LOGINDAMIAN
Llegué veinte minutos antes. No fue un accidente. La puntualidad es una de mis reglas de oro. Yo la cumplo a rajatabla y, por lo tanto, jamás perdono a quien no lo hace.
El propio Zach Moretti me recibió en la puerta,
disfrazado de pura hospitalidad.
—Sr. De Luca. —Me tendió una mano que no acepté—. Gracias por venir. Todo está preparado en la sala de recepción.
Pasé de largo sin decirle una sola palabra y Matteo me siguió los pasos. El ama de llaves nos guio hacia la recepción.
La habitación estaba tan meticulosamente montada como me lo esperaba. La esposa de Zach permanecía sentada con rigidez cerca de la ventana; su hija estaba a su lado, compuesta, observándome de la forma en que la gente mira a algo mientras decide si debe temerle o intentar encandilarlo. Un puñado de empleados se distribuía por las esquinas de la sala, inmóviles como si fueran parte del mobiliario.
Pero ella no estaba allí.
Me volví hacia Zach, que acababa de entrar, pero no pregunté de inmediato. Dejé que el silencio se prolongara, observando cómo la compostura de Zach se resquebrajaba bajo el peso de la tensión y cómo las manos de su esposa se apretaban un poco más en su regazo. Las personas revelan más en el silencio de lo que jamás confiesan en una conversación, y yo había aprendido exactamente cómo usar eso a mi favor hacía años.
—¿Dónde está? —dije finalmente.
La sonrisa de Zach flaqueó. —Se está... preparando, Sr. De Luca. Bajará en un momento.
—En un momento.
—En cualquier instante —añadió su esposa rápidamente, demasiado rápido.
El ama de llaves hizo un amago de ofrecerse voluntaria: dio medio paso al frente y ya estaba abriendo la boca para ir a buscarla. Alcé una mano y la habitación quedó en un silencio sepulcral.
—Iré por ella yo mismo.
Caminé hacia la habitación que me había señalado el ama de llaves, pero me detuve al escuchar un leve ruido proveniente de la escalera trasera. Seguí el sonido, asegurándome de que mis pasos fueran inaudibles, y fue entonces cuando la vi. Se movía a toda prisa hacia la puerta trasera, sosteniendo su vestido como si se arrepintiera de llevarlo puesto.
Estaba intentando escapar. De mí.
Abrió la puerta de servicio despacio y salió corriendo. La seguí y la observé correr en dirección a la cerca.
Terminé con el juego en ese instante.
—¿A dónde crees que vas?
Se quedó completamente congelada. Vi cómo sus hombros subían y bajaban una sola vez, despacio, como si el aire hubiera abandonado su cuerpo por completo. Se dio la vuelta para darme la cara y vi exactamente lo que esperaba ver. Miedo.
—Yo... yo... —tartamudeó, y eso me irritó.
—No lo hagas —murmuré con frialdad—. No me interesa lo que sea que vayas a decir. Quiero saber por qué pensaste que esto funcionaría.
No dijo nada. Sus manos se apretaron contra el dobladillo de su vestido, como si se aferrara a algo.
—¿De verdad creíste que lograrías cruzar esa cerca antes de que notara tu ausencia? —pregunté, y ella se removió, incómoda.
—Tenía que intentarlo —susurró sin un ápice de rebeldía. Era la pura verdad, ofrecida como si no esperara nada a cambio por ella.
La analicé entonces. El temblor que intentaba ocultar, la forma en que mantenía la barbilla en alto a pesar de todo. Era astuta, pero ingenua.
—Entiende una cosa —dije finalmente con una voz baja pero firme—. Ahí afuera no hay ningún lugar al que alguien como tú pueda huir. Los hombres que te encontrarían antes de que yo lo hiciera lograrían que todo este acuerdo te pareciera una bendición en comparación. —Dejé que mis palabras flotaran y cobraran peso entre los dos.
—¿Está intentando asustarme? —preguntó en un susurro. Me acerqué un paso y ella retrocedió de inmediato.
—Vuelve a intentar esto —le advertí— y no habrá una conversación. Solo consecuencias.
Soltó un leve gemido y dio otro paso atrás. Me di la vuelta para regresar al interior, pero me detuve al no escuchar sus pasos detrás de mí.
—Adentro, ahora —ordené. Ella entró a toda prisa y yo la seguí, lo suficientemente cerca como para que entendiera con total claridad la delgada línea que la separaba de una versión muy distinta de esta noche.
La sala de recepción seguía intacta cuando regresamos. Zach se puso de pie en cuanto la vio; primero mostró alivio, luego confusión y finalmente algo muy parecido a la alarma al notar el silencio entre nosotros y la evidente tensión en los hombros de ella.
—Seraphina, ¿dónde estabas...?
—Estaba tomando un poco de aire —dije. La mentira fue deliberada, dicha sin dar explicaciones, retando a cualquiera en esa habitación a cuestionarla.
Nadie lo hizo.
Matteo le acercó una silla y ella se sentó en silencio. Yo me senté antes de que él pudiera hacer lo mismo por mí.
El ambiente de la habitación se reconfiguró en ese instante. Zach se dejó caer de nuevo en su asiento, mientras los ojos de Isabella viajaban de Seraphina a mí, calculando algo que a mí no me interesaba en lo más mínimo.
—No habrá boda —anunció, y la sala quedó muda.
La mujer y su hija ahogaron un grito de sorpresa. Seraphina ni se inmuto.
—Sr. De Luca, seguramente... —empezó Zach, pero lo corté en seco.
—Esto es un contrato —sentencié—. No una celebración. Ella firma los documentos y eso es todo lo que se requiere. —Miré a Seraphina de nuevo, brevemente, y vi cómo asimilaba mis palabras sin reaccionar, aunque noté cómo sus hombros se relajaban sutilmente.
Volví a mirar a Zach, quien estaba demasiado atónito como para reaccionar y sacar los papeles.
Matteo aclaró la garganta, lo que hizo que Zach espabilara de prisa, sacara los documentos y se los entregara.
Les eché un vistazo y se los pasé a Matteo, quien a su vez se los extendió a ella.
—Fírmalos —le dijo, como si ella no supiera lo que tenía que hacer.
Ella miró a sus padres, quienes parecían estar más preocupados por la cancelación de la boda que ella misma. Su mirada se desvió hacia Isabella, pero no duró mucho. Finalmente, tomó un bolígrafo, firmó y le devolvió los papeles. Matteo asintió y me los entregó a mí.
—Se mudará en dos días —anuncié, desatando una nueva oleada de exclamaciones ahogadas. No me importó; ahora era mía y haría con ella lo que me diera la gana.
Me puse de pie, me abotoné el saco y caminé hacia la salida, ignorando los rostros llenos de asombro que dejaba atrás.
El teléfono de Matteo vibró antes de que alcanzáramos el auto. Miró la pantalla y se detuvo en seco; su expresión se endureció.
—¿Qué pasa? —pregunté, y él soltó un suspiro.
—Dominic —dijo finalmente—. Me envió un mensaje.
Seguí caminando. —¿Qué dice?
—Es sobre Vincenzo. —Matteo bajó la voz—. Su última ubicación conocida fue a dos calles de aquí. —Me detuve en seco.
Me volví hacia Matteo y él asintió, entendiendo mi reacción. El mensaje solo significaba una cosa: Vincenzo nos estaba siguiendo y, muy posiblemente, vigilando a mi nueva esposa.
—Escríbele a Christy —ordené finalmente—. Dile que nuestra novia viene a casa hoy mismo. —Y di la vuelta para regresar por donde había salido.
DAMIAN—No encontramos a Sera —susurró Christy con miedo mientras entraba a mi oficina, y mis manos se congelaron sobre la computadora portátil. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, preguntándome si lo estaba imaginando.Más temprano hoy, Matteo me había dicho que ella había salido con el pequeño que salvó el otro día, y según Christy...—Dijiste que había ido a trabajar —la cité, mirándola por fin.—S-sí —tartamudeó y me miró—. Me había dicho que era trabajo.—¿Y no pudiste confirmarlo? —pregunté con severidad, aferrándome a la portátil.—Y-yo no pensé...—¡Tú nunca piensas, Christina, verdad! —estallé, y las aletas de su nariz se dilataron.—No me hables así —gruñó, y entonces me acerqué más.—¿Decías? —dije y me paré frente a ella; entonces esbozó una sonrisa triste.—Dije —empezó, presionando su dedo medio contra mi pecho—, ¡que tú, Damian, no me vas a hablar así! —gritó, mirándome con desafío, como si buscara pelea.Solté una burla. —¿Quieres pelear? —pregunté con sorna, y
SERA—¿Sera? —escuché un suave susurro y mis ojos se abrieron lentamente.—Aww —solté un quejido y volví a cerrarlos. Sentía un martilleo insoportable en la cabeza y me preguntaba por qué hasta que...—¡Pete! —exclamé de golpe, abriendo los ojos de par en par.—Tienes que relajarte —dijo Dylan, y solo entonces me di cuenta de que era él quien estaba allí. Lo ignoré y me senté despacio; él suspiró y me ayudó.—¿Dónde está Pete? —pregunté mirándolo—. ¿Y dónde estoy?—¿Cómo te sientes? —preguntó, esquivando mis preguntas. Fruncí el ceño.—Responde a mi pregunta, Dylan —dije con firmeza. Él suspiró.—Sera...—¡Responde!—¡Está muerto! —me gritó de vuelta, y el tiempo pareció detenerse por completo.—¿Qué? —susurré, sintiendo que me faltaba el aire—. ¡No! —rompí a llorar desconsoladamente.¿Pete estaba muerto y su muerte era mi culpa? Incliné la cabeza mientras las lágrimas rodaban sin parar.—Es mi culpa —susurré, y escuché a Dylan suspirar.—Sera...—Yo lo obligué a acompañarme, Dylan —d
SERA—¿Todo bien? —escuché la voz tajante de Dylan. Escondí la foto detrás de mí y me di la vuelta de golpe. Él frunció el ceño—. ¿Qué está pasando? —preguntó acercándose. Me hice hacia atrás y su ceño se profundizó aún más.Lo observé durante unos segundos, sin saber si debía tenerle miedo o no.—¿Quién eres? —susurré, y sus ojos se abrieron ligeramente.—¿Qué?—¡Dije que quién eres y por qué tienes una foto mía escondida detrás de un cuadro en tu oficina! —estallé y saqué la fotografía. Él suspiró.—Puedo explicarlo —dijo, y asentí.—Por eso mismo te lo pregunto, Dylan —dije, y cuando él dio un paso hacia mí, volví a retroceder.—No voy a hacerte daño, Seraphina. Ya te lo había dicho, ¿no?—Y te creí, hasta que vi mi foto en tu maldita oficina, Dylan —dije, un poco irritada de que esperara que le siguiera creyendo después de esto.—Solo quería saber quién eras —comenzó, y yo fruncí el ceño.—¡Quién era!—Cuando mi gerente me sugirió tu empresa, le pedí que me consiguiera fotos para
SERA—¡Dijo que vendrá con nosotras! —gritó Christy, irrumpiendo en mi habitación sin tocar la puerta ni una sola vez. Me levanté de golpe de la cama con el ceño ligeramente fruncido, preocupada de que le hubiera pasado algo. —Dijo que vendrá con nosotras —repitió, asegurándose de que la escuchara esta vez. Fue entonces cuando abrí los ojos de par en par.—¿Qué? —susurré mientras Christy se lanzaba a mis brazos; la rodeé con un abrazo.—Gracias —murmuró, y yo fruncí el ceño.—¿Por qué? —pregunté, sin entender de verdad por qué me daba las gracias.—Tú lo convenciste —dijo, pero yo sacudí la cabeza.Antes, cuando Damian había salido hecho una furia de su habitación, Christy rompió a llorar y me rogó que fuera a hablar con él. Sin embargo, en lugar de una conversación, me encontré con que estaba sufriendo un ataque de pánico, algo que todavía me tenía desconcertada. ¿Cómo era posible que un hombre tan imponente tuviera un ataque de pánico? ¿Quién lo hubiera imaginado?—Yo no fui quien l
DAMIAN—¿Qué quieres? —pregunté tras unos segundos de silencio, a lo que respondió con una risotada oscura.—Quiero muchas cosas en esta vida, Damian —dijo. Miré a Seraphina, quien parecía bastante interesada en saber con quién hablaba—. Como estrangular hasta sacarle el último aliento a tu cadavérico pellejo y quitarte todo lo que me arrebataste —continuó y hizo una pausa—. Incluida a la novia.Se me apretó el puño en ese instante.—Estás buscando tu propia muerte, Vincenzo —mascullé entre dientes, y él soltó una carcajada burlona.—¿Y?—Y la vas a encontrar —sentencié con voz fría. Al otro lado de la línea se hizo el silencio.—Ya lo veremos —dijo finalmente y se aclaró la garganta—. Si quieres a tu pequeñuela, ven a buscarla tú mismo —añadió, y esta vez fui yo quien soltó un bufido despectivo.—Mátala si quieres —solté sin inmutarme. A Seraphina se le abrieron los ojos de par en par, entre el pánico y la confusión.—Te estás echando para atrás —me provocó Vincenzo entre risitas—. ¿
DAMIAN—Damian —susurró Christy entre sollozos mientras me acercaba, preguntándome por qué esas palabras expresadas por ella me dolían tanto en el pecho. Siempre estuve preparado para cualquier cosa que pudiera pasarme, y esa mentalidad comenzó desde el día en que maté a mi propio hermano. Desde entonces, nada me había vuelto a doler... hasta ahora. Hasta que oí a Christina hablar de esa mujer otra vez, hasta que la escuché decir que la había echado de menos, hasta que descubrí que Seraphina, la mujer en la que quizás había empezado a confiar, lo sabía todo sobre ella.Me giré lentamente hacia Seraphina, quien tragó saliva y bajó la mirada. Volví a ponerme de frente a Christy.—¿La echas de menos? —pregunté con frialdad y asentí—. ¡Echas de menos a la mujer que te abandonó cuando eras una adolescente y me dejó a mí a cargo de todo! —estallé, y una lágrima corrió por su mejilla—. ¡Echas de menos a la mujer que traicionó a nuestro padre y a su propio hijo! ¡A la mujer que hizo que yo ma







