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CAPÍTULO 6

Autor: Maria Pulido
last update Fecha de publicación: 2026-04-22 07:19:47

Malek.

La vi antes que a todos, ella no llevaba una corona, pero algo en su andar detenía el tiempo. La luz del vestíbulo se posó en su piel como si hubiese sido hecha para ella. Vestía un atuendo de seda marfil con bordes dorados que delineaban su figura esbelta sin necesidad de revelar más de lo necesario.

Cada pliegue de su vestido parecía obedecer sus movimientos, era como si la tela la siguiera, no al revés.

Su cabello, castaño oscuro, recogido con una sencillez elegante que dejaba caer mechones sueltos sobre su cuello, contrastaba con el tono claro de su piel, pero fueron sus ojos… Verdes y profundos.

Era demasiado.

En ella había algo distinto, no era una belleza superficial, ni era una flor delicada. Jasemin tenía un rostro que parecía haber sido diseñado por capricho del mismo Dios para tentar y desafiar al mismo tiempo. Una belleza orgullosa viva y afilada.

Y ahora comprendía.

Comprendía la rabia de Aarón, su obsesión y su locura por tenerla a su merced.

Cualquier hombre la desearía, no solo por su físico… sino por lo que se ocultaba detrás de esa mirada que parecía retarte a domarla sin prometerte nunca la victoria.

Ella me miró apenas, pero bastó para que lo sintiera. Esa tensión sutil y ese choque de voluntades silenciosas.

Jasemin era hermosa, perfecta y peligrosa.

Por eso Aarón la quería, y porque yo había tomado la decisión que tomé.

No por revancha, sino porque una mujer como Jasemin no puede estar en manos del hombre equivocado, y Aarón… Aarón no la quería para construir, él quería destruirla y domarla hasta romperla.

Pero yo no, yo no la rompería, yo la alzaría y la retendría para protegerla, incluso de mismo hermano.

—Bienvenida, Jasemin —dije, sin apartar la vista de ella—. —Sean bienvenidos.

Y mientras su familia ofrecía disculpas que no pedí, su perfume me alcanzó en el aire. Jazmín, sándalo y algo más…

—Señor…

—No hay necesidad de palabras. Están aquí porque lo he querido así y no tienen nada que temer.

—Majestad, si pudiéramos… —comenzó su madre.

—Me gustaría hablar a solas con su hija —la interrumpí con cortesía cortante.

Ambos dudaron, pero Jasemin no, ella dio un paso al frente y me siguió sin decir nada. La llevé hasta la sala del ala este. Una galería silenciosa, sin testigos, sin excusas y cuando estuvimos solos, me giré hacia ella.

—¿Querías decir algo?

—Sí… —Su voz temblaba apenas, pero era firme—. Quiero disculparme. Sé que lo que ocurrió en el salón fue una vergüenza para todos, y nunca fue mi intención provocar un conflicto entre usted y su hermano.

—No estamos aquí para disculpas, Jasemin, ya es tarde para los pesares. Estamos aquí para casarnos.

Ella parpadeó, asimilando la dureza de mis palabras, pero no protestó, ni se defendió, solo asintió.

—Lo entiendo. Y… le agradezco. No sé por qué lo hace, pero… lo agradezco, y me apena mucho que haya tenido que aceptar esto solo por mi error.

Me observó con una seriedad tan limpia que me sorprendió.

—Lo entiendo —susurró al fin—. Y… le agradezco. No sé por qué lo hace, pero lo agradezco. Y me apena mucho que haya tenido que aceptar esto… solo por mi error.

Esa última parte me llamó la atención.

—¿Tú crees que esto es por culpa? —inquirí, cruzando los brazos—. No tengo interés en salvar a nadie, Jasemin. No soy tu redentor.

Ella sostuvo mi mirada intensa, verde y profunda.

—Entonces lo hace para protegerme… de Aarón —susurró, casi como una conclusión. No era una pregunta.

No respondí de inmediato. Di un paso hacia ella, lo suficiente para observarla de cerca, quería que entendiera. Que comprendiera exactamente dónde estaba parada.

—No soy hombre de rescates, Jasemin. Pero tampoco soy un cobarde. Y no dejaré que alguien como Aarón destruya a una mujer como tú solo porque su orgullo fue herido.

Ella cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, ya no había miedo, solo certeza.

—Los errores pueden generar buenos resultados en muchos casos —y le sonreí cuando lo dije.

Jasemin tomó el aire y reprimió sus ojos.

—Yo… si pudiera hacer algo más…

—Puedes ser una buena esposa —y en ese momento alzó el rostro—. Esto es apresurado, me voy a casar de todas formas y no hay sentimientos entre nosotros, pero podemos construirlos. Tenemos las mismas creencias, y el mismo respeto por nuestro único Dios.

Ella asintió.

—Le prometo ser una buena esposa.

Guardé silencio y luego asentí, sin lugar a duda eso pasaría.

—Haz que valga la pena.

Ella bajó la cabeza, por primera vez. No como sumisión, sino como aceptación y entonces supe, de seguro no habría nadie mejor que ella para ocupar el lugar del reino a mi lado, y quizás con el tiempo… ambos pudiéremos respirar por el otro.

Sería muy fácil… y sería lo correcto.

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