INICIAR SESIÓNMalek
—¿Estás completamente enfermo o solo eres estúpido? —La voz de Aarón golpeó la sala como un disparo.
Estaba de pie, con el rostro encendido, los ojos brillando como si contuviera el filo de un cuchillo detrás de la lengua y caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada.
Hadassa mi madre estaba sentada, tensa, y Rashad aún no había abierto la boca.
—La decisión está tomada —dije sin levantar el tono—. No pienso discutirlo.
—¡Claro que la tomaste! ¡La tomaste en cuanto esa mocosa te miró con esos ojos de reto, como si estuvieras compitiendo conmigo! ¡Lo hiciste por joderme! —gruñó él con los ojos encendidos—. ¿Tú crees que no lo veo? ¿Crees que no sentí cómo ella me miraba? Cómo me retaba. Esa niñata malcriada se atrevió a escupirme en la cara frente a todos, y tú… tú decides recompensarla.
—¿Recompensarla? —me burlé apenas alzando una ceja, con Aaron no funcionaban los modos blandos—. Qué curioso. Desde donde yo lo vi, fuiste tú quien arrastró su nombre al lodo, querías humillarla frente a todos solo porque te placía.
—¡Ay, por favor! —Aarón se rio sin humor y con mucho cinismo—. No seas tan ingenuo, hermano. Esa pendeja no vale nada, pero se cree valiente. Cree que puede pararse frente a mí y decir “no”. Cree que puede provocarme y después esconderse tras tu corona.
—Ella no se escondió, Aaron… tu quisiste rebajarla diciendo que sería parte de tu grupo de 30 mujeres, ¡y estamos en Radin! —repliqué.
—¡Ella me retó! —golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar la bandeja de plata—. Y tú le pusiste un anillo de promesa en la frente como si fuera una puta virgen de oro.
—¡Aarón! —intervino Hadassa con voz cortante—. No vas a hablar así en esta sala.
—¿Por qué no? —Se giró hacia ella con los ojos brillando como cuchillas—. ¿Por qué no decir lo que todos piensan? Esa campesina barata no merece estar ni en el aire que respiramos. Yo tengo ideas mucho mejores para ella, ideas que no incluyen ningún altar, te lo aseguro.
—¡Basta! —grité, esta vez sí, y el eco de mi voz hizo que hasta las paredes se estremecieran.
—¿Y por qué? —Aaron no paraba y el que le hubiese quitado el derecho de vengarse de esa chica, lo tenía sacado de forma—. ¿Ahora te enamoraste de su impertinencia? ¿Te calienta que se atreviera a desafiarme delante de todo el salón? ¿Eso es lo que te mueve ahora, Malek? ¿El espectáculo? ¿El placer de meterte en lo que no te pertenece?
—Esa mujer no te pertenece, Aarón… además es ciudadana de Radin, ¿por qué no buscas en Babel lo que estás acostumbrado a tener…? Este es mi reino.
Aarón me observó… y sonrió. Una sonrisa tan llena de veneno que por un instante quise atravesarle el cráneo con mi espada.
—¿Vas a casarte con ella? —dijo en tono de burla—. Claro que sí… Porque estás desesperado por ganarme una partida que nunca te di permiso de jugar.
—Esto no se trata de ti —contraataqué.
—¡Todo se trata de mí, Malek! —espetó, dándose un golpe en el pecho—. Desde que nacimos, desde que respiramos el mismo aire, te has alimentado de mi sombra. Y ahora, ¿crees que puedes arrancarme lo que me pertenece?
—Te lo repito, Aaron, ella no es tuya.
—Todavía —Su sonrisa se hizo más oscura—. Pero ya verás, hermano… El anillo no la hace tu esposa, por ahora solo el miedo. Solo escucha… ella me miró como si me conociera… Como si supiera con quién estaba jugando, y aun así se burló. Se me burló en mi cara.
—No le importas, todo está en tu imaginación —quería minimizar el impacto.
—¡Oh, pero va a importarle! —gruñó con una sonrisa cruel—. Te juro que va a importarle. Tengo castigos perfectos para mujeres como ella y para bocas como la suya.
Me giré en seco.
—No te atrevas.
Aarón se detuvo. Me sostuvo la mirada y sonrió como si acabara de descubrir algo sucio y divertido.
—¿Vas a tocarla, Aarón? —pregunté con voz baja y afilada—. Porque si lo haces, te juro que por una vez en la historia de esta familia… me olvidaré de que tienes mi sangre.
Su sonrisa se borró y su frente se puso a punto de tocar la mía.
—Tócame una vez más y serás tú quien acabe bajo tierra primero —susurré.
—¡Suficiente! —exclamó Hadassa, interponiéndose—. Rashad, di algo.
Rashad no se movió. Estaba sentado en su butaca con una copa de vino en la mano, mirando la escena como si presenciara una obra vulgar.
—No me meteré en temas de faldas —dijo al fin, bebiendo sin apuro—. Pero que quede claro: esa chica le faltó el respeto a nuestra familia. Y si creen que voy a alabarla como futura reina por un acto impulsivo y vulgar… están equivocados. Y si de mí dependiera, no pondría un pie más en este palacio.
—Pues qué suerte que no depende de ti —respondí sin rodeos hacia mi padre.
—Haz lo que quieras, entonces —murmuró Rashad, levantándose—. Pero no esperes que me emocione cuando ese matrimonio estalle en tu cara.
Y se fue sin más, entonces Hadassa me miró como si aún pudiera detenerme.
—Malek… por favor.
—Tiene razón —dijo Aarón, riendo—. Y yo tengo algunos castigos en mente que sabrán devolverle la humildad. Dulces, precisos… y permanentes.
—Te atreves a tocarla… y no vivirás para contarlo —interrumpí.
—¿La vas a proteger? ¿La vas a encerrar en tus brazos de mártir? No lo haces por ella, lo haces por mí… solo para retarme.
—Y aun así… lo haré.
—¡Te estás cavando tu propia tumba! —gritó Aarón.
—Ya es tarde —murmuré mientras me giraba—. La familia estará aquí en unos minutos.
Aarón soltó una risa amarga, y me lanzó la advertencia:
—Entonces empieza a rezar a tu dios, Malek. Porque cuando te la quite de las manos… voy a asegurarme de que escuches sus gritos.
—Demasiado tarde.
Aarón rio por lo bajo.
—Te lo juro… —susurró muy despacio, parecía un demonio—. Vas a arrepentirte. Cuando la tengas en tu cama y veas su mirada vacía, su silencio amargo, su desprecio disfrazado de obediencia… te vas a acordar de mí.
En ese preciso momento anunciaron la entrada de la familia, y todos nos giramos de golpe. Aaron no la miró si quiera, y se fue del lugar dando un portazo que sacudió a todos los que estaban presentes.
No me moví, ni pestañeé, solo exhalé lentamente mientras los sirvientes se ponían de lado de Almer y su familia.
Jasemin.
Jasemin.Descubrí que Aaron nunca necesitó cumplir su amenaza, simplemente la convirtió en una realidad.No volvió a buscarme, ni mencionarme aquella conversación en la sala del consejo y tampoco hizo el menor intento por convencerme de permanecer en Babel. Durante varios días llegué a pensar que quizá el trabajo había terminado absorbiéndolo por completo y que el asunto había quedado atrás, hasta que una mañana el mayordomo principal llamó a la puerta de mi habitación para informarme, con la misma serenidad con la que habría anunciado el menú del almuerzo, que mis pertenencias ya habían sido trasladadas al ala oriental del palacio y que las nuevas habitaciones asignadas a mi persona estaban listas.No pidió mi opinión, ni esperó una respuesta, simplemente añadió que disponía de una hora para instalarme porque esa misma noche tendría lugar una cena oficial con dos delegaciones extranjeras y, por orden del rey, mi presencia era obligatoria.Tardé unos segundos en reaccionar.—¿Mi prese
Jasemin.Aaron dio exactamente dos pasos más y después... se detuvo.El corredor entero quedó en silencio. Los ministros dejaron de hablar de inmediato y los pergaminos que llevaban en las manos descendieron lentamente, como si todos hubieran comprendido que acababa de ocurrir algo mucho más importante que cualquiera de los asuntos del reino.Él no se giró enseguida. Permaneció de espaldas durante unos segundos que me parecieron eternos y luego, habló.—¿Qué acabas de decir? —Su voz fue tranquila entre tanto sentí un escalofrío recorrerme los brazos. Así que respiré hondo.—Que… deseo abandonar Babel.En ese momento se volvió despacio. Sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad tan absoluta que por un instante olvidé que había más personas alrededor.No vi ira, ni sorpresa, vi algo mucho peor en sus ojos, era como… Incredulidad.Como si mi petición fuera tan absurda que su mente necesitara unos segundos para procesarla.—Repítelo…Tragué saliva y solté el aire.—Quiero
Jasemin.El tiempo nunca pidió permiso para continuar.Al principio llegué a odiarlo. Cada amanecer me parecía una traición, porque mientras el sol volvía a levantarse sobre las murallas de Babel, el recuerdo de Malek parecía alejarse un poco más de todos nosotros. Sin embargo, las semanas continuaron avanzando con la misma indiferencia con la que un río sigue su curso después de arrastrar una vida.La guerra terminó sin vencedores ni celebraciones. Simplemente llegó un momento en que ya no quedaron hombres suficientes para seguir empuñando una espada o enfrentando a un reino tan poderoso como Babel. Ahora lo sabía, sabía el poder que este sitio poseía y lo que podía hacerles a sus rivales. Así que el silencio ocupó el lugar que durante meses perteneció al estruendo de las batallas.Y por supuesto Babel, se convirtió en el reino mas temido de todos… nuevamente.Poco a poco las fronteras volvieron a abrirse, las caravanas comenzaron a recorrer nuevamente los caminos y los comerciantes
Jasemin.El murmullo de los presentes comenzó a apagarse poco a poco cuando los miembros de la familia real hicieron su aparición.Todos los nobles inclinaron la cabeza al mismo tiempo y el patio entero quedó sumido en un silencio reverencial que resultaba casi insoportable.El primero en aparecer fue Rashad.No parecía el mismo hombre que había conocido semanas atrás. Caminaba despacio, con la espalda aún recta por orgullo, pero había algo distinto en él. Las facciones duras que siempre le habían dado un aspecto imponente ahora parecían desgastadas, como si los últimos días le hubieran robado varios años de vida. Sus ojos permanecían secos, aunque profundamente hundidos, y la barba, que siempre llevaba perfectamente arreglada, mostraba pequeños descuidos que jamás habría permitido en otro momento.Después apareció la reina Hadassa y mi respiración se detuvo.La mujer elegante, firme e inquebrantable que había conocido desde mi llegada a Babel parecía haberse quedado atrapada en algún
Jasemin.Las campanas comenzaron a sonar mucho antes de que el primer rayo de sol alcanzara las murallas de Babel, aunque todo el cielo parecía ser cómplice de lo que estaba sucediendo.Las nubes se estaban tornando negras, y muy en el fondo podía ver rayos débiles.No fue un sonido estridente. Fue lento, profundo y solemne. Cada campanada parecía extenderse sobre el inmenso reino como una herida que se negaba a cerrar, atravesando los pasillos del palacio, las torres de piedra y el pecho de quienes aún seguíamos respirando.Abrí los ojos mucho antes de que llamaran a mi puerta, la verdad era que nunca llegué a dormir.Permanecí sentada junto a la ventana durante toda la noche, observando cómo las antorchas del patio se consumían lentamente mientras el cielo perdía el último rastro de oscuridad. Había esperado despertar y descubrir que todo había sido una pesadilla, que Malek volvería a abrir aquella puerta con esa tranquilidad que siempre llevaba consigo, que me sonreiría con esa pac
Jasemin.Los gritos comenzaron cuando el cielo todavía estaba oscuro.Al principio pensé que formaban parte de un sueño. Una mezcla extraña entre recuerdos, miedo y agotamiento. Hacía días que apenas lograba dormir y cuando lo hacía despertaba poco después con el corazón acelerado, como si algo invisible me estuviera persiguiendo incluso dentro de mis propios pensamientos.Pero esta vez era diferente.Abrí los ojos y los volví a escuchar.Pasos, voces, puertas abriéndose y personas corriendo por los corredores.Me incorporé inmediatamente sobre la cama. El silencio habitual del palacio había desaparecido y algo estaba ocurriendo… Algo importante, algo capaz de despertar a todo Babel antes del amanecer.Me puse de pie tan rápido que casi tropecé con la tela del vestido. Ni siquiera me preocupé por mi aspecto. Salí de la habitación mientras las voces aumentaban a medida que avanzaba por los pasillos.Todos caminaban deprisa, todos parecían dirigirse hacia el mismo lugar.Sentí el corazó







