LOGINTres meses antes del divorcio, Celia Sánchez presentó su solicitud de traslado de trabajo. Un mes antes, le envió el acuerdo de divorcio a César Herrera. Tres días antes, sacó todas sus pertenencias de su casa compartida y se mudó de allí. *** Tuvieron un matrimonio de seis años, pero cuando César apareció ante ella con su primer amor y su hijo, pidiéndole que el niño lo llamara "papá", Celia finalmente comprendió la realidad: si él la había hecho sufrir una y otra vez a causa de su actitud parcial hacia esa mujer y a su hijo. Además, César la consideraba como la verdadera "amante" y eso le daba vergüenza, entonces debía poner fin a ese matrimonio para que él pudiera quedarse con su primer amor para siempre. Sin embargo, cuando ella desapareció de su vida, él se volvió loco. Ella creía que César se casaría con su amor, como había supuesto, sin saber que ese hombre poderoso lloraría frente a los medios, suplicándole humildemente su amor. —Nunca he sido infiel, ni tengo ningún hijo bastardo. Solo tengo una esposa que ya no me ama. Se llama Celia Sánchez, ¡y la extraño mucho!
View MoreCelia dejó escapar una risotada al escucharlo.—En ese caso, vas a tener que preocuparte un poco más por nosotros. En cuanto aprueben la patente, tendré que preparar los detalles de la intervención quirúrgica.César arrugó la frente.—¿Significa que vas a estar demasiado ocupada?—Procuraré tomarme las pausas necesarias. Te aseguro que no voy a llegar al punto de agotarme —respondió ella, mientras se acomodaba en un banquillo para servirse un vaso de agua—. ¿Y de tu lado, cómo van las cosas en la capital?—Todo está listo por acá —aseguró él con tono sereno.Un breve silencio envolvió la conversación por unos instantes. Celia apretó ligeramente el vaso de cristal entre sus dedos, y su voz se volvió más suave.—César… la verdad es que no me siento del todo segura de mí misma. Llevo demasiado tiempo alejada del quirófano y me da pánico fallar.Tras una corta pausa, la voz firme y profunda de él resonó al otro lado de la línea.—Sentir temor ante semejante reto resulta de lo más normal. S
Dos días después.Celia, acompañada por Jacob, visitó a la familia Gómez en Rivale. En cuanto el auto se detuvo frente a la reja principal, un guardia de seguridad se apresuró a abrir el paso. Jacob descendió primero del vehículo y le ofreció el brazo a Celia para ayudarla a bajar con cuidado.Ella vestía un vestido holgado de seda de un tono amarillo claro, suave y ligero al tacto. Sobre los hombros llevaba un fino velo transparente que se mecía suavemente con el viento, proyectando destellos tenues bajo la luz del sol.El mayordomo salió de inmediato al jardín, mientras Celia le mostraba una sonrisa cálida.—¿Se encuentra en casa el maestro Gómez? Soy su alumna, Celia. ¿Sería tan amable de anunciarme?El mayordomo la reconoció de inmediato.—Por supuesto, señorita. El señor se encuentra descansando adentro. Por favor, pase.—Muchas gracias.Celia le indicó a Jacob que esperara en el auto y siguió al mayordomo. Al llegar a la planta alta, el hombre ingresó brevemente al estudio. Insta
Una chispa de decepción cruzó por los ojos de Marta.—Ya veo…Era comprensible. Después de todo, ella misma se había comportado de manera despectiva con Celia en el pasado. Y para colmo, César y ella estaban divorciados… Pero pensándolo bien, creía que César tampoco parecía esforzarse demasiado. No dudó en reprenderlo.—¿En qué estás pensando? ¡Celia está embarazada de tus hijos! ¿Por qué aún no la has convencido de volver a casarse contigo? Si para el día en que nazcan ni siquiera te reconocen como su padre, ¡mejor ni te aparezcas en esta casa!La empleada se sobresaltó ante el regaño. César casi se atraganta con el café que tenía en la boca, pero, al ver la expresión seria de Marta, solo pudo esbozar una sonrisa resignada.Marta, aunque molesta con la situación, estaba consciente de que gran parte de la culpa recaía sobre ella.—Si ella accede a perdonarme, estaré más que dispuesta a cuidarla el resto de mi vida como se merece.César dejó escapar una risotada.—¿Usted? ¿Cuidarla a el
Enzo notó de inmediato la preocupación y la indecisión que se reflejaban en la cara de Celia. Le colocó una mano sobre el hombro, transmitiéndole firmeza y calidez.—No te preocupes. Sé perfectamente cómo esperar. Al mismo tiempo, sé perfectamente que has dedicado mucho tiempo a investigar pensando en tu mamá y en las personas que sufren la misma condición. Aunque la cirugía aún no se pueda llevar a cabo en este momento, tarde o temprano llegará la oportunidad.Las palabras de Enzo fueron como un auténtico bálsamo. Celia lo miró y le dijo:—Papá, ¿y si te propongo que mamá sea la primera paciente en someterse al procedimiento? ¿Estarías dispuesto a aceptarlo?Enzo dudó por un instante. Ser la primera paciente implicaba que nadie antes había pasado por esa intervención. Los riesgos eran inciertos.Sin embargo, si su hija se lo planteaba con semejante seriedad, era porque guardaba confianza en el proyecto.—¿Acaso existe la posibilidad de realizarla pronto? —preguntó él.Celia bajó la ca






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