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CAPÌTULO 5

Author: Phevo
last update publish date: 2026-06-26 16:05:25

SERA

Mi padre se puso de pie inmediatamente después de que Damian se marchara y caminó hacia mí.

Me levanté asustada y retrocedí un poco.

—Intentaste escapar —afirmó con firmeza, como si estuviera completamente seguro de ello.

Bajé la cabeza y tartamudeé: —Yo... no pude hacerlo.

—Por supuesto, tú nunca quieres hacer nada. Menos si se trata de la familia —soltó Isabella bruscamente, y el puño de mi padre se tensó.

—¿Tienes idea de lo que has hecho? —preguntó, y yo negué con la cabeza, aterrorizada—. Acaba de cancelar la boda. ¿Sabes cuántos negocios habría conseguido gracias a ese matrimonio? —Volví a negar con la cabeza, pero esta vez con una oleada de alivio. Me alegraba de que no hubiera boda; una boda significaba más ojos sobre mí, más puestas en escena por parte de mi familia y más control de mi padre usándome para obtener lo que quería.

—Yo tampoco quiero una boda... —comencé a decir, pero su mano se estrelló contra mi mejilla antes de que pudiera terminar.

—Bastarda —maldijo mi madrastra—. ¡Pedazo de basura malagradecida! ¿Crees que lo que tú quieres importa? —preguntó, pero yo estaba demasiado ocupada lidiando con el dolor como para responderle.

Me tomó de los brazos y me los apretó con fuerza; solté un quejido. —¡Ay, qué ganas de estrangularte tengo ahora mismo!

—Qué buena manera de cavar su propia tumba, Sra. Moretti. —Damian entró de repente en la habitación y ella me soltó al instante. Me hice a un lado y me limpié las lágrimas de prisa.

—Yo... solo intentaba disciplinarla —tartamudeó ella. Damian se acercó y mi madrastra retrocedió despacio, con un miedo tan evidente que parecía a punto de estallar.

—Ahora ella es mía, y la única persona autorizada para disciplinarla soy yo —sentenció él con frialdad, haciéndola temblar. Entonces la tomó de los brazos, apretándoselos con tanta fuerza que pude ver el dolor reflejado en su rostro—. La única razón por la que saldrá ilesa de esta es porque estoy de buen humor. Vuelva a intentar algo así y su esposo estará planeando su funeral —concluyó, empujándola hacia mi padre e Isabella, quienes se veían muertos de miedo.

Luego se volvió hacia mí; sus ojos eran tan gélidos que me estremecí.

—Nos vamos ahora —dijo, y mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Qu... qué?

Ignorándome, se dirigió a mi padre: —Asegúrate de que sus cosas lleguen a mi propiedad mañana a primera hora.

Mi padre asintió de inmediato, con una mezcla de sorpresa y temor en el rostro.

—Muévete —me ordenó, y me di la vuelta despacio. Las lágrimas volvieron a brotar y de pronto me pregunté por qué lloraba. No era porque fuera a extrañar a mi familia, definitivamente no. Quizás era porque sabía que estaba entrando en un problema mucho mayor.

El trayecto hacia su propiedad transcurrió en silencio. El tipo de silencio que se genera cuando sabes que una sola palabra de tu boca podría significar la muerte. Mi mente regresó a lo que acababa de suceder, pero sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos. Era obvio que él solo intentaba reclamarme, como si fuera una propiedad. No era diferente al resto, pensé, y lo miré de reojo. Estaba sentado al otro extremo, llenando el auto con su porte frío. El otro hombre iba en el asiento delantero junto al chofer. Todos actuaban con normalidad, como si mi vida entera no estuviera a punto de cambiar por esa decisión suya. El hombre de adelante le susurró algo al chofer y el auto se detuvo en seco. El miedo me invadió y me incorporé de inmediato. ¿Qué estaba pasando? ¿Finalmente iban a matarme? ¿Era este el plan de mi padre para deshacerse de mí?

—¿Qué está pasando? —preguntó Damian con voz gélida.

—Dominic tiene a uno de los hombres de Vincenzo —respondió el otro, y Damian emitió un sonido aprobatorio, como si acabara de recibir una excelente noticia. ¿De quién estaban hablando?

—Eso es perfecto —respondió con una sonrisa tensa—. Vamos. —Pero el chofer no se movió. El hombre del asiento delantero se giró hacia nosotros, me miró fijamente un instante y luego miró a Damian. Me encogí en mi lugar.

Damian me analizó como si fuera una rata de laboratorio con la que estuviera decidiendo qué hacer.

—Vamos —dijo finalmente—. Ella no es una amenaza.

El auto se detuvo frente a un edificio enorme; era alto y hermoso, pero se sentía frío, como un elegante matadero. Miré a Damian; era un asesino conocido. Había matado a personas sin pestañear y ahora me traía aquí. ¿Acaso planeaba matarme a mí también?

—Quédate en el auto y estarás a salvo —ordenó, como si pudiera leer mis pensamientos. Se bajó antes de que pudiera responder, y el chofer junto con el otro hombre lo siguieron. El pánico me invadió; me recosté despacio sobre el asiento, pero mi corazón no dejaba de latir a mil por hora. ¿Y si era una trampa? Tal vez me habían dejado aquí a propósito para que mi asesino me encontrara más rápido. Negué con la cabeza; si Damian quisiera matarme, lo habría hecho él mismo.

Llevaba unos tres minutos o más recostada cuando escuché el ruido: era como el quejido de alguien herido que intentaba escapar. Quise quedarme quieta, pero mis pensamientos intrusivos ganaron y me levanté despacio. Entonces vi una sombra tambaleante. Venía hacia el auto como si su vida dependiera de llegar a él. Me tapé la boca del susto mientras se acercaba cada vez más; agudicé la mirada y fue entonces cuando distinguí su rostro. Era una mujer. Tenía la cara completamente golpeada, como si acabara de salir de una pelea con alguien que quería verla muerta. Se veía realmente aterrorizada y me convencí de que iba a morir si no la ayudaba. Empujé la puerta del auto y se abrió; me bajé antes de poder contenerme o pensar en la advertencia de Damian.

Corrí hacia ella; solo necesitaba llevarla hasta el auto y nos esconderíamos juntas. De esa forma, lo que sea que la estuviera persiguiendo no nos encontraría. Se detuvo en seco al verme, como si decidiera si yo era una enemiga o una aliada. Le hice una seña con la mano y seguí corriendo hacia ella.

—Oye, solo quiero ayudarte —le susurré en cuanto estuve cerca—. Déjame llevarte al auto. —Le puse las manos encima, pero ella se las sacudió con violencia.

—¿Quién eres? —preguntó con tanta frialdad que, por un momento, me entró miedo.

—Seraphina. Solo intento ayudarte —dije, y ella se volvió hacia mí bruscamente.

—¿Seraphina? —susurró, pero antes de que pudiera asentir, se escuchó el clic de un arma al amartillarse. Levanté la vista de inmediato y se me heló la sangre. Frente a nosotras había un hombre enmascarado, apuntándonos con una pistola.

Sí, definitivamente debí haberme quedado en el auto.

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