpo del omega se tensó por completo de forma automática.
—¡Buenos días, corderito! —exclamó con voz animada mientras acortaba la distancia en un par de zancadas.
Alzó la mirada lentamente desde el suelo, siguiendo sus movimientos con desconfianza. Él se inclinó, extendió un brazo y lo tomó firmemente por la muñeca para levantarlo de un solo tirón.
En cuanto se vio erguido y desprotegido, apresuró las manos hacia el frente en un intento desesperado por cubrirse disimuladamente. En lugar de reaccionar con brusquedad, el alfa extendió una mano y le acarició el rostro con una delicadeza inusual que hizo estremecer su piel.
—Kyle, tenemos que hablar de algo importante —dijo fingiendo pesar—. Hoy fui a ver a tu papito para cobrarle... Pero me llevé la sorpresa de que abandonó la finca. No había rastro de tu familia.
Las palabras lo impactaron con la fuerza de un golpe físico. La idea de que su familia lo hubiera dejado atrás sin dejar rastro no cabía en su cabeza, sin poder contener la marejada de angustia, comenzó a llorar en silencio, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas ante la devastadora idea del abandono.
—Corderito, eso significa que serás tú el que pague la deuda... —continuó sin perder la sonrisa, observando las lágrimas del joven sin remordimiento alguno.
—¿C-cómo podría hacerlo...? —articuló a duras penas, alzando su mirada con voz quebrada—. Usted no me deja salir de aquí...
—Cariño, no te preocupes por eso, ya tengo un trabajito para ti —respondió acomodándole un mechón de cabello húmedo—. ¿Recuerdas que te dije que a mi jefe le gusta pasar el rato con jóvenes como tú?
Kyle asintió con una rigidez casi mecánica, paralizado al notar cómo los ojos verdes del alfa brillaban con una intensidad excesiva.
—Bueno, hoy vas a conocer al Don —añadió en un tono casi festivo—. Solo tienes que ser obediente como te enseñé y todo estará bien.
Sin darle tiempo a asimilar la indicación, le rodeó la cintura con el brazo y lo guio fuera del cuarto, llevándolo hacia la habitación contigua que le pertenecía a él. Al cruzar el umbral, señaló sobre la cama un conjunto de prendas finas que contrastaban bruscamente con la austeridad del lugar.
—Mira esta ropa tan linda que te compré para que vayas a visitarlo hoy... —dijo ufanándose del gesto—. ¿No crees que soy muy bueno contigo?
El omega continuó sollozando en silencio, profundamente confundido y asustado. No lograba descifrar la razón detrás de esa repentina amabilidad y ese trato complaciente.
—Corderito, ve a bañarte —le ordenó con firmeza, pero sin perder el tono risueño—. Quiero que estés muy limpio.
Le dio un ligero empujón desde la cintura para encaminarlo. En cuanto dio un par de pasos al frente, le asentó una nalgada. El impacto resonó y el cuerpo de Kyle dio un respingo violento, un latigazo involuntario le recorrió la columna. Sus músculos se tensaron tanto que se quedó rígido a medio paso, con el aire atrapado en la garganta. El impulso de protestar o de girarse a confrontarlo murió antes de nacer, aplastado por el terror a los puños de aquel hombre.
Avanzó torpemente hacia el cuarto de baño y, antes de que pudiera dar unos pasos más dentro, la voz de Salvatore volvió a sonar desde atrás:
—No olvides dejar la puerta abierta… Tengo que ver el espectáculo —ordenó desde el umbral.
Entró a la ducha y dejó la cortina completamente abierta, tal como se le había indicado. Sin dejar de llorar abrió la llave del registro y permitió que la descarga de agua fría lo empapara de golpe. Tomó la pastilla de jabón entre sus manos temblorosas y comenzó a tallarse la piel con torpeza, intentando desesperadamente ignorar la mirada penetrante lo escudriñaba.
El alfa avanzó hacia él sosteniendo una maquinilla de afeitar metálica entre los dedos, le cambió la hojilla con una parsimonia pausada y metódica.
—Corderito, vamos a tener que depilarte un poco —anunció evaluando su cuerpo con un matiz de reproche—. La verdad no te ves nada atractivo así.
El omega lo miró a través de la cortina de agua, desconcertado y sin alcanzar a comprender el sentido de sus palabras. Sin darle espacio para asimilarlo, Salvatore dio dos pasos al frente, se sentó sobre la tapa del sanitario y le hizo una seña autoritaria con la mano.
—Acércate un poco y no te muevas —le advirtió con una voz gélida.
Obedeció de inmediato, dando un par de pasos al frente con la mirada fija en el techo. Salvatore extendió la mano y apoyó la palma contra su muslo para fijarlo, comenzó a deslizar el filo metálico con trazos firmes y rutinarios; el contraste de esos dedos calientes contra su piel mojada y helada hizo que diera un sutil respingo. Apretó los dientes y solo pudo sollozar, sabía que el más mínimo espasmo haría que la navaja se hundiera en su carne, así que contuvo la respiración.
—¿P-por qué tengo que hacer esto...? —preguntó con una inocencia torpe.
—Porque es lo que está de moda —respondió sin pausar el ritmo de la cuchilla, en un tono despreocupado—. Solo un campesino llevaría vello ahí.
Sin comprender realmente la justificación, prefirió guardar silencio y sofocar cualquier otra pregunta. El temor a provocar el enojo del alfa pesaba mucho más que su propia confusión.
Tras un par de minutos, retiró la maquinilla y se puso de pie para limpiar los residuos bajo el chorro de la llave del lavamanos.
—Ya puedes enjuagarte. Hazlo rápido y deja de llorar de una buena vez —le indicó, dándole la espalda para dirigirse a la salida—.Al Don no le gustan los llorones.
El joven asintió torpemente y acató la orden. Continuó bajo el chorro de agua por unos instantes más, esforzándose por contener los sollozos que amenazaban con ahogarlo. Al cerrar la llave, tomó la toalla y se secó el cuerpo con movimientos apresurados antes de regresar a la habitación.
Allí, junto a la cama, ya lo aguardaba para mostrarle el vestuario. Extendió primero una prenda diminuta de encaje negro de un diseño revelador.
—Ponte esto primero, corderito —ordenó, sosteniéndola frente a él.
—Creo que es muy pequeña... —murmuró, con la voz ahogada por la vergüenza mientras miraba la prenda en sus manos.
—Te va a quedar perfectamente —atropelló mostrando los primeros signos de impaciencia—. Así es la ropa que se usa en la ciudad. Póntela rápido.
Sintiéndose profundamente expuesto, obedeció y se colocó la prenda, intentando de inmediato cubrirse la zona frontal con ambas manos. La reacción de Salvatore no se hizo esperar: le apartó las manos de un golpe seco. Antes de que el omega pudiera encogerse, metió dos dedos por debajo del resorte de encaje, hundiéndolos en la piel recién rasurada del bajo vientre y presionando con fuerza hacia abajo, justo en el límite de la pelvis, asegurándose de que el trabajo hubiera quedado perfecto.
Kyle ahogó un grito de pánico, tensando el abdomen al sentir la presión invasiva tan cerca de su intimidad.
—¿Si ves? Te quedo perfecto —alardeó el alfa, contemplándolo con satisfacción—. Ponte el resto rápido, tenemos que irnos.
Kyle tomó apresuradamente las prendas restantes. Al deslizar las piernas dentro del pantalón, lo sintió excesivamente ajustado contra los muslos, mientras que la camisa blanca, confeccionada en una tela demasiado fina, dejaba entrever con claridad el tono de su piel por debajo. Finalmente, se calzó los zapatos y se pasó los dedos por el cabello húmedo en un intento torpe por acomodárselo.
Salvatore lo recorrió de arriba abajo con la mirada. Sacó una peineta del bolsillo de su chaqueta, dio un par de pasos hacia él y trazó varias pasadas firmes sobre la cabellera del joven para moldearle el peinado.
—Pareces otra persona —concluyó guardando el accesorio—. No sé por qué sigues tapándote tanto. Pensé que después de unas semanas de estar desnudo dejarías esa estúpida timidez tuya.
Salieron de la casa y subieron al automóvil. Para el omega, el trayecto por las calles de Siracusa transcurrió como un pestañeo aturdido; sumido en una desesperación muda y con el pecho comprimido por la incertidumbre de lo que le aguardaba con aquel misterioso Don, el tiempo pareció diluirse sin dejar rastro de los paisajes que cruzaban.
El vehículo finalmente se detuvo frente a una enorme mansión de imponente fachada de piedra, cuyo porte reflejaba el indiscutible poder de su dueño. Tan pronto como bajaron, Salvatore le rodeó la cintura con el brazo, guiándolo hacia el interior con un afecto fingido que le erizaba la piel. A medida que se adentraban en la propiedad, observó con el corazón en la garganta a varios hombres armados y de aspecto intimidante distribuidos en puntos estratégicos, vigilando cada rincón de la casa.
Al llegar al pie de la escalinata principal, el alfa se detuvo, tomó el rostro del muchacho entre sus manos y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Sube, arriba te vas a encontrar con Don Carmelo —le susurró en voz baja y tajante—. Quiero que lo complazcas bien; él te dirá qué tienes que hacer, tú solo debes obedecer. ¿Lo entiendes, corderito?
—Sí, lo entiendo... —articuló apenas, reteniendo un temblor en la voz.
—No me decepciones, el jefe debe quedar satisfecho —le plantó un beso suave en la mejilla y sostuvo su mirada con firmeza—. Ahora vete, vendré a recogerte más tarde.
Dio media vuelta y comenzó a subir los peldaños. Con cada paso, apretaba los puños e intentaba calmar el ritmo frenético de su respiración, repitiéndose a sí mismo como un mantra que, si se mostraba obediente y hacía todo bien, tal vez le permitirían volver a su casa para comprobar con sus propios ojos si era verdad que su familia lo había abandonado.
Al alcanzar el segundo piso, se encontró con una atmósfera extrañamente silenciosa y desierta. No había rastros de hombres armados ni de sirvientes. Avanzó despacio, recorriendo con la mirada el amplio espacio, desorientado sobre hacia dónde dirigirse.
Al fondo del pasillo, la puerta de una habitación permanecía abierta. Se aproximó a pasos cortos y cautelosos, intentando atisbar el interior; desde la entrada solo alcanzó a divisar una imponente cama situada en el centro y diversas plantas distribuidas con esmero por todo el recinto.
Cerca de la gran ventana, una orquídea de pétalos aterciopelados y un matiz púrpura profundo atrapó de inmediato su atención. Atraído por su delicada rareza, no pudo evitar adentrarse unos pasos para observarla de cerca. Se inclinó sobre la maceta, recorriéndola con la vista, absorto por unos segundos en su belleza.
Sin embargo, un leve movimiento entre las hojas lo puso en alerta. Al enfocar la mirada, descubrió un pequeño capullo de mariposa que comenzaba a rasgarse para dar paso a una nueva vida. Instintivamente, estiró el dedo para intentar rozarlo.
—No deberías tocarla. Si lo haces, vas a matarla —una voz grave, apacible y serena resonó desde sus espaldas.
Se giró sobre sus talones en el acto y se encontró de frente con un alfa alto, de cabello negro y profundos ojos castaños. Su presencia irradiaba un porte fuerte e imponente, y a través de los botones desabrochados de su camisa holgada, alcanzó a atisbar varios tatuajes que le trazaban la piel del pecho con líneas oscuras.
—Lo siento... —expresó en tono bajo, conteniendo las manos hacia el frente con cierta reserva—. No quería lastimarla.
—No le des tanta importancia —respondió el hombre, esbozando una sonrisa amable mientras lo observaba con manifiesta curiosidad—. Es solo que quiero verla volar después. ¿Te gustan las flores?
—Sí... —admitió desviando levemente la mirada hacia la maceta—. En mi casa hay muchas…
—¿En serio? —inquirió en un tono distendido, dando un paso más cerca con soltura—. Creo que no van contigo...
—Es verdad... —asintió suavemente, encogiéndose de hombros sin perder su actitud reservada—, aunque yo no las sembré; algunas solo estaban en el campo.
—No puedo creerlo... —murmuró el hombre, recorriendo con la vista el vestuario del joven en una mueca entretenida—. Tu ropa es demasiado elegante para alguien que dice que es del campo. ¿Te gustaría ver más flores?
—¿En serio... Puedo? —preguntó alzando la mirada con curiosidad sincera.
—Claro —aseguró dejando escapar una risa baja y amigable—, ¿acaso no tienes dos ojos para verlas?
Un rubor repentino le tiñó las mejillas a Kyle ante la ocurrencia. Sin embargo, antes de que pudiera asimilar el gesto, el hombre se le posicionó justo al lado, apoyó una mano sobre su cintura con naturalidad y lo guio sin prisas hacia el otro extremo de la habitación. El toque era firme, pero tan extrañamente respetuoso que, estando tan acostumbrado a los arrebatos violentos de su captor, no supo cómo reaccionar.
Al detenerse junto a la segunda gran ventana, extendió los dedos para señalarle una planta que parecía tener pequeños jarros.
—Mira, esta es una Nepenthes —explicó manteniendo esa cercanía confiada—. Atrae insectos a sus flores para comerlos.
—¿Eso es posible? —preguntó desconcertado, inclinando la cabeza para examinar los pequeños recipientes que colgaban de las ramas.
El alfa desplazó el brazo ligeramente para orientar la atención del joven hacia otra maceta contigua, cuyas hojas verdosas lucían diminutas espinas en los bordes.
—Claro que sí. Esta otra es una Dionaea, hace algo parecido —añadió con tono didáctico—, se cierra de golpe para atrapar a su comida. Pero prefiero la primera; esta tiene que esforzarse y morder, mientras que la Nepenthes solo tiene que ser hermosa y aromática para que la presa caiga por su propio pie.
Kyle contempló el ejemplar sin terminar de creer lo que el hombre le explicaba. Fascinado y absorto por la rareza de las plantas, mientras veía cómo una de las hojas se cerraba, ni siquiera notó el instante en que un empleado ingresó en silencio a la habitación para depositar una bandeja sobre una mesa auxiliar. Para cuando se percató de la interrupción y miró hacia el pasillo, la puerta del recinto ya había sido cerrada.
—¿Te gustaría tomar un poco de vino? —propuso el alfa, rompiendo el silencio mientras avanzaba con pasos pausados hacia la mesa auxiliar.
Se tensó de inmediato, llevando las manos sobre el pecho en un gesto instintivo de resguardo.
—No puedo... —respondió manteniendo la voz baja—. Tengo que ver a Don Carmelo, quizá no debería estar aquí.
—¿Tienes cita con Don Carmelo? —inquirió esbozando una sonrisa ligera y divertida mientras lo observaba de reojo.
—Me dijeron que tenía que buscarlo aquí... —admitió desviando la mirada hacia la puerta—, pero no sé dónde está.
—Si tomas una copa conmigo —propuso apoyando una mano sobre el mueble con desenvoltura—, te prometo que te voy a decir dónde está el Don.
El omega dudó. Sin saber muy bien qué responder, recorrió el espacio con la vista en busca de una vía de escape, sintiéndose acorralado sin saber cómo salir de aquella habitación.
—¿No confías en mí? —preguntó el alfa, fingiendo un tono herido—. Pensé que éramos amigos...
—Es que... —balbuceó apretando las manos frente a su cintura—, si me tardo, quizá Salvatore se enoje conmigo.
El hombre se acercó del todo a la mesa y comenzó a servir el vino en un par de copas de cristal con parsimonia impecable.
—Mi amigo Salvatore jamás se enojaría por algo tan trivial, y el Don tampoco —lo tranquilizó el alfa, extendiéndole una de las copas—. Relájate, podemos compartir una copa sin que nadie salga lastimado.
Sin más alternativas y presionado por la situación, tomó la copa y se la llevó a los labios, dándole un trago sumamente tímido. Sin embargo, el alfa estiró la mano y le levantó la base del cristal con la punta del dedo, obligándolo a beber un sorbo más largo.
—¿Qué te dijeron del Don? —preguntó observándolo fijamente mientras él mismo probaba su bebida.
—No me dijeron nada —respondió limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—, solo que tenía que buscarlo.
—¿Y cómo lo vas a buscar si no sabes cómo se ve? —cuestionó el alfa, dando un paso más hacia él con aire juguetón.
—La verdad no sé —confesó el joven, encogiéndose levemente de hombros—, supuse que lo sabría cuando lo viera.
El hombre dejó escapar una risa baja y auténtica ante la ingenuidad de la respuesta.
—¿Y cómo crees que se ve? —inquirió con curiosidad.
—Si es el jefe... —murmuró sosteniendo la copa con ambas manos— supongo que debe ser un señor mayor...
Aun riendo entre dientes, el alfa acortó la distancia entre ambos y le rodeó la cintura con el brazo. Al pegarse a su cuerpo en una cercanía envolvente, Kyle se quedó sin aliento. De cerca, el hombre poseía un atractivo pulcro y sofisticado; las sutiles líneas de expresión junto a sus ojos delataban una madurez magnética, un porte seguro y masculino que estaba a años luz de la tosquedad ruda de Salvatore.
—Me siento un poco decepcionado... —le susurró cerca del oído, disfrutando de la proximidad—; pensé que alguien tan hermoso como tú tendría una imaginación más amplia...
El omega se puso a la defensiva ante el atrevimiento, intentando poner cierta distancia con el torso.
—Ya tomé la copa... —le recordó con firmeza contenida—. Me dijo que me diría dónde está Don Carmelo.
—Aquí estoy —reveló el hombre, dedicándole una sonrisa complacida—. ¿No cumplo con tus expectativas?
—No juegue… —protestó frunciendo levemente el ceño—, yo tengo que ver al Don...
El alfa lo interrumpió alzando la mano derecha frente a su rostro, enseñándole el dorso expuesto.
—¿Ves este anillo en mi dedo? —le mostró, señalando el sello pesado de oro que lucía en el meñique—. Mi padre me lo dio hace algún tiempo, y quien lo tenga en la mano es el Don.
Contempló la joya desconcertado, sin poder terminar de creer que un simple anillo otorgara semejante peso y título.
—Es mi culpa por no haberme presentado desde el inicio —admitió suavizando la mirada—. Soy Carmelo Greco, ¿cómo te llamas tú?
—Soy Kyle D’Alessandro... —respondió el joven rápidamente. Mirarlo a los ojos sabiendo quién era, hacía que su imponente atractivo se sintiera aún más abrumador, dejándolo completamente sobrecogido por la revelación.
El alfa le tomó la mano libre con delicadeza y le depositó un beso pausado en el dorso.
—Encantado de conocerte, Kyle —expresó sosteniéndole la mirada con intensidad sutil—. Ahora que estás con el Don... ¿puedes tomar otra copa?
Recordó de golpe las advertencias tajantes de Salvatore y asintió con sumisión inmediata. Él tomó de nuevo la botella y llenó la copa del joven hasta el tope.
—No me gusta decir mi nombre —comentó observándolo con una mezcla de lástima y entretenimiento—, porque la gente cambia de actitud. Hace un minuto parecías estar cómodo y ahora pareces un maniquí.
—Lo siento... —expresó en voz baja, bajando la mirada—; yo no quiero faltarle al respeto.
—¿Por qué lo harías? —respondió esbozando una sonrisa ligera—. Solo estamos tomando un poco de vino y hablando de plantas. ¿Tienes hambre?
El joven, que llevaba el estómago completamente vacío, sintió el impulso de decirle que sí; sin embargo, la pena y el pudor terminaron imponiéndose.
—No, estoy bien —mintió suavemente.
—Qué lástima —lamentó Carmelo, señalando la bandeja de frutas con la mirada—; estas uvas se ven deliciosas... Pero no quiero comerlas solo, quizá deba tirarlas.
—No... —intervino Kyle con rapidez, mirando la fruta con aprensión—; no las tire, puedo acompañarlo si usted quiere.
El alfa le sonrió encantado. Tomó la primera fruta entre sus dedos, la llevó hacia los labios del omega y la empujó con delicadeza dentro de su boca. Mientras sentía las yemas de Carmelo rozarle su interior, un escalofrío eléctrico le recorrió la espina dorsal. Fue en ese instante que percibió por primera vez el aroma denso de sus feromonas, un matiz magnético de vino y mandarina que impregnó el aire a su alrededor, embriagando sus sentidos y debilitando sus defensas.
El hombre retiró la mano despacio, acariciándole el labio inferior con la yema del pulgar antes de tomar otra uva. Se la llevó a sus propios labios ante la mirada atenta de Kyle y, sin previo aviso, se inclinó sobre él para traspasársela de boca a boca, fundiéndose en un beso apasionado.
No supo cómo reaccionar en el primer segundo; sin embargo, la lengua insistente del alfa y su agarre firme en la cintura no le dejaron escapatoria. Su propio cuerpo respondió de forma involuntaria, liberando un rastro tenue de sus feromonas de azahar y amaretto que se mezclaron con el ambiente.
Cuando finalmente lo liberó, Kyle lucía profundamente ruborizado. En un intento torpe por esquivar aquella mirada intensa, se llevó la copa a los labios de nuevo.
—No hagas eso... —le pidió Carmelo, tomándolo de la barbilla con suavidad para obligarlo a sostenerle la mirada—. Puedes mirarme sin vergüenza. Me gustaría darte otro beso... ¿puedo?
Plenamente consciente de que no estaba en posición de decirle que no, asintió despacio mientras apretaba los dedos con fuerza alrededor del tallo del cristal.
Carmelo dejó su copa sobre la mesa auxiliar y volvió a tomarlo en un beso profundo e intenso que le robó el aliento por completo. Mientras lo besaba, le rodeó la cintura para mantenerlo pegado a su torso, sujetándole la nuca con la otra mano con un dominio absoluto.
En medio del movimiento y la abrumadora cercanía, el omega perdió el equilibrio de su copa que aún descansaba en su mano; terminó volcándola entre los dos, derramando el líquido oscuro sobre sus prendas.
Al apartarse, contempló con horror cómo su camisa blanca quedaba translúcida y manchada, mientras la ropa del alfa se oscurecía por la humedad.
—Lo siento mucho —articuló aterrado ante la posibilidad de un castigo—, yo no quería...
—No pasa nada —lo tranquilizó con una serenidad pasmosa—; solo es un poco de vino.
Sin perder la calma, el hombre comenzó a desabrocharse los botones de la camisa hasta quitársela por completo. Kyle quedó petrificado ante la estampa de su torso al descubierto; no pudo apartar la vista de las líneas trabajadas de su cuerpo y de los complejos tatuajes que le decoraban la piel, donde una enorme serpiente le enroscaba el pecho y el hombro con un aire peligroso y elegante que lo fascinaba e intimidaba a partes iguales.
Carmelo se exhibió ante su mirada con orgullo y, sin perder el tiempo, extendió las manos hacia los botones de la camisa mojada del joven para desabrocharla.
Él intentó apartarle los dedos con timidez y nerviosismo, pero se detuvo en seco al notar la severidad sutil que adoptó la mirada del alfa ante su resistencia.
—Kyle, ¿por qué te aferras a una camisa mojada? —inquirió deteniendo sus manos sin soltar las suyas.
—Es que... —susurró sintiendo que el corazón le latía en los oídos—, me da algo de vergüenza...
—¿Por qué te avergüenzas? —cuestionó suavizando el tono mientras reanudaba el desabroche—. Tu belleza es digna de ser apreciada. Yo no voy a hacer nada que tú no quieras, si eso es lo que te preocupa.
El omega sintió que el rostro le ardía. El calor en las mejillas, el efecto de las feromonas dominantes y la pesadez del licor comenzaron a adormecer su juicio; sumado al pavor constante de desobedecer y enfurecer a Salvatore, terminó por ceder sin volver a oponer resistencia.
El hombre le deslizó la camisa por los hombros hasta dejarlo con el torso descubierto y le ofreció nuevamente la botella.
—Toma otro poco de vino —le indicó, sirviéndole una cantidad abundante.
Kyle no lo dudó; buscando desesperadamente un refugio que anestesiara su mente, tomó la copa y se la bebió de un solo trago a fondo blanco, sosteniéndole la mirada al alfa mientras el fuego del licor le descendía por la garganta.
Carmelo aprisionó sus labios en otro beso apasionado y, deslizándole las manos por los muslos, lo levantó en el aire con una facilidad pasmosa. Se desplazó con movimientos pausados hacia la cama sin romper el contacto de sus bocas ni por un segundo.
Lo recostó con delicadeza sobre el colchón y comenzó a trazarle una ruta de besos cálidos por la línea del cuello, descendiendo lentamente hasta demorarse sobre su pecho. Mientras permanecía allí, extendió las manos para desabrocharle la pretina del pantalón.
Kyle, luchando desesperadamente por mantener la cordura contra el peso de aquellas feromonas que terminaban por desbordarlo, trató de resistirse una vez más.
—No... —murmuró, girando levemente el rostro—... Yo no lo he hecho antes...
—No te preocupes... —le susurró Carmelo cerca de la piel, suavizando las caricias—. Seré muy cuidadoso, no temas.
La insistencia de los besos y el halo de vino y mandarina cada vez más denso terminaron por desorientarlo, provocándole un hormigueo febril que le recorrió el cuerpo entero. La piel se le tornó ardiente y la biología de su condición omega reaccionó sin pedirle permiso, humedeciéndole la entrepierna.
El alfa continuó descendiendo con lentitud, deslizándole el pantalón por las piernas hasta arrancarle sus primeros gemidos reprimidos. Avergonzado al instante por el sonido de su propia vulnerabilidad, apresuró una mano hacia la cara en un intento torpe por cubrirse la boca.
—No seas tímido... —lo detuvo Carmelo, apartándole los dedos con mansedumbre—. Déjame escucharte, por favor.
El omega perdió la capacidad de razonar. El estímulo constante y la marea sofocante de feromonas hacían que su mente divagara a la deriva, sin lograr fijar la atención en ningún punto firme.
El calor y la sumisión lo consumieron por entero hasta que una presión abrupta y un lacerante golpe de dolor le atravesaron la pelvis cuando el alfa se abrió paso dentro de su cuerpo.
—¡Duele...! —se quejó contorsionándose en la cama con angustia pura mientras intentaba empujar el pecho del alfa—. No quiero... No más...
Carmelo no se detuvo, ni mostró el menor rastro de empatía por su sufrimiento. Con una frialdad implacable que delató su verdadera naturaleza, le atrapó ambas muñecas con una sola mano y las clavó contra el colchón por encima de su cabeza, anulando su defensa. Lo acalló estampando su boca contra la suya en un beso rudo que buscaba sofocar sus gritos, mientras liberaba un torrente denso y sofocante de sus feromonas dominantes.
Un par de lágrimas traicioneras resbalaron por las mejillas de Kyle, atrapadas en la profunda confusión de sentir cómo su biología respondía al placer químico del alfa mientras su alma se replegaba asustada y vulnerada.
—Ya está... —le susurró sobre los labios, manteniendo un ritmo de embestidas firme y egoísta, ajeno al llanto del chico—. No te concentres en el dolor, piensa en lo bien que se siente.
Entregado a la marea de la experiencia, el omega hincó las uñas en la piel tensa de la espalda del alfa, liberando un torrente desordenado de azahar y amaretto en respuesta a la invasión.
En medio del caos que le nublaba los sentidos, la mirada desenfocada del joven se desvió instintivamente hacia el gran ventanal. Allí, a través del halo traslúcido del cristal, la mariposa recién nacida desplegó sus alas de matices amarillos cruzadas por elegantes líneas negras.
El animal voló de forma torpe y tambaleante, elevándose en el aire húmedo de la estancia mientras sus alas se abrían y cerraban en un compás frágil, iniciando su vuelo definitivo justo al mismo tiempo en que Kyle quedaba atrapado.
El movimiento a media mañana en la mansión era sencillamente frenético. Los pasillos, habitualmente silenciosos, se habían convertido en un hervidero de empleados que iban y venían a paso apresurado cargando cajas y bandejas recubiertas de papel de plata. Todo se estaba empacando para trasladarlo fuera de la propiedad, dándole los toques finales a la logística del gran evento: la celebración del cumpleaños número seis de las gemelas Seiren y Kaori.Donde el caos alcanzaba su punto más álgido era en la cocina. El aire olía intensamente a vainilla horneada, azúcar y chocolate amargo. El chef Paolo gritaba órdenes a diestra y siniestra mientras el personal de apoyo ajustaba los detalles del pastel de cumpleaños y empaquetaba bocadillos y golosinas individuales. En una esquina de la amplia mesa de trabajo, Kyle avanzaba con destreza metiendo chocolates, galletas decoradas y pequeños juguetes dentro de las coloridas bolsas de recordatorio que se entregarían a los niños al final de la fiest
El silencio de la madrugada pesaba como plomo sobre la entrada de la casa. Kyle apenas podía sostener el equilibrio, arrastrando los pies mientras el cuerpo macizo del alfa se apoyaba sin piedad sobre sus hombros. Cada paso era un esfuerzo ciego, un forcejeo silencioso contra el peso muerto y el aliento agrio a alcohol le quemaba el cuello.Al cruzar el umbral, Salvatore se desprendió de él con un empujón torpe y se dejó caer de golpe sobre el sofá de la estancia. El cuero crujió bajo su cuerpo mientras se acomodaba de costado, cerrando los ojos con pesadez.—Vete a lavar y a dormir... —rezongó pasándose el brazo sobre la cara—. No quiero que estés dando vueltas.El omega se quedó de pie en mitad de la penumbra, sintiendo cómo las piernas le temblaban por el agotamiento y el estómago le dolía en un encogimiento hueco y persistente.—¿Puedo comer algo, señor Romano? —preguntó en un murmullo bajo, casi imperceptible, sosteniéndose el vientre con ambas manos.Salvatore ni siquiera se mol
El automóvil negro se abrió paso por el camino privado que serpenteaba entre los árboles. La clínica ocupaba una antigua finca señorial rodeada de bosques y prados tupidos, donde el silencio solo era interrumpido por el rumor lejano de las aguas del lago Di Como. La arquitectura imponente de la casa principal, rodeada de jardines cuidados al detalle, transmitía una calma absoluta que en ese momento solo resultaba irónica y pesada.Marcello Barone detuvo el sedán frente a las escalinatas de la casona y apagó el motor. Nataniel no esperó a que el coche terminara de asentarse para abrir la puerta; bajó con el rostro rígido, ajustándose la chaqueta del traje mientras el abogado rodeaba el vehículo para colocarse a su lado.En lo alto de la entrada, resguardado bajo el pórtico de piedra, los aguardaba Francesco Ferri, un beta de ademanes pulcros y expresión notablemente tensa.—Buenos días, señor Foster. Gracias por venir tan pronto —expresó el hombre, ofreciéndole una leve inclinación ant
La luz fría de la primera hora de la mañana se filtraba con parsimonia a través de los visillos del anexo, tiñendo la estancia de un azul tenue y apacible. Sobre la cama, Kyle dormía profundamente, sumido en un letargo pesado que lo mantenía por entero ajeno a la realidad. Sin embargo, el descanso no le traía sosiego: conservaba el ceño levemente fruncido y mantenía una de las manos apretada con firmeza contra la sábana, como si aun en sueños intentara aferrarse a algo para no naufragar.Junto a la mesa de centro, Nataniel permanecía sentado en una silla baja. Sostenía el teléfono móvil en la mano, jugueteando con el aparato de forma tensa, haciéndolo girar una y otra vez entre los dedos. No había logrado dormir durante toda la noche a la espera de noticias sobre Karina Rossi, pero las horas habían transcurrido en un silencio frustrante.Desvió la mirada de la pantalla apagada para posarla de nuevo sobre el omega. Al contemplar la fragilidad de sus facciones, no pudo evitar repasar me
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