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CAPÍTULO 3

Autor: Maria Pulido
last update Fecha de publicación: 2026-04-22 07:18:54

Jasemin

La noche no terminó cuando dejamos el palacio, la verdadera guerra empezó al cruzar las puertas de nuestra casa.

Mi madre fue la primera en hablar. No gritó, ni lloró, pese a que lo pensé, no me golpeó con un abanico ni rompió a llorar como las mujeres nobles que temen perder el estatus.

No.

Mi madre se quitó los guantes con una calma que helaba los huesos y luego me miró como si no me reconociera.

—¿Tienes idea de lo que has hecho? —dijo con voz tan baja que casi prefería que gritara—. ¿Sabes lo que significa haber rechazado al rey de Babel delante de su familia… y del mundo?

—¿Y qué debía hacer? ¿Aceptar para ser una de las treinta mujeres que dijo que quería tener? ¿Ser parte de Babel ahora?

—¡Sí! —estalló mi padre de repente, haciendo retumbar el jarrón más cercano contra el suelo—. ¡Sí, maldita sea! Eso es exactamente lo que debiste hacer.

El silencio que siguió me dio náuseas.

—Jasemin… —mi madre se acercó—. Estás jugando con fuego, con un fuego que puede consumirnos a todos. No sabes lo que ese hombre es capaz de hacer si se siente humillado.

—Acepté la propuesta del rey Malek —dije ya sin fuerza, como si pudiera protegerme detrás de su nombre.

—¡El rey Malek no podrá defenderte cuando Babel se vuelva contra Radin por un capricho tuyo! —bramó mi padre con su rostro enrojecido por la furia—. Has expuesto a nuestra familia, nos has puesto bajo el centro de todas las miradas, y todo por tus impulsos. Incluso sentí vergüenza de que el rey tuviera que recurrir a la lastima de nuestra familia por ti… ¡Que desastre!

Me mordí el labio, sintiendo una mezcla tóxica de culpa y orgullo. No podía arrepentirme, no frente a ellos y no cuando aún sentía la mirada de Aarón en mi nuca, como una marca que ya no se borraría.

Y luego, como si el universo quisiera asfixiarme del todo, Amal rompió el silencio.

—¿Estás feliz ahora? —sus ojos brillaban de ira y su voz temblaba—. ¿Te sientes orgullosa? ¡?Acabas de obligar al rey de Radin a proponerte matrimonio frente a toda la corte! ¡Lo manipulaste! ¡Fue una jugada baja, Jasemin!

—Yo no...

—¡Cállate! —gritó con lágrimas resbalándole por el rostro y por primera vez la vi limpiarse con el torso de su mano—. Tú no querías nada de esto y aun así lo tienes todo. Mientras otras daríamos cualquier cosa por estar en esa mesa, por tener una oportunidad... tú lo desprecias. ¿Por qué tú, Jasemin? ¿Por qué siempre tú?

Quise decirle que no lo sabía, que yo también me lo preguntaba, que no había nada glorioso en esta posición, solo un abismo en el que no dejaba de caer, pero no dije nada porque Amal estaba llorando de verdad.

Porque mi madre la abrazó como si a ella le doliera más que a mí y porque mi padre salió de la habitación sin volver a mirarme.

Me encerré en mi habitación antes de que todo pudiera devorarme viva. Me deshice del vestido con manos torpes, sin ayuda, como si con cada lazo que soltaba pudiera arrancarme también la vergüenza, el miedo y esa promesa silenciosa que Aarón me dejó tatuada en los huesos.

No recuerdo haber caminado fuera de ese salón. No recuerdo los rostros, ni las palabras, ni las manos de mi madre apretándome el brazo con una furia muda mientras mi padre murmuraba entre dientes que lo había arruinado todo.

Solo recuerdo esa mirada, esa que se me quedó clavada en la piel y el silencio de Malek. Ese silencio… que aún me pesa en los hombros como si hubiera dicho más que mil gritos.

¿Qué había hecho?

¿En qué momento dejé que el impulso hablara por mí?

Había desafiado públicamente al hombre más peligroso de todo Babel. No a un noble, no a un pretendiente… A un rey sin piedad y a una bestia con corona. Y, peor aún… Había aceptado la mano de Malek.

¿De verdad lo había hecho? ¿De verdad pronuncié esas palabras?

“Es un honor para mí, majestad…”

Una carcajada seca me salió sin querer, como si mi cuerpo quisiera burlarse de mí antes de colapsar.

¿Desde cuándo se puede escapar del infierno corriendo hacia otro fuego?

No supe cuánto tiempo estuve así, desnuda de pies a cabeza frente al espejo, con la espalda marcada por el corsé, con los ojos desbordados de emociones que no sabía cómo nombrar.

Y la madrugada me encontró sentada frente a la nada y no supe cuando me arropé cerrando los ojos hasta que una mano insistente, batió mi cuerpo.

—Señorita… es hora de levantarse, el desayuno va a servirse en 15 minutos.

No podía refutar, si mis padres estaban enojados, no quería echarle más leña al fuego, y quizás exiliarme de esta familia.

No demoré mucho en mi aseo y bajé las escaleras, apresurada para sentarme en la mesa donde ya estaban todos con las caras largas. Me senté en silencio mirando a Amal, pero ella ni siquiera se giró a verme.

Gracias a Dios el desayuno fue servido rápidamente y me dediqué a masticar la comida mientras sentía las miradas encima de mi todo el tiempo.

—Señor… una carta del palacio —mis ojos se abrieron y mi padre se levantó de inmediato junto con mi madre.

Amal me miró rápido y mi pecho se agitó.

Consecuencias, ¿Cómo evitarlas?

—¿Qué dice? —mi madre, Dounia estaba al borde del colapso y pude ver que a papá le temblaban las manos.

Rasgó el papel con cuidado y mientras leía en silencio, su rostro se transformaba palabra a palabra.

—¿Qué dice? —Esta vez fue Amal con la urgencia.

Y entonces, él levantó la mirada hacia mí.

—La familia ha sido convocada al palacio dentro de dos días. Por orden del rey Malek de Radin.

Mi estómago se contrajo, no había vuelta atrás, ni escapatoria.

Mi madre cerró los ojos con un suspiro de resignación y negó con los ojos nublados.

—Espero que esto no sea una condena para nosotros —y luego me miró a mi—. En cuanto a ti, ya has dado tu palabra, y ante un rey, Jasemin, eso es ley.

—Yo...

—No hay “pero”, Jasemin —me interrumpió mi padre, seco como el hierro—. Te casarás con el rey Malek, si por misericordia de Dios, él mantiene su promesa, te guste o no, será tu deber... y tu castigo.

—¿Castigo? —Amal temblaba—. ¿Cómo no pueden verlo? Jasemin resultará ganadora en todo esto —la voz de Amal se rasgó—. Ella juega con todos y miren el resultado. Ni siquiera le importa casarse, todo es un reto, mientras yo…

Amal salió de la sala con la mandíbula desencajada y yo me quedé allí, sola, sintiendo el peso de una corona que aún no tocaba mi cabeza, pero que ya me estaba aplastando el alma.

Y mientras miraba el sello real estampado en aquella carta, pensé por primera vez que el infierno no siempre arde… A veces, se viste de oro.

Mi hermana me estaba odiando, no la culpaba, ella deseaba este puesto mas que nadie, pero nunca vi las cosas venir de esta manera.

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