INICIAR SESIÓNJULIAN
Llegó el día. Fue la última sesión de carreras, y me sentía confiado. Desde la novena carrera me había mantenido en primer lugar, así que no había forma de quedar fuera del top cinco. Todo ese esfuerzo tenía que valer la pena. Mientras me alistaba, sentía una mezcla extraña de orgullo y vacío. Este deporte lo era todo para mí, pero no podía evitar preguntarme si alguien, además de mis padres, realmente se emocionaba por mis logros.
Después de la entrega de premios, fuimos a cenar con mi familia y la de Monserrat. Carolina también estuvo presente. En los últimos días del programa habíamos vuelto a hablar, y aunque no tenía intención de invitarla, insistió tanto que terminé cediendo.
Estudiaba periodismo deportivo y estaba convencida de que estar cerca de una de las caballerías más importantes del mundo le abriría las puertas hacia la Fórmula 1. Aunque yo sabía que su interés no era solo profesional. Quería algo más serio conmigo, pero eso nunca iba a pasar. Se lo había dicho varias veces, aunque parecía no entenderlo. Me gustaba pasar tiempo con ella, pero lo nuestro era algo superficial. Físico, nada más.
La carrera pasó rápido, como un borrón de adrenalina y rugidos de motor. En la última vuelta, pisé el acelerador a fondo. Sabía que cruzaría la meta en primer lugar, o al menos en segundo si no me quitaban puntos por alguna infracción. Sentía la emoción recorriéndome el cuerpo, esa euforia que solo el triunfo podía darme. Cuando bajé del coche, los flashes me cegaron por momentos. Recibí las felicitaciones de mis padres, del equipo, de personas que apenas conocía. Pero mis ojos solo la buscaron a ella.
La vi enseguida. Impecable, con ese porte profesional que anunciaba lo que estaba destinada a ser: la futura líder de la caballería Belmont. Pero detrás de esa fachada seguía siendo Monserrat. Hermosa, serena, inalcanzable. Apenas me miró, y eso me molestó. Sabía que la presencia de Carolina la incomodaba. La veía a su lado, forzando la conversación, como si intentara marcar territorio. Solo esperaba que no dijera algo fuera de lugar.
Después de la premiación fuimos al club náutico. El lugar era impresionante: ventanales que reflejaban las luces del muelle, camareros impecables, un ambiente exclusivo. Pensé, inevitablemente, en qué Monserrat había traído a Juan aquí... pero nunca a mí.
—Propongo un brindis por mi hijo —dijo mi padre, sacándome de mis pensamientos.
—¡Felicidades! —gritaron todos al unísono.
Alfredo Belmont tomó la palabra:
—Estamos muy contentos de tenerte en nuestro equipo, Julián. El próximo gran paso será tu debut en el Gran Premio de Mónaco. Sé que dejarás a la caballería en una excelente posición.
Sonreí, pero la voz de mi padre me devolvió a la realidad:
—Espero que también sepa cumplir con el colegio. Ya falta poco para que terminen las clases.
—Un mes y medio más... y adiós —respondí, intentando sonar despreocupado, aunque la verdad era que ya no veía la hora de liberarme de esa obligación.
La conversación giró en torno a los estudios. Cuando le preguntaron a Montse qué carrera pensaba seguir, noté cómo los ojos de mi padre se iluminaban con orgullo. Ese brillo que nunca tenía cuando hablaba conmigo.
—Ingeniería electromecánica —respondió—. Más adelante quiero hacer un posgrado en negocios.
—Vas a ser una excelente ingeniera —comentó mi padre.
Cuando fue el turno de Carolina, habló de su sueño de trabajar en televisión deportiva. Monserrat, siempre diplomática, le sonrió.
—Es importante que más mujeres ocupen espacios tradicionalmente dominados por hombres —dijo.
Aunque sus palabras sonaban amables, su tono me hizo sospechar que no era del todo sincera. Carolina, por su parte, no notó nada. Se aferró a mi brazo en un gesto posesivo.
Más tarde, cuando los adultos se retiraron, insistí en que Montse se quedara un rato más. Dudó un momento, pero terminó accediendo.
Mientras nos despedimos de mis padres y de los abuelos de Montse, sentí cómo Carolina me pellizcaba el muslo por debajo de la mesa. Poco después, me llegó un mensaje:
C [¿Por qué no dejaste que se fuera? No la ocupamos aquí]
Lo ignoré por completo.
—¿Pedimos algo más? ¿Alguna bebida o postre? —pregunté.
—Podríamos pedir otra botella de champán, ¿qué opinan? —dijo Carolina.
—Me parece bien. ¿Vos, Montse?
—Yo voy a pedir un té de limón caliente. Ustedes disfruten el champán.
—¿Un té? —Carolina arqueó una ceja, con una sonrisa tan falsa como un billete de tres lempiras—. Vamos, estamos celebrando. No seas tan seria.
—No, gracias. No tomo alcohol —respondió Monserrat con calma.
—Eres demasiado mojigata. Deberías soltarte un poco.
—En este lugar hay demasiada gente que me conoce. No quiero que lleguen rumores a mi abuelo —dijo, y yo supe que estaba buscando cualquier excusa para no confrontar.
—¿Le tienes miedo acaso?
—No, claro que no. Pero tengo respeto por quienes me criaron y me dan todo día a día —respondió con firmeza.
El camarero llegó con nuestras bebidas. Finalmente, Montse accedió a brindar con una copa.
—Por este gran comienzo. Estoy muy feliz por vos, Juli. Seremos un equipo increíble —dijo, levantando su copa y regalándome una sonrisa genuina.
—Vamos a ver... ¿Y vos qué vas a hacer en el equipo? —preguntó Carolina.
—Voy a trabajar junto a los ingenieros para crear el mejor automóvil. No será desde ya, pero sí en un futuro cercano —respondió Monserrat con seguridad.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. Monserrat, firme como siempre, no se dejaba intimidar.
—Felicidades, Juli —dijo Carolina, y me besó en los labios. Me aparté instintivamente. No quería que Monse viera eso—. Esperemos que la próxima victoria Montse también nos acompañe.
—Siempre voy a estar presente en los triunfos de Julián —respondió ella, con una ternura que me desarmó.
El comentario de Carolina me irritó, pero antes de que pudiera decir algo, cambió de tema.
—Me encanta tu reloj. ¿Es nuevo?
—Fue un regalo de cumpleaños de Montse —dije, mirándola directamente.
El comentario hizo efecto. Carolina forzó una sonrisa, pero estaba visiblemente incómoda.
—Buen gusto el tuyo. ¿Vamos a bailar luego, Juli?
—No lo sé. Lo veremos más tarde.
La verdad era que no tenía ganas. Estaba agotado por la carrera, por la cena, y por su actitud con Monserrat.
Antes de que se terminara la botella de champán, Monserrat propuso irse.
—¿Nos vamos?
—Sí —respondió Carolina rápidamente.
—Mi abuelo ya dejó pagada la cuenta. Solo voy a dejar propina a los meseros —dijo Montse.
Carolina frunció el ceño, pero no dijo nada. En el auto, se sentó en el asiento del copiloto y no pronunció palabra hasta que dejamos a Monserrat frente a su casa.
—Al fin solos —dijo apenas Monse se bajó—. No sé por qué se quedó. Debería haberse ido con sus abuelos.
—Quería que se quedara. Es mi mejor amiga.
—Lo sé, pero no me gustan las mujeres que se hacen las santas y luego son terribles gatos.
—¿De qué hablas? —pregunté, sorprendido por su veneno.
—De nada. Bueno, ¿a dónde vamos?
—A tu casa. No tengo ganas de salir.
—¿En serio? ¿Después de acompañarte a esa cena aburridísima me vas a dejar sola?
—Si prefieres, te dejo aquí y volvés caminando.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Cuando llegamos, bajó del auto sin despedirse. Y no hice nada por detenerla. Sabía que no me hablaría por unos días, pero no me importaba.
De camino a casa, saqué el teléfono y le escribí a Montse:
Jul [¿Cómo la pasaste?]
M [Bien, Juli. Espero que ustedes también. Felicitaciones de nuevo]
M [Buenas noches, que lo pases lindo con Carolina]
Leí el mensaje una y otra vez. Quise decirle que no me interesaba salir con Carolina, que todo esto era un error. Pero me detuve. Era un tema complicado y no quería arruinar lo que teníamos. Apagué el teléfono, frustrado conmigo mismo, con Carolina, con todo. No sabía bien hacia dónde iba... pero esa noche, lo único que sabía con certeza era a quién quería a mi lado.
EPÍLOGO MONSERRATHoy nuestro hijo Joaquín Owen Belmont cumple un año.Todavía me parece increíble escribirlo, decirlo, vivirlo.Un año desde aquella madrugada en la que escuché su primer llanto y sentí que el mundo se detenía.Un año desde que nuestras vidas cambiaron para siempre.Nuestro hijo vino a iluminar nuestros días.Cada sonrisa suya disuelve el cansancio, las preocupaciones, los miedos. Y aunque no lo digo en voz alta, sé que también vino a sanar heridas más profundas, esas que Julian y yo cargábamos sin darnos cuenta.La casa de mi abuela Cristina —ahora bisabuela Cristina, como le encanta que le digamos— está llena de globos, guirnaldas y el aroma dulce de pastel recién horneado.El jardín está decorado con cintas azules y blancas, y en el centro de todo hay una gran mesa llena de regalos, pasteles y juguetes.Los rayos del sol se filtran entre los árboles, reflejándose en las burbujas que flotan por el aire.Y entre risas, música y conversaciones, el ambiente tiene ese
CAPÍTULO 160MONSERRATJulian no se lo espera para nada.Oficialmente, nunca volvimos a ser novios. Nunca acepté sus proposiciones formales, ni sus anillos improvisados, ni esas miradas que pedían sin palabras que dijera “sí”. Pero no me engaño.Sé que somos familia desde hace mucho tiempo.Quizás desde antes de volver a encontrarnos, cuando la vida nos unía sin que lo supiéramos. Desde esa primera vez que lo vi subirse a un auto de carreras con los ojos llenos de fuego, o desde aquella tarde en que yo lo ayudé a reparar su primer karting viejo con piezas que ni siquiera encajaban bien.Siempre estuvimos destinados a encontrarnos, a pelear, a separarnos y a volver.Siempre.Por eso, Julian no tiene ni la más mínima idea de la sorpresa de hoy.Le pedí que viniera a una pista de kartings. La misma donde veníamos de niños. Donde él dio sus primeras vueltas, y yo presenté mi primer prototipo de auto de juguete hecho con latas y tornillos oxidados.Todo está listo.Los chicos del circuito
CAPÍTULO 159JULIANTodas las personas que amo están hoy aquí. En las gradas, entre la multitud que agita banderas y aplaude con entusiasmo, reconozco los rostros que me han acompañado a lo largo de los años.Mi familia. Mis amigos. Y ella.Mi Monserrat.No podría haber imaginado un cierre más perfecto para esta etapa de mi vida.Hoy es mi última carrera. No lo he anunciado oficialmente, pero todos los que me conocen lo sospechan. Se siente en el aire, en el modo en que camino por el paddock, en la forma en que Santiago me palmotea el hombro antes de la reunión técnica.Santiago… verlo nuevamente en pie, sonriente, completamente recuperado, me da una paz indescriptible. Ha sido mi mano derecha desde el inicio, mi hermano del alma. Hoy también será su última carrera. Nos miramos y no necesitamos decir nada; sabemos que este es nuestro cierre, que ambos queremos bajarnos de este mundo de motores y velocidad para dedicarnos a lo que realmente importa: nuestras familias.— ¿Listo, jefe? —
CAPÍTULO 158MONSERRATYa no tengo dudas.Después de tantas pruebas, tanto dolor, tantas idas y vueltas… siento que al fin la vida me sonríe. Julián y yo hemos pasado por el fuego, y salimos más fuertes. Ahora sé, con una certeza que me llena el alma, que vamos a formar una hermosa familia.Llevo toda la tarde preparando cada detalle. La mesa está puesta con cuidado: manteles blancos, copas de vino, velas pequeñas que perfuman el aire con aroma a vainilla. En el horno se termina de gratinar la lasaña que tanto le gusta a Julián.Me miro al espejo una vez más antes de que llegue: un vestido sencillo, pero que resalta mi figura. El brillo en mis ojos no es maquillaje; es felicidad pura.Miro la pequeña cajita sobre la mesa del living y mi corazón late con fuerza. Adentro está la foto de la primera ecografía. Ese diminuto punto lleno de vida que ya cambió mi mundo.Respiro hondo. Estoy nerviosa, ansiosa, emocionada.Cuando suena el timbre, siento un vuelco en el pecho.— Ahí está —murmur
CAPÍTULO 157JULIANDespués de tantas semanas de tensión, de heridas que aún cicatrizan y noches sin dormir, al fin hay algo que celebrar. Es la boda de Claudia y Juan, nuestros grandes amigos, y siento que todo empieza a acomodarse.Llego a casa de Monserrat para recoger a mis chicas. Me recibe su abuela en la puerta, con esa sonrisa que siempre me recuerda que hay bondad incluso después del caos.— ¡Julián, justo a tiempo! —dice con una picardía que me hace sonreír—. Mi nieta está terminando de arreglarse. Vas a tener que esperar unos minutos.Asiento, divertido. No me importa esperar. Cada minuto vale la pena si al final la voy a ver.Y cuando aparece… me quedo sin aire como siempre.Monserrat baja las escaleras con un vestido color lavanda, sencillo pero tan elegante que por un momento olvido todo lo demás. Su cabello cae en ondas suaves sobre los hombros, y sus labios tienen ese tono rosado natural que tanto me gusta.— ¿Qué pasa? —pregunta, notando mi expresión.— Nada… —le resp
CAPÍTULO 156MONSERRATEstas últimas semanas han sido un torbellino. La empresa por fin empieza a estabilizarse después de tanto caos. Las reuniones con los abogados, los cierres contables, las entrevistas con la prensa… todo parece, poco a poco, tomar su cauce. Serán años duros, sí, pero saldremos adelante. Lo sé. Lo siento en el alma.Sin embargo, en medio de todo ese esfuerzo, me he olvidado de mí.Duermo mal, como peor. Paso horas frente al escritorio revisando documentos, saltándome comidas, sobreviviendo a base de café y galletas que ni siquiera me gustan. Y desde hace algunos días, algo cambió. Me siento más cansada de lo normal, como si mi cuerpo me estuviera pidiendo descanso a gritos.Al principio pensé que era el estrés, pero ahora… ahora no estoy tan segura.El simple olor del café me revuelve el estómago. La fragancia del perfume que uso desde hace años me resulta insoportable. Tengo el apetito por el suelo, y cualquier cosa me provoca náuseas.Esta mañana, mientras me ce







