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Capítulo 5. Dócil y obediente.

Author: Kurova
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-21 08:13:34

⚠️ Advertencia: capítulo con contenido sensible relacionado con trauma, abuso, amenazas e intimidación. Se recomienda discreción emocional al leer.

Advertencia de línea temporal: El capítulo se ambienta en el pasado de Kyle en Noto (Sicilia-Italia)


El aire fresco del otoño siciliano colaba un aroma a tierra húmeda y hojas secas a través de los ventanales de la finca. En el interior de la pequeña casa de Noto, el calor de la cocina contrastaba con la brisa exterior.

Kyle se encontraba de pie frente al fogón, apoyando una mano en la cintura mientras revolvía la olla de sopa con parsimonia, observando el vapor espeso subir en espirales hacia el techo. Al fondo de la estancia, el rítmico y constante traqueteo de la máquina de coser marcaba el pulso tranquilo del mediodía.

De pronto, unos pasos ligeros se aproximaron por la espalda y dos brazos pequeños se apretaron con fuerza alrededor de su cintura.

—Hermanito... ¿ya casi está la sopa? —se quejó la pequeña Sofía pegando la mejilla a sus espaldas—. Tengo mucha hambre...

El joven giró la cabeza hacia ella y le dedicó una sonrisa amplia y afectuosa.

—Sofía, ya casi está... Espera un poco, ¿sí?

La niña apretó el abrazo un poco más, complacida por la cercanía. Sin embargo, en un impulso repentino por fastidiarlo, se inclinó ligeramente y le dio un travieso mordisco en la espalda.

Él ahogó un grito ficticio, apoyó una mano sobre el pecho y adoptó una pose de dramatismo absoluto.

—¡Sofía!¡Ya no siento la pierna!... —se quejó tambaleándose—. Ay... Ay... ¡Me caigo!

Dio un par de pasos torpes hacia un lado mientras la pequeña continuaba aferrada a él entre risitas, hasta que terminó dejándose caer sobre el suelo de madera de la cocina.

La pequeña terminó tumbada sobre su pecho, entre carcajadas que le impedían tomar aire.

—¡No exageres, hermanito! —reclamó riendo a raudales—. ¡¿Qué tiene que ver la espalda con la pierna?!

—¡No lo sé! —admitió él, estallando en risas en mitad del suelo.

Ambos permanecían tirados en el piso, compartiendo una complicidad absurda y alegre, cuando el chirrido suave de unas ruedas sobre la madera anunció la llegada de su madre.

La mujer detuvo la silla de ruedas a pocos metros de la escena, contemplando el desorden con una ceja levantada.

—¿Qué hacen ustedes dos jugando en la cocina? —reprendió en tono severo—. Kyle, dale ejemplo a tu hermana y compórtate. Ya eres un jovencito de dieciocho años, tienes que madurar...

El joven, aún sin lograr borrar la sonrisa del rostro, apoyó los codos en el piso para erguirse y ponerse de pie, sacudiéndose la ropa con cuidado.

—Mami, ¿Qué tiene de malo? —respondió acercándose un paso—. Solo nos estábamos divirtiendo.

—Lo sé... —suspiró suavizando apenas la mirada—. Pero no jueguen en la cocina, se pueden quemar.

Sofía se puso en pie de un salto, caminó hacia su madre y se acomodó con agilidad sobre sus piernas. Le rodeó el cuello con ambos brazos en un abrazo cariñoso y le sonrió con ternura.

—Mamita, no te enojes con Kyle... Fue mi culpa —le dijo en un tono mediador.

—Hijo mío, sírvele a Sofía y ve a la casa de Mía... —dijo mientras estrechaba a la pequeña en sus brazos—. Necesito que le lleves unas costuras a su madre. No olvides decirle que son treinta mil liras.

—De acuerdo —asintió el joven de inmediato.

Caminó de vuelta hacia el fogón, tomó el cucharón de madera y se puso a la tarea de servir los humeantes platos de sopa sobre la mesa.

Tomó la bolsa que su madre había dejado sobre la mesa y se calzó los zapatos con movimientos torpes antes de cruzar la puerta hacia el exterior. Inició el trayecto caminando a paso sereno entre las hileras de olivos, disfrutando del contraste de la brisa fresca de otoño contra el rostro, aunque el sol del mediodía apretaba con cierta intensidad sobre el campo.

Poco tiempo después alcanzó la cerca de madera que marcaba el límite entre las dos fincas. Se recostó contra el listón superior y observó a su amiga, quien se encontraba de espaldas vertiendo combustible en el tanque de un viejo tractor.

—¡Mía! —la llamó alzando la voz con efusividad.

La muchacha se giró de inmediato y le dedicó una sonrisa amplia. Dejó el embudo a un lado, bajó del vehículo de un salto y caminó a paso rápido hasta quedar del otro lado de la cerca.

—¿Qué haces aquí? —preguntó apoyando las manos en el bastidor de madera.

—¿No puedo venir a verte? —respondió él ladeando la cabeza—. Te extrañé un poco...

Ella extendió un brazo y le acarició la mejilla con cariño.

—Yo también te extrañé... —le dijo en un tono cariñoso—. Pero el sol está fuerte, no quiero que te quemes de nuevo.

Sin esperar respuesta, se quitó el sombrero de paja y se lo acomodó a él sobre la cabeza. Luego le sostuvo la barbilla con delicadeza y le posó un beso suave en la cara.

Un rubor repentino le tiñó los pómulos al muchacho, quien apresuró el ademán para extenderle el encargo.

—Mi mamá quería que le trajera esto a la tuya...

Mía tomó el paquete y lo contempló con picardía antes de volver los ojos hacia él.

—Conque era eso... No me extrañabas realmente —dijo fingiendo pesar—. Me siento un poco decepcionada.

—¡Claro que sí te extrañé! —replicó él a toda prisa, acomodándose el sombrero—. Es solo que no tenía una excusa para venir a buscarte.

La joven dejó escapar una risa baja, pasó ambos brazos por el medio de la cerca y lo atrapó en un abrazo, trayéndolo hacia sí hasta pegar sus pechos contra la madera.

—¿Cuándo vas a aceptarme de verdad? —le preguntó manteniendo el agarre—. Siempre eres coqueto conmigo, pero cuando te pido que seas mi novio te pones tímido... Y me pides tiempo para pensarlo.

El muchacho escondió el rostro en el cuello de ella, completamente nervioso por la cercanía.

—Es tu culpa... Siempre me agarras así —murmuró con la voz ahogada contra su piel—. Me pones muy nervioso.

Ella aflojó apenas el abrazo para buscarle la mirada desde arriba.

—Tienes que dejar de ser tan mojigato... —le reclamó con una ceja levantada—. Seguramente serás mi esposo... ¿Qué tiene de malo que te toque un poco?

—¡Basta, Mía! No soy mojigato... —protestó él intentando erguirse, aunque sin soltarse del todo—. Es que mamá dice que aún soy algo joven para esas cosas. Ella quiere que me case primero.

La alfa se echó hacia atrás con una sonrisa divertida y lo liberó del agarre.

—Entonces voy a tener que hablar con tu madre al respecto.

Antes de que él pudiera añadir algo más, le tomó el rostro con ambas manos y se inclinó lo suficiente para plantarle un beso. Sin embargo, unos gritos apresurados a la distancia interrumpieron el gesto antes de que sus labios se tocaran.

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo hacia el sendero entre los olivos. La pequeña Sofía corría hacia ellos tropezando con la tierra, agitando los brazos con desesperación.

—¡Kyle, ven rápido! —gritó con la voz entrecortada por el esfuerzo—. ¡Papá te necesita ahora!

El omega dio un paso atrás, apartándose de la cerca.

—Lo siento, tengo que irme —le dijo a Mía con el rostro mudado por la duda.

Dio media vuelta y echó a correr a toda prisa hacia su hermana. Al alcanzarla, la tomó por los hombros para frenar su carrera, notando el temblor que recorría todo su pequeño cuerpo.

—¿Qué pasa? —preguntó sofocado, buscando su mirada—. ¿Por qué venías corriendo?

La pequeña le sostuvo la mano con un agarre desesperado, con los labios tiritando y las lágrimas agolpándose en las pestañas.

—Unos hombres en auto llegaron a la casa... Están golpeando a papá —alcanzó a articular con la voz quebrada por el pánico—. Mamá tenía mucho miedo...

Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal. La confusión y la impotencia lo oprimieron de golpe, pero la prioridad absoluta se impuso sobre su propio temor.

—Corre a la casa de Mía —le ordenó apretándole las manos con firmeza—. Y no te acerques a nuestra casa hasta que vaya por ti.

La niña sacudió la cabeza, aferrándose a su ropa.

—¡No quiero dejarte solo, hermanito! —suplicó entre sollozos—. Tengo miedo...

—Sofía, no es seguro que vengas conmigo —le insistió buscando transmitirle una calma que él mismo no sentía—. Ve con Mía, por favor... Ella te mantendrá segura hasta que yo pueda volver. Te lo prometo.

La envolvió en un abrazo rápido pero apretado antes de soltarla y dar media vuelta. Echó a correr a toda velocidad entre las hileras de olivos, dejando atrás los gritos amortiguados de su hermana.

Al llegar a la finca, rodeó la casa y entró apresurado por la portezuela trasera. Atravesó el pasillo y la cocina a pasos agigantados hasta salir al patio frontal, donde el impacto de la escena lo detuvo en seco.

Su madre yacía en el piso de gravilla, al lado de la silla de ruedas volcada de costado. A pocos metros, un alfa fornido de complexión gruesa y piel tostada por el sol mantenía a su padre sujeto con violencia por el cuello de la camisa. Pietro apenas lograba sostenerse en pie, con el rostro amoratado y el labio inferior partido, manchando la tela del cuello con un hilo de sangre.

Con el corazón martilleándole contra las costillas, el joven se aproximó despacio hacia el cuerpo de su madre. Se hincó junto a ella, rodeándola con un brazo para intentar incorporarla y sentarla en su silla.

—¿Qué está pasando? —preguntó con la voz temblorosa, mirando en todas direcciones, constatando que en la entrada había un par de hombres más.

Pietro giró el rostro con dificultad, con el ojo izquierdo hinchado.

—Hijo, vete... No te metas —alcanzó a decir con el aliento pesado—. Llévate a tu madre...

El alfa aflojó apenas la presión sobre la camisa del hombre y desvió la atención hacia el recién llegado. Sus ojos verdes intensos, helados e intimidantes, recorrieron la figura de Kyle de arriba abajo con una fijeza maliciosa que congeló el aire del patio.

—¿Cómo te llamas, muchacho? —indagó con un tono pausado que contrastaba con la brutalidad de sus actos.

Él tragó saliva, sintiendo la garganta seca mientras apretaba el agarre sobre la cintura de su madre.

—Kyle, señor.

El hombre ladeó la cabeza con un gesto lento, evaluando el temblor en las manos del joven.

—Kyle... Vine a cobrarle a tu padre un dinero que nos debe —explicó acomodándose el abrigo de cuero con la mano libre—. Pero resulta que él dice que no tiene cómo pagar... Y nosotros ya no podemos esperar más. ¿Tienes algo de dinero?

El muchacho apenas pudo negar con la cabeza, paralizado por la autoridad represiva que emanaba de la presencia del hombre.

—Kyle, es una pena —añadió el alfa, dejando escapar un leve suspiro—. Voy a tener que matar a tu papi... Los negocios son así.

Sin alterar el ritmo de sus movimientos, metió la mano bajo la solapa del abrigo, extrajo un arma de acero oscuro y apoyó el cañón directamente contra la sien de Pietro. Durante todo el ademán, no desvió sus ojos verdes de la cara del joven, manteniendo una sonrisa casi imperceptible en la comisura de los labios.

—¡Por favor, no! —gritó Lucia desde su silla estirando las manos con desesperación hacia su esposo—. ¡Pietro, diles que les vas a pagar... por favor! ¡Dile que te dé más tiempo!

—Lo lamento mucho, señora —replicó el hombre sin mover un solo milímetro el cañón del arma—. Pero ya le hemos dado demasiado tiempo. Los intereses siguen creciendo y su esposo solo nos da excusas... Esta casa ni siquiera tiene algo de valor que pueda llevarme.

El pánico rompió el bloqueo en las piernas del muchacho. Dio unos pasos al frente, interponiéndose entre el alfa y su madre.

—Señor... Por favor, no le haga daño a mi papá... —suplicó alzando las manos temblorosas—. Yo le prometo que, si nos da más tiempo, yo mismo le ayudaré a pagar la deuda... Él solo necesita un poco de tiempo, las cosechas no han sido buenas... Y mamá está enferma...

El hombre soltó la camisa de Pietro, dejándolo caer de rodillas sobre la grava, y avanzó hasta reducir la distancia entre ambos a escasos centímetros. El muchacho tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostener la mirada sobre esa figura imponente y ancha que le tapaba la luz del sol.

—Cómo quisiera decirte que sí... —murmuró inclinándose apenas hacia su rostro—. Pero, aunque trabajaras todo un año no podrías pagar la deuda de tu padre y yo no puedo esperar tanto tiempo. El Don quiere su dinero ahora... ¿Lo entiendes, corderito?

Las lágrimas desbordaron finalmente los ojos del muchacho. Sintió que las piernas le fallaban y se dejó caer de rodillas sobre la grava frente a las botas del alfa.

—Por favor, señor... No lastime a mi papá —imploró con la voz rota, uniendo las palmas de las manos—. Se lo ruego...

El hombre se agachó con lentitud hasta quedar a su altura, observando las lágrimas que corrían por sus mejillas.

—No hagas eso, cariño, me conmueves el corazón... —dijo en un murmullo fingido—. ¿Cómo voy a hacer mi trabajo si tú haces esto?

Extendió la mano que sostenía el arma y, utilizando la punta fría del cañón de metal, le levantó la barbilla para obligarlo a mirarlo de frente, disfrutando del horror absoluto que se reflejaba en las pupilas del joven.

—Eres demasiado hermoso... Verte llorar es una pena —añadió recorriendo la palidez de sus facciones—. Quizá podemos hacer algo al respecto. ¿Te gustaría venir a trabajar conmigo? Así podrías ayudarle a tu papito a pagarme.

—¡No toques a mi hijo! —gritó Pietro desde el suelo, intentando arrastrarse hacia ellos—. ¡Mátame si quieres, pero déjalo en paz!

El alfa se puso de pie con parsimonia, se giró hacia el padre y volvió a apuntarle directamente a la cabeza, sin el más mínimo atisbo de duda en el rostro.

—Igual puedo matarte y cobrarle a él —sentenció con voz fría—. De todos modos, la deuda tiene que ser saldada por alguien. La única diferencia es que, si tu hijo viene conmigo, tu esposa no tendrá que verte morir hoy.

Pietro se quedó petrificado, mirando al hombre con los ojos desorbitados de terror antes de buscar la mirada de su esposa, quien ahogaba los sollozos contra sus manos.

Kyle se levantó lentamente del piso. Caminó con paso firme hasta interponerse directamente entre la boca del arma y el cuerpo golpeado de su padre.

—Lléveme con usted, señor —dijo sosteniéndole la mirada al alfa, mientras las lágrimas le bañaban el rostro—. Haré lo que usted quiera. Pero por favor deje ir a mis padres, tengo una hermana pequeña que depende de ellos... Se lo pido por favor.

El hombre deslizó los nudillos sobre el pómulo del joven con una suavidad perturbadora, limpiándole el rastro de una lágrima.

—No me digas señor, soy Salvatore —murmuró inclinándose apenas hacia su oído—. Ya no llores más, corderito. Te prometo que te voy a tratar muy bien. Pronto podrás volver a tu casa.

Pasó un brazo alrededor de su cintura y comenzó a guiarlo hacia la salida, ejerciendo una firmeza constante que no le dejó margen siquiera para despedirse.

—¡Aguanta, Kyle! —gritó Pietro a sus espaldas, desgarrándose la garganta desde el suelo de gravilla—. ¡Voy a conseguir el dinero pronto!

—¡Mi niño, no te vayas! —sollozó Lucia, mientras intentaba erguirse.

Las lágrimas de Kyle se intensificaron, pero apretó los dientes y obligó a sus piernas a avanzar. Siguió el paso de Salvatore con la sola esperanza de poner a salvo a sus padres y evitar que Sofía tuviera que presenciar la violencia de aquellos hombres.

Los dos sujetos que custodiaban la entrada se adelantaron para ocupar los asientos delanteros del vehículo estacionado al borde del camino. El alfa abrió la portezuela trasera, empujó con delicadeza al muchacho hacia el interior y se acomodó a su lado.

El motor se puso en marcha con un rugido pesado. Kyle permaneció rígido sobre el tapizado, apretando las manos entre las rodillas para contener el temblor incontrolable que le recorría el cuerpo.

Cuando el auto comenzó a avanzar y a tomar la curva de salida, unos gritos desesperados atravesaron el rugido del motor. Giró el rostro con brusquedad hacia atrás y, a través del parabrisas posterior, distinguió a Mía y a Sofia corriendo hacia el portón de la propiedad.

Se hincó sobre el asiento, girando el torso por completo para alcanzarlas con la vista una última vez. Sin embargo, la visión le duró un instante. Salvatore extendió una mano, lo sujetó por la cintura con fuerza y, en un movimiento rápido, lo sentó directamente sobre sus piernas, pegándolo contra su pecho.

—Eres jodidamente hermoso... —susurró contra el lateral de su cuello, inhalando hondo—. Nos vamos a divertir mucho tú y yo.

Las feromonas del alfa comenzaron a brotar con densidad en el espacio cerrado del vehículo, desplegando un aroma pesado a tierra mojada y licor fuerte. El joven quiso empujarlo, zafarse del agarre y alejarse, pero al no haber estado expuesto jamás a la presencia química de un alfa, su organismo reaccionó de forma involuntaria. Su propio cuerpo confundió la estimulación y comenzó a emitir sus feromonas, impregnando la tapicería con una estela dulce de azahar y amaretto.

Un brillo de satisfacción destelló en los ojos de Salvatore al percibir la respuesta.

—Sospeché que eras un omega... Pero no pensé que fueras uno tan bueno —comentó en voz baja.

Sin perder tiempo, bajó la mano y comenzó a desabrochar el primer botón del pantalón del muchacho, a la vista de los dos hombres que observaban por el espejo retrovisor desde los asientos delanteros.

El pánico heló la sangre del joven. Sostuvo las manos de Salvatore con todas sus fuerzas, intentando empujarlo apenas unos centímetros mientras la voz se le quebraba en un hilo suplicante.

—Por favor, señor... No lo haga —imploró con la mirada desorbitada y el pecho agitado—. Yo nunca... Nunca lo hice con nadie... Se lo suplico.

La confesión frenó la mano del alfa en seco. Detuvo el movimiento y lo miró fijamente, escudriñando cada detalle de su rostro pálido.

—¿En serio? —indagó ladeando la cabeza—. ¿Nunca lo hiciste con nadie? ¿Eres puro?

Él asintió torpemente, sin soltarle las manos, tiritando de pies a cabeza.

—Sí... Es verdad.

Relajó la expresión, abrochó de nuevo el botón y atrajo al omega contra su pecho con un gesto pausado, envolviéndolo en sus brazos y acariciándole el cabello con una delicadeza casi paternal, como si estuviera protegiendo un objeto de inmenso valor.

—Está bien, corderito, no vamos a hacerlo —le aseguró en tono sereno, rozándole la cabeza con la barbilla—. Solo debes ser muy obediente y todo va a estar bien, lo prometo.

Kyle permaneció inmóvil sobre su regazo, con el corazón martilleándole contra las costillas y la mente sumida en un torbellino de confusión ante el repentino cambio de actitud. El alivio de ver detenida la agresión le permitió soltar el aire acumulado, aunque el llanto continuó en silencio. Mientras intentaba regular la respiración, rezó internamente para que su padre encontrara la manera de reunir el dinero y fuera a buscarlo lo antes posible.

El trayecto continuó en silencio. El vehículo dejó atrás los caminos rurales de Noto y se adentró en las calles de Siracusa, avanzando a través de los suburbios hasta reducir la marcha y detenerse frente a una casa modesta de fachada desgastada.

Salvatore abrió la puerta del auto y descendió al instante, sujetando al omega de la mano para tirarlo hacia afuera con un agarre firme e inquebrantable.

Se inclinó ligeramente hacia el marco del coche para dirigirse a los dos hombres del frente.

—Nos vemos mañana, yo me encargaré de hablar con Don Carmelo —sentenció con calma.

Sin esperar respuesta, arrastró al muchacho hacia la entrada de la propiedad, destrabó la cerradura y ambos se adentraron en la vivienda. El omega paseó la mirada a su alrededor con cautela, descubriendo una casa sencilla, de paredes desnudas y escaso mobiliario.

—Kyle, te voy a ser sincero —comenzó a decir sin rodeos, cerrando la puerta a sus espaldas—. Por ahora no tengo un trabajo para darte. Vas a quedarte conmigo hasta que tu padre me pague. Pero no puedo esperar para siempre; si no viene en unos días, vas a tener que encontrar la forma de saldar la deuda tú mismo.

El pánico apretó el pecho del muchacho, quien dio un paso al frente intentando desesperadamente buscar una salida.

—Yo puedo ayudarlo a limpiar la casa y a cocinar para usted —ofreció con la voz temblorosa—. Le prometo que no seré una molestia.

—No es una mala oferta... —ladeó la cabeza, evaluándolo unos segundos—. Pero creo que hay algo mejor. Al Don le gusta la compañía de los muchachos como tú, pero para eso tengo que asegurarme de que hayas aprendido a ser dócil y muy obediente. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí, señor —se apresuró a responder, asintiendo torpemente.

—Entonces quiero que me lo demuestres... —le dedicó una sonrisa cargada de malicia mientras daba un paso hacia el centro del salón—. Quítate la ropa.

El omega se quedó rígido en su sitio, mirándolo con los ojos muy abiertos por el impacto. Las lágrimas volvieron a brotar de golpe, anegándole la visión.

Salvatore ignoró su reacción, caminó hacia la chimenea de la sala y se agachó para encender el fuego. Una vez que las llamas comenzaron a crepitar sobre los leños, volvió la cara hacia él, observándolo de forma expectante.

—¿Qué esperas?

—Yo... Usted... —alcanzó a articular retrocediendo apenas un milímetro— me prometió que no lo haría conmigo... No quiero...

—No me interesa tu pureza, me interesa tu obediencia —dijo con voz helada, extendiendo la mano para tomar el bastoncillo de hierro de la chimenea—. No quiero tener que enseñarte a obedecer por las malas... Es mejor que conserves tu belleza intacta. Te estoy pidiendo algo muy sencillo: obedece y estarás bien.

El joven comprendió de inmediato la amenaza implícita en el peso del metal y la fijeza de sus ojos verdes. Conteniendo un sollozo con todas sus fuerzas, levantó las manos temblorosas hacia la bastilla de su camisa y comenzó a desvestirse lentamente bajo la mirada dura del hombre.

—La ropa interior también —ordenó Salvatore sin inmutarse.

Él obedeció, despojándose de la última prenda y apresurándose a cubrirse con las manos, invadido por una humillación y una vergüenza profundas, paralizado ante el temor de una represalia peor.

El alfa utilizó la punta del bastoncillo de hierro para enganchar las prendas abandonadas en la madera del suelo y, con un gesto de desdén, las arrojó al interior de la chimenea ante la mirada aterrorizada del omega. El tejido ardió al contacto con el fuego en cuestión de segundos.

—Así te vas a quedar hasta que vengan por ti —dictaminó con voz maliciosa, dando un paso hacia él—. A partir de ahora no puedes vestirte. No harás nada sin mi permiso. Si eres obediente estarás bien; si intentas escapar, me encargaré de matar a tus padres y a tu hermana. Es mejor que no te atrevas a desafiarme.

El joven asintió despacio y bajó la vista hacia el piso, sintiendo el cuerpo completamente helado mientras la última brizna de esperanza de salir ileso de allí abandonaba su pecho.

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