Mag-log inLa luz tenue de la mañana se filtraba suavemente por la ventana, llenando la habitación de una claridad serena. Cuando abrió los ojos, se estiro despacio mientras su mente tardo un poco más en recordarle donde estaba.
Noriko ya se encontraba de pie junto a la mesa de noche, vestida con su uniforme impecable y organizando un par de prendas dobladas.
—Buenos días, Kyle. Espero que hayas podido descansar —saludó con voz tranquila.
Al escucharla, un brinco de susto le recorrió el pecho. Creyó que se le había hecho demasiado tarde, se incorporó con brusquedad y buscó rápido con la mirada algún reloj en las paredes para verificar la hora.
—No deberías quedarte dormido con la ropa del día, no es bueno para tu descanso —comentó la ama de llaves, observando cómo se acomodaba a prisa.
—Lo siento mucho, estaba leyendo los libros y no supe en qué momento me quedé dormido —respondió, profundamente apenado.
—Tranquilo, solo lo dije por tu bienestar —le dedicó una sonrisa suave y señaló las prendas sobre la cama—. Tu uniforme ya está aquí; no sé si te quede un poco grande, los jardineros anteriores siempre fueron más fornidos que tú.
—Puedo ajustarlo un poco, no será problema —aseguró él, bajando la vista hacia la ropa.
—Tengo cosas que hacer en la casa principal, organízate y ve a desayunar —le indicó ella, encaminándose hacia la salida—. Más tarde te indicaré tus labores.
En cuanto Noriko se retiró de la habitación, se puso en pie con diligencia. Dobló la manta, acomodó el futón contra un rincón para dejar el espacio ordenado. Al entrar al baño, se sorprendió al descubrir sobre la repisa una toalla limpia, un jabón nuevo y artículos de aseo dispuestos para él.
Se dio una ducha rápida y volvió a la estancia. Al abrir el morral para buscar ropa interior limpia, las manos se le detuvieron sobre la bolsa plástica. Recordó la ropa húmeda que había lavado en la pensión, sabía que no podía extenderla en la habitación sin incomodar a su compañera, así que volvió a guardarla en el fondo, pensando que tendría que hacer algo al respecto después.
Se vistió con el uniforme y se examinó en el espejo. Las mangas le cubrían parte de las manos y el overol le quedaba holgado, pero no pudo evitar una ligera sonrisa al recordar a Maritza. Pensó que, si continuaba empeñada en compartirle su comida para seguir con la dieta, muy pronto terminaría de llenar la tela.
Antes de salir, buscó en el morral el frasco de inhibidores. Retiró la tapa, sacó una píldora y la tragó con un poco de agua. Al mirar el fondo del frasco, la cuenta fue inevitable: le quedaban muy pocas cápsulas. Una punzada de ansiedad le apretó el pecho de golpe al darse cuenta de que el margen se le agotaba y que pronto tendría que encontrar la forma de conseguir un frasco nuevo.
Salió de la habitación y se encaminó por el corredor hacia el comedor, donde solo unos pocos trabajadores rezagados terminaban de desayunar. En cuanto cruzó el umbral, Maritza levantó la vista, la cara se le iluminó y se le acercó de inmediato.
—¡Kyle, pensé que no ibas a venir! —exclamó con alegría.
—Buenos días, Maritza —saludó él, sintiéndose algo apenado—. Me quedé dormido... Creo que empecé mal mi primer día.
—No digas tonterías, todo va a estar bien —respondió ella, restándole importancia con un ademán—. Ya te traigo el desayuno.
Se acomodó en una de las mesas y, al cabo de unos minutos, la muchacha regresó cargando las porciones para ambos. Tomó asiento enfrente y empezaron a comer en un ambiente tranquilo.
En un movimiento mal disimulado, tomó su propio pan y lo deslizo hacía el plato de él. Al ver el gesto, no pudo evitar preguntarse si de verdad lo hacía únicamente por la dieta o si había algo más detrás de tanta atención.
—Maritza... —murmuró, observando la comida extra—. Si me das lo tuyo, ¿no te quedas con hambre?
—La verdad es que en la cocina siempre estamos probando las preparaciones y el chef es muy generoso conmigo —explicó ella con soltura—. Por eso estoy así, rellenita. Tú no te preocupes.
Él asintió despacio y continuó comiendo con menos culpa, agradecido por la abundancia de la ración. Tras un momento de silencio, se animó a hacer la pregunta que le rondaba la cabeza desde la mañana:
—Maritza... si queremos salir de la mansión, ¿tenemos que pedir permiso?
—Sí —respondió ella, acomodándose en la silla—. Si quieres salir hoy, deberías pedirle permiso al señor Foster o a la señora Noriko, que son los jefes de personal. Pero el domingo puedes salir sin pedir nada, es el día de descanso de la mayoría.
—Ah... entonces puedo esperar al domingo —comentó él en un murmullo.
—¿Quieres salir conmigo? —propuso ella con entusiasmo—. Conozco un sitio de helados increíble en el pueblo.
Se quedó sorprendido ante la propuesta. Aunque le habría gustado decir que sí, el temor de no tener dinero suficiente para invitarle un buen helado a su amiga lo frenó en seco, así que prefirió desviar el tema.
—¿El señor Foster es el dueño de esta casa? —preguntó, fingiendo simple curiosidad.
La muchacha lució algo extrañada por la duda, pero respondió sin inconveniente:
—No... El dueño es el señor Seiya, su yerno. Aunque él casi no interactúa con nosotros; es un omega bastante tímido. Apenas le conozco la voz, pero me parece un buen jefe… la señora Noriko lo aprecia mucho.
—¿El jefe es un omega? —preguntó, incapaz de ocultar el asombro en la voz—. ¿Cómo es posible?
—No lo sé, siempre ha sido así —comentó ella, bajando el tono casi a un susurro—. Yo tampoco llevo tanto tiempo trabajando aquí, pero tengo entendido que el abuelo del señor le heredó esta propiedad. Su familia tiene muchísimo dinero.
En silencio, reflexionó sobre lo extraño de la situación y supuso que debía tratarse de un matrimonio de conveniencia, lo que explicaba los rumores de los que había escuchado hablar a los hombres en el vivero. Sin embargo, prefirió guardarse sus pensamientos para evitar cualquier problema.
—¿Y cómo es él? —pregunto sin levantar la vista de su plato—. No lo he visto aún.
Maritza se tensionó ligeramente antes de contestar:
—Es alto, de cabello oscuro muy largo y de ojos violetas —rememoró mientras jugaba con su taza de café—. Ahora está fuera por un viaje con sus hijos… pero cuando regrese debes tratarlo con mucho respeto.
Asintió en silencio, memorizando cada detalle de la descripción mientras terminaba el desayuno. Justo cuando apuraba el último sorbo de café, Noriko arribó al comedor y se detuvo a pocos pasos de la mesa.
—Kyle, ven conmigo —le indicó con tono apresurado—. Te enseñaré dónde está el cuarto de herramientas.
Se levantó de inmediato, dirigiendo una mirada apenada a Maritza por no poder ayudarla a recoger la mesa. Sin embargo, ella le devolvió una sonrisa cálida y se despidió con un leve gesto de la mano, restándole importancia.
Caminó tras la ama de llaves a través de los corredores exteriores hasta alcanzar una construcción lateral de madera. La mujer sacó una pequeña llave dorada, se la entregó en la mano.
—Aquí está todo lo que necesitas para tu trabajo. Las plantas de la entrada necesitan atención, pero tú sabrás mejor que yo qué es lo que requieren —explicó rápidamente—. Cada jardín de la casa tiene cerca una toma de agua que puedes usar para la manguera... Además, detrás de esta habitación tienes un invernadero que también será tu responsabilidad. Quisiera darte más indicaciones, pero estoy bastante ocupada ahora.
Él recibió las llaves y asintió, sorprendido por la prisa y el nerviosismo que traslucía la voz de la mujer.
En cuanto lo dejó solo, abrió el candado y empujó la puerta. Al entrar, se quedó impresionado al descubrir la gran variedad de herramientas de excelente calidad que ordenaban el espacio. Sin saber con certeza qué tipo de terreno encontraría en cada rincón, decidió ir preparado.
Se ajustó un delantal de lona negra a la cintura, organizando en los bolsillos unas tijeras de podar de mano, un par de paletas de jardinería, un rollo de alambre de amarre y un cepillo de cerdas duras. Tomó también un rastrillo de abanico, una regadera metálica y la manguera pesada por si llegaba a necesitarla.
Al salir, aseguró el candado, guardó la pequeña llave en el bolsillo superior de su uniforme y avanzó hacia la fachada principal con energía renovada.
Al llegar a la entrada de la mansión, descargó el equipo a un costado de las escaleras y se puso a revisar las ramas de los arces ornamentales. Con delicadeza y precisión, comenzó a podar los brotes secos que habían quedado marchitos por el frío del invierno.
Luego tomó el rastrillo y empezó a barrer las hojas caídas y las pequeñas ramas del patio, trabajando con extrema diligencia, concentrado únicamente en dar una buena impresión.
Desde una de las ventanas del segundo piso, Nataniel lo observaba en silencio, fascinado por la escena. Le resultaba casi increíble que alguien con una complexión tan esbelta y menuda poseyera la destreza y la resistencia de un jardinero experimentado.
El sol de la mañana golpeaba de lleno sobre el cabello de Kyle, haciéndolo brillar con tonos cobrizos intensos mientras el calor del trabajo le teñía las mejillas de un rosa suave. Fantaseó por un instante con la idea de bajar y llevarle un vaso de limonada fresca; sin embargo, al percatarse de la ocurrencia, dejó escapar una risa baja para sus adentros, divertido al sentir que estaba actuando como una ama de casa cautivada por un jardinero.
La escena se interrumpió abruptamente cuando un elegante automóvil negro clásico cruzó los portones principales de la villa. Al reconocer el vehículo, el alfa se retiró de la ventana con prisa.
Abajo, el ruido del motor captó de inmediato la atención del joven. El coche se detuvo a pocos metros de donde él trabajaba y, de inmediato, vio bajar del asiento trasero a dos pequeñas gemelas que corrieron entre risas hacia la entrada de la mansión.
Instantes después, descendió un omega cuya figura se ajustaba exactamente a la descripción que Maritza le había dado del dueño de la casa. Al verlo abrir la puerta trasera del auto, guardó el rastrillo a un lado y se acercó rápidamente para asistirlo.
—Buenos días, ¿puedo ayudarlo con algo? —preguntó tratando de sonar más amable.
El jefe no respondió de inmediato. Se mantuvo erguido, evaluándolo desde su altura con una expresión cargada de desconfianza. Sus ojos violetas lo recorrieron de arriba abajo, escudriñando su ropa de trabajo, sus manos y cada detalle de su postura, tratando de descifrar la presencia de un desconocido en su propiedad.
La fijeza de esa mirada congeló al muchacho por un segundo.
—Soy Kyle —añadió apresurado, sintiendo la garganta seca—. El señor Foster me contrató como el nuevo jardinero.
Al escuchar la explicación, la rigidez en las facciones del omega se suavizó de manera casi imperceptible. La desconfianza cedió paso a un cansancio evidente que pesaba sobre sus párpados.
—Gracias —murmuró con voz baja y pausada.
El joven se quedó inmóvil, sin saber con certeza cómo reaccionar ante una respuesta tan escueta. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso atrás, Seiya se inclinó hacia el interior del asiento trasero. Tras un breve murmullo, se incorporó sosteniendo con delicadeza a un pequeño bebé, acomodándolo contra su pecho con un gesto instintivo de protección.
Contempló la escena en silencio, impresionado. La presencia del yerno del señor Foster resultaba imponente; su estatura, la firmeza de su porte y la autoridad contenida en su mirada transmitían una fuerza que parecía superar incluso la presencia de un alfa como la de su esposo. Si no fuera por el recién nacido que sostenía con tanto celo contra su cuerpo, le habría costado creer que se encontraba frente a un omega.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos, cuando el jefe le extendió la mano y le entregó las llaves del vehículo antes de darse la vuelta e iniciar el ascenso por las escaleras de piedra hacia la entrada principal.
Sostuvo el llavero de metal por un instante, sintiendo el frío del material en la palma. Caminó hacia la parte posterior del sedán e introdujo la llave en la cerradura del maletero. Al levantarse la tapa, aparecieron un par de maletas de viaje. Se inclinó y las sujetó con firmeza para bajarlas con cuidado a la gravilla, asegurándose de no golpear el parachoques.
El sonido apresurado de unos pasos sobre la grava interrumpió la maniobra. Matteo apareció desde el costado del garaje, limpiándose las manos con un trapo de taller.
—Dame las llaves, debo aparcar el coche —pidió extendiendo la mano.
El muchacho le entregó el llavero de inmediato. Mientras el chofer subía al asiento del conductor y ponía en marcha el motor para llevar el vehículo hacia el garaje posterior, él tomó las maletas por las asas.
Apretó el agarre y comenzó a subir la escalinata hacia el interior de la casa principal, sintiendo el peso del equipaje en los brazos y una punzada de duda rondándole la cabeza sobre si realmente era correcto que estuviera allí, en mitad de la intimidad familiar de la mansión.
Al cruzar el umbral de la puerta principal, se detuvo a pocos pasos de la entrada. Nataniel se encontraba sentado en uno de los sofás del salón, rodeado por las gemelas y sosteniendo con delicadeza al bebé entre sus brazos.
Apretó el agarre de las maletas, dudando en dar un paso más hacia el interior.
—Señor Foster... no sé si es correcto que esté aquí —murmuró con tono tímido, desviando un instante la mirada hacia el suelo—. Pero traje las maletas.
El alfa levantó la vista y le ofreció una sonrisa serena.
—No te preocupes, querido, puedes dejarlas aquí —le respondió con voz pausada y afable—. Más tarde alguien más se encargará de ellas.
El muchacho liberó la presión de sus manos y descargó el equipaje a un costado de la entrada. Al erguirse, paseó la mirada por la escena familiar, deteniéndose por un momento en las pequeñas.
Recordó que la última vez que había visto a su propia hermanita apenas era un poco más grande que ellas. Una punzada de nostalgia le oprimió el pecho mientras se preguntaba en silencio si estaría bien, si habría crecido mucho durante todo ese tiempo o si aún conservaría esa misma estatura baja de la infancia, incluso alcanzó a preguntarse si sus madre gozaría de buena salud.
—¿Te gustan los bebés? —indagó al notarlo sumido en sus pensamientos, observando el vacío.
Espabiló de golpe, apenado por haber sido descubierto con la mirada perdida. La sangre le subió a las mejillas mientras intentaba articular una excusa rápida.
—No lo sé... Nunca vi uno de cerca —mintió apenas con un hilo de voz.
Una expresión de genuino orgullo ilumina el rostro de Nataniel, quien acomodó al bebé contra su pecho y le hizo una leve señal con la mano.
—Ven, déjame presentarte a mis nietos.
El muchacho dudó un segundo, sopesando si debía avanzar o dar un paso atrás para mantener la distancia propia de su empleo. Finalmente cedió y caminó despacio hacia el centro del salón hasta quedar a poca distancia del sofá.
—Ellas son Seiren y Kaori —dijo señalando a las dos niñas que lo observaban con curiosidad—, y este pequeño se llama Eriss.
Las pequeñas lo miraron con cierta timidez desde sus asientos. Sin embargo, tras un instante de duda, levantaron la mano para saludarlo con un gesto breve. Él les devolvió el ademán de inmediato, dejando ver una sonrisa suave que le relajó las facciones.
—Hola, soy Kyle —dijo presentándose—. El nuevo jardinero.
Al escucharlo, una de las pequeñas tomó apresuradamente la mano de su hermana y ambas echaron a correr hacia el pasillo, desapareciendo del salón en un abrir y cerrar de ojos. El joven parpadeó, desconcertado por la súbita huida.
—No te preocupes —intervino el alfa con una risita baja—. Seiren es tímida con las personas nuevas.
—¿Cómo las distingue si son igualitas? —preguntó de manera inocente, incapaz de notar una sola diferencia entre los rostros de las gemelas.
—Con el tiempo te acostumbras y las reconoces sin dificultad —explicó acomodándose en el respaldo del sofá—. Pero el truco está en que Kaori tiene un lunar debajo de la ceja izquierda y es más amistosa.
El muchacho asintió en silencio, memorizando el detalle. Poco después desvió los ojos hacia el pequeño en el regazo de su abuelo. Le pareció particularmente pequeño y delicado, calculando que apenas tendría unos pocos días de vida.
—¿Quieres verlo de cerca? —le ofreció invitándolo a aproximarse—. Es muy hermoso, tiene todo el encanto de mi yerno.
Se acercó un par de pasos más y observó con atención la figura del bebé. Comprobó que era verdad: guardaba una similitud innegable con su padre omega. Su piel sumamente blanca, las mejillas sonrosadas y el fino cabello oscuro le daban una apariencia frágil y encantadora.
—No sacó mucho del lado Foster... —comentó el alfa con una leve sonrisa que le arrugó la comisura de los ojos—. Aunque creo que es un alivio, nosotros no somos guapos.
El joven lo miró fijamente por un instante, desconcertado ante la afirmación. Aunque era un hombre maduro, aún conservaba con absoluta claridad el porte firme, la distinción y la elegancia que sin duda lo habían caracterizado en sus años mozos. Luego volvió la vista hacia el rostro del recién nacido y descubrió que, debajo de las finas pestañas, el pequeño tenía unos ojos de un tono gris idéntico al de su abuelo.
—Yo creo que heredó de usted lo más hermoso —murmuró distraídamente, hipnotizado por la serenidad de la criatura.
—¿Te gustan los ojos grises? —indagó manteniendo la vista fija en él.
—Sí —respondió con una sonrisa embobada, aun contemplando las facciones del pequeño—. Creo que son los ojos más bonitos que haya visto en toda mi vida.
El alfa se quedó pensativo por unos segundos, observando la sinceridad en la mirada del muchacho mientras sopesaba si la frase estaba dedicada al bebé o a él mismo. Estaba a punto de formular la pregunta cuando notó que el joven reaccionaba de golpe.
Un rubor intenso le cubrió el rostro al percatarse del peso de sus propias palabras y del tono con el que las había dicho frente su empleador. Se enderezó a toda prisa, acomodándose la ropa de trabajo con manos torpes y dando un paso atrás.
—Olvidé que tengo que darle de comer a los peces —soltó a toda velocidad, apretando los labios avergonzado—. Nos vemos después, señor Foster.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y abandonó el salón a paso apresurado hacia la salida. En el sofá, Nataniel lo vio marchar en silencio, conteniendo a duras penas una carcajada ante la repentina y tímida reacción de Kyle.
Bajó la vista hacia su regazo y volvió a concentrarse en su nieto. Se inclinó despacio y depositó un beso suave sobre su frente, dejando escapar un suspiro de alivio al sentirlo finalmente en sus brazos tras varios días sin conocer su paradero.
Sin embargo, en el fondo le pesaba un temor silencioso: temía que Eliot no lograra recuperar la confianza de Seiya y que la distancia entre ambos terminara privándolo de presenciar el crecimiento del pequeño, a quien había añorado durante tantos años.
Mientras acariciaba el fino cabello oscuro de la criatura, el sonido de unos pasos suaves sobre la alfombra rompió la calma del salón. Al levantar la mirada, descubrió a Noriko aproximándose hacia él con la postura reservada y sumisa que siempre la caracterizaba.
—Señor Foster, ¿podemos hablar un segundo del chico nuevo? —preguntó con voz baja, entrelazando las manos frente a su delantal.
—¿Te refieres a Kyle? —parpadeó, sorprendido por la petición.
—Sí, señor —respondió ella, vacilando un instante antes de continuar—. No sé cómo decirle esto, pero... ¿podría asignarle otro compañero de cuarto?
—¿Por qué? —frunció levemente el ceño con preocupación—. ¿Hay algo malo con él?
La mujer bajó la cabeza, dejando ver un claro rubor de vergüenza en el rostro.
—No es que el muchacho sea malo, es que... habla dormido —explicó apretando las manos—. Dice cosas muy aterradoras... Creo que está poseído por un fantasma.
Tuvo que morderse el labio inferior para reprimir la sonrisa que amagaba con asomar a sus labios. Carraspeó para disimular la diversión y entornó los ojos con amabilidad.
—Noriko, no pensé que fueras supersticiosa —le dijo en un tono sereno—. A lo mejor tuvo pesadillas o algo parecido, no le des demasiada importancia.
—En serio, señor Foster, no quiero ser mala con Kyle —insistió la mujer, sosteniéndole la mirada con genuino agobio—. Es un chico dulce, pero necesito dormir bien para poder manejar esta casa.
El alfa lo pensó por un momento y cedió, comprendiendo la posición de la mujer.
—Noriko, lo entiendo —respondió asintiendo despacio—. ¿Podrías tenerle paciencia un par de días más? Lo resolveremos apenas terminen la remodelación. El contratista me dijo que en un par de días todo estará listo.
La mujer dejó ir la tensión de los hombros y le ofreció una inclinación de cabeza.
—Está bien, señor Foster, esperaré hasta entonces. Muchas gracias.
El alfa la observó alejarse con una sombra de inquietud en los ojos. Durante los años que llevaba al servicio de la mansión, la mujer jamás se había quejado de nada y siempre había mantenido una conducta intachable; para él, era una figura esencial en el funcionamiento diario de la propiedad.
Cuando vio que estaba a punto de cruzar el umbral para salir del salón, alzó la voz para detenerla.
—Noriko —la llamó con firmeza serena—. Si es muy difícil dormir con él, toma uno de los cuartos de la casa principal y déjale tu habitación.
Ella se giró, aceptando el ofrecimiento con una inclinación suave, y se retiró en silencio de la estancia, dejando al alfa a solas con el bebé en sus brazos.
El movimiento a media mañana en la mansión era sencillamente frenético. Los pasillos, habitualmente silenciosos, se habían convertido en un hervidero de empleados que iban y venían a paso apresurado cargando cajas y bandejas recubiertas de papel de plata. Todo se estaba empacando para trasladarlo fuera de la propiedad, dándole los toques finales a la logística del gran evento: la celebración del cumpleaños número seis de las gemelas Seiren y Kaori.Donde el caos alcanzaba su punto más álgido era en la cocina. El aire olía intensamente a vainilla horneada, azúcar y chocolate amargo. El chef Paolo gritaba órdenes a diestra y siniestra mientras el personal de apoyo ajustaba los detalles del pastel de cumpleaños y empaquetaba bocadillos y golosinas individuales. En una esquina de la amplia mesa de trabajo, Kyle avanzaba con destreza metiendo chocolates, galletas decoradas y pequeños juguetes dentro de las coloridas bolsas de recordatorio que se entregarían a los niños al final de la fiest
El silencio de la madrugada pesaba como plomo sobre la entrada de la casa. Kyle apenas podía sostener el equilibrio, arrastrando los pies mientras el cuerpo macizo del alfa se apoyaba sin piedad sobre sus hombros. Cada paso era un esfuerzo ciego, un forcejeo silencioso contra el peso muerto y el aliento agrio a alcohol le quemaba el cuello.Al cruzar el umbral, Salvatore se desprendió de él con un empujón torpe y se dejó caer de golpe sobre el sofá de la estancia. El cuero crujió bajo su cuerpo mientras se acomodaba de costado, cerrando los ojos con pesadez.—Vete a lavar y a dormir... —rezongó pasándose el brazo sobre la cara—. No quiero que estés dando vueltas.El omega se quedó de pie en mitad de la penumbra, sintiendo cómo las piernas le temblaban por el agotamiento y el estómago le dolía en un encogimiento hueco y persistente.—¿Puedo comer algo, señor Romano? —preguntó en un murmullo bajo, casi imperceptible, sosteniéndose el vientre con ambas manos.Salvatore ni siquiera se mol
El automóvil negro se abrió paso por el camino privado que serpenteaba entre los árboles. La clínica ocupaba una antigua finca señorial rodeada de bosques y prados tupidos, donde el silencio solo era interrumpido por el rumor lejano de las aguas del lago Di Como. La arquitectura imponente de la casa principal, rodeada de jardines cuidados al detalle, transmitía una calma absoluta que en ese momento solo resultaba irónica y pesada.Marcello Barone detuvo el sedán frente a las escalinatas de la casona y apagó el motor. Nataniel no esperó a que el coche terminara de asentarse para abrir la puerta; bajó con el rostro rígido, ajustándose la chaqueta del traje mientras el abogado rodeaba el vehículo para colocarse a su lado.En lo alto de la entrada, resguardado bajo el pórtico de piedra, los aguardaba Francesco Ferri, un beta de ademanes pulcros y expresión notablemente tensa.—Buenos días, señor Foster. Gracias por venir tan pronto —expresó el hombre, ofreciéndole una leve inclinación ant
La luz fría de la primera hora de la mañana se filtraba con parsimonia a través de los visillos del anexo, tiñendo la estancia de un azul tenue y apacible. Sobre la cama, Kyle dormía profundamente, sumido en un letargo pesado que lo mantenía por entero ajeno a la realidad. Sin embargo, el descanso no le traía sosiego: conservaba el ceño levemente fruncido y mantenía una de las manos apretada con firmeza contra la sábana, como si aun en sueños intentara aferrarse a algo para no naufragar.Junto a la mesa de centro, Nataniel permanecía sentado en una silla baja. Sostenía el teléfono móvil en la mano, jugueteando con el aparato de forma tensa, haciéndolo girar una y otra vez entre los dedos. No había logrado dormir durante toda la noche a la espera de noticias sobre Karina Rossi, pero las horas habían transcurrido en un silencio frustrante.Desvió la mirada de la pantalla apagada para posarla de nuevo sobre el omega. Al contemplar la fragilidad de sus facciones, no pudo evitar repasar me
La penumbra de la biblioteca era fresca, perfumada con el olor denso del papel antiguo y la cera para madera. Nataniel permanecía junto al gran escritorio de caoba, pasando las páginas de un lote de libros de texto que había mandado a pedir a la ciudad días atrás. Evaluaba el contenido con cuidado minucioso, verificando que la redacción fuera lo bastante clara y accesible para el nivel de Kyle.En el fondo, la intención al seleccionar volúmenes equivalentes a la enseñanza básica era precisa y deliberada: buscaba que el muchacho pudiera avanzar de manera autónoma en sus lecturas. Procuraba reducir al mínimo las explicaciones extensas y las horas de estudio compartidas a solas.La culpa lo carcomía desde la tarde en que el joven le había robado aquel beso. Consideraba que su propia conducta había sido inapropiada por completo; él representaba una figura de autoridad, poseía una madurez que le exigía cordura, y no podía permitir que la cercanía del día a día confundiera a un omega tan fr
Kyle permanecía sentado sobre la alfombra de su habitación, con la espalda apoyada contra el borde de la cama. Sobre la pequeña mesa de centro reposaban varios libros de texto abiertos, cuyas páginas ilustraban con detalle la geografía de Italia. Llevaba más de una hora forzando la vista y concentrándose en memorizar relieves, regiones y fronteras, tratando de asimilar un conocimiento que le resultaba ajeno y complejo.Agotado por el esfuerzo, detuvo la lectura y posó la mirada sobre la ilustración de un mapa desplegado. Observó los trazados con los ojos cansados y empezó a recorrer la lámina con paciencia en busca de lo poco que le resultaba familiar.Le tomó un tiempo considerable ubicar el punto exacto donde se alzaba Milán en el norte, y desde allí, deslizó la yema del dedo hacia el sur, intentando reconstruir a trazos la ruta de las ciudades por las que había transitado durante casi un año antes de llegar a la mansión.Inevitablemente, la trayectoria trazada sobre el papel lo lle