INICIAR SESIÓNLas burbujas del champán rozaban mi paladar con una elegante amargura que se deshacía. Un lujo fugaz, incapaz de llenar el vacío en mi pecho.
—Señor Kessler, estamos a punto de aterrizar en París —anunció la azafata.
Asentí sin palabras, dejando la copa sobre la mesa mientras el jet descendía.
Me recibieron con la formalidad habitual: reverencias, sonrisas medidas, gestos calculados. No perdí tiempo en protocolos.
—Directo a Le Palace —ordené al chofer.
París se deslizaba tras la ventanilla como un espejismo mientras mi mente volvía a lo inevitable. Había inventado un viaje de negocios para evitar encontrarme con Julian y Grayson en cuanto supe que Selene vivía en casa de Julian. Ese bastardo —casi un hermano— se había atrevido a traicionar nuestro pacto: no involucrarnos con ella… la única mujer capaz de destruir nuestra hermandad.
—Bienvenido de nuevo, señor Kessler. Lo hemos extrañado.
La anfitriona me recibió con su sonrisa impecable. Le Palace era lo de siempre: un decadente teatro convertido en templo de excesos, donde candelabros de cristal iluminaban a aristócratas, modelos y almas perdidas que como yo solo querian pasar un buen rato. Aquí los millonarios encontraban el anonimato perfecto para perderse en placeres prohibidos. Yo también, de vez en cuando… pero esa noche mis planes eran distintos.
Avancé sin impedimentos hacia la zona VIP. Una sola orden bastó para que la puerta se abriera y me concediera acceso a la suite más privada. El aire estaba cargado, impregnado de un desorden íntimo imposible de ocultar. Nathan estaba demasiado absorto, hundido en su propia promiscuidad, cuando mi voz lo cortó como un látigo:
—Buenas noches, Nathan… un placer, como siempre.
Se tensó de inmediato.
—¿Ethan? ¿Eres tú? —escupió, con una furia que intentaba ocultar su incomodidad.
Sonreí, apoyándome con calma en el marco de la puerta.
—Vaya recibimiento… solo vine a saludar.
—No tienes derecho a irrumpir así. ¿Cómo entraste?
Avancé despacio y respondí:
—Porque me pertenece. Este lugar ha sido mío desde hace años.
Lo vi palidecer, sorprendido.
—¿Tuyo? Pero tu familia siempre estuvo ligada a la seguridad nacional de Estados Unidos, a contratos de tecnología y armamento… esto está muy lejos de tu mundo.
Una risa baja escapó de mis labios.
—Oh, Nathan… mis negocios dejaron hace tiempo de limitarse a lo que el gobierno aprueba. Y créeme, no estoy tan alejado de mi nicho original. El sexo y las armas siempre se han llevado bien. Ambos compran poder, ambos compran silencio.
Él resopló, molesto, aunque incapaz de negarlo. Finalmente, sostuvo mi mirada con la mandíbula tensa. Sabía que nadie estaba al tanto de su pequeño secreto.
—Está bien, habla… ¿qué quieres, Ethan?
La respuesta ardía incluso antes de pronunciarla. Julian, Grayson y yo la habíamos deseado desde niños; lo que comenzó como burlas inocentes terminó en crueles juegos para robarle atención. Pero cuando Selene se casó con Edmund Ravenshire, me quebré. Aun así, respeté el pacto y la dejé ir. Sin embargo, la extrañé con una locura insoportable. Y ahora, viuda, imaginarla en brazos de Julian despertaba en mí algo que rozaba la violencia.
Nathan me apuró con impaciencia:
—¡Dilo ya!
No me gustó su tono. Entrecerré los ojos, recordándole quién marcaba el ritmo aquí.
—Cuidado, Nathan. No olvides que yo decido el paso de esta conversación… después de todo, no creo que quieras que otros descubran tu pequeño y sucio secreto.
Su rostro se endureció y maldijo entre dientes.
—Maldito seas, Ethan.
Solté una risa burlona.
—Y yo que pensaba que los graduados de Oxford eran más refinados en el habla… parece que exageran.
La ira brilló en sus ojos, pero yo sabía que tenía razón: lo había descubierto, y eso lo dejaba con las manos atadas. No tenía más opción que escuchar.
Me incliné hacia él, dejando que cada palabra cayera con peso calculado:
—Hay algo que quiero de ti, Nathan. Quiero a Selene.
El asombro se dibujó en su rostro. Ni siquiera podía imaginar por qué un hombre como yo desearía a su prima.
—¿Qué quieres de ella? —preguntó, incrédulo.
Sonreí sin pudor.
—Quiero que sea mía.
Su reacción fue inmediata, casi visceral.
—Selene no es la puta de nadie.
Lo miré sorprendido, arqueando una ceja.
—Oh… pensaba que no te importaba. Después de todo, fuiste tú quien le negó apoyo, lo que permitió que Julian la llevara a su penthouse.
Nathan apretó los puños, pero no aparté la vista.
—Escúchame —continué, con la calma de quien sabe que la victoria es inevitable—. No la quiero como una puta. La quiero mía… completamente mía.
Nathan tragó saliva, todavía sin comprender del todo.
—¿Estás hablando de casarte con ella?
Lo sostuve en un silencio pesado antes de responder con total certeza:
—Por supuesto.
Su reacción fue inesperada: una carcajada estalló en la habitación, rompiendo la atmósfera de control que había tejido. Mi mandíbula se tensó, irritada.
—¿Qué demonios te resulta tan gracioso, Nathan? —espeté, con filo en la voz.
Intentó contenerse, aún sonriendo con ironía. Tomó una copa cercana y dio un largo sorbo de champán, como si eso le devolviera la compostura. Lo observé, paciente, hasta que habló de nuevo, más sereno de lo que esperaba.
—No hay nada gracioso en esto… nada, salvo el hecho de que Julian y Grayson ya me pidieron exactamente lo mismo.
La diversión se borró de mi rostro, convirtiéndose en algo oscuro.
—¿Ellos también te están chantajeando? —pregunté, irritado, directo.
Nathan dejó la copa sobre la mesa con un golpe sordo y sostuvo mi mirada, esta vez con un control helado.
—No, Ethan. Por suerte, solo tú conoces mi secreto. Y agradecería que siguiera así… como un secreto.
Entrecerré los ojos, diseccionando cada palabra como si escondiera más de lo que estaba dispuesto a revelar.
—Entonces explícamelo.
Nathan se recostó en el sillón, la penumbra acentuando la dureza de su mirada.
—Lo único que necesitas saber es que deben hablar entre ustedes. Los tres deben llegar a un acuerdo… porque en esta sociedad, solo a uno se le permitirá casarse con mi prima. Los otros dos tendrán que conformarse con vivir sus fantasías sexuales a puerta cerrada… así como yo estoy condenado a vivir las mías.
Un denso silencio se extendió entre nosotros hasta que añadió, con un frío que helaba el aire:
—Eso, claro… si es que ella siquiera estuviera dispuesta a compartirse con los tres. Cosa que dudo mucho.
Sus palabras me atravesaron, pero en lugar de quebrarme, me empujaron a reflexionar. Lo que siento por Selene no es amor normal, lo sé. Es obsesivo, quizá enfermo… pero también es lo más puro que he tenido en mi vida. La única verdad entre mis muchas mentiras.
Crují los nudillos, y el personal que esperaba en las sombras se acercó de inmediato.
—Continúen —ordené, despidiendo a Nathan como si su existencia no fuera más que una pausa en mi noche.
Me volví para marcharme, pero su voz me alcanzó antes de cruzar la puerta.
—¿Guardarás mi secreto?
Me detuve apenas un segundo, lo suficiente para mirar por encima del hombro.
—Esta noche va por la casa. Cuando termines, te esperaré en mi mansión en Manhattan. Después de todo, si solo yo conozco tu secreto… espero tu cooperación para poder casarme con Selene antes de que termine este mes.
No le di oportunidad de responder. Crucé la suite y cerré la puerta tras de mí, con una certeza ardiente en el pecho: con Nathan de mi lado, Selene tendría que ser mía.
Después de todo… yo soy la mejor opción para ella.
¿O no?
Selene dejó los documentos sobre mi escritorio con una fuerza suficiente para hacer vibrar el vaso que tenía a un lado.—Quiero la verdad.Levanté la mirada.—¿Sobre qué?—Sobre la vigilancia.El resto del penthouse estaba en silencio. Grayson había regresado a su apartamento, Ethan se encontraba en una reunión y Theo dormía bajo el cuidado de Bianca. Selene había esperado deliberadamente hasta que pudiéramos hablar sin interrupciones.—Ya te expliqué que tenía personas pendientes de ti.—No. Me dijiste lo mínimo necesario para que dejara de preguntar.Me levanté.—Selene…—¿Desde cuándo sabías lo que Edmund me hacía?La pregunta me obligó a detenerme.Podía mentir. Durante años, mentir había sido una herramienta sencilla. Bastaba elegir la versión más útil y sostenerla sin vacilar.Con ella, cada mentira comenzaba a sentirse como una grieta en algo que necesitaba conservar.—Desde antes de que naciera Theo —respondí.Su rostro perdió color.—¿Cuánto antes?—Casi dos años.—Dos años.N
La fundación ocupaba un edificio antiguo restaurado con una elegancia discreta. No había ostentación ni empleados apresurados intentando demostrar cuánto costaba cada pieza. Solo paredes claras, techos altos y obras que parecían exigir silencio.Grayson caminaba a mi lado sin tocarme.Agradecía aquella distancia. Después de lo ocurrido entre nosotros, cualquier contacto podía convertirse en una pregunta que aún no estaba preparada para responder.—No tienes que quedarte —le dije.—Lo sé.—Entonces puedes irte.—También lo sé.Lo miré.—Eres insoportable.—Eso no ha cambiado.La directora de la fundación, Margaret Hale, nos recibió en una sala donde varias pinturas descansaban sobre soportes temporales. Era una mujer de cabello gris y expresión atenta.—Señora Ravenshire —dijo.Mi cuerpo se tensó al escuchar el apellido.—Prefiero Ashford.Margaret corrigió de inmediato.—Señora Ashford. He leído su ensayo sobre restauración y memoria cultural.Parpadeé.—Escribí eso hace años.—Los bu
El médico habló durante varios minutos, pero solo logré retener algunas palabras: infección, desnutrición, tratamiento y recuperación lenta.Roxy permanecía recostada en la cama con una expresión de fastidio, como si la enfermedad fuera una inconveniencia menor y no la consecuencia de años sobreviviendo en la calle.—Necesitará un ambiente estable cuando reciba el alta —explicó el médico—. Buena alimentación, medicamentos y revisiones frecuentes.—Vivirá conmigo —respondí.Roxy giró la cabeza.—No.—No te pregunté.—No voy a instalarme en la mansión de tus millonarios.—Es un penthouse —aclaró Grayson.Roxy le lanzó una mirada que consiguió hacerlo callar.Julian se acercó al médico.—Prepare todo lo necesario. Cuando pueda salir, tendrá una habitación y atención permanente.—Yo tampoco te pregunté a ti —dijo Roxy.—Lo sé.La calma con la que Julian respondió pareció desconcertarla.—No quiero caridad.—No te estoy ofreciendo caridad —intervine—. Me ayudaste cuando no tenía dinero, ca
Sabía que no era bienvenido, pero no necesitaba explicaciones para entender lo ocurrido.Grayson tenía la camisa mal abrochada, el cabello desordenado y esa expresión satisfecha que adoptaba cuando conseguía algo antes que Julian y yo. Selene evitaba mirarme. Su vestido estaba arrugado en las caderas y su respiración aún no recuperaba la calma.Sentí una presión en el pecho.—¿Qué ocurrió aquí? —pregunté.Grayson se acomodó el puño de la camisa.—No es asunto tuyo.—Todo lo relacionado con Selene es asunto mío.—Ese es precisamente el problema —dijo ella.No elevó la voz, pero se impuso sobre la tensión. Julian permanecía junto a ella, demasiado tranquilo para alguien que acababa de descubrir a su mejor amigo con la mujer que deseaba.—Quiero hablar con ellos a solas —me dijo Julian.—No.—Ethan.—No voy a salir del salón para que decidan qué versión de la historia pueden contarme.Grayson resopló.—Estuve con Selene.La declaración me golpeó con fuerza. Sabía que la deseaba y que Jul
Los dos seguían frente a mí.Julian permanecía junto al ventanal, con una mano en el bolsillo y la otra aferrada a las flores que había llevado. Grayson estaba cerca del sofá, acomodándose la camisa con una tranquilidad poco convincente. La tensión dominaba la habitación y explicaba por qué el personal había desaparecido de los alrededores antes de que alguien alzara la voz.Sus ojos recorrieron mi vestido arrugado, mi cabello desordenado y el rubor de mi rostro antes de detenerse en Grayson, cuya ropa confirmaba aquello que yo quería ocultar.—¿Fue decisión tuya? —preguntó Julian.La pregunta me sorprendió. Esperaba una acusación, una amenaza o una pelea entre ellos. Sin embargo, Julian solo me miraba a mí.—¿Qué cosa? —pregunté, aunque los tres sabíamos a qué se refería.—Lo que sucedió entre ustedes.Grayson abrió la boca, pero Julian levantó una mano.—No te lo estoy preguntando a ti.Temí que todo terminara en violencia.—Sí —respondí—. Fue decisión mía.Julian permaneció inmóvil
Las bromas que me había gastado Grayson no eran más inocentes que las de Julian y Ethan, pero de los tres era el que solía pensársela dos veces antes de ensuciarse las manos.Claro… excepto aquella vez en la preparatoria, cuando aterrorizó a uno de mis pretendientes por supuestamente haber tomado algo suyo.—¿Por qué me miras así? —balbuceó el chico, acorralado contra los casilleros.—Por tomar algo que es mío —respondió Grayson, con una calma que daba más miedo que un grito—. Y no me gusta repetir advertencias.No hizo falta que dijera más. El golpe llegó después, seco, amparado en una excusa tan absurda que nadie se atrevió a cuestionarla. Nunca supe qué era aquello que supuestamente había tomado, y aunque hoy todo parecía ridículo, después de descubrir la mentira de Julian y la indiferencia de Nathan, no tenía el menor ánimo para lidiar con él.—Julian no está —le dije mientras se volteaba a verme—. Regresa por la mañana.Mi tono fue tan plano que le arrancó una media sonrisa.—No







